Recortes de historia ...

  SE PIDE "BUENAS COSTUMBRES" A UN CLÉRIGO

 

 

Corría el año 1633. El fiscal del arzobispado de Sevilla, licenciado Cristóbal de Bustos, se querella contra Juan de la Rama, presbítero, por golpear al comerciante Gaspar de Viana[1]. El fiscal “denunció y se querelló criminalmente” contra el vecino de Sanlúcar de Barrameda, Juan de la Rama, porque “con poco temor de Dios Nuestro Señor y en menospreció de la justicia”, el domingo anterior, estando Gaspar de Viana en la Iglesia de la Caridad, llegó el señor Rama y le quitó a un pobre un palo y, “caso pensado”, comenzó a darle palos al señor Viana. Se causó un gran alboroto y escándalo, con lo que cometió un delito muy digno de castigo. Ante tales hechos el fiscal suplicó que se abriese expediente informativo y se mandase prender al presbítero Juan de la Rama.

         Ordenó el provisor y vicario general de Sevilla y su arzobispado, doctor don Luis Venegas de Figueroa[2],  que se abriese dicho expediente y que señor Fernando de Palomares, receptor de la Audiencia arzobispal, fuese a la ciudad de Sanlúcar de Barrameda para visitar las partes y lugares que fuesen necesarios. Habría de interrogar a cuantos testigos fuesen pertinentes y, si estos no quisiesen declarar, serían condenados con censuras. De resultar culpable el reo, habría de prendérsele  y fuese traído preso a buen recaudo y con la custodia necesaria a la cárcel del arzobispado. Era en Sevilla el 14 de noviembre de 1633.

         Llegó a Sanlúcar de Barrameda el señor Palomares el 16 de noviembre de 1633. Este pide al vicario de la ciudad, licenciado Luis de León Garavito, que se le faciliten los datos para él proseguirlos. Sorpresa. Garavito le dice que “no ha escrito causa alguna”. Razones que dio: Había llegado a él Gaspar de Viana y le comunicó que se quería querellar con el licenciado Juan de la Rama. Dijo el vicario que para ello que trajese testigos, que estaba presto y dispuesto para recibir información. Esperó en la sacristía de la iglesia. Posteriormente fue y prendió al señor Juan de la Rama y lo puso en la sacristía de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, hasta hacer la averiguación y ver si resultaba culpable. Tras ello, volvió el señor Gaspar de Viana y le dijo que no se quería querellar, porque él había tenido la culpa, por lo que bien podría soltar al licenciado Juan de la Rama. Así las cosas, lo soltó.

         Pero, una vez que fue llamado Gaspar de Viana por el vicario Garavito ante el receptor, este le dijo que, si quería querellarse, que lo hiciese. Él estaba presto a recibir la querella. Afirmó que no se quería querellar. El vicario le dijo innumerables veces que se le admitiría su querella y se le haría justicia. Ante tanta insistencia, afirmó Gaspar de Viana que “no se quería querellar, puesto que había dado palabra de ello a mucha gente principal y que no la habría de quebrantar”. Le dijo el vicario que al menos actuase como testigo. Así fue.

         Unos tras otros fueron saliendo los datos de lo acontecido. Gaspar de Viana estaba vendiendo uva y se armó una pelea por el precio de la uva. Razón: el cura intentó llevarse las uvas sin pagarlas. Viana se opuso. Unos clérigos que allí se encontraban mediaron. Juan de la Rama se fue, pero volvió con un palo.

         Entre los testigos informó Francisco Camero[3], procurador del municipio y pertiguero del duque. Este fue el testimonio del procurador: Juan de la Rama llegó junto a un hombre en la puerta de la carnicería de la ciudad. No sabía el nombre de este, pero sí le conocía de vista, pues era hortelano de la huerta de Sanlúcar el Viejo. Rama le había pedido dos coles, no uva como se dijo en otro testimonio, y sobre el concierto tuvieron algunas palabras. El hortelano le dijo que si creía que por ser clérigo se las iba a llevar. Nada de ello. Juró que a él se las iba a vender más caras. Fue cuando el licenciado Juan de la Rama le dijo que no las quería si no era por el precio justo. Afirmó además que él quería pagar lo que costase, pero el hortelano alzó el brazo con intención de pegarle al clérigo. El clérigo, “viendo tan gran desvergüenza”, solicitó la ayuda de la justicia que andaba por allí para que lo prendiese. Francisco Camero, el testigo de los hechos, quiso sacar la daga, para darle al hortelano “viendo tan gran atrevimiento y desvergüenza así de obras como de palabras”. El procurador del municipio le pidió que le pidiese perdón por cuanto había dicho. Respondió el hortelano que “antes se pediría a un moro que a dicho clérigo”. Surgió un gran alboroto. El hortelano fue y se metió en la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad. Con esto acabó su testimonio.

         Tras él, presentó también su testimonio Luis López Delgado[4], escribano público. Este agregó que, ante las ofensas, Juan de la Rama se dirigía hacia la Puerta de Rota y se trajo consigo a Antonio Guisado, alguacil de vagabundos, y el clérigo se fue a la Caridad.

         Otro testimonio fue el del licenciado Bernardo López de Moncayo, presbítero y capellán del duque. Se fue por las ramas. Sólo dijo que iba a la Caridad a decir misa por orden del duque y que “no sintió nada”, sólo sabía lo que había oído decir.

         Turno para Juan González, capellán de la Caridad y capellán del duque, expresó que “se hallaba confesando en uno de los confesionarios de aquella iglesia y vio que entró por la puerta un hortelano, a quien conocía de vista porque todos los días lo veía vender verduras. Vio cómo este estaba paseando por el cuerpo de la iglesia. Contempló luego cómo salía de ella. Pasó algún tiempo. De pronto vio al licenciado Juan de la Rama que entró en la iglesia, hizo oración y salió por la misma puerta que el hortelano. Tras esto, oyó “alborozo” en la misma puerta. Preguntó después qué había pasado. Le dijeron que un enfrentamiento que había tenido Juan de la Rama y el referido hortelano “porque se le había desvergonzado”.

         Lo mismo que el anterior diría fray Bernardino de Cisneros, de la Orden del Carmen y servidor del duque. No se encontraba en aquel momento en el templo el sacristán mayor de la Caridad, por lo que le contaron lo que había sucedido. Se agregó a ello el testimonio de Antonio de Ormaza, clérigo de menores órdenes. Este si se hallaba en la iglesia de la Caridad, “rezando junto al altar de las ánimas”. Oyó voces a la puerta de la Iglesia, aquella que salía a la Plaza de las Carnicerías y se levantó para ver lo que era. Vio entonces cómo Juan de la Rama estaba discutiendo con un hortelano.

         El alguacil José Fernández declaró que, encontrándose en la Plaza de la Carnicería, vio cómo el licenciado Juan de la Rama había tenido voces con un hortelano, “que se llama Gaspar de Viana”. El alguacil se dirigió al lugar donde se producían las voces y aquel ruido. Fue entonces cuando Juan de la Rama le dijo al alguacil: “Póngame a este pícaro en la cárcel”. Le contestó este que aquella no era razón para prenderle. Fue entonces cuando Juan de la Rama se fue en dirección hacia la calle de la Fuente Vieja.

         Terminada la toma de declaraciones el 20 de noviembre, al examen de los testigos, se resolvió que la causa correspondía a don Luis Venegas de Figueroa, provisor y vicario general del arzobispado de Sevilla. A él sería a quien se le remitían los testimonios “para que lo viese y juzgase en justicia”.

         Juan de la Rama fue obligado a declarar en la cárcel arzobispal de Sevilla, tras recibir un “mandamiento personal”. Fue en enero de 1634. Declaró que “cuando ya tenía su criado las coles en la mano, el hortelano se las quitó afirmando que habría de pagar el precio justo. Este pasó a donde estaba este confesante y le asió de la mano y le dio rempujones, gritándole que no se había de llevar su hacienda de balde y que, si no fuera clérigo, él sabía lo que había de hacer. Este confesante, viendo la descompostura de dicho Gaspar de Viana llamó a un alguacil, para que lo prendiese y, cómo este dijo que no quería, se fue a buscar a otro”. Tras ello, negó que hubiese quitado un palo a un pobre que se hallaba en la puerta de la Caridad y que hubiese golpeado con él al hortelano.

         Siguió declarando. “La verdad del caso es que, estando este confesante después de que había pasado el trance, muy quieto a decir misa como lo ha de costumbre, vio entrar en la iglesia a Gaspar de Viana, se alborotó y sin que el confesante hiciese movimiento alguno se entró en la sacristía. Si hubo algún alboroto, este confesante no lo hizo. Lo causaría el referido Gaspar de Viana”.

         Tras ello, comenzó a actuar el fiscal don Cristóbal de Bustos y el procurador de Juan de la Rama. El clérigo Juan de la Rama fue amonestado, para que “no tuviese pendencias ni pesadumbres con persona alguna, y diese buen ejemplo, no tratando a nadie mal de obras ni de palabras”. Junto con el apercibimiento hubo de pagar las costas del proceso.

 



[1]  ADAJ: Fondos Hispalenses: Causas Criminales, 416, 4. 

[2] Fue vicario general del señor Patriarca D, Diego de Guzmán. En el año 1628 decidió que se comenzaran  los trámites para construir el retablo mayor de la iglesia de Espera. En el mismo dicho año aprobó las Reglas de la Hermandad de San Joaquín de Sevilla. Asimismo, por su comisión, el licenciado Rodrigo Caro  inspeccionó la obra “El culto sevillano” escrito por el licenciado Juan de Robles, en que no encontró nada contra la “fe católica ni contra las buenas costumbres”. Fue el 19 de febrero de 1633.Cuatro días después, Luis Venegas autorizaba la impresión del libro, puesto que “no incurría en pena alguna”.

 [3]  Según Velázquez Gaztelu, Francisco Camero era alguacil fiscal de la Real Justicia, alcaide de la cárcel y procurador de causas en 1631. Continuó en el cargo después de la incorporación de la ciudad a la corona (cfr. Catálogo de todas las personas ilustres, p. 120.   

[4]  Según Velázquez Gaztelu, fue recibido como escribano público en Cabildo de 27 de abril de 1621. En la incorporación a la corona compró un oficio siendo recibido en el Cabildo de 6 de febrero de 1646. (cfr. Catálogo de todas las personas ilustres, p. 291.

 


27/06/2016

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