Recortes de historia ...

  SOMBRA AZUL DE UNA VIVENCIA


 

 

          Poco a poco se fue apagando la luminosidad de los ecos de un centenario. El gozo, los recuerdos y la nostalgia de aquellos infantiles momentos vividos en y con La Salle se van amontonando cansinamente en el rincón sombrío del tiempo. La Salle dejó en mi alma de niño los instrumentos para “hacer camino al andar”. La Salle me dio la impagable oportunidad, en nuestro centenario, de poder revivir no sólo mis cuatro años en la “Escuela de San Agustín”, rememorando a tan inolvidables profesores y a tan recordados compañeros y amigos, sino que, además, he podido, con este motivo, bucear por toda la historia de la Salle en Sanlúcar de Barrameda. Mi gozo y mi trabajo quedaron plasmados en el modesto libro: Educando en silencio, La Salle 1905/ 2005.

Me ha tocado a mí haber tenido la oportunidad gozosa de zambullirme en algo tan querido y de tanta significación para la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, como los cien años de estancia, diría, con mayor precisión, de fecunda encarnación,  de los Hijos de San Juan Bautista de La Salle, en esta nuestra ciudad. En este recordatorio para el futuro tan sólo quiero dejar constancia del porqué de la elección del título de la obra.

Uniendo documentación y vivencias, el título cayó solo. Había dos palabras que tenían que aparecer en él: Educar y silencio. Educar, porque Juan Bautista de La Salle dejó bien establecido, desde el momento fundacional, que la misión de La Salle no quedaba  reducida a la “mera instrucción”, sino que abarcaba en plenitud al docente y al discente, al maestro y al alumno. El hermano de La Salle tenía que decir y hacer, tenía que vivir lo que enseñaba y enseñar lo que vivía. Y esta enseñanza no abarcaba tan sólo la capacidad intelectual del niño, sino su vida entera. Al no ser tarea para sólo una época, sino para “hasta que Dios quisiese”, elegido “educar” como título, tenía que aparecer ese verbo en su forma de gerundio, porque el gerundio indica una acción no acabada, sino persistente y permanente.

Colocado el primer apellido del libro: “Educando”, había que buscar el segundo. Visto todo lo visto de la trayectoria de La Salle en sus cien años en la ciudad, unas palabras de Romano Guardini vinieron a cerrarme el círculo:

 

“Las grandes cosas se realizan en silencio. No en el ruido y en la ostentación de los acontecimientos externos, sino en la claridad de la mirada interior, en el imperceptible movimiento de la decisión, en el sacrificio y el vencimiento ocultos”.

 

Todo ello era lo que yo había ido descubriendo al leer ilusionadamente la documentación que había puesto La Salle en mis manos. Todo ello era lo que yo recordaba de los años infantiles en que fui alumno lasaliano allá por San Agustín. Todo ello era lo que había quedado fecundamente sembrado en mi alma de niño. Por ello, ya tenía título: “La Salle Educando en silencio. 1905-2005”.

Educar en silencio ha sido el proyecto mantenido en La Salle desde su llegada a la ciudad de Sanlúcar de Barrameda. ¡Qué buen momento el de su llegada para una sociedad sanluqueña en su mayoría tan famélica de tantos bienes! El momento de su llegada, a pesar de los pavoneos melifluos de algún escritor que se refería en la prensa a la grandiosidad de la ciudad a principios del siglo XX, vino a coincidir con un estado generalizado de pobreza e incultura en la totalidad de las amplias clases populares. Toda la nación estaba inmersa en lo que dio en denominarse “el desastre” (la crisis del `98, la pérdida de Cuba, la derrota ante los Estados Unidos);  y la toma de conciencia del mismo fue un sentimiento desolador, primero en los intelectuales y, posteriormente, infiltrado hasta las mismas capas populares. Nuevamente habían sonado con crudeza las incansables campanas de la crisis, que con tanta reiteración venía a suponer un verdadero exutorio para las frustraciones endémicas de los más desvalidos de la sociedad.

Sonaban ecos de hondo materialismo desde tiempo atrás, pero los hilillos del pensamiento de intelectuales como Henri Bergson (1859-1941) o Friedrich Nietzsche (1844-1900) venían horadando la periferia de las capas sociales. De ello se hará eco la filosofía y la literatura, arrancando, en no pocas ocasiones, de la descripción de las desoladas situaciones de los pobres y braceros del campo. La descripción que Azorín realizó de las clases populares de la ciudad de Lebrija bien que se podían aplicar a las que los Hermanos se encontraron a su llegada a la ciudad sanluqueña.

En este contexto adquiere especial valoración la cultura y la enseñanza, por lo que la llegada de los Hermanos de la Salle fue bien vista por todos, máxime cuando se ubicaban en una escuela inserta en el corazón mismo del Barrio Alto, en donde anidaba, desde mucho tiempo atrás, la pobreza y el analfabetismo.

Su mera presencia ya era de por sí evangelizadora, pues, como afirmó el pensador Jacques Maritain, “un acto de verdadera bondad es la mejor prueba de la existencia de Dios”. Llegaron, a más, modestamente. El papel anterior de la Iglesia de ser un “brazo” de poder, paralelo al “brazo secular”, había comenzado a declinar; su poder había mermado, razón por la que las creencias y prácticas religiosas comenzaron a insertarse en el ámbito más familiar e íntimo, viéndose, gracias a ello, de distinta manera a los religiosos.

Esta realidad socio religiosa explosionaría pronto en el nombre con que el pueblo comenzó a denominar  a los Hermanos de La Salle: “los Hermanitos”. Con ello, además, los barrialteños, y los barribajeños esquivaban la onerosa carga de aprender y de pronunciar lo que venía a suponer un castigo para la fonética popular sanluqueña,  los difíciles nombres de algunos de los Hermanos, ante los que los sanluqueños carecían de alguna palabra que, pareciéndoseles, pudiesen hacer un cóctel con ellas, como en otras muchos casos. Mire usted que el pueblo es listo como el hambre. Dígame si no cómo irían a llamar a los Hermanos Ebiciaro o a Exupecio, o a Adelelmo. ¡Que no, que no había manera! Así que Hermanito, y Hermanito quedó para la posteridad.

Lector empedernido, observador incansable, me atrevo a calificar la centenaria estancia de La Salle en Sanlúcar de Barrameda, sin ningún tipo de rubor ni chauvinismo caduco, ya desde los conocimientos alcanzados en esta investigación histórica, como el mayor fenómeno cultural de la historia de Sanlúcar de Barrameda y, tal vez, el de mayor trascendencia evangelizadora dentro de la Iglesia local sanluqueña en toda su historia, por cantidad y cualidad de acción, así como por su honda eficacia y trascendencia.

 Y todo esto lo ha sabido hacer La Salle sin alharacas, sin aspavientos, en silencio. El protagonismo produce alergia a la piel lasaliana. Y esto en toda su historia sanluqueña. Cuando aparece es por defender unos intereses legítimos, o por realizar actividades evangelizadoras, o por dar gloria y honor al santo fundador, o por el bien de los alumnos; y ello, siempre, con la habilidad y la generosidad de trabajar y trabajar, para que, a la hora de la “foto”, sean otros quienes aparezcan en ellas. En su labor callada, silenciosa y eficaz, La Salle ha contado con la ayuda impagable de la Asociación Católica de Padres de Familia, la Asociación de Antiguos Alumnos, los bienhechores conocidos (don Francisco Picazo, doña Pura Vila, doña Caridad Picazo, el conde de Bustillo, doña María Hortal, doña Rosario Argüeso, etc), y los anónimos;  la moderna APA, y las Congregaciones e Instituciones lasalianas.

 

A la sombra azul de mi vivencia, despejada por los orajes de la vida, apegada a los fecundos tinteros que escribieron en mi alma lecciones de vida para el futuro, mi gratitud se enrosca y enroca en mis raíces lasalianas. A veces la perspectiva aminora los contornos o, incluso, los oscurece o diluye. No es mi caso, muy al contrario. En aquel jardín inculto de un niño de muy pocos años fueron sembradas las primeras imágenes, los primeros conocimientos y los primeros sentimientos conscientes que quedaron profundamente impresos para toda una vida. En aquella escuela de la calle San Agustín, como casi todos los niños de la ciudad durante décadas, aprendí, casi jugando, a sentir, a pensar, a conocer, a trabajar, a comprometerme, y, para más reconocimiento aún, se puso en mis manos unos instrumentos (como se dice en la educación preconizada en la posmodernidad) por los que pude “aprender aprendiendo”, y por los que quedó en mí un sistema, un método de trabajo y una disciplina intelectual que me viene acompañando durante toda la vida. A la sombra azul de mi vivencia jamás olvidaré a La Salle Educando en silencio.


12/04/2016

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