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  REFUNDACIÓN DE LA COFRADÍA DE SAN ANTONIO DE PADUA Y NTRA. SRA. DEL BUEN VIAJE.

 

 

 

La cofradía de mareantes tuvo su sede en la iglesia filial de san Nicolás de Bari y aglutinaba a toda la gente de la mar; pero la intolerancia entre grupos sociales produjo, de alguna manera, la escisión de la cofradía en dos, parece que “nada hay nuevo bajo el sol” y que los principios hegelianos ya eran antes de que se formulasen. Era mucho “pa su cuerpo” que los “navegantes viajeros de la costa” pudieran entenderse y codearse con los “pescadores de a pie”, en este caso, de tartanillas. Estos se sentían menospreciados por aquellos, y aquellos les daban pie, “teniéndoles por de menos esfera que la suya”[1]. Lo que tenía que pasar, pues simplemente pasó : “se produjeron entre sí las graves disensiones de los apedreos los días de fiesta, que comenzaron por diversión y acabaron en odio y emulaciones sangrientas, hasta que precisó las justicias, mal obedecidas al principio, a abolir bajo de graves penas los tales apedreos, pero no pudieron contener las pendencias de espadas y combates nocturnos que los mancebos de uno y otro barrio, se solían dar frecuentemente, lo que duró hasta que se retiró el comercio a Cádiz que todos los navegantes que permanecieron aquí, quedaron reducidos a una misma clase”[2]. 

Así las cosas, los pescadores quisieron poner tierra de por medio y avecindar sus devociones en aquellos lares donde se sentían a gusto: su Barrio de la Balsa. Es por lo que labraron, en el promontorio de las cercanías, una ermita dedicada a Nuestra Señora del Buen Viaje, y crearon una cofradía muy generalizada por todo el Barrio de la Balsa. Con posterioridad, el duque de Medinasidonia don Manuel (1579-1636), agradecido fervorosamente por el alivio experimentado en sus frecuentes achaques de salud, en cumplimiento de una promesa realizada, procedió a la fundación de un convento a poner en manos de los frailes capuchinos. Para ello, donó su Huerta del Desengaño, a la que agregó la ermita referida, así como otras huertas y viñas colindantes que adquirió. En 1634 todo quedó dispuesto para la llegada de los religiosos. 

Corría el mes de mayo de 1672. El día 5 se reunieron en el convento de capuchinos, con los religiosos fray José de Santa Olalla y fray Sebastián de Sevilla, los señores Francisco Román, Bernardo Díaz, Diego de Medina, Francisco de Manga, Diego Pérez y Domingo de Padilla[3]. Vieron y aprobaron, para remitirlo al arzobispado de Sevilla, las Reglas de la Cofradía de San Antonio de Padua y Nuestra Señora del Buen Viaje, con sede en dicho convento. Constaban las Reglas de ocho capítulos, siendo este su contenido:

 

1.- Los cofrades, los presentes y los que se agregaran, se comprometían a hablar perpetuamente de la Hermandad, “para el mayor bien de sus almas y de las de los demás hermanos que quieran asentarse en ella”. Se abriría un libro en blanco para ir dejando constancia de la relación de los hermanos que se fuesen incorporando, quedando estos obligados, al ingresar en la Cofradía, “a ofrecer alguna limosna según su posibilidad”. 

2.- Para el buen gobierno de la Hermandad, anualmente y en la fiesta de Nuestra Señora del Buen Viaje por el mes de julio, todos los hermanos que pudieran congregarse elegirían un mayordomo y dos hermanos mayores. Los tres serían depositarios de todas las limosnas de “quienes generosos sean”. Se adquiriría “un arca con tres llaves”, una para cada uno de los tres referidos cargos, responsables de la administración de la Cofradía en sus gastos e ingresos. Los tres habrían de rendir cuenta, al finalizar su año de mandado, a quienes les sustituyesen, y elaborar una relación del movimiento de las limosnas para el conocimiento de todos los hermanos. Se elegirían anualmente a varios hermanos responsables de revisar las cuentas, “como es costumbre en las demás cofradías”. Al mismo tiempo, se elegiría también “un padre de almas”, de entre los mismos hermanos, cuya misión sería la de comunicar a los demás cofrades “la muerte de algún hermano o hermana”, para que se cumpliese “con la obligación de los difuntos”. 

3.- Un hermano se habría de ocupar de que siempre hubiese, a disposición de la Cofradía, veinte cirios de cera de tres libras cada uno, dispuestos para la procesión y para los entierros de los hermanos. Además, la Cofradía quedaba obligada a poseer dos estandartes, uno para la fiesta principal de Nuestra Señora del Buen Viaje, y otro para las procesiones generales; unas andas para Nuestra Señora y otras para San Antonio. Se agregaría a lo referido “las demás insignias que suelen usarse y se permiten a las hermandades”. 

4.- Sobre el día y modo de celebrar las fiestas de los titulares de la Cofradía recogían las Reglas los siguiente. La fiesta de la Virgen del Buen Viaje se celebraría el  2 de julio, “día que señala la Iglesia para la Visitación de Nuestra Señora”, o el primer día de fiesta siguiente. Solemnemente se habría de celebrar en el convento con advocación a María, sermón, vísperas, procesión por la tarde, “como es costumbre”. En este día, y contando con el permiso del padre guardián, tan sólo procesionaría la imagen de la Virgen, quedando la Cofradía obligada a dar y poner la cera que se gastase tanto en el altar como en la procesión. Asimismo, en dicha fiesta, la Cofradía daría algún regalo para “que aquel día coman los religiosos”, así como para quien el guardián designase predicador para el sermón de la fiesta. Si bien los años eran de carencias, y los capuchinos de ardua austeridad, no se ha de entender como que los buenos frailes imperiosamente hubieran de comer lo que la cofradía les regalase, considerando que, de no hacerlo, carecerían de lo imprescindible para ello. Más bien han de ser entendidas las secas palabras de las Reglas como que, con el motivo de la mariana y gozosa efeméride, la cofradía donaría “manjares extras” para agasajar a los observantes religiosos. 

          En relación con el día de san Antonio de Padua, se celebraría misa y sermón “en el altar que el santo tiene en la capilla del convento”. Se darían dos libras de cera para la misa y lo que los hermanos considerasen para el predicador. En ambas fiestas, y durante toda la semana de ellas, todos los hermanos y hermanas habrían de ir “para nos confesar y comulgar”. 

5.- Las actividades a realizar durante el resto del año quedaron concretadas en celebrar una misa rezada o cantada, en todas las demás festividades de la Virgen, por todos los hermanos y hermanas de la Cofradía, vivos y difuntos, satisfaciéndose con una limosna de una libra de cera. 

6.- Todos los hermanos y hermanas quedaban obligados a acompañar en su entierro a cualquier hermano o hermana fallecidos. Deberían portar su cuerpo a hombros y, por el alma de cada uno de los fallecidos, se dirían dos misas rezadas en el altar de Nuestra Señora del Buen Viaje, dándose al convento la cera correspondiente, agradeciéndose “en mucho” si el prelado guardián mandase a algún religioso al acompañamiento. 

7.- La Cofradía estaría obligada a salir “en comunidad” en todas las procesiones generales que dispusiese el ordinario eclesiástico, portando las andas con la imagen del “señor san Antonio de Padua, nuestro patrono”. Delante de la imagen del santo “la cera de los hermanos y demás insignias”. En las procesiones a las que tan sólo fueren “convidados” podrían salir, si así lo decidían. 

8.- Estas Reglas y Constituciones entrarían en vigor desde el momento en que fuesen aprobadas por el provisor y vicario general del arzobispado de Sevilla, a quien correspondía esta autoridad, debiendo ser obedecido por todos “como fieles súbditos”. Consideraron los hermanos que la aprobación repercutiría “en el bien de nuestras almas y en la edificación de todos”. 

          Redactadas las antecedentes Reglas, fueron enviadas al arzobispado. Las vio el fiscal general del mismo. Su dictamen fue positivo, afirmando que “no había cosa que las impidiera”, si bien la aprobación quedaba condicionada a la autorización oficial por parte de la orden capuchina. Tras ello, ordenaba el fiscal que la “Cofradía habría de mirar de no molestar a nadie con las peticiones de las limosnas, sino que habrían de cubrir sus gastos con los ingresos que consigan de los hermanos”. El fiscal se reservó en su dictamen la facultad de “reformar para el caso que convenga”. 

          El dictamen pasó a manos de don Gregorio Bastany, provisor y vicario general de la ciudad de Sevilla y su arzobispado, quien, en nombre del gran arzobispo Ambrosio Ignacio Spínola y Guzmán (Madrid, 1632- Sevilla, 1684)[4], aprobó las Reglas de la Cofradía “en todo y por todo lo que contiene”, con fecha de 10 de mayo de 1676. Se aprobaban y confirmaban en atención a “los bienes espirituales de los hermanos y cofrades”, y con la obligación, por parte de estos, de cumplirlas, “bajo pena de pecado mortal”. Llegada la aprobación de las Reglas, los hermanos celebraron Cabildo General. Tras realizar una profesión de fe, se comprometieron “a hacer esta Regla juntos y congregados: Francisco Rodríguez Granados, mayordomo; Andrés Román y Diego de Medina, hermanos mayores; Francisco de Manga y Jacinto Rodríguez, notarios; Francisco Román, “delegado de las almas de los hermanos de esta Cofradía”; y Bartolomé Domínguez, Domingo Padilla, Francisco de Aguilar, Gregorio Rodríguez, Diego Velázquez, Francisco Salmerón, Diego Pérez, Mateo de la Torre, Melchor Rey, Pedro Manuel Lázaro, Diego García, Simón Rodríguez, Francisco Gil de Morales, Marcos de Ojeda, Antonio de Morales, Gregorio de Ojeda y Domingo La Rosa. 

          Pasó casi un siglo. Los sentimientos barrocos fueron sustituidos por el espíritu reformista del Siglo de las Luces. La Cofradía había decaído. Para Velázquez Gaztelu la razón de dicha decadencia era muy simplista: “ [...] según el espíritu o aplicación del superior que les mueve, dedicándose mucho el que hoy tienen a que no decaezca la devoción y culto de esta antigua hermandad”[5]. Los fenómenos de masas, no obstante, tienen implicaciones bastante más complejas, pues son mil y una circunstancias las que influyen en la configuración del pensamiento y del comportamiento de una determinada época. 

          Volvamos al convento de capuchinos. Estamos en el 16 de junio de 1751. Se celebra una junta de la Cofradía de Nuestra Señora del Buen Viaje y de san Antonio de Padua. Por las paredes del sobrio convento resuenan los ecos de la profesión de fe que realizan los cofrades antes de comenzar la sesión: “ [...] creemos en la Santísima Trinidad, tres personas distintas y un solo Dios verdadero [...] en Jesús, Dios y hombre verdadero, que redimió al humano linaje, que tomó carne en las purísimas entrañas de Nuestra Señora [...]. 

          Estaban presentes el guardián del convento, fray Pablo de Granada, predicador y misionero; fray Eusebio de Sevilla, predicador y misionero, nombrado por el guardián para atender a la Cofradía “por la facultad que le confiere el capítulo 2º de las Reglas; José Herrera, “mayordomo que se dice ser de la Hermandad”; los pilotos del puerto: Ángel de Medina, Tomás de Carreras, Juan de Aguilar, Andrés de Medina, Matías Gil, Rodrigo Panduro y Manuel de Herrera; José Henríquez y Juan Ramos, hombres de la mar y patronos de embarcaciones; Francisco de Salazar y Antonio Bernardo Horcadas Carballo[6], mayordomos del Tribunal de Cruzada; y Mateo Francisco de Aguilar[7] 

          No era la primera vez que se reunían, pues en el acta de la reunión se recoge: “Juntos y congregados para convocar en la iglesia de este convento, siendo como las once del día de la fecha, según como es costumbre, con la precisa solemnidad y necesarios requisitos”. Comenzaron, no obstante, reconociendo cuál era la situación de la Cofradía: “ [...] se encuentra en la mayor decadencia y en el lamentable estado y abandonada en muchos años a esta parte”. Siguieron analizando cómo no había constancia de los hermanos que la integraban, cómo se no observaban ninguno de los capítulos de las Reglas que estaban en vigor y que fueron aprobadas en 1676, cómo no existía ningún tipo de libro que pudiera servir de guía, cómo no se profesaba culto a las imágenes titulares por parte de los hermanos de la Cofradía... Ante tan nefasta situación, acordaron, para someterlo a su aprobación por el arzobispado, lo siguiente: 

1.- Hasta que no se celebrase un Cabildo de Elecciones, se nombraba mayordomo a José Herrera y notario a Francisco de Aguilar. 

2.- Reorganizar las celebraciones de los Titulares. La fiesta de Nuestra Señora del Buen Viaje, con su procesión “en la forma correspondiente”, se celebraría en este año “el día feriado siguiente”, quedando la comunidad, por este año, obligada a “aderezar y componer las imágenes”. En la fiesta de san Antonio se celebraría sermón a cargo del padre guardián. 

3.- Siguiendo la intención del fundador de la Cofradía, se admitirían como hermanos “a todas las personas que se quisieran alistar”, para que la Cofradía “fuese en auge y ello fuese de mayor culto a sus Titulares”. Quienes ingresaren “habrían de dar la limosna acostumbrada, según sus posibilidades”. Diego Henríquez de Medina y Mateo Francisco de Aguilar serían los encargados de ir asentando en un libro la relación de los hermanos que se fuesen inscribiendo. Ambos quedaron obligados a presentar las listas de hermanos en el próximo Cabildo General. 

4.- Al día siguiente de la fiesta de la Virgen, se celebraría una misa en el convento por todos los hermanos cofrades difuntos. 

5.- El día señalado para las exequias se celebraría el Cabildo General, debiendo acudir todos los hermanos que pudieren, para lo que serían convocados “por cédula” por el padre fray Eusebio de Sevilla. Sería en este Cabildo cuando se elegirían “los correspondientes oficiales para la Hermandad”, así como el momento de introducir en las Reglas y Estatutos antiguos de la Hermandad los cambios oportunos. Las Reglas se enviarían al Ordinario para que fuesen nuevamente aprobadas “para la total reforma y perpetuidad de la Cofradía”. 

          Fue el cofrade Manuel Pérez Muñoz quien, en nombre de la Cofradía, presentó por escrito al arzobispado la solicitud de que fuesen nuevamente aprobadas las Reglas que estuvieron en vigor desde la anterior aprobación, para que, aprobadas, “se guardasen y cumpliesen como en ella se contenían”. El 3 de julio de 1751 el licenciado Millán, fiscal general del arzobispado, vistos los nuevos capítulos y adiciones a la Regla antigua no encontró reparo alguno en su aprobación.

 

 

 

 



[1]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones.... página 428.

[2]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones... 428.

[3]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Fondos hispalenses. Hermandades y Cofradías, caja 458, legajo 21.

[4]  Según Domínguez Ortiz era “bueno, piadoso, caritativo, culto” (Las clases privilegiadas en la España de Antiguo Régimen). Fue arzobispo de Sevilla de 1669 a 1684. Fue hijo del marqués de Leganés y sobrino materno de quien también había sido arzobispo de Sevilla, Agustín Spínola. Sus orígenes nobiliarios no fueron obstáculo para desarrollar una intensa labor benéfica entre los pobres de Sevilla, a los que dedicó atención y toda clase de ayudas materiales (cfr. José Sánchez Herrero: La Iglesia y la religiosidad en la Sevilla Barroca, en Historia de las diócesis españolas, tomo 10. págs. 208-209).

[5]  Fundaciones.... , pág. 434.

[6]  Fue procurador de causas en la ciudad (libro 66 de actas capitulares, folio 232 ss).

[7]  Hijo del piloto de la barra y alcalde de la mar y río Francisco de Aguilar. Mateo Francisco fue procurador de causas de la ciudad desde 1745  (Libro 66 de actas capitulares, folio 66).


12/04/2016

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