Recortes de historia ...

  SE NOS FUE JOSÉ "EL PAÍTO.

 

 

 

 

Pasan caballos negros

y gente siniestra

por los hondos caminos

de la guitarra.

 

(Federico García Lorca)

 

 

        Era víspera de Pentecostés. La romería del Rocío bullía en todo su esplendor. Por la marisma se olía a cielos quemados. Verdes rumores chisporroteaban a los pies de la Blanca Paloma, mientras las gargantas se hundían en insaciables hondonadas. El perro dormía placenteramente, como el largo rosario de perros que siempre sestearon a la puerta de la casa de José y Ana, allá por el “Picacho Bajo”. Por las venas de José “El Paíto” corrían los caballos negros de la enfermedad, a los que él intentaba apaciguar, cuando se le decía cómo se encontraba, con las mismas palabras, siempre con idénticas palabras: “yo estoy bien, pa la edá que tengo .... si no fuera por este dichoso aparato”, mientras se llevaba la mano a la mascarilla de oxígeno que debía colocarse algunas horas al día. 

        De esta manera José “El Paíto” iba dándole largas al puñal trapero de la muerte, porque, desde que conocí a José “El Paíto”, la muerte y la enfermedad eran temas que no cabían en su diccionario vital; usarlas, en su presencia, era provocar que la cara de José “El Paíto” cambiase de color y se adentrase en mil rituales para disipar los malos farios, cuando no en optar por distanciarse de quienes, con aquellas palabras, estaban jugando con fuego. No era el único de aquella entrañable familia picachera de fines de los 60 y principios de los 70 que padecía mismos sentimientos. 

        Por eso, la muerte, a quien José “El Paíto” había sabido darle excelentes muletazos, hubo de sorprenderle súbitamente en una tarde del mes de mayo, disfrazada de un rayo de sol iluminado de suspiros que, alcanzado su mortal destino, se transformó en dolor y ausencia. 

        Ausencia que fue y será siempre presencia por mucho tiempo; porque José formaba parte del paisaje y del paisaje de “El Picacho”. Por las páginas amarillentas de los recuerdos, nunca disipados, de lo mejor vivido para tantos y tantos picacheros, por siempre aparecerá la imagen de José “El Paíto”, caminando –jamás sentado, que para José “sentarse era cosa de mujeres”– elegante, seguro, señor, con su eterno cigarrillo en la mano, por toda la historia de “El Picacho”, porque José era el cordón umbilical que unía los orígenes del Colegio con la actualidad. Estuvo desde el principio, y lo ha estado, jubilado ya, en la ladera de su “Picacho Bajo”, hasta el instante de su muerte. 

        Muchos pétalos han ido cayendo ya del rosal de la familia picachera, todos queridos y llorados. A ellos hemos visto agregarse a José “El Paíto”, con su faz vagamente dirigida hacia el horizonte, con su mirada pensativa, con su sentimiento senequista, con su deambular incansable, con su disponibilidad a flor de piel. José “El Paíto” era como era. De él se desprendían ecos de campanas antiguas y de ancestrales tradiciones acunadas en lo más profundo del pueblo. En su tarde madura fue como lo había sido desde la amanecida de su vida. Quienes lograron asomarse al umbral del pozo profundo de su existencia pudieron conocer su inquebrantable pasión por la autoridad, su sentido patriarcal de la familia, su dogmatismo en los vendavales de asuntos de todo tiempo, su sentido lúdico de la existencia, pero, en todo y sobre todo, aunque su reciedumbre heredada lo disimulase, su amor, su cariño y su ternura a El Picacho, a su paisaje y a su paisaje. Se quebró para José “El Paíto” el reloj de su tiempo.  ¡José, “Paíto, disfruta y goza en la inmensidad sin tiempo! ¿Qué hay por aquí? Pues, como escribió el poeta:

 

El día se va despacio,

la tarde colgada a un hombro,

dando una larga torera

 

sobre el mar y los arroyos.


04/04/2016

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