Recortes de historia ...

  BONANZA Y LA VIRGEN DEL CARMEN

DEVOCIÓN A MARÍA EN SU ADVOCACIÓN

VIRGEN DEL CARMEN

EN BONANZA

Historia de esta Barriada

 

 

 

1.- VILLA CRISTIANA Y MARIANA

 

1.1.- Origen de la Villa medieval de Sanlúcar de Barrameda

 

          Había sido el hijo de Fernando III “El Santo”, Alfonso X “El Sabio” (1221-1284) quien, incentivado por los papas Inocencio IV y Alejandro IV, realizó la reconquista de la provincia gaditana. Entre las villas sometidas estuvo Sant Lúcar. Aconteció en 1264. Posteriormente, las tierras de esta villa pasarían, en Señorío, por merced del rey don Sancho y de su hijo Fernando IV, a Alonso Pérez de Guzmán “El Bueno”, como reconocimiento y gratitud de los favores efectuados por este a la corona. El privilegio fue expedido en Toro el 13 de octubre de 1297. Se le concedía a “El Bueno” Sant Lucar de Barrameda con los pobladores existentes en la villa, todos sus términos y pertenencias, es decir, con todos los  derechos que habían correspondido a la corona. Todo ello “por siempre jamás”, a título de heredad, para que de él pudiera ir pasando a sus hijos y descendientes. Quedaba establecido en la ciudad el régimen de Señorío. Llegaría hasta 1645, fecha en que la ciudad, tras el fracaso de la intentona secesionista del último de los Señores de la ciudad, el duque don Gaspar, pasaría nuevamente a la corona.

 

1.2.- La religiosidad popular se desborda en la construcción de Ermitas y Humilladeros

 

          Sobre los orígenes de la creencia y vivencia religiosa en Sanlúcar de Barrameda, si bien se carece de documentación certera, de la existente se puede deducir, sin temor a cualquier tipo de error, que en sus habitantes, aún antes del comienzo de la historia documentada, en las diversas civilizaciones que se establecieron en estas tierras, hubo un denominador común: la religiosidad. De ahí el propio nombre de Solucar > “Santo lugar”, los elementos del escudo de la ciudad, la tradición legendaria del Templo del Lucero, los restos del Tesorillo, los elementos prehistóricos aparecidos, los exvotos, etc, etc.

 

          Considero que, a raíz del siglo IV, cuando se produce una amplia expansión del cristianismo por toda la Bética, dada la importancia del Río Guadalquivir, no sería descabellado situar esta fecha como la del origen del establecimiento de alguna comunidad cristiana en estas tierras, a orillas de dicho río, dada la importancia estratégica del lugar. Existió una colonia romana, de cuya presencia quedaron restos arqueológicos, previsiblemente en una simbiosis con la gente ya anteriormente asentada, nativos e indígenas. Quiero pensar que aquella villa romana estaría constituida por una “burguesía minoritaria” asentada en la parte más noble, lo alto de la Barranca, y dedicada a la defensa, al comercio y a los asuntos del Imperio. Otro sector, popular, estaría constituido por pescadores, agricultores y “artesanos” del barro, distribuidos por las zonas en donde se hallaba la materia objeto de su dedicación laboral. Reminiscencias de este periodo se halla en la denominación de algunos “pagos”, que ha llegado hasta la actualidad: Colalta, Sanlúcar Viejo, Verdigones, Monteolivete, Miradamas, Monte Sión, Rompeserones, Rematacaudales, Dehesilla, “Rijerta”, Monteagudo…

 

          Durante mucho tiempo, estuvieron asentadas en estas tierras las tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana. Judíos y cristianos ya lo estaban con anterioridad. De la presencia de las tres culturas quedó poco que llevarse a la boca de la curiosidad. Aún así, sí que quedaron algunas huellas, por las que poder llegar, al menos, al convencimiento de su asentamiento. La comunidad cristiana establecida en estas tierras, aunque siempre bajo la influencia de la Iglesia sevillana, estaría gobernada por el obispo de Asidonia, diócesis que, no habiendo sido ni despoblada ni destruida, permanecería hasta la entrada de los almohades en la mitad del siglo XII. Estaba integrada, por tanto, en la Cora de Shiduña o Sidonia. A esta Cora pertenecieron Cádiz, Ruta (Rota), Espera, Tempul, Arkus, y Barrameda “por donde desemboca el río de Sevilla”.

 

          Los cristianos de Barrameda vivían en barrios separados, amparados por una normativa propia que, con frecuencia, entraba en litigio con la de los árabes. Hay dos lugares que me atrevo a considerar como posibles focos de asentamiento de estas comunidades cristianas: uno, a extramuros del Castillo de las Siete Torres, por la actual zona de la Calle de San Agustín, lugar en el que probablemente tuvieran su templo o lugar de culto, la primera parroquia de la ciudad, previsiblemente dedicada al apóstol Santiago. El otro lugar sería una zona más a las afueras de Barrameda, un lugar que también, desde tiempo inmemorial, tuvo un cierto carácter de sacralidad: el Pago de San Antón. En esta línea, no me parece simple coincidencia del azar el que, cuando se le entregan estas tierras a su primer Señor, Guzmán el Bueno, esta zona del extrarradio fuese una zona “consagrada” al santo eremita san Antón (Egipto, 251-356).

 

          Los primeros guzmanes configuraron la villa medieval. Posteriormente, dos fenómenos vinieron a cambiar la estructura urbanística de esta: el nacimiento de los cuatro arrabales, a las afuera de las cuatro puertas insertas cada una en uno de los cuatro lienzos de la villa murada, y el poblamiento de la Ribera. Los dos vinieron como dos fenómenos plenamente naturales, como dos fenómenos de crecimiento. La villa medieval había quedado pequeña. Se necesitaba lugares de poblamientos fuera de sus murallas. Así nacieron los arrabales de la Ribera, de la Puerta de Jerez, de la Puerta de Rota y de la Puerta de Sevilla, fuera de cada una de ellas.

 

          Paralelo al crecimiento de la villa mirada y su extensión por los cuatro arrabales, hasta el siglo XVI, los Guzmanes habían labrado gran cantidad de templos y conventos, tanto dentro de la villa murada, como por los arenales del incipiente Arrabal de la Ribera. Correspondió, posteriormente, tal afán de construcciones a los vecinos de la villa. Estos querrían imitar a sus Señores y comenzarían a patrocinar y labrar una gran cantidad de ermitas, dedicadas a imágenes con advocaciones cristológicas, marianas o del santoral. Las ermitas, fieles a su etimología griega de eremos> desierto, fueron construidas las más en lugares distantes, solitarios, en los que la fe y la devoción del pueblo depositaba su oración a la salida o a la vuelta de las faenas laborales que realizaban en campo o mar.

 

          Dentro de las murallas de la villa medieval se labró la Ermita del Señor Santiago. A sus afueras, se irían construyendo otras como las de San Juan de Letrán, San Sebastián, Nuestra Señora del Buen Viaje, San Antón, San Blas, Santa Brígida, San Diego, Nuestra Señora de las Cuevas, Nuestra Señora de Barrameda, Nuestra Señora de Bonanza, Santísima Trinidad, Nuestra Señora de Belén, San Roque, Dulce Nombre de Jesús, San Nicolás, Nuestra Señora de la Buena Guía.

 

1.3.- Pinceladas históricas de Bonanza

 

En el primer recodo que forma el Guadalquivir, a una legua aproximadamente de la desembocadura en la mar, se encuentra el muelle para la carga y descarga de barcos, así, como en su día, las oficinas que le eran anejas. Antiguamente, como las aguas del río llegaban cerca del camino hacia la Puerta de la Villa de Sanlúcar, era en sus proximidades donde paraban las embarcaciones, y donde se alistaron las flotas que efectuaron los más notables descubrimientos y las menos laudables acciones bélicas y conquistadoras.

 

Habiendo cambiado, con posterioridad, el cauce del río, se hizo preciso buscar un paraje seguro para fondear los buques. No se halló ninguno más a propósito, pues era volver, tal vez, a la tradición oral de lo que un día había sido la zona de Bonanza. Era allí donde el río se ensanchaba considerablemente. Había, en su consecuencia, calado para los buques y, además, estuvo de siempre muy abrigada aquella zona de los vientos por los bosques que llegaban, en ambos lados, hasta la mismísima orilla. En sus orígenes, sólo había en Bonanza una casa. Fue construida por la Compañía del Guadalquivir. Tenía la finalidad de hospedar a los viajeros que iban o venían de Sevilla en sus barcos de vapor. Dicha casa era conocida por el nombre de “Casa del Vapor”.

 

La Ermita de Bonanza contempló cómo en marzo de 1624 el rey Felipe IV pasó por sus proximidades para embarcarse en dirección al Coto de Doñana, donde estaría varios días de cacería, con aristócratas, políticos y miembros de la corte real. Lo mismo acontecería con Felipe V, para cuya visita se construyó un puente  o “tablado” en Bonanza, entre el Castillo del Baluarte y la Venta, propiedad esta de los duques y de la que estuvo encargado el rentero Luis Alonso, quien abonaba a la Casa Ducal cada año 775 reales por la renta.

 

Años después, Jerónimo Espinosa de los Monteros, se refiere a Bonanza en un informe que presentó al Cabildo, como síndico procurador que era de él en el último tercio del siglo XVII. Afirmó en su escrito, para explicar el estado de decadencia en que se encontraba por aquel entonces la ciudad, que “hasta el cuatrocientos”,  la ciudad abarcaba un opulento comercio, por haberse transformado su celebrado puerto de Bonanza en “el único y seguro surtidero que había en las dilatadas costas de este reino, por ser el preciso paso y garganta del asiento y dilatado comercio de la ciudad de Sevilla, donde estaba el principal asiento de mercaderías y hombres de estas grandes ocasiones”[1]. Pero, una vez que decayó la ciudad de Sevilla, y con ella Sanlúcar de Barrameda y Bonanza, estas cayeron en una decadencia demoledora en todos los aspectos de la ciudad y de su barriada. Se acabó con el viejo esplendor comercial. Los comerciantes se marcharon a mercadear a la ciudad de Cádiz, asentándose muchos de ellos en la de El Puerto de Santa María.

 

En 1800, como en otros momentos, acordó el Cabildo colocar en la Ermita de Bonanza un lazareto, al verse la ciudad asolada por la fiebre amarilla o vómito negro, epidemia que se extendió con una naturaleza extraordinariamente grave. Según lo recogido en 1827 en el Diccionario geográfico y estadístico de España y Portugal[2], el puerto de Sanlúcar, muy frecuentado en otro tiempo, poseía a la sazón ensenada bastante capaz en el paraje llamado Bonanza, “que había tomado este nombre de la ermita erigida por la contratación de Sevilla con el título de Nuestra Señora de Bonanza y que se alzaba más arriba de la población con muelle cómodo para el tráfico”.

 

En 1832, por orden gubernamental, se construyeron un edificio para la ubicación en él de la Aduana de Primera Clase que estaba en Sevilla, un muelle que avanzaba en el río “86 varas castellanas”, un cuartel para carabineros, las oficinas del muelle, ocho manzanas de casas para los operarios, y una iglesia. Las obras concluyeron en 1833, siendo el coste de las mismas de unos siete millones de reales. La Aduana funcionó desde el 1 de julio de 1834 hasta septiembre de 1835. Habiendo quedado sin uso estos edificios, en su consecuencia, fueron vendidos por el Gobierno a particulares. A dichas construcciones se irían agregando otras con el correr de los tiempos, entre ellas el faro, cuya torre tiene dieciocho metros de altura. El edificio considerado más notable, durante mucho tiempo, fue la casa en la que estuvo la aduana, toda ella de piedra y de buenas proporciones, con dos pisos, un excelente patio, columnas y pavimentos de mármol, aljibe y suficiente capacidad para almacenes y depósitos.

 

En 1883 la Dirección Marítima del Puerto de Bonanza estaba compuesta por un director, un secretario, un auxiliar, un escribiente, un intérprete, un celador, un patrón de falúa, y cuatro marineros. La Barriada de Bonanza tenía alcalde pedáneo, siendo nombrado para ello en 1887 Federico Fernández Agüera. Tres años antes, en 1884, Pedro de Madrazo (1816-1898), en su obra “España. Sus monumentos y arte. Su naturaleza e Historia”, aporta algunos datos sobre Bonanza. Había venido desde Sevilla por el Guadalquivir. Describe la ciudad sanluqueña y las impresiones que le fue generando. Otro tanto hizo de la barra y del Puerto de Bonanza. De este afirmó que a una legua de la barra estaba situado el puerto y surgidero de Bonanza, “antiguamente llamado de Zanfanejos”, cuyo nombre perdió tomando el que llevaba en aquel momento de una ermita en la que se veneraba, “de muy antiguo” la imagen de Nuestra Señora de Bonanza.

 

Además de lo referido, en el último tercio del XIX había en Bonanza oficinas de la Dirección de Sanidad, el referido alcalde pedáneo, capitanía del puerto, carabineros, y se estaba construyendo la Fábrica Nacional, al tiempo que estaba concluida la línea férrea que, partiendo de Jerez de la Frontera, llegaba hasta dicha barriada, si bien no estaba abierta al público por no estar colocado el muelle para la carga y alijo de buques.

 

          A principios del siglo XX era agente de la Aduana de Bonanza el consignatario José Castillo Jiménez; agente marítimo, Francisco Berenguer; los agentes de aduana “Hijos de Antonio Moreno” se dedicaban a la habilitación de documentos, despacho, adeudo, entrega o reexpedición de mercancías. A Antonio Moreno le sucedería en el cargo José Genero Elías, que desempeñó el cargo de concejal del Cabildo sanluqueño. Antonio Abesada Barrios era cabo de mar en Bonanza, dependiente de la Ayudantía de Marina. En la dictadura de Primo de Rivera, la Estación Sanitaria de Sevilla-Bonanza estaba bien atendida. Era su director Eugenio Pastor Krauel; médico, Rogelio Martín Peinado; Secretario-intérprete. Francisco Berenguer Llanera. La Estación Sanitaria prestaba sus servicios “de sol a sol”. Desempeñaba la función de administrador de la Aduana César Fuentes Román. En 1924 acordaría la Corporación Municipal la instalación de un depósito de gasolina en Bonanza.

 

          En 1920, con motivo de la visita del rey Alfonso XIII al Coto de Doñana, los vecinos de Bonanza solicitaron que se les concediese, para aquella Barriada, luz y agua (que no tenían), una farmacia, escuelas y otros medios de vida. El asunto llegó a la Corporación Municipal. Al parecer, el alcalde Leopoldo del Prado le restó importancia, al afirmar que la Barriada de Bonanza tan sólo contaba con cincuenta vecinos. Existía a la sazón en Bonanza tan sólo una escuela particular, al igual que en Bajo de Guía. Tanto la una como la otra venían percibiendo, desde principios de siglo una subvención municipal de treinta pesetas mensuales. Dicha subvención había sido aumentada en 1910 a la cantidad de cuarenta y cinco pesetas mensuales. Todo ello tras haber sido inspeccionada la escuela por un diputado del Ayuntamiento para que informase del estado de la misma.

 

          A comienzos de la Segunda República existía en Bonanza un sindicato gremial o de oficios, denominado “Sociedad de Obreros del Puerto de Bonanza”. Durante este periodo fueron maestros en la Barriada de Bonanza: José Notario Araujo y Bernardo Sánchez de Miguel; así como maestras, María J. Delgado Jiménez y Emilia Ortega Moreno. Posteriormente, ya a mediados de la década de los 50 sería maestra de la Escuela Municipal de Párvulos de Bonanza doña Caridad del Valle Ponce. Finalizada la guerra civil, Bonanza retornó, con mayor efervescencia, a la celebración de fiestas en la solemnidad de la Virgen del Carmen, sumándose a los actos religiosos otros como fiestas diversas y conciertos de la Banda Municipal de Música.

 

          En 1944 se produjo un acontecimiento que resultaría altamente positivo para la Barriada de Bonanza y la ciudad toda. El cardenal arzobispo de Sevilla, Pedro Segura, crea el Seminario de Verano de Bonanza. Él mismo expresó las finalidades del mismo: impedir que en el periodo estival se perdieran muchas vocaciones sacerdotales, activar en este tiempo el ánimo de trabajo y piedad de los jóvenes seminaristas, que el lugar de dicho Seminario tuviese las mejores condiciones: “un grandioso edificio situado a orillas del mar, en la misma desembocadura del Guadalquivir, adquirido recientemente por la archidiócesis. La divina Provincia se ha querido servir del desprendimiento y de la generosidad de un fervoroso Monasterio (la de la Orden de la Visitación de Nuestra Señora), propietaria que era del edificio, para que la Diócesis pueda resguardar en él, durante la época peligrosa del verano, de los peligros del trato con el mundo a los jóvenes seminaristas”[3].

 

          Un donante anónimo fue quien costeó los gastos de remodelación del Seminario de Verano con la construcción de dos nuevas alas, destinada una a capilla pública, y la otra a dormitorio. Solicitó el donante anónimo solamente que el Seminario llevase el nombre de San Agustín. No obstante, poco después se hizo público que el edificio se había adaptado y ampliado merced “a la noble y generosa longanimidad del Excmo. Sr. D. Emilio García-Junco y Rilova[4], Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia, que con un desprendimiento admirable, ha ido facilitando al prelado las elevadas sumas, indispensables para que las obras se realizasen con la celeridad que requiere la fecha de inauguración”[5].

 

          La inauguración del Seminario de Verano se celebró durante los días 24, 25 y 26 de junio de 1945. El adía antes habían llegado por vía marítima los alumnos del Seminario de San Telmo de Sevilla (unos doscientos) con su rector (José Domínguez) y el director espiritual (Manuel Lorenzo). Un decreto del cardenal Segura establecía las ordenanzas por las que se habría de regular el Seminario de Verano: su naturaleza, clases en vacaciones, distribución del tiempo, estudio, certámenes, cursillos especiales, descanso y piedad. Además de ello, los seminaristas realizaban tareas en Bonanza, tales como catequesis en la parroquia, clases de Enseñanza Primaria (una, en el Seminario; y otra, en La Algaida), clases de alfabetización para adultos, formación de una escolanía de veinticuatro niños. Asimismo colaboraban con las misiones pastorales que se organizaban en Bonanza y en La Algaida con motivo de la presencia de tantos seminaristas, así como de sus superiores y profesores. Los más prestigiosos intelectuales de Sevilla pronunciaron conferencias en este Seminario: don José Hernández Díaz, catedrático de Historia del Arte de la Universidad hispalense; don Juan Delgado Roig, prestigioso médico; don Amado Sáenz de Ibarra, canónigo de la catedral hispalense; don Félix Royo, canónigo de la catedral de Sevilla; don Luis Vera, canónigo de la catedral de Málaga; don José Luis Tejada, poeta portuense; don José Romero López, músico…

 

          Muy importante resultó también, no sólo para la barriada y la ciudad, sino para gran parte de Andalucía, la creación, por el cardenal Segura, en julio de 1946, del “Instituto de Nuestra Señora de los Reyes”. Fue creado con la intención de que se diese “una sólida formación clásica y científica a los buenos católicos y una esmerada educación religiosa”[6]. Contó el Instituto con las debidas licencias de la Santa Sede y del Ministerio de Educación Nacional. Se estableció que se acogería preferentemente a alumnos de la archidiócesis, pero no exclusivamente a ellos. En su Reglamento se reguló el funcionamiento interno: programa educativo, rendimiento escolar, sanciones para los desaplicados, periodos de vacaciones, correspondencia, condiciones de admisión, menaje y utensilio particular, alimentación, horarios, gastos extraordinarios, formación en la piedad, vida interna, así como el catálogo de acciones por las que el Consejo de Disciplina podía proceder a expulsar a un alumno.

 

          El cardenal Segura confió la dirección y gobierno del Instituto al clero secular. Posteriormente, una Orden del Ministerio de Educación Nacional, de 16 de agosto de 1949, firmada por el ministro José Ibáñez Martín, declaraba la validez de los estudios de Bachillerato que se cursaban en el Instituto Eclesiástico Diocesano de Bonanza, con lo que sus alumnos podían acceder a la prueba de Examen de Estado en la Universidad. Este centro fue, por aquel entonces, el único de esta naturaleza que funcionaba en España.

 

          A principios de 1954 estudió el Ayuntamiento un extenso plan de pavimentado de calles y plazas de la ciudad. En él estaba incluido el de la Barriada de Bonanza. El proyecto se comenzó a ejecutar dos años después, en 1956. El año anterior, el alcalde Luis Portillo había iniciado gestiones para que se concediese por el Estado la construcción del Puerto de Bonanza. El Consejo de Ministros accedió a ello. La Corporación comunicó su gratitud al subsecretario de la Presidencia de dicho Consejo. Había sido el 15 de octubre de 1955 cuando el Ayuntamiento Pleno había solicitado al ministro de Obras Públicas la habilitación del Puerto de Bonanza para pesquero, “debido a las condiciones anticuadas y antieconómicas en el orden comercial, así como de grandes dificultades en el orden Laboral”. Dicha situación venía motivando una emigración constante de barcos de pesca a otros puertos, lo que originaba un grave problema social para la población sanluqueña.

 

          Ante las presiones a la superioridad, constantes y dificultosas, del alcalde Portillo, se personó en la ciudad Gabriel Rojas, director general de Puertos. Reunido con el alcalde y la dirección de la Ría del Guadalquivir, determinó las directrices a seguir para emprender dicha obra. Tras dilaciones y entorpecimientos, el anuncio de la subasta de la primera parte de aquella mejora apareció en el Boletín Oficial. Se abrió el periodo de admisión de pliegos. Sin embargo, la intención era que quedase desierta para, de esta manera, encargárselas a la dirección del Puerto de Sevilla con su material de dragados, lo que resultaría más económico. Junto a lo anterior, se proyectó emprender las construcciones de las indispensables instalaciones complementarias, entre ellas la dotación de una lonja adecuada a la recepción y subasta del pescado. A pesar de que el puerto pesquero se situase en Bonanza, también se pensó que se hiciera un pequeño embarcadero en Bajo de Guía, para evitar que pudiesen seguir, como hasta aquel momento, entrando en el agua los marineros para realizar las operaciones de embarque y descarga del pescado. Poco después, el alcalde Portillo expresó en la sesión capitular que estaba bien impresionado por el dragado que se estaba haciendo en Bonanza[7].

 

          En 1963 coleaba aún el asunto del Puerto de Bonanza. Una carta, de 27 de noviembre, de José Eligio Prieto Moresi, ingeniero director de las obras en la Ría del Guadalquivir y Puerto de Sevilla, manifestó a la Comisión Permanente del Ayuntamiento sanluqueño que estaba en marcha el proyecto de habilitación y modificación del Muelle de Bonanza, adaptándolo para servicios pesqueros, en su primera etapa, con un presupuesto de 7.768.240 pesetas con 21 céntimos. Habría que esperar. El alcalde Luengo comunicó a la Corporación, en enero de 1970, que un telegrama de Joaquín López Lozano, presidente de la Junta de Obras del Puerto y Ría del Guadalquivir, le informaba de que se había adjudicado provisionalmente las obras de abrigo y ampliación del Puerto Pesquero de Bonanza. La intervención estaba cifrada en cuarenta millones de pesetas. En 1977 el alcalde González Salcedo, al efectuar un análisis en una entrevista, publicada en la Revista de Gráficas Santa Teresa de aquel año, de los logros y de los problemas pendientes de solucionar, incluyó dentro de estos últimos a la “ampliación y mejora del Puerto de Bonanza, con un coste de cerca de 76 millones de pesetas por parte del Ministerio de Obras Públicas”.

 

          Una intervención urbanística de gran importancia para la Barriada de Bonanza sería la construcción de la Avenida de Huelva, dejando detrás las añoranzas estéticas del viejo Camino de Barrameda. Tras presentar una moción al respecto, el alcalde Garat argumentó las razones que le impulsaban a ello: el río Guadalquivir tendría que ser vínculo de unión entre las dos provincias hermanas Sevilla y Huelva;  que ambas ciudades, junto con la sanluqueña, habían estado unidas para las grandes empresas que se remontaban a las lejanas hazañas de los descubridores, así como en el comercio y en otros tipos de actividades; que era una manera de unirse al proyecto de construcción de la carretera Cádiz-Huelva, proyecto al que aspiraba desde mucho tiempo atrás.

 

 

2.- LA COMUNIDAD CRISTIANA DE BONANZA

 

2.1.- Tiempo de Ermitas:

 

     Está documentado que allá por 1270 existía en las proximidades de la actual Bonanza una ermita dedicada a Nuestra Señora de Barrameda. La existencia de esta ermita mariana fue anterior a la donación regia de estas tierras a Alonso Pérez de Guzmán “El Bueno”, habiendo sido la mencionada ermita lugar de recogimiento, así como de defensa de la entrada del río por parte de los caballeros Templarios. A más de está ermita, está documentada la existencia en sus proximidades de otras, como la de Nuestra Señora de Bonanza y la de Nuestra Señora de Guía[8].

 

Iniciativa de la Casa Ducal de Medinasidonia sería la fundación en el paraje de Barrameda del que sería nuevo monasterio jerónimo. Se le concedió a los jerónimos la zona de la Ermita de Barrameda para que la utilizasen como lugar de descanso, de recuperación de los monjes de San Isidoro del Campo, así como de hospital para los navegantes que llegaban heridos o enfermos al puerto de Zanfanejos, puerto que existió entre la actual Bonanza y la Colonia de Monte Algaida.

 

El nuevo monasterio adoptó el nombre de Nuestra Señora de Barrameda. La ermita quedó incorporada a sus dependencias. Fue labrado con generosidad y amplitud, de manera que sus dependencias nunca llegaron a estar completas, pues la comunidad no excedió en ningún momento de una veintena de miembros. A más de extensas zonas rurales, de frondoso y rico pinar, poseía el monasterio un amplio templo “de arquitectura moraica”, en decir de Velázquez Gaztelu[9], salas capitulares, amplio refectorio, hospederías y todas las necesarias dependencias monacales. La generosidad de los sanluqueños, así como su acendrada devoción a la Virgen, y el mecenazgo de la Casa Ducal potenciaron que llegasen a poseer, con el transcurrir de los años, un importantísimo patrimonio. En la descripción que hace del paraje Velázquez Gaztelu, se refiere a “las ermitas de Nuestra Señora de Bonanza y Guía”[10].

 

En cuanto a la Ermita de Bonanza, está documentado que en 1583 fray Alberto Lucero, de los Comendadores de Sancti Spiritus, era prior de la Casa sanluqueña de dicha Orden y, al mismo tiempo,  de la Ermita de Nuestra Señora de Bonanza. Ostentaba tales cargos por una escritura de concesión de poder cumplido, por parte del Monasterio de Sancti Spiritus de Rota, al presbítero doctor Domingo Becerra, caballero de la Orden de San Lázaro, para que tramitase del General de Sancti Spiritus el nombramiento de visitador de dichos conventos, por escritura otorgada en Rota, ante su escribano público, Tomás Tristán, en 27 de enero de 1583.

 

La construcción de la Ermita de Bonanza fue posterior a la de Barrameda. Para que pudiesen ser atendidos espiritualmente quienes en el Baluarte de Barrameda se ocupaban de la desembocadura del Guadalquivir, así como de quienes habitaban “los arenales de Bonanza” tuvo el Duque Enrique III la iniciativa de construir esta ermita, que, que como ya era tradicional en esta zona, se consagraría a la Virgen, con el nombre del lugar donde la ermita se erigía. El duque ordenó en 1504 al albañil Diego Martín que la construyese en el lugar del puerto de Barrameda[11]. José Veitia precisaría que dicha ermita se encontraba en el lugar denominado de Zanfanejos[12].

 

Dada la modestia de la construcción y la zona descampada en que se situaba, necesitó la ermita de frecuentes intervenciones y arreglos, a los que siempre respondieron los muchos navegantes devotos de la Virgen[13]. En el mismo siglo XVI se fundó una capellanía con la finalidad de que dos monjes jerónimos, del próximo Convento de Nuestra Señora de Barrameda, atendiesen esta ermita de Nuestra Señora de Bonanza. Estos dos frailes residían en la ermita las veinticuatro horas del día, teniendo la obligación de celebrar diariamente en ella dos misas, asistir a la gente de la mar y de las flotas que arribasen, sepultar a los fallecidos, e incluso atender una hospedería creada junto a la ermita para que las familias pudieran disfrutar del paraje, descansar o dedicarse a la caza. Según el testimonio de Velázquez Gaztelu[14], aunque con menor servicio, estaba aún en pie en 1758; pero a mediados del siglo XIX la ermita yacía ya derruida[15].

 

 

2.2.- Tiempos de jurisdicción parroquial

 

          Hasta el siglo XX, año de 1911, en Sanlúcar de Barrameda, tan sólo existió una Parroquia, la de Nuestra Señora de la O, si bien, desde el XIX, en Bonanza existía un capellán que gobernaba una ayuda de parroquia, con facultades jurisdiccionales concedidas por el vicario de la parroquia matriz, teniendo en cuenta la distancia existente entre la población y “los arenales de Bonanza”, ya bastante poblados.

 

          El arzobispo de Sevilla, Joaquín Lluch y Garriga (1816-1882), a los seis meses de ser promovido a la sede hispalense (diciembre de 1877), visitó la ciudad de Sanlúcar de Barrameda. Incluyó en dicha visita la ida a Bonanza, yendo a la “capillita provisional que allí había”. Era capellán de la misma Antonio Batista, quien estaba asignado a la parroquial con obligación de asistencia a coro. Estuvo al frente de la Capilla de Bonanza durante diecinueve años. Tras la muerte del capellán de Santo Domingo, Manuel Guzmán, previo informe al arzobispado, el vicario Rubio Contreras determinó que el señor Batista se hiciese cargo de las dos capellanías, la de Bonanza y la de Santo Domingo.

 

          En 1908, a la muerte del arcipreste Rubio Contreras y del nombramiento, para ocupar dicho cargo, de Antonio Suárez Sánchez, seguía existiendo en Sanlúcar de Barrameda una sola parroquia, la de Nuestra Señora de la O, con dos iglesias auxiliares, las de San Nicolás y El Carmen. Para una mejor atención espiritual de los fieles, en lo que se refería a la administración de los últimos sacramentos, de facto estaba dividida en tres feligresías. En la tercera de ellas, la de San Nicolás, estaban encuadradas las barriadas de Bajo de Guía y Bonanza. Joaquín Claros Trujillo, asignado a la parroquial con obligación de asistencia a coro, también compartió el cargo de capellán de la Capillita de la Virgen del Carmen de la Calle Muleros con el de confesor de las religiosas salesas y capellán de Bonanza. En este mismo año (1908) realizó visita pastoral a la ciudad el arzobispo hispalense Enrique Almaraz y Santos, incluyendo en su programa una visita a la Barriada de Bonanza, de la que volvió al Colegio de los Escolapios, en donde se hospedaba, andando por la playa.

 

          En 1909, con motivo del desastre de la guerra de Marruecos, Sanlúcar se aprestó, con su alcalde José Morgado Fuentes, a instalar, en la Barriada de Bonanza, un hospital destinado a los soldados que volvían heridos o enfermos de aquella guerra. El comportamiento del alcalde sanluqueño y su dedicación a ello le valdrían la concesión de la Cruz de Primera Clase del Mérito Militar por una Real Orden proveniente del Ministerio de la Guerra. Cuando se estaba preparando el hospital, corrió el rumor de que se iba a cerrar, a tales efectos, la Capilla de la Aduana de Bonanza. El arzobispado ofició al capitán general de la Segunda Región sobre el asunto. De la Capitanía General se comunicó al arzobispado de Sevilla que “podía asegurar que continuaría abierta al culto la capilla de la Aduana de Bonanza”. Eran tiempos en los que, bajo la administración de la Aduana por Joaquín Moreno, dicha Aduana estaba habilitada para la exportación de todos los productos del país y para la importación de otros, como el trigo y demás cereales.

 

          En 1911, dentro del Plan de Reorganización de Parroquias de la Diócesis de Sevilla, se crearon en la ciudad, por el arzobispo de Sevilla Enrique Almaraz Santos, dos nuevas parroquias, la de Santo Domingo y la de Bonanza. De esta fue nombrado cura propio don José Núñez Camacho. La jurisdicción de la Parroquia de Bonanza abarcaba, en aquel momento, toda la línea de la izquierda de la carretera que iba hacia ella (Pago de San Salvador) y la parte izquierda del Pinar de San Jerónimo, así como la parte derecha de dicho pinar. En 1921 llevaba diez años al frente de la parroquia don José Núñez Camacho. A la muerte del párroco de Santo Domingo, solicitó que le fuese concedido el gobierno de aquella parroquia por cuestiones de salud. No lo logró.

 

          Desde muchos años atrás, se venía celebrando, con gran solemnidad, las fiestas en honor de Nuestra Señora del Carmen en la Parroquia de Bonanza, de la que era titular. Sirva como testimonio la celebrada en julio de 1917. A las ocho de la mañana se celebró la solemne novena en honor de tan venerada imagen, con rezo del rosario, ejercicio de la novena, coplas, y sermón a cargo de su párroco, José Núñez Camacho. Cada día se terminaba con el canto de la salve. El día 15, a las seis de la tarde, se cantaron vísperas solemnes. El día 16, a las 9 de la mañana, se celebró la función principal. Por la tarde, a los ocho, procesionó la imagen de Nuestra Señora del Carmen. Hizo estación en el templo de las Salesas y en el muelle, recorriendo la imagen de la Virgen todas las calles de la Barriada, amenizando el acto la Banda de Música de Alberto Álvarez. Siempre fue muy popular en la Barriada de Bonanza la devoción a la Santísima Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, como lo era asimismo en toda la ciudad: en el extinguido convento de carmelitas de la Calle de San Juan, que funcionaba como auxiliar de la parroquial; en la Capillita de Bajo de Guía, y en la Capillita de la Calle Muleros.

 

          Como consecuencia de esta devoción tan arraigada, en 1927 se constituyó la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen de Bonanza. Desde esta fecha, se institucionalizaron con mayor intensidad, y sin interrupción, los populares festejos en honor de la Patrona de los marineros.

 

2.3.- Un denominador común: La devoción a la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora del Carmen

 

          Dada la idiosincrasia la ciudad, en la que una buena parte de ella, desde tiempo inmemorial, miraba a la mar y en ella y de ella vivía, tanto con las labores comerciales, como con la de pesca y con la de la industria proveniente de ambas, la denominaba “gente de la mar” sintió, de entre las diversas advocaciones marianas, principal devoción por las de Nuestra Señora de Barrameda, Nuestra Señora de Bonanza, Nuestra Señora de la Buena Guía y Nuestra Señora del Buen Viaje. Ante estas imágenes se postraron, al zarpar del Puerto de Sanlúcar o a su retorno, miles de descubridores, comerciantes de Indias, religiosos evangelizadores de todas las Órdenes Religiosas, pescadores, marineros, y habitantes de la ciudad sanluqueña. Ante dichas imágenes dejaban depositadas sus oraciones, sus promesas, sus velas, sus misas, sus rosarios, sus novenas, sus esperanzas, y sus fracasos.

 

          La llegada a Sanlúcar de Barrameda de los Carmelitas –en sus tres ramas: calzados, descalzos y carmelitas descalzas– potenció la centralidad de la devoción de la gente de la mar a una nueva advocación, la de Nuestra Señora del Carmen. Fueron los carmelitas descalzos los que, instalados, en primera instancia, en la vieja Ermita de San Roque con el patronzazo del duque don Gaspar –muy devoto de la Virgen del Carmen-, declararon en 1641 como titular de la misma a Nuestra Señora del Carmen. No obstante, mientras estuvieron ubicados en dicha ermita, esta fue popularmente denominada Convento de San Roque, y aquellos frailes, religiosos de San Roque hasta el año 1661. Tras diversas vicisitudes y problemas, se instalarían en unas casas que compraron en las Calles del Baño y San Juan. En aquel lugar construyeron un excelente templo, construcción iniciada en 1677 y terminada doce años después. Cuando fray Pedro de Tapia, O.P (1582-1657), arzobispo de Sevilla, giró visita a Roma Ad limina Apostolorum, entre los datos que presentó de la ciudad sanluqueña, figuraba la información de la existencia en la ciudad de “20 frailes descalzos del Carmen, 20 del Carmen calzados, y 21 Carmelitas descalzas de Santa Teresa”[16].

 

Los carmelitas calzados, por su parte, se instalaron, también en primera instancia, en la Ermita de San Sebastián en el mismo año (1641). De allí pasarían posteriormente a la denominada Calle de la Alcoba, a unas casas del Carril Nuevo, de donde se trasladarían, para abrir convento e iglesia, no sin tener que superar muchas dificultades, a la Calle Ancha, allá por 1699. Este convento recibió el Nombre de Nuestra Señora del Carmen Calzado. Afirma Velázquez Gaztelu que “la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen sita en su iglesia tiene la misma antigüedad que los Padres: compónese de casi todo el pueblo y hacen sus funciones con esplendor y lucimiento”[17].

 

Por su parte, en 1644, procedentes de Sevilla, llegaron a la ciudad las primeras cinco religiosas carmelitas descalzas. Las dos ramas masculinas habían llegado de la mano del duque don Gaspar; mientras que la rama femenina lo hizo de las de las dos esposas de don Gaspar: Ana de Guzmán, su primera; y Juana Fernández de Córdoba, su segunda. El obispo sanluqueño Pedro de Lepe y Dorantes (1641-1700) donó, por vía testamentaria, a las carmelitas descalzas una imagen de Nuestra Señora del Carmen.

 

La presencia y actividad de las tres ramas de la Orden Carmelitana incentivaron en la ciudad la devoción a la Virgen del Carmen. Arraigó fuertemente en ella, si tenemos en cuenta la afirmación de Velázquez Gaztelu de que prácticamente todo el pueblo perteneció a la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen del Convento de la Calle Ancha. Hay constancia documental de la existencia de la devoción a la Virgen en Bonanza, en su advocación de Nuestra Señora del Carmen, desde que el templo allí situado  comenzó a funcionar como iglesia auxiliar de la única parroquia existente en la ciudad, la de Nuestra Señora de la O. Todo apunta a que la venerada imagen procedía del Convento Carmelita de la Calle Ancha de los Mesones, desaparecido con la desamortización.

 

Dado el carácter marinero de esta barriada asentada a las orillas del río y de la mar, arraigó fuertemente entre los habitantes de ella la devoción a la Virgen del Carmen. De alguna manera, se plasmó en esta imagen la anterior devoción profesada a las imágenes de Nuestra Señora de Bonanza y de Barrameda, mientras que en la imagen de la Virgen del Carmen de Bajo de Guía se plasmaría la anteriormente profesada a la Virgen de la Buena Guía. Llama la atención, no obstante, que esta imagen de Guía estuviese en la Capilla de los Hermanos Maristas, siendo previsible que también hubiese estado con las salesas, con el Seminario de Verano –no es casual que la imagen de Nuestra Señora del Buen Aire presidía el retablo principal de la capilla del Seminario de San Telmo en Sevilla–, y con Instituto Diocesano, del que pasaría a los referidos Hermanos Maristas.

 

La devoción a la Virgen del Carmen arraigó en la gente de la mar, que ha visto siempre en ella su carácter protector en la vida y en la muerte. Larga es la tradición de acudir a ella antes de partir hacia la mar, de portar siempre el escapulario, de acudir a ella en momentos de peligro en el faenar mar adentro, y de celebrar con hondo sentimiento las fiestas en honor de la Virgen a mediados del mes de julio de cada año. No hay marinero que no llevó, desde su más remota infancia, la devoción a la Virgen del Carmen en lo más profundo de su corazón. Esto arraiga más, dada la peligrosidad que siempre conllevaron las faenas en la mar, de las que la bendita imagen se convertía en auxilio y protectora.

 

     La devoción a la Virgen del Carmen está también arraigada en fieles que no pertenecen al mundo de la mar, por el carácter devocional del escapulario, así como por la consideración de la especial protección de la Virgen del Carmen a los moribundos, de ahí la extendida jaculatoria popular: “Virgen santa del Carmelo, por tu escapulario santo, recógela con tu manto, y llévatela al cielo”.

 

La Hermandad de Nuestra Señora del Carmen de Bonanza, fundada en 1927, recogió esta larga y fecunda tradición, no sólo de la Barriada de su nombre, sino de toda la ciudad. La extendió también a quienes no tenían relación directa con el mundo de la marinería, de la pesca y del comercio. Sus hermanos y devotos mantienen encendida la llama de esta devoción, devoción que es una llamada constante al amor, a la veneración, al fervor, y a celebrar, con especial alegría y emoción, las fiestas marítimas y urbanas que se celebran con motivo de su solemnidad. Esta devoción está, de manera especial, arraigada en los jóvenes, en los que reluce con particular auge. Bajo el manto de la Virgen del Carmen, y con su escapulario al cuello, gentes de la mar y de otras procedencias se sienten protegidas, y mantienen vivo el sentido de la trascendencia y del amor a Dios, siendo un sustrato fecundo para la evangelización.

 

 

 

 

 

 

                             

 

 



[1]  AMSB. Acta de la sesión capitular de 5 de diciembre de 1686.

[2]  Cfr. Periódico “El Profeta Sanluqueño”, n. 636; edición de 19 de agosto de 1920.

[3]  Boletín Oficial Eclesiástico del Arzobispado de Sevilla, número 1.446, de 15 de enero de 1944, p. 49.

[4]  Hijo de Emilio García-Junco Ruiz y de Agustina Rilova de la Barrera. El matrimonio poseía en Sevilla un almacén de hierros, que heredarían sus hijos, entre ellos, Emilio García-Junto y Rilova (1898-1949). Una Orden del Ministerio de Educación Nacional, de 4 de mayo de 1945, le concedía el ingreso en la Orden de Alfonso X el Sabio. Emilio se casó con Ana Caballero Sánchez (+1996, a los 97 años de edad). Tuvieron un hijo sacerdote, Juan Manuel.

[5]   Boletín Oficial del Arzobispado de Sevilla, número 1.475, de 15 de mayo de 1945, página 346.

[6]  Boletín Oficial Eclesiástico del Arzobispado de Sevilla, número 1.498, de 10 de julio de 1946, página 372.

[7]  AMSB. Actas capitulares correspondientes a 1958, f. 181, sesión del 14 de noviembre.

[8]  Juan Pedro Velázquez Gaztelu: Fundaciones de todas las Iglesias, Conventos y Ermitas de la muy Noble y muy Leal ciudad de Sanlúcar de Barrameda, 1758. Reedición de ASEHA 1995, p. 147.

[9]  Juan Pedro Velázquez Gaztelu: Fundaciones de todas las Iglesias, Conventos y Ermitas de la muy Noble y muy Leal ciudad de Sanlúcar de Barrameda, 1758. Reedición de ASEHA 1995, p.  144.

[10] Juan Pedro Velázquez Gaztelu: Fundaciones de todas las Iglesias, Conventos y Ermitas de la muy Noble y muy Leal ciudad de Sanlúcar de Barrameda, 1758. Reedición de ASEHA 1995, p. 147.

 

[11]  Velázquez Gaztelu: Historia Antigua y Moderna… p. 235.

[12]  Norte de la Contratación, libro 2º, capítulo 4º, p. 25.

[13]  Guillamas y Galiano: Historia de Sanlúcar de Barrameda, p. 138.

[14]   Velázquez Gaztelu: Fundaciones de todas las Iglesias, conventos y Ermitas…, p. 505.

[15]  Guillamas y Galiano: Historia de Sanlúcar de Barrameda, p. 138.

[16]  Cfr. Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Sevilla, miércoles 31 de diciembre de 1890, p. 502.

[17]  Fundaciones de todas las Iglesias, Conventos y Ermitas de la muy Noble y Leal ciudad de Sanlúcar de Barrameda. 1758. Edición de A.S.E.H.A, Sanlúcar de Barrameda, 1995.


25/03/2016

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