Recortes de historia ...

  HOMILÍA DEL CARDENAL AMIGO VALLEJO. VIII Centenario de la Fundación de Hermanas Pobres de S. Clara.

 

 

 

 

Hermanos sacerdotes

Mi querida Comunidad de Hermanas Pobres de Santa Clara Queridísimas Clarisas

Queridos hermanos y hermanas todos

 

¡Hay que ver cómo pasa el tiempo!

Hace ochocientos años que Francisco de Asís hablaba de Dios, de la ternura de sus manos, de su corazón infinitamente misericordioso. Hablaba, con encendidas palabras, de la humildad y de la pobreza. Y aquello era como fuego ardiente que se metía en el corazón de aquella forma clara y lo quemaba, pero le quemaba con un amor tan inmenso que solamente dedicándose por completo al amor de Dios le podía calmar. De todo esto hace ochocientos años. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Y cómo permanecen los amores! Cuando tu hijo era pequeño le querías con toda el alma. Y ahora que es mayor, también.

 

          Cómo pasa el tiempo. El amor permanece. No son ochocientos años los que han transcurrido, sino es la actualidad de los grandes valores que Dios ha querido manifestarnos en Jesucristo y en estos santos Francisco y Clara: la misericordia, la paz, la sencillez, la vida humilde, el silencio, el amor sin medida. Todo esto está siempre de actualidad, porque es reflejo de lo más actual que siempre es Dios y Dios no cambia, Dios permanece.

 

          Cuando tu hijo te da muchas alegrías le quieres muchísimo, y cuando te mata a disgustos también. El amor no cambia. El amor es ecuánime. El amor permanece siempre. Y son unas lecciones intemporales las que nosotros recibimos, pues al conmemorar estos ochocientos años de la Orden de nuestras Hermanas Clarisas, la primera lección es precisamente la sabiduría del amor. ¿Tú por qué te rompes el alma, de la mañana a la noche, por sacar adelante a tu familia? Porque la quieres con toda el alma. Pero ¿tú por qué perdonas a quien te ha ofendido? Pero tú ¿por qué tiendes la mano a quien te volviera la espalda? La sabiduría del amor.

 

          Estas Hermanas nuestras ¿por qué han dejado su casa y su familia y se han encerrado aquí en este convento de Sanlúcar de Barrameda? Pero ¿por qué esta vida austera? Pero ¿por qué este silencio? Pero ¿por qué esta clausura? Pero ¿por qué estos sacrificios? Y vamos buscando razones, y no nos damos cuenta de que el amor, de que el corazón tiene unas razones que muchas veces no comprende la cabeza, porque las cosas grandes no se comprenden, las cosas grandes se viven. Pues anda que no dices tú muchas veces que no comprendes a tus hijos por esa forma de ser, por esas costumbres, por esas ideas. No les comprendes naturalmente, no comprendes a tus hijos porque no les quieres. ¡Qué barbaridad!

 

          Pero ¿no dices que no les comprendes; y qué tiene que ver una cosa con la otra? Las cosas grandes se viven. Se viven. Es que es mi vida. Es que es mi vida. Pues así la sabiduría, la sabiduría del amor; y la grandeza, la grandeza de la caridad, esa grandeza que supone un amor sin medida y sin precio. Sin medida y sin precio. ¿Cuánto tiempo hace que murieron tus padres? Y fíjate. Si parece que te están tomando las manos y te están diciendo: “Hijo mío, hija mía”; pero… si hace muchos años que han muerto. El amor no tiene medida de años. El amor no muere. El amor no tiene precio. ¿Y qué no darías tú? ¿Te acuerdas cuando fuiste con tu hija al médico y te dijo que le quedaban a tu hija nada más que dos meses de vida? Y viniste a la iglesia, y pediste al Señor que ese cáncer, que esa enfermedad de tu hija se metiera en tus adentros, y que te destruyera, pero que viviera tu hija. El amor no tiene precio. Se daría la misma vida. Pues esta es la lección de nuestras Hermanas.

 

          Esa grandeza de un amor sin medida ni precio. Entregar su vida por aquellas personas que no conocen, de las que nunca van a saber su nombre. Es lo mismo. Que hay un enfermo, ellas estarán al lado del enfermo. Que hay uno que sufre, ellas estarán junto al que sufre. Cerca o lejos; es lo mismo, es lo mismo… “Y es que Dios ha sido tan bueno, tan bueno, tan bueno, decían nuestros padres Francisco y Clara, Dios ha sido tan bueno que nos ha dado la gracia de tener hermanos”. Fíjate qué lección. Tú eres para mí un regalo que Dios me ha hecho. Tus hijos pueden decirte a ti: “Tú eres un regalo que Dios me ha hecho”. Tú puedes decir a tus hijos: “Vosotros sois un regalo que Dios me ha hecho”. Y algunas veces, ¡vaya un regalito que nos ha escondido! Entonces, si uno tiene un poco de sensibilidad, tiene que darse cuenta de que él es un regalo para los demás, y que uno tiene que hacerse de tal manera bueno que a los demás no les cueste trabajo querernos. Que nos quieran sin querer. Esta es la exquisitez del amor de la caridad. Si yo soy un regalo de Dios, no puedo dejar mal a Dios delante de mis hermanos. Tengo que ser, al contrario, como una ayuda permanente para ellos.  Y así esta vida de comunidad que llevan nuestras Hermanas, este vivir aceptando al otro como auténtico regalo que el Señor nos ha hecho.

 

En este VIII Centenario nosotros vemos cómo es la luz de una vida escondida. Nos acercamos a este convento de nuestras Hermanas de Regina Coeli, y vemos tanta luz, tanta luz de sencillez, tanta luz de bondad, tanta luz de misericordia, de ternura, de alegría. Pero, ¿de dónde viene esta luz? Y viene de una lámpara escondida, porque es la fuerza, la fuerza tan grande de las obras buenas que van más allá de lo que pueden ver los ojos.

 

          Y una lección siempre inolvidable es la voz del silencio. Parece una cosa como absurda, la voz del silencio. Tú pasas por esta calle. No se oye nada. Aquí están unas Hermanas, unas mujeres entregadas por completo a Dios. ¡Hay que ver cómo hablan de Dios los muros de esta casa! ¡Cómo hablan de Dios! ¡Cómo hablan de la bondad! ¡Cómo hablan de la sencillez! Pero ¿es posible que se oiga esa voz? ¡Y cuántas veces la oímos! Siempre es la fuerza del amor que se desborda.

 

          Bueno… y así que como son los ochocientos años y una gran fiesta, ¿qué nos van a regalar a nosotros las Hermanas Clarisas de Sanlúcar de Barrameda con motivo de estos ochocientos años? ¿Qué nos van a regalar? Y ellas nos van a decir: “Mira. Nosotras no podemos daros otra cosa sino el pan del que nosotras mismas nos alimentamos. No nos pidáis otra cosa. Nosotras somos tan pobres, tan pobres, tan pobres, que solamente tenemos a Dios. Es la única riqueza de nuestra vida. No nos pidáis otro pan”. Y este pan nos lo hacen ver de una manera. Ellas nos van a regalar un pañuelo, un pañuelo, muy blanco, que tiene unas particularidades, y es el único que sirve para limpiar el corazón. Solamente los limpios de corazón son los que pueden ver a Dios. Y las Hermanas nos regalan este pañuelo blanco de la misericordia, de la ternura, que es el único que puede limpiar el corazón de odios, de rencores, de resentimientos, de amarguras. Es el pañuelo de la misericordia.

 

Y ellas nos regalan en este VIII Centenario ese talento de la alegría. Lo más preciado. Bueno, pues sí que están los tiempos como para alegría. Vamos… pues sí que están para alegría estos tiempos. ¿Así que en tu casa hay mucha necesidad? Pues, sí. ¿En tu casa apenas podéis llegar a fin de mes? No… ¡es que apenas podemos comenzar! Que en tu casa hay enfermedades y disgustos, pues yo te veo a ti alegre. Pero ¿qué es esto? ¿Eres un inconsciente?  No. Todo eso que ha dicho usted es verdad, pero mire… mis padres son tan buenos, tan buenos, que ahora mismo les ponía en los altares. La causa de que esté feliz no es que las cosas me vayan bien, sino porque quiero con toda el alma a unas personas tan buenas.

 

Dice la Escritura: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. La causa de nuestra alegría no es que las cosas nos vayan más o menos bien. La causa de nuestra alegría es que Dios es bueno. Pues ¡qué alegres, qué felices se os ve! Si es que viene uno a estar con vosotras un rato, y se va con el corazón esponjado a casa. ¿Dónde está el secreto? Pues mire, el secreto está en la bondad de Dios. Dios ha sido tan bueno que yo no puedo blasfemar de su nombre. Y así nuestras hermanas son como la voz, pero solamente Cristo es la Palabra. Ellas sí son eco de la voz, pero solamente Cristo es la palabra. Y este pan es el que ellas nos dan y que ellas viven. Pues vamos a tomar este pan y lo vamos a poner sobre el altar. Y por obra y gracia del Espíritu Santo, cuando extendemos las manos los sacerdotes, el pan se convierte en Eucaristía. ¡Lo que es capaz de hacer Dios cuando se pone el pan en sus manos, cuando se pone el amor en sus manos!

 

El padre San Francisco decía a sus Hermanos que, cuando muriera, el cuerpo lo echaran a cualquier sitio, pero que su corazón lo guardaran, y que lo llevaran a la pequeña iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, la Porciúncula. Y que allí, junto a la imagen de la Virgen pusieran su corazón, porque quería que su corazón estuviera, después de la muerte, donde estuvo siempre durante la vida, junto a la Señora de los Ángeles, junto a la Santísima Virgen María. Pues hoy, después de ochocientos años, nuestras hermanas tienen así su corazón junto a la Madre, la Señora de los Ángeles, la Santísima Virgen María.

 

¡Cómo pasa el tiempo! ¡Cómo pasa el tiempo! El tiempo pasa. Los amores grandes permanecen. Pues que todo sea para honra de Dios, de Jesucristo el Señor, de la Santísima Virgen María y de nuestros santos padres Francisco y Clara. Amén.

 

Texto de sonido facilitado por las Hermanas Clarisas

 

Trascripción de Narciso Climent 


15/03/2016

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