Recortes de historia ...

  HOMILÍA DE NARCISO CLIMENT. VIII Centenario de la Fundación de las Hermanas Pobres (1212-2012).

 

 

 

Mi querida Comunidad de Hermanas Pobres de Santa Clara Queridísimas Clarisas

Queridos hermanos y hermanas todos.

 

          ¡Santa Clara: sabiduría, luz y sal!

 

          Sabiduría, luz y sal. Este es el itinerario de esta santa mujer y de sus hijas. Sabiduría, luz y sal. De la sabiduría, de la luz y de la sal nos ha hablado la Palabra de Dios en este primer día del Triduo. Dios, padre de amor, en un siglo difícil para la Iglesia, como fue el siglo XIII, como se decía en la primera de las conferencias de esta efeméride, constituyó a Clara en luz para un siglo de oscuridad, en sal para una sociedad a la deriva. Y Clara, agarrada a esa sabiduría misteriosa de Dios, supo ser. Ser en sí misma. Ser, en entrega a su enamorado Jesucristo, y este crucificado.

 

          Pero es que, además de aprender a ser, aprendió a serse, es decir, a ser para los demás, a entregarse a su amado y, en su amado, a toda la Iglesia. La Sabiduría, como nos acaba de decir la Palabra de Dios en la primera lectura, es una invitación al abandono de todo, para poder entrar en la radicalidad del mensaje de Cristo. En todos los santos, en todas las santas, como no podía ser de otra manera, en todos ellos se da la misma vivencia: dejar de ser en uno mismo, para poder ser en Dios. En cuanto estamos apegados a las cosas terrenales, a las realidades humanas, nuestra corta existencia se considera plena. Y ese sentirnos plenos en lo que es tan sólo un mero vacío nos impide acercarnos a la plenitud excelsa y extraordinaria que es Dios.

 

          Clara supo entender que tenía que abandonar su vida de miembro de una familia nobiliaria del Asís del siglo XIII. Ella vio la senda, la senda de Dios, marcada en el camino. Y ella supo acercarse a esa sabiduría. Supo buscar la sabiduría. Y ella comprendió que la única sabiduría válida para el hombre y la mujer de toda época es Cristo. Cristo es el centro, Cristo es el alfa, Cristo es la omega. Es la paz. Es el bien. Es la totalidad de la plenitud.

 

          Y Clara, siguiendo los pasos de Francisco, se agarró a esa sabiduría profunda que es Cristo. Clara supo desprenderse de todo aquello que podía constituir un apegarse a algo o a alguien. Clara supo vivir en la pobreza; la pobreza interior y la pobreza exterior. Como símbolo de esta realidad, lo contemplamos en la parte más elevada de este retablo, donde Francisco, como se hacía en las antiguas tonsuras, tonsura la cabeza de Clara. Corta todo el pelo de la cabeza de Clara, para que Clara tomase conciencia de que en ella la sabiduría se llamaba Cristo. La sabiduría no se llamaba belleza, ni se llamaba riqueza, ni se llamaba poder. Se llamaba Cristo. Desnuda de sí misma, quedaba revestida de Cristo

 

          Y Clara, enamorada de la sabiduría, busca la sabiduría… y la ve en Cristo. Cuando ella ve que la sabiduría es Cristo sigue un itinerario, que es el itinerario al que Clara nos invita hoy a nosotros. Este itinerario está constituido por unas etapas.

 

          La fundamental es conocer a Dios, conocer a Cristo. Nosotros podemos preguntarnos: ¿Conocemos nosotros a Cristo de una manera personal? Vamos al evangelio, a la noticia buena y nueva. En él nos ha dicho: “Así soy yo”. Porque muchas veces nosotros, en vez de conocer directamente a Cristo, conocemos lo que otra gente dice de Cristo. El único que puede transmitir quién es Él es Él. Y Clara se da cuenta de que necesita el contacto directo con Cristo, la proximidad a Cristo, el hablar con Cristo, la oración silenciosa no sólo en la capilla y en el claustro, sino la oración silenciosa siempre arraigada en lo más profundo de su corazón y de su voz.

 

          Cuando Clara va conociendo a Cristo, Clara va intimando con Cristo. Del conocimiento viene el amor. Del conocimiento viene el encuentro. Del conocimiento viene la compañía. Y de la compañía viene la contemplación. Clara, en un siglo tan bélico como el siglo XIII, es una contemplativa. Nosotros podemos caer en el error en el que cae mucha gente que valora exclusivamente la actividad samaritana  de la Iglesia en medio del mundo. El dar de comer, el dar de beber, el vestir. Y eso realmente es a lo que nos llama Jesucristo el Señor, pero no podemos perder de vista que la Iglesia no es una ONG, sino algo más profundo, más interior, más trascendente. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. En ese Cuerpo Místico de Cristo todos sus miembros tienen una función; cada uno de ellos la ha de desempeñar. Y en este Cuerpo también hay quienes dedican toda su vida a la oración, al encierro de por vida, a la contemplación, a la adoración de Cristo Eucaristía; y de ellos, de su entrega y generosidad, recibimos los que estamos en la calle una fuerza motriz, la fuerza que se nos da, que se nos injerta de la savia de Cristo que nos llega a través de la oración y que da sentido y fecundidad a las obras y compromisos humanos.

 

          Clara se dio cuenta de que Cristo no era una idea, que no era una utopía, que Cristo era una realidad. Y no sólo una realidad para el mañana, cuando llegue el momento de la Parusía, sino una realidad para el hoy, para el presente. Por eso, esa devoción tan profunda que Clara tenía, como diría un poeta barroco del siglo XVII, “cuna y sepultura”, abarcaría todo su espacio vital.  Porque la vida de los humanos está marcada por el nacer y por el morir. Y ella fue devotísima del belén, del Niño que nace, que crece, que se hace hombre en un ambiente de pobreza, en ambiente de humildad, en ambiente de sencillez. Y Clara se adapta a la cruz, porque sabe que la cruz de Cristo, de ese Cristo hombre y Dios muerto en la cruz es la única capaz de traer a la sociedad la paz y el bien. Agarrada a Cristo desde el belén hasta el calvario.

 

          Este amor de Clara a Cristo la lleva al convencimiento de que toda su vida ha de ser una vida cristocéntrica. Fijaos que muchas veces nosotros nos equivocamos. Y así nos va desgraciadamente en ocasiones la vida. Nuestra vida no tiene otro centro, no tiene otro centro que Cristo. Nosotros somos cristocéntricos, hemos de estar siempre tras Cristo, con Cristo, en Cristo y como Cristo. Hemos de seguir siempre a Cristo. Nosotros no pertenecemos ni a X ni a Z, ni a Pedro, ni a Apolo, ni a Pablo, ni a nadie; sólo somos de Cristo. Nuestra vida tiene que ser cristocéntrica. Nuestras reglas, nuestros principios, nuestros decretos son en la Iglesia sólo y exclusivamente el Evangelio de Cristo, la Palabra de Cristo. Tenemos que ir a la fuente, a la fuente verdadera, no a las explicaciones que nos puedan dar de las fuentes, sino leer las fuentes. Así nos enamoraremos de Cristo. Llegaremos a una vida contemplativa con Él, Porque, a diferencia de nuestras conversaciones, que muchas veces están llenas de palabrerías vacuas, el encuentro con Cristo será tal vez tan sólo una mirada,  una mirada en la que en unas ocasiones pedimos perdón, una mirada en la que adoramos al Señor, una mirada en la que a veces pedimos ayuda, y una mirada en la que solamente estamos acompañando a aquel que es el sentido de nuestra vida.

 

Por eso, Clara descubrió, con este enfoque cristocéntrico de su vida, que el sentido de la vida del cristiano es la Eucaristía. La vida de Clara está llena de anécdotas relacionadas con la Eucaristía, pero por encima de las anécdotas ella en la Eucaristía veía a Cristo. Ella estaba enamorada de Cristo eucarístico. Y, al estar enamorada de Cristo eucarístico, no necesitaba nada más. Ahí es donde tiene sentido abrazarse a la pobreza. La pobreza no es la vivencia de la pobreza por la mera pobreza, es una pobreza por desprendimiento de uno mismo, para que Dios entre en nosotros; y para poder compartir lo que tenemos con los hermanos necesitados. Cuanto menos de nosotros mismos, más de Dios.

 

Mis queridos hermanos, mis queridas hermanas, las contemplativas y los activos, para decirlo de alguna manera, todos estamos llamados a ser Luz y Sal. Para ello la opción de Clara  es para nosotros clarificadora. Si nosotros nos agarramos a Cristo, si somos devotos de la Eucaristía, si valoramos la pobreza por encima de todo, estaremos en la senda que abrió Francisco, continuó Clara, y hoy siguen sus hijas en todo el mundo, haciendo un gran bien para toda la sociedad. Clara, llevada por la sabiduría de Dios, supo ser luz y sal. El camino está abierto.

 

Termino con una pequeña oración a Clara de Asís:

 

Clara de Asís,

 tú fuiste sal y luz

en el oscuro siglo XIII,

intercede por todos nosotros

 para que lo seamos

 en esta nuestra época tan difícil.

 

Que así sea.


12/03/2016

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