Recortes de historia ...

  PÁGINA SINIESTRA DE AYER Y DE HOY

Página de las más negras de la Historia fue la existencia del denominado Tribunal de la Inquisición. Tuvo su origen en los años medievales. La unidad fue entendida por unicidad tanto en la institución eclesiástica como en la ladera de los poderes políticos y económicos. El disidente era considerado hereje y, en su consecuencia, enemigo del común. La inquisición nació para barrer de la sociedad todo aquello que oliese a herejía. Su origen se remonta tal vez a 1231 con el documento Excommunicamus del papa Gregorio IX (1170-1241), sobrino de Inocencio III. Se fue regulando la investigación, el proceso inquisitorial y las penas de quienes fuesen acusados de alquimia, brujería, incesto, herejía, concubinato, adulterio, así como a los cátaros, albigenses y falsos conversos. En las comunidades cristianas primitivas no existía la inquisición. A aquellos que rompían la “comunión”, es decir, la común unión entre todos en una misma fe, se les “excomulgaba”, es decir, se les declaraba fuera de la comunión de la comunidad, pero sin las consecuencias económicas y sanguinarias que tendría posteriormente el tribunal de la inquisición.

 

         La institución inquisitorial se implanta en los reinos de España en primer lugar en el de Aragón. Sus componentes, todo un extenso organigrama, constituido casi exclusivamente por frailes franciscanos y dominicos, se iría extendiendo por toda la sociedad, siendo objeto de sus inspecciones, expedientes, tormentos, privaciones de bienes y de libertad, toda persona que fuese sospechosa de cualquier tipo de disidencia (ideológica, moral, sexual…). Los reyes católicos, Isabel y Fernando, reactivarían la persecución de los conversos del Islán, los luteranos, los judíos, los homosexuales (cuyas prácticas sexuales eran denominadas “pecados contra natura”) y los judíos. Sería cuando este instrumento represor iría quedando en manos de los Gobiernos, si bien sus ejecutores directos serían en muy buena parte los frailes dominicos, a quienes les encargaron los diversos papas tan siniestra y sanguinaria misión a raíz de la bula Ille humanis generis”.

 

         Personaje especialmente siniestro en la actividad represora de los tribunales de la inquisición sería Torquemada (Valladolid, 1420- Ávila, 1498), sobrino del cardenal Juan de Torquemada y confesor de la reina Isabel. Miembro de una familia nobiliaria, como segundón de la misma, según la costumbre de la época fue destinado a la vida religiosa ingresando en la orden dominica. Los reyes católicos lo promocionarían a Inquisidor General de Castilla, Aragón, Valencia y Cataluña. No obstante, los principales tribunales tendrían sus sedes en Sevilla, Jaén, Córdoba y Ciudad Real.

 

         Nacido el Santo Oficio, oficio que de tal santidad sólo tuvo el nombre eufemístico, se centraría especialmente en la persecución de los disidentes teológicos del pensamiento severamente establecido en el mundo del dogma, de la moral, de las Sagradas Escrituras. Por sus tribunales, y algunos por sus mazmorras y torturas, pasarían figuras tan excelsas como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, fray Luis de León, fray Luis de Granada… y así un extenso elenco de personajes más o menos relevantes del pensamiento o de la creación literaria. Está en esto la razón por la que algunas excelentes obras de la literatura de la época eran publicadas guardándose el anonimato de su autor.

 

         Pero no fueron sólo estos los perseguidos, sino que cualquiera podría sufrir la inspección, proceso y condena de los tribunales inquisitoriales, o las torturas habituales del caballete, de las manos atadas por la cuerda detrás del cuerpo que era elevado con un torno y sueltos hasta retornar al suelo, o las antorchas encendidas para quemar los pies del torturado. Las penas se incrementarían y disminuirían según los tiempos, pasándose por ayunos, oraciones públicas, signos infamantes para hilaridad y burla de todos, flagelaciones, sanciones económicas, confiscaciones de los bienes propios, destrucción de las casas de los condenados, o incluso la muerte pasándolos el brazo eclesiástico al brazo secular. Véase este fragmento extraído del Sacrorum conciliorum nova et amplissima collectio:

 

 

“En cada parroquia se designará a un sacerdote y tres laicos que buscarán con diligencia a los heréticos [...]. Deberán recorrer una a una las casas que sean sospechosas, hacer pesquisa en los sotabancos y en cualquier otro escondrijo. Deberán destruirlos todos. Si encuentran herejes o partidarios y defensores suyos, una vez tomadas las medidas para que no escapen, los denunciarán rápidamente al arzobispo u obispo, al señor del lugar o a su bailío, para que sean castigados como cumple. Los abades exentos harán lo mismo. Los señores feudales harán que se busque a los herejes. Si alguien permite que un hereje permanezca en su tierra, ésta será confiscada y su cuerpo entregado al brazo secular [...]. La casa donde haya sido encontrado un hereje será destruida y su solar confiscado. Cualquiera podrá buscar o capturar herejes en tierra que sea de la jurisdicción de otro. Nadie será castigado como hereje sin haber sido juzgado por el poder eclesiástico. Todos, hombres y mujeres, los varones desde 14 años, las mujeres desde 12, abjurarán de toda herejía que les alce contra la Iglesia católica romana y la fe ortodoxa y juren también que conservarán la fe católica tal como la guarda y practica la Iglesia romana, que perseguirán a los herejes en la medida de sus fuerzas y los denunciarán lealmente. El juramento se hará ante el obispo, parroquia por parroquia. Que todos confiesen y comulguen tres veces al año y el que no lo haga así sea sospechoso de herejía. Que los laicos no tengan libros de Escritura, salvo el salterio y el oficio divino, y que no estén en lengua vulgar”.

 

         Larga duración tuvo el fenómeno. Las Cortes de Cádiz, movidas por el pensamiento liberal, determinaron su eliminación en 1812. No obstante, se habría de esperar a unos años después. Posteriormente, ya en 1965 el papa Pablo VI cambiaría el nombre sustituyéndolo por el “Congregación para la Doctrina de la Fe”. No obstante, el carácter represor, a pesar de la proclamación de leyes doctrinales y jurídicas que reconocerían de iure una amplia relación de libertades, sigue enseñoreada de una buena parte de la libre expresión del pensamiento y de las formas de vida.

 

         Sigue un texto literal, escrito por el utrerano Rodrigo Caro en 1634 y perteneciente a su obra “Libro de las Antigüedades”. Fue Rodrigo Caro un intelectual de cultura poliédrica: historiador, poeta, abogado y sacerdote. Ejerció los oficios de censor de libros, beneficiado de la Parroquia de su ciudad natal, así como visitador general de las parroquias del arzobispado hispalense. En este texto deja unas pinceladas de la sede del Tribunal de la Inquisición en una de las más importantes ciudades del mundo en aquellos años, Sevilla.

Inquisición

 

AVTOR EL D. RODRIGO CARO: ANTIGVEDADES Y PRINCIPADO DE LA ILVUSTRISSIMA CIUDAD DE SEVILLA Y CHOROCRAPHIA DE SV CONVENTO IURIDICO, O ANTIGUA CHANCILLERIA.

DIRIGIDA AL EXCELENTISSIMO SEÑOR

Don Gaspar de Guzmán, Conde Duque de Sanlúcar la Mayor.

Año 1634, 222 PÁGINAS

Con Privilegio

Por Andrés Grande, impresor de Libros.

 

Pertenece también a la Santa Iglesia de Sevilla la jurisdicción del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, por la parte que es Eclesiástica, y porque los Señores Arzobispos, por sí o por sus jueces ordinarios, se halla a ver votar y sentenciar las causas de Fe, si bien la jurisdicción de los Inquisidores es Apostólica y delegada.

 

Este Santo Tribunal tuvo su principio en Sevilla, primero que en otro lugar de España, en tiempos de los Reyes Católicos, año de mil cuatrocientos ochenta y dos. Fue su primitivo lugar el Castillo de Triana, temido, no tanto por sus fuertes muros y barbacanas, cuanto por el tremendo Tribunal que en sí contenía, hasta que fue forzoso mudarlo a la ciudad, a la Parroquia de San Marcos, donde hoy está por la inundación de 1626, que fue la mayor de que hay hoy memoria, pues inundó dos de las tres partes de la ciudad, con toda Triana y los demás arrabales.

 

En esta Inquisición hay de ordinario tres Inquisidores, ahora hay cinco, un Juez del fisco, un Alguacil mayor, un Receptor, cinco Secretarios, diez Consultores, ochenta Calificadores, un Abogado del fisco, un Notario de secretos, diez Abogados, dos Consiliarios, Procurador del fisco, Alcaide de su cárcel, Nuncio, diez Personas honestas, dos Cirujanos y un Portero. En el cuerpo de la Ciudad hay cien familiares; en todo el distrito, de Consiliarios, Notarios y Familiares hay cuatro mil, poco más o menos.

 

Libro Segundo


25/01/2013

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