Recortes de historia ...

  JOSÉ ANTONIO ROMERO: "IN MEMORIAM".




 

Quiero agradecer al Sr. Director del Colegio “El Picacho”, a toda su Comunidad Educativa y a la Comisión, que con tanto cariño ha preparado este acto de homenaje a nuestro entrañable amigo José Antonio Romero, el que me hayan dado la oportunidad de intervenir en este acto. Lo hago con sumo gusto, como antiguo profesor del Centro y Director Espiritual del mismo, como miembro de la comunidad educativa del IES Francisco Pacheco, donde José Antonio realizó una excelente labor dentro de la Junta Directiva de la Asociación de Padres. Pero, sobre todo, lo hago como amigo en ejercicio de José Antonio y su familia, desde hace 32 años.

 

En este tipo de actos, es fácil caer en sentimentalismos huidizos, que tardan en irse el tiempo que dure el acto; o en palabras laudatorias, tan vanas como vacías. Sé de sobra que esto no le gustaría a José Antonio. Huiré de ello.

 

A finales de junio de 1993, un grupo de amigos, aprovechando una efeméride personal organizó una misa y una cena de convivencia. Fueron muchos. Y tuvieron la gentileza de dejarme como recuerdo un álbum con las fotos de los asistentes. En una de las páginas aparecen Concha y José Antonio con esta dedicatoria: “CUANDO HACE VEINTICINCO AÑOS APARECISTE POR EL PICACHO, INICIAMOS UNA RELACIÓN DE AMISTAD QUE ESPERO DURE OTROS VEINTICINCO AÑOS POR LO MENOS. Un cariñoso abrazo. Concha y José Antonio.

 

Con anterioridad a la Cena, José Antonio había intervenido en la misa en el Santuario de la Caridad, pidiendo en las Oraciones de los Fieles: que los enseñantes fuesen conscientes de la tarea educativa que realizan, y que la sociedad supiese reconocer adecuadamente el trabajo de los enseñantes y colaborar con ellos.

 

Hago uso de estas dos citas de José Antonio, porque considero que son muy definidoras  de una constante en su vida.

 

Aparece José Antonio en mi vida en un momento crucial. El Cardenal Bueno Monreal me nombra profesor del Colegio El Picacho. Vengo recién salido de un Seminario donde había vivido completamente arropado y donde, hasta el compromiso político y social lo vivíamos dentro de un cascarón de una idílica utopía. Tengo 24 años. Aquí encuentro una auténtica familia. Unos compañeros entrañables. Unos alumnos que se ganaban a diario nuestro afecto. Unas religiosas y todo un personal con quienes  pronto me encontré profundamente a gusto.

 

El alma que estaba detrás de todo ello era José Antonio Romero. Todos sabíamos y reconocíamos su liderazgo. No es el momento, ni quiero cansaros, pero el anecdotario que guardaremos para siempre de cuanto vivimos con José Antonio sería interminable.

 

Lo que sí me interesa exponer muy brevemente es el patrimonio que José Antonio, quizás sin proponérselo, dejó en mi persona. Este testimonio es el que quiero expresar.

 

De José Antonio aprendí el profundo sentido de la amistad, del diálogo, del trabajo en equipo. De él aprendí la constancia, era incansable, siempre tenía tiempo dispuesto para los demás, su lucha no era la de una jornada laboral de ocho horas, sino que estaba dispuesto a dar todo su tiempo. Aprendí de José Antonio su disponibilidad. Su familia y su colegio eran una misma cosa. La familia vivía como él el colegio, y las puertas de su casa estaban siempre abiertas a todos los alumnos y a los familiares de estos.

 

Aprendí de José Antonio su rigor, su sentido de la disciplina como elemento de desarrollo de la propia personalidad, su exigencia a los demás, que comenzaba por una exigencia a sí mismo. Para José Antonio la palabra imposible no existía ni tenía significado.

 

Aprendí de José Antonio su senequismo, su sentido de relativizar las cosas, su profundo sentido del humor, su vitalismo constante, a tiempo y a destiempo, su curiosidad innata, como llave para llegar al fondo de las cosas. Nada ni nadie se le resistía. A donde se lo proponía, no sabíamos cómo, pero llegaba. Aprendí de él a ser feliz. En los años en los que conviví a diario con él, puedo testimoniar que irradiaba una profunda felicidad. Creo que José Antonio testimoniaba las palabras de Augusto Comte: “VIVIR PARA LOS OTROS NO ES SÓLO LEY DEL DEBER, SINO TAMBIÉN LEY DE FELICIDAD”.

 

Hace muy poco tiempo, cuando otro entrañable amigo del Picacho se nos iba hacia el Misterio, y yo le contaba a José Antonio que sus hijos habían esparcido sus cenizas en el mar, José Antonio me contestó: “CUANDO LLEGUE MI HORA, LO LÓGICO ES QUE LAS MíAS QUEDEN DONDE HE ESTADO TODA MI VIDA, EN EL PICACHO”.

 

No, José Antonio, no es sólo lo lógico; es lo justo. Porque tu vivir fue (como gustábamos de decir en aquellas décadas de fines de los sesenta y principios de los setenta) “picachear”. Aquí quedó tu vida y aquí quedará para siempre tu recuerdo. Ya tiene el Picacho un nuevo jardín, donde las nuevas generaciones, conociendo tu testimonio, podrán contemplar el arte de vivir con nobleza y con dignidad. Vives eternamente en Dios, vives eternamente en los tuyos, y vivirás eternamente, polvo con el polvo de la fugacidad humana, como doctor en la disciplina de la dignidad.

 

 

La hoja de tu tiempo se paró en el presente. Eres ya presente eterno.


23/02/2016

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