Recortes de historia ...

  LA CONSTITUCIÓN DEL 12 CELEBRADA EN SANLÚCAR

 

 

 

Suponía ciertamente el nacimiento del nuevo Régimen constitucional, lo que, al fin y al cabo, vendría a suponer un paso, aunque incompleto hacia la libertad. De ahí que se celebrase con toda una serie de actos religiosos, civiles y populares, con la plena participación de la ciudadanía.

          Todas las campanas de las iglesias y conventos de la ciudad repicaron, impregnando de sonido a la ciudad. Con la asistencia de todas las autoridades, se cantó un solemne Te Deum, y se celebró una misa en la que pronunció el sermón Mariano José Rosales, un brillante clérigo de la Sanlúcar de la época, amigo de veleidades políticas: ferviente seguidor de Godoy y en su contra a su caída, partidario de los franceses y luego constitucionalista acérrimo.

          Junto a estos actos, los hubo para las clases populares: recibimiento solemne del primer militar oficial del nuevo Gobierno constitucional, quien dirigió unas palabras desde la balconada del ayuntamiento; estruendo de la artillería desde los castillos de la ciudad; iluminación extraordinaria de las Casas Consistoriales en la Plaza del Cabildo; colocación del Pendón Real en el ayuntamiento y retrato de Fernando VII, que había sido realizado por el cura Benito Gómez Romero, exiliado en la ciudad sanluqueña, cuyo cuadro había estado escondido en la casa del vicario sanluqueño Antonio Henríquez Calafate; exorno de balcones; festejos del domingo 6 de septiembre al día 8. Toda la ciudad aparecía bellamente exornada.

          Se levantó un tablado en la Plaza Mayor para las autoridades civiles y militares, presidido por un gran cuadro de Fernando VII, realizado por el profesor de dibujo Juan José Bécquer, que tenía su residencia en la Calle de los Caballeros. Junto al cuadro se instalaron las banderas española e inglesa.

          El gremio de los montañeses había exornado las calles próximas al ayuntamiento: Ancha, Gallegos, Victoria, Bolsa, San Juan y Amargura. Se colocaron en ellas lemas en verso que exaltaban el nuevo espíritu de la Constitución como opositora de la tiranía (fin al vandalismo, fraternidad con Inglaterra, contra “los viles cosacos y usurpadores” franceses). Decía unos versos: "Sabia Constitución se nos presenta // que a España libra, y todo mal ahuyenta”.

          Entre vítores y estruendo de la artillería, recibió el texto constitucional el abogado Agustín Francisco Velarde. Lo leyó con gran solemnidad. Después de que un confitero de la Plaza del Cabildo, se lanzase a tirar dulces al pueblo desde su confitería, se organizó una procesión cívica, siguiéndose un solemne ritual, tras el cual se efectuó el juramento público de todos, clero y pueblo. El itinerario que se siguió fue: San Juan, Cuesta del Chorrillo, Cuesta de la Caridad, Misericordia, Monjas Descalzas, Jerez y Plaza Alta, toda ella iluminada, delante de cuyo Cabildillo se había colocado otro entarimado.

          Asimismo actuó una orquesta venida de Cádiz a cargo de los Cosecheros de Vinos, hermandad que se había encargado del exorno de la Plaza alta, colocando en ella un monumento al estilo de las portadas de feria. En la parte alta se había impreso la frase de Cicerón: “La justicia es la obediencia a las leyes y a las instituciones”. El gremio de los comerciantes se encargó del exorno de la Plaza de la Panadería Baja. Junto a la fuente central existente, colocaron un jardincillo artístico con gran cantidad de macetas e iluminación extraordinaria.

          El gremio de los pescadores exornó con arcos la calle San Juan, esquina a Pradillo, así como la fuente de su centro con vegetación y diez banderas de las naciones aliadas contra Napoleón. Además lanzaron una gran cantidad de fuegos artificiales. El gremio de los panaderos donó 560 raciones de pan para los pobres, y ración doble de pan para los miembros de las tropas, carne, vino, zapatos y cuatro reales por cabeza. El gremio de los labradores decoró la Plaza de San Francisco. Presidida por un cuadro de Fernando VII, iluminado con gran cantidad de cirios.

          Tuvo lugar una comida extraordinaria a los presos de la cárcel y más extraordinaria aún, en los jardines de El Picacho, para la gente hacendada, diputados, militares, oficiales ingleses hasta 72 personas. Estos, ya hartitos y acompañados de los sones de dos bandas de música, marcharon hacia la Plaza del Cabildo, en donde se representó, con gran asistencia popular, un espectáculo que se mofaba de José I.

          Se elaboró un documento, firmado por los diputados Juan Bautista Angioletti y Agustín Francisco Velarde con estos principios: defensa de la Constitución por deber proveniente de la religión y de la justicia; consideración de la sabiduría de los principios constitucionales; expresión de la gratitud del pueblo sanluqueño por haber llegado el momento del buen gobierno a los hombres de manos de Fernando VII. El clero elaboró otro documento, dado a conocer, por los beneficiados Pedro Gabriel Bernal, así como Andrés Arnaud Bastos. En él se contemplaban estos sentimientos: gozo por la liberación de la ciudad de la ocupación por los franceses, “treinta y un meses bajo un yugo, cuya dura servidumbre excede a toda hipérbole por crueles y tiranos”.  Imploraban del cielo para que el pueblo gozara de su soberanía, lleno de felicidad y alegría. Afirmaban que una vez más se habían unido “la espada y el talento” para derrotar a aquellos enemigos; después de calificar a la monarquía de “nuestra hermosa e invencible”,  calificaban a la Constitución de sabia, política y religiosa, así como de garantizadora perpetua de la independencia y libertad.

 

          Más duros fueron en otro manifiesto que dirigieron a la Regencia del reino denunciando el trato recibido de los franceses, quienes, en decir de la clerecía sanluqueña: habían estado sujetos “a unos bárbaros monstruos y fieros opresores, sin más religión, sin más política que el orgullo, la disolución y la mentira”. No habían reconocido su carácter sacro, confundiéndolos con la “plebe”. Los habían injuriado. El santuario lo habían considerado como un teatro de diversión y placer, no respetando sus ritos y ceremonias.  Terminaban con una labiosa perla para Fernando VII a quien no dudan en denominar “adorado rey” y “sagrada persona”.


09/02/2016

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