Recortes de historia ...

  SOCIOLOGÍA DE LA SANLÚCAR DE 1812

 

 

 

En 1827, en el “Diccionario geográfico y estadístico de España y Portugal”, recogido por el periódico local “El Profeta” en agosto de 1920, se dejaba constancia de que el número de vecinos era de 4.206, lo que arrojaba una cantidad de 16.773 habitantes. Se indicaba asimismo que en la ciudad había once conventos de frailes y tres de monjas. Las tierras de labor eran, de las 28.070 aranzadas  del término, unas 10.097. Los cultivos existentes constituían huertos de río, tierras de frutales, huertas, navazos, olivares, pinares, tierras de sembradura (una buena parte se dedicaba al cultivo de la vid), dehesas y marismas. Se disfrutaban de estos productos: exquisitos vinos (para el interior y para el extranjero), un poco de trigo, aceite y cebada (no suficiente para la población), frutas delicadas, legumbres y hortalizas excelentes (muy consumidas en Cádiz y en Sevilla).

          Importante era el Puerto de Bonanza, con un muelle bien cómodo, un comandante de marina y un capitán de puerto. La pesca, surtida por unas 40 embarcaciones, abastecía a Sevilla, Jerez, Arcos de la Frontera y otros pueblos del interior. En cuanto a la industria existían en la ciudad dos fábricas de curtido, dos de hilados de algodón con máquina, tres de licores y una de jabón, “La Almona”.

          No obstante, el pueblo padecía una radical y verdadera miseria. Un ejemplo de ello fue que el director de la Casa Cuna, el presbítero Antonio José Romero Pavón presentó un escrito al Ayuntamiento. Exponía en él su determinación de abandonar aquella responsabilidad porque “era imposible alimentar a las criaturas con que se contaba y a las que entraban nuevamente”. Las amas de leche devolvían a las criaturas desfallecidas, por cuanto que no recibían ningún salario. Se cargó al común con un arbitrio de 8 maravedíes por cada libra de carne que se vendiese al público. Arreciaba el hambre, pero también la holgazanería y el “arte” de vivir de ajeno, en tiempos en que abundaban los robos y asaltos. Eran muchas las familias que vivían del inseguro y periódico jornal del campo.

          De tales miserias iría emergiendo paulatinamente las agitaciones y la proletarización. Así los alquileres eran muy abusivos; existía mucho paro; las condiciones sanitarias y culturales eran ínfimas; y para quienes trabajaban para el Ayuntamiento (encargados de la limpieza de la ciudad, porteros de las Casas Capitulares, etc) las dificultades de cobros no dejaron de existir.

          Pronto, ante esta situación, comenzaron las reivindicaciones sociales: los presos que se alimentaban de las limosnas que un jesuita recogía en la ciudad; los marineros y pescadores, que padecían el hambre, la desolación y la miseria y que dijeron al Ayuntamiento en un memorial que se encontraban “en la última miseria, sin tener con qué socorrer a sus pobres familias”; los comerciantes y hasta el fiel de la romana (este por la insuficiencia de su salario por parte del Ayuntamiento).

          Otro problema existente era la enseñanza. En la Constitución de 1812 se abogó por una educación básica para todos, por la gratuidad de la instrucción elemental, y por la necesidad de una programación general para la denominada “instrucción pública”. Aquellos legisladores consideraron que el progreso no sería posible sin el desarrollo de la enseñanza. Se estableció la existencia en todos los pueblos de “escuelas de primeras letras para enseñar a los niños a leer, escribir, a contar, y el catecismo de la religión católica, así como una breve exposición de las obligaciones civiles”. Todo esto se completó con la creación de universidades y otros establecimientos para la instrucción y enseñanza de todas las Ciencias, la Literatura y las Bellas Artes.

 

          En la Iglesia se fue pasando poco a poco de los “beneficiados de iglesias” a “curas de alma”. Esto fue fundamental, como fundamental fue la función de los predicadores, porque, desde el púlpito se comienza a cuestionar los valores vigentes hasta aquel momento: la limpieza de sangre, la poca importancia que se daba al trabajo, el visceral sentido de la honra, la supervaloración de la casta nobiliaria. Se comenzó a predicar otros valores: la igualdad entre todos, la dignidad de la persona, la negación de la ociosidad, la defensa de la institución familiar, la importancia de la mujer para el buen funcionamiento de la familia (dedicadas a las labores propias de su sexo, sujetas a sus maridos y no asistiendo a reuniones ni diversiones). Los predicadores, aún siguiendo el sistema de capellanías, testamentos, legados y fundaciones, comienzan a lanzar sus diatribas contra el lujo, el desorden social, el adulterio, los bailes, el teatro, las tertulias, la inmodestia, la usura, el orgullo y la vanidad,


23/01/2016

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