Recortes de historia ...

  LOS FRANCESES EN SANLÚCAR

 

 

 

 

La invasión napoleónica tuvo lugar en la ciudad tras la abdicación a su favor de Carlos IV en 1808. Permanecerían aquí hasta 1814, dejando tras de sí una amplia nómina de abusos y desmanes. ¿Cómo actuó el pueblo sanluqueño ante la invasión? En primera instancia, el pueblo se reactivó contra el ejército francés, hasta el extremo que de ambos brazos sociales –el secular y el eclesiástico– se unieron como nunca para plantar una lucha directa o indirecta ante el francés. El Ayuntamiento alertó a la ciudadanía a la defensa de la ciudad contra el ejército francés. Tomó una seria de iniciativas: dividir a la ciudad en cuatro cuarteles; constitución, el 30 de mayo de 1808 de la denominada Junta Local de Defensa (entre otros, Rafael Colom, Fernando Gómez de la Barreda y otras personalidades civiles y eclesiásticas, presididas por el gobernador Virués).

          Esta Junta se reunía dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde. Tomaron determinaciones, tales como el alistamiento de la gente, desde 16 a 45 años; crearon cuatro mesas (en la Iglesia Mayor, Iglesia de Santo Domingo, San diego y la Auxiliar del Carmen) constituidas por un eclesiástico, un regidor, un oficial de graduación y un secretario, dándose la circunstancia de que el primero que se alistó fue un fraile mínimo; se recaudaron armas, caballos y dineros; y se constituyó la Guardia Urbana de Voluntarios.

          No obstante, bien pronto apareció el fenómeno de las dos España enfrentadas. Por una parte, los antifranceses, partidarios del absolutismo y de la unión de los dos brazos, el secular y el eclesiástico; y por la otra, los afrancesados, partidarios de la modernidad y del progreso, que veían personificados en el francés. En el primero se encontraban el Cabildo, la Iglesia y la Mayoría del vecindario; en el segundo, algunos intelectuales y hacendados.

          No obstante, los franceses entraron en la ciudad sin ningún tipo de oposición por acuerdo capitular. Se les entregó la vara de mando de la ciudad, se cantó un Te Deum en la parroquia de la O, se celebró una fiesta de sociedad en El Picacho y se constituyó un Ayuntamiento verdaderamente afrancesado, en el que serían alcaldes sucesivos Secundino Salamanca y Cayetano Ñudi Sgarzi, y que pasó a denominarse “Municipalidad”. Los nuevos munícipes fueron, como era de esperar, de todo pelaje: Convencidos, advenedizos, temerosos, pero ante la actitud francesa, poco a poco, se fueron oponiendo a las medidas establecidas por el francés. Frente a esta oficialidad, el pueblo llano sí que se opuso al francés con atentados, y guerra de guerrillas en las zonas rurales.

          La estancia de los franceses en la ciudad estuvo impregnada de insolencias, de prepotencia y de abusos, incluso favorecido por los afrancesados sanluqueños que seguían viendo en ellos la modernidad y el progreso. Téngase en cuenta que había en la ciudad dos gobiernos, el político y el militar, y este último estaba en manos francesas. El gobierno militar tenía establecido que la ciudad habría de correr con el pago de todas sus facturas: alzada factura del consumo de carne para el ejército francés de la guarnición transeúnte y del hospital militar; del pan; de la harina; de vinos; de aceite y de leña.

          Ante tanta explotación, La Hermandad de Cosecheros de Vinos presentó una denuncia a la Municipalidad por lo que habían entregado de los suministradores de los franceses. En vista de que no había forma de cobrar, se negaron a seguir suministrando. El mando francés, además, ordenó la entrega de 500.000 reales. Tan sólo se llegó a 150.000 reales. Ante ello, los franceses tomaron una serie de rehenes, siguiendo el padrón de repartimientos, que fueron llevados a Jerez de la Frontera. Estos fueron Andrés de la Piedra, la viuda de Francisco de Paula Rodríguez, la Casa de José Colom e Hijos, la Casa titulada de Belén, Joaquín Marcos Manzanares y Antonio Beira. La Municipalidad bien que se comprometió a conseguir a la mayor brevedad el esto, para “redimir a tan dignos ciudadanos de la vejación que iban a sufrir·.

          Y no sólo esto. Los franceses, en su estancia en la ciudad, colocaron una empalizada, parte de madera y parte de mampostería, para defenderse de los posibles ataques de guerrilleros y antifranceses. Fue realizada por el ingeniero mayor de obras, José Huet. La empalizada tenía la siguiente configuración: Puerta de Jerez, con cerrojos y llaves; Cruz del Pasaje; Gitanos; Palma; Castillo; Alcoba, otra puerta en el Carril; Santa Ana, con otra puerta; Moros; Gallegos; Consolación, con otra puerta; Torno (las dominicas quedaban fuera); Cuesta de Almonte; Cuesta de San Roque; Cuesta de la Caridad; Puerta de Rota y Muro.

          El abastecimiento de las tropas había supuesto una carga abusiva, insolente y desproporcionada para la ciudad; dinero, manutención de tropas y caballos, derramas entre los ciudadanos y gremios, control del padrón y de sus bienes, ejecución militar del cobro de las contribuciones, arreglo del Carril para el paso de la artillería, arranque de los vallados para evitar que se escondieran los “malhechores”, embargo de las fraguas, pago de los caballos y mulas que robasen al francés, arreglo de la Calle Bolsa porque allí estaban las autoridades imperiales, licencia a los tiradores para acabar con los salteadores de caminos, constante exigencia de entregas de botas de vino no sólo para los de Sanlúcar sino para los que estaban en Sevilla.

 

          Llegó el momento. 25 de agosto de 1812. Por fin, se fueron. Largos días habían quedado para una ciudad padeciendo toda clase de atropellos de parte de los franceses. Se quito la empalizada con algazara. Se formó un Ayuntamiento interino, constituido por Julián Álvarez, Antonio Esper, Agustín Velarde, Manuel García Fernández, José María Ramos… Se le comunicó al comandante de un barco británico, “Papillón”, que había estado  bloqueando la entrada del río, que podía atracar en Bonanza y sus tripulantes pisar la tierra ya liberada. Todas las campanas de la ciudad repiquetearon, mientras que el pueblo trasladó, solemne y tumultuosamente, al comandante inglés desde Bonanza hasta el Ayuntamiento. Asimismo, llegó a la ciudad Tomás López Peregrín, juez de Primera Instancia, nombrado por la Regencia y se constituyo, el 30 de septiembre de 1812 un nuevo Ayuntamiento, que jurando sus cargos comenzaron a regir la ciudad.


11/01/2016

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