Recortes de historia ...

  DUQUESA DE MEDINASIDONIA

 

 

 

 

Volando agudamente entre nubes deshechas

 

Para ti,

querida Isabel,

In memoriam

 

 

TÍTULO

 

Tuvo mi corazón, encrucijada

de cien caminos, todos pasajeros,

 un gentío sin cita ni posada,

 como en andén ruidoso de viajeros.

 Hizo a los cuatro vientos su jornada,

 disperso el corazón por cien senderos

 de llana tierra o piedra aborrascada,

 y a la suerte, en el mar, de cien veleros.

 Hoy, enjambre que torna a su colmena

 cuando el bando de cuervos enronquece

 en busca de su peña denegrida,

 vuelve mi corazón a su faena,

 con néctares del campo que florece

 y el luto de la tarde desabrida.

 

 Antonio Machado

 

 

Tuvo mi corazón encrucijada de cien caminos, todos pasajeros

 

          En Sanlúcar de Barrameda, a través de su fecunda historia, tuvieron cuna o residencia personajes de alta relevancia social, cultural o económica. Diego Pérez Tort murió con la pena de no haber visto publicada su interminable nómica de “Sanlucareños Ilustres”. En ella, sin la menor duda, habría ocupado lugar de tronío Isabel Álvarez de Toledo y Maura, extremo este que a la Duquesa Isabel en nada le había agradado. El granderío de muchos personajes fue periférico, heredado por la inexorable ley de la sangre o del dinero, de los que se vivía, pero de los que no brotaba una vida, una vida de quietud y realización plena, todo corazón, desapegada de la “barata bisutería” de la que escribió don Antonio Machado.

          Todo estaba a favor y a corriente de que la Duquesa Isabel hubiese llevado una vida “lineal” al uso, tan cómoda como monótona y vacía. Hija única de Joaquín Álvarez de Toledo Caro y Caro y de María del Carmen Maura y Herrera, acumuló gran cantidad de títulos nobiliarios, pues al de XXI Duquesa de Medinasidonia, se han de agregar, entre otros más, los de Marquesa de los Vélez, Princesa de Montalbán, XVII Marquesa de Villafranca del Bierzo, XVIII Marquesa de los Vélez, tres veces Grande de España... como la heredera que fue de uno de los linajes de más abolengo e importancia histórica de cuantos pudieran haber existido en España.

Aunque su nacimiento se produjo en Portugal el 21 de agosto de 1936, pues allí se encontraban sus padres, exiliados por la República, la mayor parte de su vida la pasó en la ciudad de Sanlúcar de Barrameda. El 16 de Julio de 1955, con 19 años, contrajo matrimonio en Montera (Santander) con el madrileño José Leoncio González de Gregorio y Martí (nacido el 29 de Octubre de 1930). Del matrimonio nacieron Leoncio Alonso, María del Pilar y Gabriel Ernesto. In articulo mortis contrajo matrimonio la Duquesa Isabel con su secretaria Liliana María Dahlmann.

La Duquesa Isabel, no obstante su condición social, no se apoltronó en una sociedad establecida y monocorde, sino que  eligió la vía de la “encrucijada de cien caminos”. No se asentó en la vida, se supo en ella pasajera, caminante haciendo caminos al andar, y sintió en lo más profundo de su rica conciencia lo mismo que había sentido su admirado Machado  “en este viejo pueblo paseando sola, como un fantasma”.

 

Un gentío sin cita ni posada

 

          En soledad, la Duquesa Isabel “no dejó dormir su corazón. Lo mantuvo despierto. Ni dormía ni soñaba, miraba. Miraba con sus claros ojos abiertos e interpretó las señas lejanas y escuchó a orillas del gran silencio. Fue, desde esa ladera, desde donde la Duquesa Isabel maridó vida y cultura, compromiso social y escritura, humor y denuncia, porque, desde su escrutadora e incansable mirada, contemplaba desde su atalaya, como verdad solitaria, “el gran teatro del mundo”, mientras el gentío de la base marginal de la pirámide social permanecía, por eternidad de eternidades, sin cita ni posadas.

 

Hizo a los cuatro vientos su jornada

 

          En su lucha interior, en su agónica búsqueda (en el sentido unamuniano), buscó y encontró la Duquesa Isabel el lugar de donde el manantial brotaba de la piedra, “allí en donde el agua ríe, sueña y pasa”. Leyó incansablemente. Encontró el verdadero pálpito de la historia. Supo, en la revolución ardiente de su búsqueda, de mentiras y patrañas, históricas y actuales, emergentes por doquier. Descubrió cómo espasmódicamente “un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo cruzaba solitario el puro azul del cielo”. La Duquesa Isabel comenzó a ver claro. Lo suyo era “hacer su jornada a los cuatro vientos”. Cogió la voz y la palabra.

Escritora de expresión sólida, documentada y coherente, cultivó los géneros novelísticos, ensayísticos y de investigación histórica. En todos ellos se testimonia, como telón de fondo, su sólida cultura y su ágil uso del lenguaje, así como su compromiso social con la época en la que le tocó vivir. Como articulista, fueron muchos los artículos, esencialmente de índole histórica, los que publicó en prestigiosas revistas científicas, tanto nacionales como extranjeras.

Sus novelas, aunque con rasgos muy particulares, expresión de su propia personalidad, pueden encuadrarse dentro de la “novela social”, pero no tienen, como muchas de las novelas españolas de este género, el carácter de generalización de los problemas existentes durante la dictadura de Franco, sino que su denuncia conlleva nombres y apellidos, aunque algunos de ellos aparezcan camuflados, pero fácilmente identificables. De ahí surge el que su publicación encontrase serias dificultades y motivase incluso la condena y estancia en la cárcel, así como el exilio en Francia. Publicó: “La Huelga” (Editorial Grasset, París, 1967), novela traducida al francés, inglés, sueco y húngaro y que supondría para la Duquesa Isabel, como consecuencia de su contenido y “de los harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra”, aún vitalizado en la España de la época, la condena de un año de prisión. A la anterior novela, vendrían a sumarse: “La Base” (Editorial Grasset), traducida al griego y al portugués; y “La Cacería” (Editorial Grijalbo), traducida al sueco.

Publicó, tras su tiempo de silencio carcelario, la obra “My Prison” (publicada por la Editorial Harper & Rou U.S.A), documento en el que describe la vida de la cárcel. El conocimiento de las denuncias formuladas en la obra le supuso el exilio en Francia durante unos seis años.

Como historiadora, la Duquesa Isabel alcanzó un excelente nivel, aunque muchos historiadores “oficiales” no hayan querido reconocer ni sus postulados ni sus técnicas investigadoras. La historia narrada por Isabel Álvarez de Toledo es una historia esencial, dialéctica, purificadora, pues limpia los aconteceres históricos de todos aquellos elementos “extraños”, “dirigidos”, “parasitarios” y “adheridos”, tan frecuentes en la narración al uso en la historiografía tradicional, fundamentada con harta frecuencia en el “argumento de autoridad”, no en las primigenias fuentes documentales. En sus obras históricas se ven presentes los documentos elaborados en el momento en el que los hechos se produjeron, por lo que el resultado resulta bien distinto; surge una historia de lo real, no de lo deseado ni  de lo interesadamente dirigido. En su consecuencia, ante tanta mentira historiográfica imperante en los libros de historia, las verdades históricas de la Duquesa Isabel serían consideradas por algunos como fruto de una disidencia, como si esta no fuese la mejor forma de encontrarse con “cuanto hay en la vida de sed y dolor, por el que corre el soplo del olvido sobre un arenal de hastío.

Escribió la Duquesa Isabel “Historia de una Conjura” (Diputación Provincial de Cádiz, Julio de 1985).  En ella realizó un documentado estudio sobre lo que ella llamó la “supuesta rebelión de Andalucía”. Afirma en ella que en la actualidad “pocos historiadores ponen en duda la veracidad de los cargos que le fueron imputados (se refiere al duque don Gaspar, 1600-1664), aceptando por hecho incontestable una patraña abracadabrante, que jamás fue documentalmente probada”. Sigue afirmando que “dicha patraña se produce por coincidir tres fenómenos, en tiempo y espacio: el deseo de Felipe IV, que ya lo fue de sus antecesores, de incorporar el puerto de Sanlúcar de Barrameda a la corona; la envidia del Conde Duque hacia la rama primogénita de Guzmán el Bueno, cuyo mayorazgo ambicionaba para sí; y la rebelión de Portugal, que aun siendo causa aceptada de los hechos, no fue determinante, aunque sí detonante, de la persecución que padeció Medina Sidonia”. A continuación, va exponiendo minuciosamente los hechos que “revelan los resortes empleados para terminar con el señorío y fortuna de los Medina Sidonia”.

Escribió también, entre otras obras históricas, “Alonso Pérez de Guzmán, general de la Invencible”  (1995, dos tomos). Recoge su investigación sobre este antepasado suyo, en la que, tras una minuciosa biografía del protagonista, aborda los temas de la Guerra de las Alpujarras, la anexión de Portugal, la gran Armada, la figura de Felipe II y su contexto... “África versus América”. De esta obra dice Hashim Ibrahin Cabrera: La duquesa de Medinasidonia “investiga allí donde la historia oficialmente aceptada hace aguas. Su libro “África versus América” es el resultado de varios años de trabajo exhaustivo... llega a reconstruir aquella narración que quiso ser velada, sorprendente en tanto que niega el sentido que se le ha venido suponiendo a la `gesta colombina´ y afirma, por el contrario, la existencia de relaciones políticas y comerciales entre pueblos y culturas distintas que habitaban ambas orillas del Océano, casi desde los primeros registros escritos que se conocen”. En “No fuimos nosotros, Derrotero de Poniente, Del Tráfico transoceánico precolombino a la conquista y colonización de América”. (Editorial Des Alpes Maritimes. Nice, Francia; edición de 1992) aborda la conquista de Canarias y otras más, las Albalas de 1463, el Tratado de Tordesillas, la guerra de Berbería, la campaña de América, la Casa de Contratación, el colombinismo ...

 

Senderos de llana tierra o piedra aborrascada

 

No cabe la menor duda de que una persona visceralmente disidente, al igual que lo había sido su abuelo Antonio Maura, estaba llamada a ser discutida y a que, sobre ella, se vertiesen las más encontradas opiniones; desde un Antonio Buero Vallejo que dijo de ella: “es una mujer a la altura de su tiempo, con un sentido muy honesto y positivo de los problemas de justicia social”, hasta un Francisco Umbral que afirmó : “juega con una demagogia fácil, pero yo no veo claro el personaje”.

Nadie, sin embargo, aparte de interpretaciones más o menos subjetivas y mediatizadas, puede poner en duda los hechos: ocho meses de cárcel, más de seis años de exilio, su encabezamiento en la manifestación de protesta por la caída (en 17 de Enero de 1966) de bombas nucleares en Palomares (Almería), su constante apoyo a los perseguidos en el tiempo de la dictadura franquista... todo ello constituye una batería de indicadores de una constante preocupación social en tiempos en que esta denuncia ocupaba lugar prioritario en las conciencias comprometidas. Isabel Álvarez de Toledo, constante analista del devenir histórico, fue evolucionando hacia una reflexión filosófica y ética sobre el comportamiento del ser humano a fines del siglo XX y principios del XXI, habiéndose convertido en una de las voces más lúcidas y preclaras de la desorientada social actual.

 

Hoy, enjambre que torna a su colmena

 

          No se trata de realizar una exégesis de “quien conoció, siendo niña, la alegría de dar vueltas, sobre un corcel colorado, en una noche de fiesta”; ni de su persona, ni de su voz, ni de su palabra. Las tres (persona, voz y palabra) merecen, para ser abordadas con el debido respeto y con la necesaria acuidad de interpretación, aquello de lo que hoy se carece, la perspectiva histórica. Cuanto nos dejó la Duquesa Isabel es tan denso, tan rico en matices, tan sugerente, que se escapa a una glosa que, obligatoriamente, habría de ser deficiente y parcial, porque se equivoca quien quiera encontrar una personalidad lineal en quien la poseyó poliédrica y rica en matices.

Tanto erraría quien la ubicase en donde nunca deseó estar, en un olimpo de idolatrías servilistas, como quien la despellejase bajo el pretexto de su disidencia o heterodoxia. Ambas actitudes quedarían en la ladera opuesta de la órbita de la comprensión de tan rico personaje. Aún no se encuentra la Duquesa Isabel a la conveniente distancia focal, como no podía de ser de otra manera en quien en tanto se adelantó a la conciencia media de sus contemporáneos. Su obra y su persona merecen ser analizadas no en superficie, ni desde la ladera de la banalidad tan al uso, sino en profundidad e intención dialéctica; sólo así ocupará, a qué dudarlo, el lugar preeminente que le corresponde. Llegará un día en el que no se discutirá ni maculará su personalidad ni su obra con profanaciones, cándidas o malévolas, sino que será colocada en las constelaciones de las mujeres que supieron no dejarse arrastrar por las líneas rutinarias de la historia, sino que supieron hacerla y cambiarla.  

Esta historiadora de lo que fue, no de lo que conviene que se sepa de lo que fue, enamorada de la cultura, con profundo sentido del humor, y con una constante actitud comprometida con el hombre y la mujer actuales, actitud  poco observable en los nobles y aristócratas y en la prolífica fauna del granderío de hoy y de siempre, fue portadora de tanta sabiduría y conocimientos como hay en los 6.000 legajos que, con sus manos y su vida, ha ido estudiando, catalogando y asimilando. Su sabiduría le llevó a analizar críticamente el pasado, pero dejó marcados caminos hacia el futuro. Su silencio de siglos, su mirada escrutadora, su innata valentía  para llamar al pan pan y al vino vino, su trabajo incansable, no tienen ya prisas; descubrió la estulticia humana, fue testigo del empecinamiento de los humanos en tropezar una y mil veces en las mismas piedras. Supo que la nobleza no la confieren los pergaminos apolillados por el paso del tiempo, sino la grandeza ética, la autenticidad y la verdad. Hace tiempo que acabó para ella el exilio exterior, quizás hoy esté inmersa en el fecundo exilio interior que se plenifica en el Todo.

Duquesa Isabel, Isabel amiga: te conocí en el alba de tu primavera, allá por los vetustos claustros del patio del Santuario de la Caridad, cuando organizabas aquellas comidas para pobres de la ciudad, te ayudé a servirles “bajo el sol de fuego”. Nos hicimos caminantes haciendo nuestros caminos, siempre unidos por el cordón umbilical de la mutua coincidencia y por el viento. Hoy, tú, admirada Isabel, eres enjambre que tornas a tu colmena. Hoy, yo, mi querida Duquesa de piel de nácar, con el fantasma de tu sueño adormilado en mis pupilas, te sigo contemplando con tu traje negro sin tiempo sobre el horizontal dosel blanco de tu existencia. Bajo tus manos el libro de pastas rojas, siempre eternamente nuevo, de nuestro don Antonio Machado. Por tu palacio siguen y seguirán revoloteando fantasmas y misterios históricos. Te miré por última vez sobre la tierra. Intuí que ya te habías abierto al misterio como la flor se abre al sol.  Nuestro don Antonio Machado, mientras tanto, me susurraba, como a ti, al oído:

 

Al borde del sendero un día nos sentamos.

Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita

son las desesperantes posturas que tomamos

para aguardar… Mas Ella no faltará a la cita.

 

 

 

 


26/11/2015

  EL MONUMENTO A SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ.

 

 

 

Desde su llegada a Sanlúcar de Barrameda, la figura de Madre Angelita, presente en todo momento entre los pobres y afligidos a través de sus hijas las Hermanas de la Cruz, caló hondamente en la conciencia de los sanluqueños. Su labor fue admirada y respetada por todos, desde la ladera de la fe y desde la ladera de la increencia, aún en los peores momentos anticlericales que se vivió en la ciudad.    

      La ciudad de Sanlúcar, el pueblo –sobre todo el pueblo– y también las autoridades civiles quisieron en todo momento manifestar su gratitud a Sor Ángela y a las Hermanas de la Cruz. Ya en la sesión de la Comisión Permanente del Ayuntamiento de la ciudad, de fecha 3 de agosto de 1951, al punto 2º, POR UNANIMIDAD fue aprobada en todas sus partes la moción de la alcaldía presidencia que dice como sigue : “Es propósito de esta alcaldía que, coincidiendo con las fiestas de nuestra Patrona se concedan los títulos de hijos predilectos a las personas o entidades que se estimen merecedoras de obtenerlo, estando próxima dicha fecha me permito proponer  a Vuecencias que dicha designación recaiga este año sobre las Instituciones de las Hermanas de la Cruz, Hermanas de los Pobres y Hermanos de las Escuelas Cristianas, a fin de realzar los méritos de su noble labor, de demostrarle nuestro reconocimiento. No obstante, vuecencias resolverán lo más acertado. Sala Capitular del ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda, 28 de julio de 1951. El alcalde Tomás Barbadillo, rubricado”.

     Llegado que fue a la alcaldía presidencia don Juan Antonio Garat Ojeda, el 24 de julio de 1970, se reactivó un viejo proyecto: labrar un monumento en honor de Sor Ángela de la Cruz. El proyecto fue aprobado por el Excmo. Ayuntamiento en este mismo año de 1970, si bien no se plasmaría hasta los albores del año 1972. El lugar elegido no podía ser ni más emblemático ni más bello, la Plazuela que se abre a las puertas del Convento de las Hermanas de la Cruz, y exactamente a la entrada a la capilla, lugares que un día dejó bendecidos con su santa presencia la misma Madre Angelita, cuando visitó este convento. 

     El día elegido para su bendición e inauguración fue el 27 de enero de 1972. Autoridades, Hermanas de la Cruz, devotos y devotas de Madre y muchos vecinos del pueblo se apiñaron en torno al bello busto de Madre. Las Hermanas, con el primor acostumbrado, lo prepararon todo, lo externo y, lo que es más importante y más se cuida en la Casa, lo interno, porque lo externo ayuda a interiorizar y a encontrarse con Dios, y porque lo interno da sentido espiritual a lo externo. Del convento salieron unas bolsas, llenas de arroz, aceite, salchichón, galletas, jabón, leche y pan, para los predilectos de Madre, los pobres de la ciudad. Y de la mesa a la misa. A las seis de la tarde se celebró una Eucaristía, con asistencia masiva de fieles, y la de muchas Hermanas de la Cruz venidas de otros conventos. La alegría, con la intensidad que la viven quienes están entregadas al Dios de la Alegría, revoloteaba por la Casa. De Lebrija vinieron la madre superiora y las Hermanas María Angustias, Recuerdo y María Manuela (estas fueron las más prontas en llegar); de Las Cabezas de San Juan, las Hermanas Santísima Trinidad y María Pura; de Jerez de la Frontera, la superiora y las Hermanas Pastora, San Juan, Santa Justa, Juliana, Alegría, Jesús, Lourdes, Rocío, Consuelo, María de Emaús, María del Dolor y San Cayetano; de Sevilla, las Hermanas Jesús de los Reyes, y Elia, que habían estado muchos años en la comunidad sanluqueña. 

     A las siete de la tarde se celebró el solemne acto. Bendijo el monumento el cardenal don José María Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla, de gratísima memoria. Ostentó la representación del ayuntamiento su alcalde presidente, don Juan Antonio Garat Ojeda, acompañado del concejal don Fernando Romero Bustillo y otros. Asistieron igualmente el arcipreste de la ciudad, don Luis Núñez Rodríguez, y los sacerdotes don Juan Sánchez Barragán, el padre capuchino fray Velardo y don Miguel Rodríguez Rodríguez. Una alumna del colegio, con melodiosa voz y unos relucientes y amplios cabellos, dio las gracias al Sr. Cardenal y al Sr. Alcalde. El cardenal correspondió con una abierta y paternal sonrisa, como en él era tan habitual, mientras que el alcalde Garat se afanaba en acercar lo más posible el micro a la niña para que fuese oída por todos los asistentes. 

     Tras descubrir el busto de Madre, intervino el Sr. Alcalde, don Juan Antonio Garat Ojeda, quien, en nombre de la ciudad, agradeció la labor que venían desarrollando las Hermanas de la Cruz en la ciudad. A continuación, el señor Cardenal expresó su admiración y devoción a Madre por su “figura humilde y sencilla”, y “la magnitud de su Institución”. Finalizado el acto de bendición e inauguración, el señor Cardenal pasó al interior de la Casa, en donde efectuó una visita al Santísimo Sacramento y saludó y charló afectuosamente con todas las Hermanas. 

     Se fueron apagando lentamente los sones de fiestas. Los asistentes marcharon a sus casas. La Hermanas venidas de otras comunidades retornaron a ellas. Sin embargo, en la coqueta plaza de Sor Ángela de la Cruz, a escasos metros del Santísimo sacramento del Altar, a escasos metros de donde residen sus hijas, a escasos metros del barrio marinero, quedó allí sembrada, para la posteridad, una Rosa Samaritana, como aliento para sus hijas, como recordatorio del amor a Dios y de la entrega generosa a los más pobres y necesitados, y como un interrogante siempre abierto para quienes viven inmersos en la tentación de la increencia.

 

 

 


29/03/2016

  EL PROBLEMA DE LA SEPULTURA DEL SUICIDADO JUAN COLOM Y COLOM

 

 

 

 

En la noche del jueves 14 de julio de 1842 se suicidó don Juan Colom y Colom. Por dicho hecho estaba prohibido dársele sepultura eclesiástica. Así se lo comunicó el vicario Fariñas a sus parientes cuando se presentaron a hablar con él sobre el funeral. Los familiares rogaron que no se le privase de la sepultura eclesiástica, alegando una serie de razones personales que Fariñas no consideró suficientes. Fariñas se mantenía en su determinación. No obstante, los familiares le aseguraron que el señor Colom padecía unos “raptos en su imaginación que lo ponían fuera de juicio”, habiendo sido esta la causa de su suicidio.

 

          Fariñas, “atendiendo a la benignidad y piedad de la Iglesia Nuestra Madre en semejantes casos”, se prestó a que se le diese sepultura eclesiástica, siempre que lo afirmado verbalmente por los familiares lo acreditasen en forma legal, presentando certificación del juez competente. Dicha acreditación se efectuó ante el segundo alcalde constitucional. Así lo manifestó[1] Fariñas el 18 de julio de 1842 al gobernador del arzobispado, cayendo en la justificación de siempre: él sabía que antes que actuar en estos casos se debía consultar al referido gobernador, pero afirmó que no le había sido posible efectuarlo, dado que, por la distancia de esta ciudad con la de Sevilla, no daría tiempo a recibir la contestación antes de la hora en que era indispensable sepultar el cadáver.

 

          Adjuntó el vicario Fariñas a su escrito el certificado referido. Iniciaba el certificado don Manuel Colom, del comercio de la ciudad, refiriendo la desgracia que había privado de la vida a su hermano político y sobrino don Juan Colom y Colom. Hacía tiempo que se le venían observando síntomas de enajenación mental, como decir con repetición que “ciertamente no cumpliría los 30 años”, y otras expresiones semejantes. En ocasiones eran “raptos de furor” los que le invadían. Con la intención de confirmar que se disparó el tiro estando fuera de juicio, rogaba que se le admitiese la información testifical que presentaba.

 

          El escrito fue presentado al alcalde segundo constitucional, Joaquín de Menoyo, quien admitió la documentación. El escribano del ayuntamiento, Antonio Bueno, notificó el auto al señor don Manuel Colom, del que se le entregó copia literal. Tras ello, fueron pasando a declarar ante el alcalde Menoyo los testigos asignados. Fue el primero Pedro Marcial García, de 60 años, quien ante el escribano “juró por Dios y una cruz, según derecho, prometiendo decir verdad”. Declaró que había conocido desde la infancia a Juan Colom y Colom, hijo de Francisco y Antonia Colom. Le constaba que hacía algún tiempo que se le advertían “rasgos y síntomas de enajenación mental” y “rasgos de furor”. En los mismos términos se expresaron los otros dos testigos: Nicolás Andrió y Petit de 57 años, y Gregorio Carrera, comerciante de 40 años. Tras ellos, compareció don Manuel Colom, quien dijo que, de no ser necesario, no presentaría más testigo, rogando que se le entregase el certificado requerido para el funeral.

 

          Joaquín de Menoyo, alcalde segundo constitucional, vistos los testimonios los aprobó según derecho, interponiendo en ello, para mayor firmeza, su autoridad y decreto judicial, y mandó que se entregase el original de los testimonios a don Manuel Colom, para que hiciese el uso que considerase conveniente. Este lo entregó al vicario Fariñas.

 

          El 22 de julio de 1842  el vicario Fariñas se llevaría otro tirón de orejas. O propendía a hacer las cosas como no agradaban en el arzobispado, o su persona no gozaba en él de generosas simpatías. Recibió oficio del secretario de Cámara, en nombre de gobernador del arzobispado. Le dijo que habían sido muy débiles las razones esgrimidas, para probar la falta de juicio de Juan Colom, ante el alcalde segundo del ayuntamiento, para que con ellas hubiese tomado la determinación de enterrar in sacris al referido suicidado. Por otra parte, considerando la causa que, según la voz pública, había motivado el suicidio de Colom, el gobernador ni aprobaba ni podía aprobar la determinación de Fariñas a la que no debieron acceder los curas y beneficiados de la parroquial. Fariñas quedó completamente desautorizado por el gobernador del arzobispado.

 

 



[1]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Documentos de Gobierno: Varios Documentos de 1842.


16/03/2016

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