Recortes de historia ...

  CARTA ABIERTA EN EL HOMENAJE A RAFAEL IBÁÑEZ


 

 

 

Mi querido amigo Rafael:

 

Compromisos adquiridos desde hace mucho tiempo para el día de hoy me impiden estar físicamente en el justo homenaje que se te rinde. He querido, sin embargo, de alguna manera, buscar una rendija, a través de la voz de mi buen amigo, don Pedro Pascual, para sumarme a tu homenaje.

 

Sé que este homenaje es un reconocimiento a tu persona y a tu labor tan generosamente desarrollada durante muchos años. Pero te diré que, para mí, es un homenaje que el pueblo rinde a una manera de ser, la tuya,  una manera de ser que cada día se “lleva menos”, por desgracia, o al menos, mi miopía filosófica me la impedirá ver. Me explico.

 

Te conocí siendo casi un niño, casi un niño tú, claro, que yo ya iba para talludito. Fue en algo tan nuestro como el Instituto Francisco Pacheco. ¡Qué colección de gente de valía coincidisteis generacionalmente en aquella época¡  ¡Cuánto, y bueno, habéis aportado a esta sociedad nuestra, la sanluqueña y la foránea ¡ No cito a nadie, porque sería imposible por ser tantos y tantas, y de tan alta calidad humana y profesional.

 

Desde un principio, nuestra amistad  surgió tan espontánea como duraderamente. Pronto descubrí que el Quini ( era tu nombre de guerra por aquel entonces) tenía algo especial; con certeza no sabía el qué, pero me lo fuiste revelando paulatinamente. Un hito importante en este descubrimiento fue con ocasión de la Excursión que, con tus compañeros y compañeras de curso realizamos a las Islas Canarias. Fue la primera excursión de este nivel  que el Instituto Francisco Pacheco realizaba. El presupuesto era de más de medio millón, (de los de principios de los 70, claro, que era un pastón).

Los alumnos y alumnas que se apuntaron fueron más de cincuenta. No sé si recuerdas cómo decían todos que estábamos locos, que de dónde íbamos a sacar tanto dinero, que no llegaríamos ni a Chipiona. El proyecto, con el esfuerzo de todos, salió adelante.

 

Lo más sorprendente y grato  para mí fue que en esta excursión conocí el misterio de tu poderosa personalidad. Me metiste en el saco de tus aventuras: la del paraguas (ahí quedó), la de la provocación pacífica a aquella sociedad de señoritos asentados en la cúpula de su poderío. Te movías por entre ellos con la soltura de quien parecía pertenecer a tan encumbrada clase de toda la vida. ¿Recuerdas tu inseparable albornoz que no te quitabas ni para dormir? ¿Recuerdas el patético siete que lucías en la espalda pegado con una tirita? ¿Recuerdas el sombrero de trabajar en el campo que tú lucías como si de la última moda se tratara? ¿Recuerdas con qué cara, sí, mi querido Rafael, con qué cara nos colábamos de dicha guisa en las piscinas de los hoteles de postín, como si nuestras fuesen? ¿Recuerdas que en alguna de ellas nos echaron hasta unos perros para que nos pusieran de patitas en la calle?

 

Estas y otras múltiples anécdotas, más propias para recordar en una velada veraniega junto a una barbacoa que en tu homenaje, se me hacen imprescindibles para exponerte la revelación que aquello supuso para mí. ¡Tú, Rafael, tenías el carisma, la fuerza, el coraje, y la arrogancia (sanamente atendida) para ser un auténtico líder ¡ Estabas llamado a ser algo grande en la sociedad. En eso pronto coincidimos. Y tú con frecuencia me lo decías, al estilo del Quini de entonces, pero me lo decías.

 

Sólo faltaba esperar. Sólo faltaba ver si esa tu cualidad de líder eras capaz de ejercerla y además de hacerlo para bien. Hoy te digo, mi querido Rafael, que has superado con creces aquellas expectativas de entonces. Y perdona que te recuerde públicamente por qué.

 

 

 

Para mí, la grandeza de un líder no consiste en la mera realización de obras materiales, con ser importantes; sino la de saber ejercer su liderazgo positivamente por, para y entre las personas. La de creer en las personas. La de saber que las personas son lo único importante de la sociedad. Lo demás, cascarilla para el viento. Una vez que creaste, y con qué acierto y tino, tu propia familia (y con qué arte, hijo mío, con qué arte), los involucraste en tu proyecto, tanto a tu mujer, como a tus hijos.

 

Fue cuando en tu gran corazón de líder nació una ilusión, y para ti, hijo mío, decir ilusión es decir realidad. Descubriste la parcela más noble donde realizarte: los niños pequeñines con minusvalías que, estimulados precozmente, podrían desarrollar sus potencialidades físicas y síquicas. Supiste entrar en los corazones de todos. Formaste con los padres de nuestros niños y niñas una verdadera familia. Pero tu pasión de líder no estaba satisfecha. “Aunque sea lo último que haga, estos niños van a tener un peazo de Centro”, decías  Y ya creo que lo tienen. Con qué coraje, con qué tesón, con que valentía llamasteis a todas las puertas, a las oficiales y a los privadas. Y el pueblo de Sanlúcar, que sabe de verdad –digan lo que digan-, que sabe de generosidad, que sabe cuándo una cosa es suya, y cuándo está hecha de corazón, te dijo a ti, a los padres y madres, y sobre todo a los niños: ¡Que sí, Rafael, que palante!

 

Saltaste a los medios de comunicación nacionales, le comiste el coco al buenazo de esa excelente persona que es  Carmelo, para que el mundo del arte del torero colaborase con nuestro proyecto (sí, Rafael, porque ya lo habías conseguido, el proyecto tuyo, el del Centro de Estimulación Precoz, ya era de todo el pueblo, de toda la región), pusiste a todo el pueblo patas arriba con los maratones, con la operación ladrillo, con lo que hiciese falta. Conseguiste que el Centro se labrase, y fuese mundialmente conocido y admirado, y que los mejores especialistas del mundo en Hidroterapia vinieran a enseñar y a aprender en los Cursos de verano. Hoy el proyecto está felizmente vivo y en alza.

Toda la familia que tú has sabido crear en el Centro: padres, especialistas, trabajadores y medio pueblo, siente y vive con el Centro de Estimulación Precoz. Claro está que quién puede decir a Rafael que no a algo que él pide, si, además de ver su testimonio y entrega, lo sueles hacer con estas palabras: “¡Oye, te tengo que pedir una cosa, pero no me puedes decir que no!”. Anda que  no sabe lo que quiere el niño.

 

Bueno, Rafael, que disfrutes mucho estando hoy con tanta gente que te quiere y que te admira. ¿Qué te puedo decir yo, que tanto he aprendido de ti y que sabes cuanto afecto te tengo? Pues sólo dos cosas: una, que no te canses nunca, que has escogido el camino más noble para un líder de corazón inmenso como eres tú. Y otra, Rafael, ojalá que seas  un verdadero referente para nuestros “despistadillos” jóvenes actuales. Que vean en ti el testimonio de un hombre que, salido del pueblo, ha sido capaz de dar lo mejor de sí mismo en pro de lo más querido de nuestro pueblo, los niños y niñas.

 

Felicidades, maestro. Un abrazo:

 

                                                        Narciso.

 

 

 

 


22/02/2016

  CARTA AL PAPA FRANCISCO DE PAGOLA

   

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Papa Francisco y Padre Pagola

 

Carta escrita por el P. José Antonio Pagola,                                                                              sacerdote y teólogo.

 

“Casi sin darnos cuenta, estás introduciendo en el mundo la Buena Noticia de Jesús. Estás creando en la Iglesia un clima nuevo, más evangélico y más humano. Nos estás aportando el Espíritu de Cristo…”.

 

Querido hermano Francisco:

 

Desde que fuiste elegido para ser la humilde “Roca” sobre la que Jesús quiere seguir construyendo hoy su Iglesia, he seguido con atención tus palabras. Ahora, acabo de llegar de Roma, donde te he podido ver abrazando a los niños, bendiciendo a enfermos y desvalidos y saludando a la muchedumbre.

 

Dicen que eres cercano, sencillo, humilde, simpático… y no sé cuántas cosas más. Pienso que hay en ti algo más, mucho más. Pude ver la Plaza de San Pedro y la Via della Conciliazione llena de gentes entusiasmadas. No creo que esa muchedumbre se sienta atraída solo por tu sencillez y simpatía. En pocos meses te has convertido en una “buena noticia” para la Iglesia e, incluso, más allá de la Iglesia. ¿Por qué?

 

Casi sin darnos cuenta, estás introduciendo en el mundo la Buena Noticia de Jesús. Estás creando en la Iglesia un clima nuevo, más evangélico y más humano. Nos estás aportando el Espíritu de Cristo. Personas alejadas de la fe cristiana me dicen que les ayudas a confiar más en la vida y en la bondad del ser humano. Algunos que viven sin caminos hacia Dios me confiesan que se ha despertado en su interior una pequeña luz que les invita a revisar su actitud ante el Misterio último de la existencia.

 

 

Yo sé que en la Iglesia necesitamos reformas muy profundas para corregir desviaciones alimentadas durante muchos siglos, pero estos últimos años                             ha ido creciendo en mí una convicción. Para que esas reformas se puedan llevar a cabo, necesitamos previamente una conversión a un nivel más profundo y radical. Necesitamos, sencillamente, volver a Jesús, enraizar nuestro cristianismo con más verdad y más fidelidad en su persona, su mensaje y su proyecto del Reino de Dios. Por eso, quiero expresarte qué es lo que más me atrae de tu servicio como Obispo de Roma en estos inicios de tu tarea.

 

Yo te agradezco que abraces a los niños y los estreches contra tu pecho. Nos estás ayudando a recuperar aquel gesto profético de Jesús, tan olvidado en la Iglesia, pero tan importante para entender lo que esperaba de sus seguidores. Según el relato evangélico, Jesús llamó a los Doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me está acogiendo a mí”.

 

Se nos había olvidado que en el centro de la Iglesia, atrayendo la atención de todos, han de estar siempre los pequeños, los más frágiles y vulnerables. Es importante que estés entre nosotros como “Roca” sobre la que Jesús construye su Iglesia, pero es tan importante o más que estés en medio de nosotros abrazando a los pequeños y bendiciendo a los enfermos y desvalidos, para recordarnos cómo acoger a Jesús. Este gesto profético me parece decisivo en estos momentos en que el mundo corre el riesgo de deshumanizarse desentendiéndose de los últimos.

 

Yo te agradezco que nos llames de forma tan reiterada a salir de la Iglesia para entrar en la vida donde la gente sufre y goza, lucha y trabaja: ese mundo donde Dios quiere construir una convivencia más humana, justa y solidaria. Creo que la herejía más grave y sutil que ha penetrado en el cristianismo es haber hecho de la Iglesia el centro de todo, desplazando del horizonte el proyecto del Reino de Dios.

 

Juan Pablo II nos recordó que la Iglesia no es el fin de sí misma, sino solamente “germen, signo e instrumento del Reino de Dios”, pero sus palabras se perdieron entre otros muchos discursos. Ahora se despierta en mí una alegría grande cuando nos llamas a salir de la “auto referencialidad” para caminar hacia las “periferias existenciales”, donde nos encontramos con los pobres, las víctimas, los enfermos, los desgraciados…

 

Disfruto subrayando tus palabras: “Hemos de construir puentes, no muros para defender la fe”; necesitamos “una Iglesia de puertas abiertas, no de controladores de la fe”; “la Iglesia no crece con el proselitismo, sino por la atracción, el testimonio y la predicación”. Me parece escuchar la voz de Jesús que, desde el Vaticano, nos urge: “Id y anunciar que el Reino de Dios está cerca”, “id y curad a los enfermos”, “lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.

 

Te agradezco también tus llamadas constantes a convertirnos al Evangelio.      Qué bien conoces a la Iglesia. Me sorprende tu libertad para poner nombre a nuestros pecados. No lo haces con lenguaje de moralista, sino con fuerza evangélica: las envidias, el afán de hacer carrera y el deseo de dinero; “la desinformación, la difamación y la calumnia”; la arrogancia y la hipocresía clerical; la “mundanidad espiritual” y la “burguesía del espíritu”; los “cristianos de salón”, los “creyentes de museo”, los cristianos con “cara de funeral”. Te preocupa mucho “una sal sin sabor”, “una sal que no sabe a nada”, y nos llamas a ser discípulos que aprenden a vivir con el estilo de Jesús.

 

No nos llamas solo a una conversión individual. Nos urges a una renovación eclesial, estructural. No estamos acostumbrados a escuchar ese lenguaje. Sordos a la llamada renovadora del Vaticano II, se nos ha olvidado que Jesús invitaba a sus seguidores a “poner el vino nuevo en odres nuevos”. Por eso, me llena de esperanza tu homilía de la fiesta de Pentecostés: “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos y planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades y gustos… Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos”.

 

Por eso nos pides que nos preguntemos sinceramente: “¿Estamos abiertos a las sorpresas de Dios o nos encerramos con miedo a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?”. Tu mensaje y tu espíritu están anunciando un futuro nuevo para la Iglesia.

 

Quiero acabar estas líneas expresándote humildemente un deseo.                                         Tal vez no podrás hacer grandes reformas, pero puedes impulsar la renovación evangélica en toda la Iglesia. Seguramente, puedes tomar las medidas oportunas para que los futuros obispos de las diócesis del mundo entero tengan un perfil y un estilo pastoral capaz de promover esa conversión a Jesús que tú tratas de alentar desde Roma.

 

Francisco, eres un regalo de Dios. ¡Gracias!

 

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26/03/2016

  CEMENTERIO DE SAN ANTÓN

 

 

En el asunto del cementerio eclesiástico de Sanlúcar de Barrameda eran evidentes los intentos del Ayuntamiento por hacerse con sus instalaciones. Tales intentos, que iban contra quienes lo habían regido desde tiempo inmemorial, los claveros de la iglesia mayor parroquial, como administradores de los mismos, no eran nuevos. Fariñas tuvo que pelear por el asunto y también transigir. Ya, en una década antes, había comentado Fariñas al arzobispado el 1 de enero de 1858 que le habían visitado “dos individuos” de los que solicitaban la construcción de “sepulcros de familia” en el cementerio, y le habían exigido que accediese a sus peticiones. Fariñas, por tratarse “de personas de bastante representación y también amigos”[1], se vio obligado a consentir que se le concediese, pero fuera de los patios construidos. La razón que les esgrimió Fariñas fue que, dentro de ellos, iban a “imperfeccionar” aquel sitio, que en aquel momento se encontraba “en buena armonía”.

         Los dos visitantes, que Fariñas dejó en el anonimato, no estuvieron conformes. Alegaron que el sitio que les señalaba Fariñas no era decoroso, ni a propósito para sus pretensiones. Por tal repugnancia y a instancia de los mismos, fue preciso que Fariñas se personase en el cementerio. Reconoció el patio primero, el más antiguo, donde había un terreno que podía utilizarse al efecto. Fariñas pudo haberse opuesto, pero transmitió al arzobispado que, como “en tantas ocasiones se le habían puesto peros al cementerio, por lo que tanto trabajo le había costado conservarlo, impidiendo que el ayuntamiento se apoderase de él”, no tuvo más remedio que acceder a lo que se le pedía, en evitación de que los solicitantes acudiesen en demanda al Ayuntamiento. Con ello tendría que haber sostenido nuevamente un enfrentamiento en asunto tan delicado, del que dudaba que hubiera podido salir exitoso. Así que, por su parte, lo autorizó.

         Producida la Revolución de 1868, el Ayuntamiento de la ciudad, tras varias comunicaciones al arciprestazgo, reclamando la entrega del cementerio, acordó incautarse violentamente de él (en palabras del vicario Rubio Contreras) en el término de tres días, si antes no se le entregaba por los claveros de la parroquial. Los claveros enviaron en noviembre de 1868 al presidente de la Junta Revolucionaria un oficio[2] sobre el origen e historia del cementerio. En vista de ello, y considerando inútil protestar, recurrieron los claveros al juez de Primera Instancia en una demanda ordinaria, pidiendo en ella que amparase el derecho de propiedad del cementerio en que estaba el clero. Se agregó que, con arreglo al artículo 162 de la Ley Municipal se suspendiese, por primera providencia, el acuerdo del Ayuntamiento. El Juzgado aceptó la demanda y, por providencia del 19 de dicho mes, suspendió el referido acuerdo municipal. Al parecer, la Corporación no estaba dispuesta a litigar con la clavería de la parroquial y había desistido de su intento. No fue así. Consta que el Ayuntamiento hizo entrega a Rubio Contreras del Cementerio de San Antón Abad. Además puso a su disposición el fondo de derechos de sepulturas y de cañones recaudados por la ejecutiva revolucionaria y la Comisión de Salud Pública.

Era también motivo de atención y de preocupación cuanto hacía referencia a los difuntos. Se celebraban sufragios y se atendía lo referente a los enterramientos. Una solicitud de Francisco Moreira Palacios, empleado y con residencia en Carril de San Diego 22, dirigida al arzobispo Ilundáin el 15 de septiembre de 1921, en la que pedía que se le concediese licencia para adquirir en propiedad el nicho de su hija Esperanza, fallecida el 5 de enero de 1921, testimonia las medidas que había adoptado la administración de tal institución, por la que se le denegó lo solicitado por don Francisco. Tales medidas fueron comunicadas al arzobispo por el arcipreste Suárez el 30 de septiembre de 1921 en un informe[3] pedido al efecto. La administración del cementerio tenía acordado, desde hacía algún tiempo, suspender de momento cualquier cesión en propiedad de toda clase de sepulturas. En su consecuencia, tanto al señor Moreira, como a otros  muchos solicitantes, se les había denegado la adquisición a perpetuidad de los enterramientos. Las causas de la adopción de dicho acuerdo fueron las siguientes:

1ª.- Dada la extensión del cementerio  y el tiempo que llevaba de uso,  no permitía que se siguieran cediendo las sepulturas en propiedad.

2ª.- Los derechos que, hasta aquel momento, se exigían para adquirir propiedad, resultaban ya muy reducidos y perjudiciales para una buena administración en aquellas presentes circunstancias.

3ª.- De no haberse tomado aquel acuerdo, habría necesidad de construir nuevo cementerio, lo que daría ocasión a que el Municipio de la ciudad, que tenía a la sazón en estudio tal asunto, se apresura a dar por insuficiente e incapaz el actual con graves perjuicios de los derechos de la Iglesia, propietaria del existente.

4ª.- Los demás señores, a los que se les había negado la adquisición de sepulturas en propiedad, reclamarían si se hiciese una excepción con el señor Moreira.

5ª.- No se lesionaba el derecho a la perpetuidad, por cuanto que de hecho se podía tener con tal de que, a sus debidos tiempos, se renovase los derechos de sepultura. Esta era la práctica que se venía siguiendo.

Rafael Cano Márquez[4] envió escrito al cardenal Ilundain el 8 de julio de 1927. El 30 de abril pasado había vencido el trienio para el que había sido nombrado gerente del Cementerio de San Antonio Abad. Don Rafael no había remitido las cuentas de administración en la referida fecha, “por creer que sería mejor presentar liquidación por trimestres completos”, razón por la que con esta fecha las presentaba hasta el 30 de junio anterior. Con ello, don Rafael consideró que las cuentas resultarían más claras para quien le sucediese en el cargo, “caso de que V. Eminencia estimase conveniente su remoción”[5].

El 20 de Junio de 1933, ante el conflicto de competencias planteado por el enfrentamiento entre Ayuntamiento e Iglesia, la documentación existente en el Archivo Diocesano de Asidonia Jerez contiene datos importantes sobre la historia de los enterramientos en el siglo XVI. El asunto lo había destapado al cardenal de Sevilla, con finura y astucia, el que era arcipreste de la ciudad en 1933 Francisco Lara, párroco de Chipiona: “[...] en el asunto del cementerio cree el párroco de la O que el Ayuntamiento persigue la incautación, pero como el oficio de requerimiento habla de inventarios y listas, y este legalmente no puede referirse más que a cementerios privados, no sabía qué procedimiento seguir para conocer las intenciones del ayuntamiento de una manera que no diese lugar a dudas. Me permití indicarle que contestase el  oficio del  Ayuntamiento dándole una relación de los cementerios privados, que existen en la ciudad, sin incluir el parroquial. De este modo el municipio descubrirá sus intenciones si, como parece ser por todas los indicios, se trata de la incautación...”[6].

         El 20 de Junio de 1933 los tres párrocos de la ciudad, Antonio Suárez, de la parroquial; Laureano Rubio Alpresa, de Santo Domingo; y José Núñez, de Bonanza, mandan un oficio al cardenal en el que le comunican que, en la sesión ordinaria celebrada por el Ayuntamiento el 10 de Junio, se acordó la incautación del cementerio, ante lo que piden instrucciones a seguir. A falta de más documentación y de títulos inscritos en el Registro de la Propiedad, le remiten al cardenal, los oficios existentes relacionados con la incautación que se efectuó en la anterior República de 1873.

         En uno de los oficios, el remitido por el entonces arcipreste de la ciudad, Francisco Rubio Contreras, al Presidente del Ayuntamiento, con fecha de 28 de Abril de 1873, tras defender los derechos que, en su opinión asistían al clero en cuestiones de cementerio en general y en el de san Antón en particular, por ser de la propiedad de la Iglesia sanluqueña, hace una breve síntesis de la historia de los cementerios: “[...] V.S. deberá convenir conmigo que, sin razones sumamente atendibles, no era posible que por espacio de dos tercios de siglo el clero, a la vista de toda una población, erigiese, gobernase y dirigiese un lugar público sagrado. Desde el año de 1396, dos siglos antes de que el Concejo, Justicia y Regimiento de Sanlúcar tuviese casa donde deliberar, y más de un siglo anterior al documento más antiguo del archivo del Ayuntamiento, era ya San Antón lugar sagrado y propiedad del clero, con los terrenos adyacentes, por cesión de D. Juan de Guzmán, conde de Niebla. Y note V.S.  que ya desde esa fecha era San Antón cementerio, por la costumbre antiquísima de dar sepultura en las iglesias, que a la sombra de los altares lo ha puesto el cristianismo todo: la vida y la muerte. A principios del siglo, San Antón, que era ya cementerio, empezó a ser cementerio único; y el clero cercó su terreno, levantó sus tapias, construyó sus sepulcros, en una palabra, lo hizo, y lo hizo en terreno suyo. El cementerio de San Antonio Abad está, por lo tanto, al abrigo y al amparo de los tribunales, como la propiedad más sagrada, y el clero tiene, no ya razones sumamente atendibles, sino títulos verdaderos y de verdadera justicia que todo tribunal respetará, y que yo espero respetará también el Ayuntamiento, desistiendo del acuerdo que, sólo por una equivocación, se ha podido tomar.

Dios guarde a usted muchos años”[7].

 

En el último tercio del siglo XVII se comenzó a plantear la conveniencia de que no fuese el cementerio de la ciudad una institución eclesiástica, sino municipal. A este tenor se presentaron[8] los señores capitulares Alfonso Castaño y Jerónimo Espinosa de los Monteros a exponer los deseos del cabildo al vicario del clero sanluqueño, Francisco de los Reyes Valderrama, rogándole que durante un tiempo se dejase de enterrar en las iglesias, dado que se pretendía comprar unas casas solares propiedad de los frailes jerónimos, para que se pudiese desde ese momento enterrar los cadáveres en ella, así como ir trasladando a la misma los restos existentes en las iglesias. Este primer cementerio duró hasta el año 1803[9], dado que tres años antes[10] había acordado el Cabildo que fuese bendecido el Campo de San Antón para cementerio[11].



[1]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Fondos de Gobierno: El cementerio de San Antón Abad, documentos de 1858.

[2]  Cfr. Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Fondos parroquiales: Fábrica. Cementerio, caja 59, documento 9.

[3]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Fondos de Gobierno: Arciprestazgo de Sanlúcar de Barrameda, documentos de septiembre de 1921.

[4]  En 1910 había sido ordenado diácono.

[5]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Fondos de Gobierno: Cementerio de San Antón Abad, documentos de julio de 1927.

[6]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. Fondos de Gobierno. Caja de Instituciones, cementerio.

[7]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. Fondos de Gobierno, caja de Instituciones, cementerio.

[8]  Acta de la sesión capitular de  2 de Enero de 1679.

[9]  Pedro Barbadillo: Historia de Sanlúcar de Barrameda, p. 719.

[10]  Acta de la sesión capitular de  3 de Septiembre de 1800.

[11]  Cfr. Narciso Climent Buzón: Calles y plazas de Sanlúcar de Barrameda. Recorrido Histórico, p. 522.


11/05/2013

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