Recortes de historia ...

  VAYA CON DON PEDRO DE LUZA

 

 

Una historia cierta. Se halla documentada en el ADAJ en los Fondos Hispalenses, en las Causas Criminales 413. 3. Sucedió en 1633. Vayamos con los hechos.

          El atahonero[1] Alonso Pérez de Padilla, presentó una querella criminal contra el tal Pedro de Luza, presbítero y licenciado, por haber instado al esclavo de este, Francisco “berberisco” a matar a Alí, moro y esclavo del denunciante. Ambos eran de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, el denunciante y el denunciado.

          En la querella afirmaba don Alonso que, “con poco temor de Dios y de la Justicia, sin causa para que a ello tuviese, sólo llevado de su inclinación y costumbres, trató de quitar la vida a su esclavo, berberisco, llamado Alí, de edad de diez y nueve años, catecúmeno y ya instruido para recibir el santo bautismo”.

          Para poder llevar a efecto lo tramado, lo estuvo hablando con su capataz, Juan Fernández, Diego Bernal, así como con otros criados y domésticos que tenía don Pedro, quien al parecer era hombre de muchos posibles. Entre todos llegaron a un acuerdo sobre el modo de actuar. Como consecuencia, envió a uno de sus esclavos, también berberisco, llamado Francisco, al que había prometido dar toda clase de favores, tanto a él como a sus cómplices.

          Llegó el domingo, 16 de enero. Poco después de la oración. Francisco, obedeciendo a su amo y señor, llega a las puertas de la casa de don Alonso Pérez de Padilla, donde se encontraba Alí, su esclavo. Estaba este tranquilo. No dio ni causa ni ocasión que pudiera servir para iniciar una pendencia. Francisco alevosamente se acercó a él y le dio con un palo que traía debajo de la capa. Con el golpe, lo derribó en tierra. Fue entonces cuando con una daga le asestó una puñalada en el pecho, en su parte izquierda. Con ello, le quitó la vida.

          Al ruido que se armó, acudió el alguacil de la ciudad, Francisco Domínguez y prendió al homicida Francisco. Lo portaba para la cárcel pública. Fue entonces cuando le salió en el camino el licenciado Pedro de Luza, amo de Francisco. Portaba una espada desenvainada y una rodela. Iba acompañado de todos sus criados y cómplices y, cumpliendo lo que le tenía prometido y pactado con el homicida, con gran nota y escándalo, comenzaron a golpear al alguacil y a las personas que lo defendían. Consiguieron arrebatarle al preso. Tras ello, animándole y acompañándole, lo llevaron hacia la casa de don Pedro, impidiendo de esta forma que el esclavo fuese aprisionado y castigado. Así quedaba sin castigo tan grave y atroz delito de homicidio.

          Así las cosas, Alonso Pérez de Padilla, pretendiendo un ejemplar castigo, presentó una querella que constaba así:

         

          “A V. M. pido y suplico que habida por verdadera la relación de mi querella, mande que el dicho Lcdo. Pedro de Luza sea preso y traído con suficiente custodia a la Cárcel Arzobispal de esta ciudad donde pretendo acusarlo en forma, y pido sea aceptada esta querella”.

 

          Tras ello, Alonso Pérez de Padilla dio poder a un procurador eclesiástico de la Audiencia. Siendo vicario general y provisor del arzobispado de Sevilla el doctor D. Luis Venegas, mandó a Sanlúcar de Barrameda al clérigo y notario receptor Luis de la Peña, para que se desplazase a esta ciudad a recoger los testimonios.

          Vayamos con la recogida de testimonios. Estos comenzaron el 10 de febrero. Era vicario de la ciudad el licenciado Luis de León Garavito. No sé ni por coincidencia, por la situación de la clerecía o por la laxitud del vicario, pero es lo cierto que en su mandato fueron muchas las causas criminales en las que se vieron implicados clérigos. Unos tras otros, presentaron sus testimonios: Domingo Rodríguez, oficial de atahonero, vecino de la Calle Nueva y de 36 años de edad. Así era denominado un tramo de la actual Calle de la Bolsa, el que se construyó en esta época.

          Tras él, siguieron testimoniando: María de Bonilla, mujer de un carpintero; Manuel Rodríguez, también atahonero; Jorge de Rivera, atahonero; Sebastián Felipe, carpintero; Francisco Domínguez, alguacil; Alonso Pérez de Padilla; Pedro Guerra, oficial de atahonero y de 19 años de edad; Domingo Miguel, de 34 años; María Delgado, esposa de Juan Díaz Márquez; Jerónimo Cabello, vecino de la Puerta de Sevilla, de 19 años de edad; y otro vecino de la Calle del Palomar. Testimonió asimismo el Lcdo. Rodrigo Simón, del Consejo de Su Excelencia el Duque de Medinasidonia y su corregidor en esta ciudad de Sanlúcar de Barrameda.

          Mientras tanto, sale un nuevo escrito informativo referido al comportamiento de Pedro Luza y sus “compinches”. Fue su autor Alonso Pérez de Padilla. Dice en él que, encontrándose en la Plaza Pública de la ciudad (es decir en la llamada “Plaza de los Escribanos Públicos”, como era llamada a la sazón la Plaza de Arriba) y en el establecimiento de Juan Bravo, Luza envió a un clérigo amigo suyo para que lo llamase y, sin decir palabra alguna, le llevó a donde se encontraba el licenciado Pedro de Luza. Este “con gran soberbia y desprecio, en altas voces” le dijo qué pretendía con aquel pleito. Juró por Dios que, si continuaba con él, habría de matarle. Para ejecutar su mal intento, puso la mano en una daga y se acercó con ella a la parte donde estaba Pérez Padilla. Se interpusieron algunos de los presentes. Tuvo con ello ocasión de salir para la calle, mientras él con altas voces le dijo y juró que había de matarle, porque yo era un inducidor de testigos falsos, así como tras ofensivas palabras, dignas de ejemplar castigo, puesto que tiene escandalizadas al vecindario de la ciudad con su mala vida y costumbres. Terminaba don Alonso suplicando que la información que había presentado fuese tenida en cuenta y los causantes de tales hechos, y los demás que resultaren, fuesen llevados presos a la Cárcel Arzobispal de la ciudad y condenados por las penas que habían cometido.

          18 de febrero de 1633. El vicario general vuelve a mandar a Sanlúcar de Barrameda al clérigo notario de la Audiencia. Finalidad: tomar nuevos testimonios. En esta ocasión, y estando presente el vicario de la ciudad licenciado Luis de León y Garavito, tomó los testimonios de: el licenciado Cabrera, abogado de la ciudad; Esteban de Medina; y Manuel Nieto, procurador de la ciudad.

          Momento para el fiscal del arzobispado. Consciente de las notificaciones expresas en las querellas, expresó que para que los hechos no quedasen sin castigo se le había de comunicar al interesado, y posteriormente tener el fiscal la licencia pertinente para continuar con la causa.

          El provisor le dio su licencia el 2 de marzo de 1633. Así el fiscal entró en el expediente que había sido elaborado con antelación. Paradójicamente, el notario mayor suplicó que se suspendiese el auto. Ante ello, nuevamente escribió Alonso Pérez de Padilla a Su Merced. Al parecer, la sentencia se había pospuesto. Ante lo que afirmó Pérez de Padilla “que esto no era así y que carecía de verdadera narración, puesto que era cierto que Pedro Luza, con poco temor de Dios, le andaba amenazando y afirmando que no habría de pagar cosa alguna. Además el esclavo asesino y matador del suyo le seguía sirviendo en su casa, así como lo paseaba tranquilamente por la ciudad; mientras que él sufría grandes daños, dado que su esclavo era el único caudal que poseía, dado que aquel esclavo cuidaba de su casa y de la tahona, le llevaba el trigo de la ciudad a moler a su tahona. Sin el esclavo asesinado, había perdido unos mil ducados, razón por la que presentó la querella. Terminaba solicitando nuevamente que se ejecutase sentencia y que se mandase prender al asesino”.

          No quedó claro el final, puesto que probablemente la sentencia iría por otros cauces que el sumario, lo que sí es cierto que el 1 de agosto de 1633, se vuelve a ordenar “que prosiguiesen las causas con puntualidad diciendo la siga el fiscal”. Sin embargo, entrando en el campo de las suposiciones, es más que probable que el tal Luza se fuera de rositas.



[1]  Se utilizaría posteriormente atahonero y luego “tahonero”. La palabra significa el oficio de quien hace o vende el pan, como propietario de una tahona.


17/06/2016

  VISITA DE ISABEL LA CATÓLICA A SANLÚCAR

Barrantes Maldonado[1]: describe así la real visita: “[...] el duque de Medina tenia aparejado en la su villa de Sanlúcar recibimiento, tal cual convenia á tan grandes principes é señores; é como era en el mes de octubre, que es el tiempo de la vendeja ó feria, avia casi cien naos en el puerto de Sanlucar, é galeras é navios de remos, caravelas é otros navios redondos. E de Sanlucar salieron por la mar a recibir al rey é a la reina con muchas trompetas, é ministriles[2] altos, é dispararon dos vezes la artilleria, é con los barcos entoldados llegaron á la playa de Sanlucar, donde trezientos pasos dentro de la mar tenian hecha una puente de madera sobre toneles, sobre los quales estaban tendidos tapetes e paños de seda, é la Reina y el Rey salieron de la galera en la puente que le estaba hecha, por la qual saltaron en tierra, donde estaba mucha gente del pueblo é del estado del Duque, é sus criados é amigos; y estarian juntos dos mill de cavallo, tan bien aderezados que era maravilla, los quales al tiempo que llegó la reina comenzaron una escaramuza[3], cosa muy de ver, y el Duque los aposentó en la fortaleza nueva quél avia fecho...”.

 



[1]  Ilustraciones de la Casa de Niebla, p. 444.

[2]  Instrumentos de cuerda o viento.

[3]  Exhibición militar.


22/06/2013

Desde el 64 hasta el 65 de un total de 65
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