Mis rinconcillo poético ...

  DESFILES EN LA SOMBRA

 

 

 

 

 

A

 

Difícilmente el jardín podía ser más gratificante:

Los pinos se acurrucaban

con sinuosos y tenues movimientos

a los pies mismos de los eucaliptos,

mientras las palmeras vírgenes,

cobijadoras de sueños vertidos sobre el césped,

seguían con su mirada morena

el serpenteo de los arroyuelos

hasta el manadero.

Paseé por el laberinto de caminos de albero

y veredas de hojas secas,

que crujían al pisarlas

como dicen que crujen

los huesos desprendidos del esqueleto fosilizado.

 

B

 

Llegué al mirador fronterizo

en el borde del pináculo

alzado en la corona

de la barranca de matorral y espinos.

Era la caída de la tarde.

Miré fijamente al sol

que hervía en su fragua

al lado siempre en la distancia de la mar.

Abría y cerraba los ojos

como queriendo aproximarme

la inmensidad, plenitud sin fronteras.

Me puede la focalidad de luz,

siento su ardor en mi mirada.

Cierro los ojos. Sólo me traje

unos ígneos puntos de luz

que reproducían tantas imágenes

como incompletas y sin sentido.

 

C

 

No sé qué es mejor:

Mirar la grandeza hasta la irresistencia,

o asirme a mi caverna de sombras.

¡Qué gozo! ¡Qué plenitud!

¡Qué inmensidad la del instante!

Poco a poco. Casi imperceptiblemente.

Cayó, se hundió el Misterio

en el Misterio inalcanzable.

 

D

 

Ido, abrí los ojos.

Una nueva imagen,

 que con la inmensidad no vi,

apareció amenazante:

un barco de oscuro casco,

de mirada siniestra, anclado,

dominaba la distancia

entre el mirador y el infinito ido.

Me pareció abandonado del Dios de la Vida.

 

E

 

Se hizo la noche.

Todo se transformó en silencio.

Sentí la angustia del mar sin norte,

la agresión de las fieras del desierto,

el cuchillo presto a degollarme,

la soledad aterida,

la impotencia entre las criaturas solas.

Se esfumaron las ideologías.

Se fragmentaron los sueños.

Se retorcieron las manos humanas.

Solo, oí sólo

el palpitar arrítmico de mi corazón

mordido por la ausencia de la luz

irremediablemente ida.

 

Había llegado sin compasión,

una vez más,

el silencio solitario del Sábado Santo.


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