Mis rinconcillo poético ...

  FUGACIDAD

 

 

Vetustas imágenes de alegría;

rubias alamedas de vino moro;

noche de fantástica algarabía:

un tren, siempre un tren de latir sonoro;

 

Latidos de la soledad que moro

transformada en amores de osadía;

trinar de un pajarillo tan sonoro

que en mis selvas produce la armonía;

 

Y con sonrisas de diminutivos

eterna lanza de sones lascivos,

bálsamo de dolor, de luz caricia.

 

Acaba la película en mi mente,

visto acordes ropajes de demente,

 

y ya soy ración para la estulticia.

  FUGAZ INSTANTE

 

 

 

 

Altura de amarillos girasoles,

un nudo de misterio en la garganta,

una ciega ilusión que me levanta

negras oscuridades de arreboles;

Impregnado clavel de mil resoles,

un tormentoso ritmo, verde planta,

que, al enredarse en mi alma, me quebranta

con profundo nidos de caracoles;

Cuerpo a cuerpo, vida a vida, alma en alma,

blancas nubes que se hacen de gemidos;

de libertad y paz, lograda calma.

 

Aumentan de mi angustia los latidos:

aquel fugaz instante me desalma

 

sepultándome en burlas y en olvido.

  INMENSO ESTABAS

 

 

 

 

Inmenso estabas

pletórico de rítmicos sonidos jadeantes,

dulce invasor de los vivires humanos.

Todo lo llenabas.

Tu sal relucía

a la caída del sol perezoso

y tintineaban sobre ti

las últimas estrellas relucientes

de trascendencia intuida.

 

Cual ese mar,

Tú, Señor, nos consolabas,

llamabas con dulzura

a nuestras puertas.

Abríamos y, aunque tan sólo

contemplábamos el calor

 de tu sombra amorosa,

junto al dintel habías dejado

tu pan amasado y tu vino de luz.

 

Amaneció.

 

El mar se era ido,

ocultándose en sus entrañas.

Sólo quedó la orilla sola,

solitaria, ahuecada,

desmarada, pétrea,

de inquietud hiriente

y de algas enmohecidas. 

Amaneció. 

¿Tú también, Señor,

te vas a retirar a tus entrañas?

¿Apagarás el aceite

de nuestras alcuzas de barro?

¿Nos abandonarás

como ciego entre ciegos?

¿Quedaremos huérfanos

de tu gratuidad infinita?

 

Fue hora de aguantar el desamparo

desolado, el silencio hiriente,

el palpitar enfebrecido, el lóbrego silencio

empapado de palabras enmohecidas.

 

Ahogué mi ansiedad

por huir de la orilla

y ascender a los aleros del templo…

Permanecí en la orilla

con todos, con los descobijados por la ausencia…

Me bajé a la yerma orilla,

rastreé sudores agobiados,

acaricié carnes ateridas,

fui, desde mi frío, calor;

desde mi soledad, compañía;

desde mi ansiedad, sosiego;

desde mi angustia, paz;

desde mi torpeza, ingenio.

 

Fueron trenzándose

los cabos escindidos…

Lentamente, en la distancia,

donde el mar ya no es mar,

tan sólo puro infinito,

vimos la luz arrítmica

de un faro que, en la lontananza,

anunciaba una blanca

pleamar trascendente.


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