Desde la orilla ...

  HACIA LA PLENITUD TRINITARIA

 

 

 

Misterio de la vida. Misterio de la inmanencia. Misterio inmenso de la trascendencia. Todo, si nos desprendemos de las hojarascas inútiles de la existencia, es misterio. Luchó el hombre, en su devenir histórico, por saltar hacia la trascendencia, para, asido algo de ella, encontrar alguna luz que diese sentido a la inmanencia que le rodeaba. En esta “agonía” luchadora, aunque ilusionante, un Ser salió a su encuentro. Se le fue manifestando tan lenta como cariñosamente. No valía la pluralidad de ídolos ni la temporalidad o carnalidad de los mismos. ¡Cuánto trabajo costó! El receptor humano se movía y mueve en la superficie de las cosas. Desde ahí la visión amorosa de algo trascendente era una utopía. El Amor, no obstante, hizo posible la proximidad. Las palabras fueron contundentes, tiernas y misericordiosas: “Dios es el único Dios” (Deuteronomio, 4, 39.40).

 

          Fue un paso revelador y relevante en la historia de la humanidad. Vinieron otros. Se encarnó de vientre de mujer, Jesús de Nazaret. De la existencia de la unicidad del Amor revelaron sus palabras la esencia y el carácter trinitario de dicho Amor. Tres focos fusionados en uno. Tres chorros de agua fresca, limpia, eterna, sanadora, vitalizadora, que unidos manaban de un mismo manantial. Tres Amores com-partidos. Tres esencias en una misma esencia. El Amor-Padre se hizo presencia, proximidad, ternura, misericordia, perdón, sanación, libertad, Palabra reveladora en el Amor-Hijo. Este abrió el contenido de la esencia de Dios revelándolo como Padre, Abba, alfa y omega, cariño insondable. Reveló asimismo al Espíritu-Santo-Alma-, Vida y Comunidad.

 

De ahí que la vida humana, los años de peregrinaje hacia la plenitud, discurra imbuida de pronombres: Yo-Tú-Nosotros. Nos descubrimos a nosotros mismos. Sentimos la sed de plenitud, sed jamás saciada. Descubrimos al otro, a la alteridad. Compartimos misma sed. Surge el nosotros, la comunidad, la solidaridad, el peregrinar en compañía, el sentir, junto al pálpito de un corazón, el aliento de otros muchos corazones. Nos sentimos trinidad, entendemos entre sombras apagadas el insondable misterio de Dios Uno-Trino. Lo que en la Santísima Trinidad es esencia amorosa en plenitud, en cada uno de los hombres y mujeres fieles la vida-peregrinaje de fe no puede ser sino trinitaria. Lo que en el Padre-Hijo-Espíritu, así en nosotros. Ellos, en plenitud; nosotros, en búsqueda esperanzada.

 

Nos quedan dos orientaciones ilusionantes: tarea gozosa y esperanza en flor. “Id y haced discípulos míos de todos los pueblos”, porque “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Desde la orilla, con olas abiertas al misterio y al Misterio, serpentean unos versos de Pedro Salinas:

 

“No me fío de la rosa

de papel,

tantas veces que la hice

yo con mis manos.

Ni me fío de la otra

rosa verdadera,

hija del sol y sazón,

la prometida del viento.

De ti que nunca te hice,

de ti que nunca te hicieron,

de ti me fío, redondo

seguro azar.

 

 

Buenas noches


30/05/2015

  RADIANTE SOLEDAD SALINA

 

 

 

La playa es más de los otros durante todo el día. Es más mía, intensamente mía, cuando está en soledad, en penumbra, en duermevela, cuando tan sólo se escuchan los motores de los barquitos que se adentran en el faenar o el revoloteo mañanero de las gaviotas. Con agua hasta la rodilla me gusta, como si de barquichuelos se tratasen mis pies, ir abriendo las aguas mansas que a la orilla vienen para no quedarse. El agua purifica; la salada, más. La soledad es un martillito que golpea lentamente en la puerta de la conciencia. Me gusta la soledad. Me adentra. Me adormece los ojos de hacia afuera para encender con su luminosidad los ojos de hacia adentro.

          La soledad no es escapista. Proyecta en mi mente relajada imágenes tras imágenes de mi existencia. Se me escapa el comentario al recordarlas: “Cuántas infidelidades a la generosidad divina”. ¡Qué poco di a quien tanto me dio! Me invade un silencio pesaroso. Esta soledad playera es gratificante y clarificadora. Pero la algarabía de otros tiempos no era luz, sino adaptación a la mundanidad deshumanizadora y distanciadora de Dios y de la verdadera fraternidad universidad. ¿Es esta nuestra naturaleza, imposible de dar más de sí? ¿No es sólo la soledad un estado, sino una esencia inamovible?

          En el horizonte comienzan a tintinear luces tras luces, variopintas, alegres, invasoras, desenamoradas de pasados, impregnadas de ilusionado futuro. De aquel fondo se oye una voz serena, contundente, clarificadora: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas, porque sus obras eran malas”.

          Luz y tinieblas. Luz para iluminar y caldear; tinieblas para confundir y helar de frío y espanto. Luz para el bien compartido; tinieblas para la maldad excluyente e insolidaria. Dos caminos bifurcados de un solo camino inicial. Hay que unificar lo bifurcado. Hay que hacer de la antítesis deshumanizadora una síntesis en el Cristo desgarrado por amor, pues por amor fue enviado como luz para hombres y mujeres de todo tiempo y espacio. Hay que convertir las líneas torcidas de la historia en rectas, fusionadas, vitalizadoras. Cristo es la única luz verdadera, es la única agua purificadora, es el único motor capaz de inyectarnos ánimo “para que nos dediquemos a las buenas obras”.

          Sigue mi pensamiento salino en mi alma reconfortada. Me hermaneo con mi río-mar. Verso a verso suenan en mi soledad los acordes de Antonio Machado:

“En el silencio sigue

la lira pitagórica vibrando,

el iris en la luz, la luz que llena

mi estereoscopio vano.

Han cegado mis ojos las cenizas

del fuego heraclitano.

El mundo es, un momento,

transparente, vacío, ciego, alado.

 

Buenas noches.

         

         

 

          


13/05/2015

  CAMINO EN VERDAD PARA LA VIDA

 

 

Nadie puede definirse a sí mismo mejor que uno mismo. Otra cosa es que uno lo quiera o lo desee hacer. También es verdad que, en ocasiones, personas ajenas obstaculizan la visión que de nosotros mismos podamos tener, pero jamás lo que realmente somos. Jesús de Nazaret, libre en su interior y en su expresión hacia afuera, se autodefinió como “camino, verdad y vida”. Tres sustantivos de indiscutible positividad, de luz deslumbrante, de esencia de las esencias. Los tres están engarzados, como piedras preciosas de una misma joya, en el aro del profundo misterio, el amor. Amar es caminar y ser camino para que otros anden el suyo propio, sin ningún tipo de imposiciones. Ser verdad es vivir, ligero de equipaje, sin ningún rincón escondido y con buenas tijeras en las manos para desatar y liberar a quienes se pueda. Ser vida es romper el cascarón del egoísmo, de la toxicidad, para alistarse en los sanitarios que, como dice papa Francisco, trabajan en hospitales de campaña para curar tantas heridas.

          Salvando las inalcanzables distancias con aquel a quien seguimos los cristianos, nuestros instrumentos esenciales, en medio de este mundo, es ser, por mímesis y por amor al maestro, solidarios en el camino, solidarios en la verdad y solidarios en la vida. En nuestro sociedad hay personas que hacen que otras caminen, pero también las hay que son un obstáculo para el caminar de los demás. Hay quienes transmiten la verdad, pero imperan en muchos denigrantes ámbitos la mentira. Hay quienes construyen, cuidan y recomponen la vida; pero también quienes destruyen, violentan, agreden, insultan o matan.

          El nazareno “curó a muchos enfermos de muchos males y expulsó a muchos demonios”. Ahí estaba el camino, la verdad y la vida. Es de evidente claridad que el verdadero camino de la Iglesia no puede ser otro que el de Jesús de Nazaret, como lo es para cada seguidor de Jesús. Esta es la hoja de ruta. Da pánico pensar en muchos comportamientos del pasado, como en muchas actitudes aún mantenidas en eclesiásticos o laicos. Y es que la radicalidad del Evangelio suscita tanto miedo que más tranquilizante resulta adulterarlo, “adaptarlo”, ningunearlo, o simplemente vivir de espaldas a él.

          Pero no hay que engañarse. Ciertas son las palabras de Job: “El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero […] mi vida es un soplo”. Corto es el camino del hombre sobre la tierra, la opción ineludible, desde una plena libertad de conciencia y de actuación, es la de Pablo: “El hecho de evangelizar no es para mí motivo de soberbia… pues mi paga es dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde. Este “de balde” es lo que logra que una acción sea un servicio y no un instrumento para servirse de ella y por ella. Siempre es tiempo de gracia, pero las exigencias del momento conllevan dejarse de actitudes prepotentes y tóxicas y de palabras preñadas de vana filosofía mundana. Es llegado el tiempo del anuncio de la Buena Nueva del amor, de la solidaridad, de la misericordia, de la igualdad, de la acogida, de la ruptura con los caducos moldes fosilizados de un oscuro pasado que nació entre oscuridades. Ha llegado el tiempo de ser “camino, verdad, y vida”. Mientras mis pensamientos revolotean como las gaviotas que siguen mis pasos por la orilla de la mar, releo el poema de Luis López Anglada:

 

SALIENDO DE LA NOCHE

 

Salen de la noche; salen

llenos

de un hondo cansancio; hombres

que ya han dormido su sueño,

que ya han entrado en la nada,

que ya han vuelto

de su no ser, de su lenta

fatiga de no estar muertos.

Salen de la noche; salen

llenos

de asombro -¿Por qué en el alma

ese peso?

¿Por qué, si estaba dormido,

en el alma este recuerdo?

¿Por qué este llanto en los ojos

si no era sueño

más que del sueño, de nada,

del peso

muerto

del cuerpo?

Salen de la noche; miran

la luz dorada del cielo

tal vez con asombro de

no estar muertos.

 

 

Buenas noches


06/02/2015

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