Desde la orilla ...

  CRISTO ACAMPA EN LA HISTORIA

 

 

 

 

 

Cristo en un momento determinado ha llegado a formar parte de la historia. Se convierte en un eslabón más y trascendente de la misma. Cuando se abre el tiempo de Cristo, con él se expresa la renuncia al propio ejercicio de su existir. En este sentido, las palabras de Jesús: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha enviado” (Jn. 6,38).

Es al Padre a quien Cristo tiene que manifestar su vida, no a sí mismo. No es Cristo el que confiere a su vida un determinado sentido u orientación, sino que deja que sea el Padre el que oriente esa vida y la llene de sentido. Esto no le priva de la libertad de elección. El Hijo, al obedecer al Padre, no sólo cumple su voluntad, sino también la promesa y la profetización del Padre. Hacer la voluntad del Padre es llegar a la libertad más plena y absoluta. Con su actuar Él impregna de base a la promesa, y marca los senderos del sentido de vivir en el Padre y según el Padre.

Cristo no separa la voluntad del Padre, sentido de su existencia, de la figura de la historia en la que ha entrado. La “voluntad de mundo” que hay en Dios es la que potencia la encarnación, y el Hijo, obedeciendo libre e inmediatamente al Padre, inserta toda la historia en su misión y le da así un sentido último. En este sentido “Cristo se ha hecho servidor de los circuncisos en obsequio a la verdad de Dios, para cumplir las promesas hechas a los patriarcas” (Rom. 15,18). Visto desde la perspectiva del Padre, la fidelidad de Jesús tiene la forma de lo iniciado en el Antiguo Testamento y de lo cumplido con Él en el Nuevo. Con su encarnación, Jesús está llevando con el Padre y el Espíritu, a su plenitud la obra del Padre.

La historia de la salvación, reunida y llevada al encuentro de su sentido último por Cristo, al cumplirla e integrarla dentro de su propia existencia humana, consiste en el entero acontecer de la historia desde Abrahán hasta Juan el Bautista. Esta historia, con su alternancia entre libertad divina y humana, es promesa. El hombre, con sus decisiones está dentro de esa preparación evangélica. El hecho de que haya existido un pecado, un diluvio, una alianza, una ley y una historia profética, tiene su centro, que es el que le da su sentido pleno, en la aparición del Hijo, aunque el Hijo se adapte obedientemente al pasado y a lo subsistente. La historia se somete al Hijo y el Hijo se somete a la historia. La sumisión de la Historia al Hijo tiene lugar en el servicio de la sumisión del Hijo a la historia, que, por otra parte, no es más que la expresión de su sumisión  a la voluntad del Padre.

Es el Espíritu Santo el que hace que la historia se convierta en historia de la salvación, esto es, proféticamente orientada en todo momento hacia el Hijo. La historia de la salvación tiene su inicio en una alianza. Considero, sin embargo, que esta no tiene un carácter restrictivo. La “ley natural” y con ella toda la historia universal adquieren una relación de “llamada-fraternidad” con la historia de la salvación, gracias a la vida de Cristo. Cristo asume toda la historia y la introduce en la universalidad del cumplimiento de la promesa. En la fuerza de la cruz toda la historia queda sacralizada. En la cruz el “Novum Testamentum” queda cumplido y plenificado, y la “ley escrita” queda definitivamente como “nueva ley” en los corazones de todos los hombres de “buena voluntad”.

“Por lo cual, acordaos de que un tiempo vosotros, gentiles según la carne, llamados incircuncisos por la que se llama circuncisión –por una operación practicada en la carne–, estabais a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a la alianza de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu”.                                                               (Ef. 2, 11-18).

 

De esta manera la vida del Hijo da sentido a la historia, la fraternaliza  y le abre compuertas de sentido terrenal y eterno. Vivir en la historia y la historia por las sendas del Hijo es encontrar en plenitud la brújula  que marca la orientación de la existencia histórica del hombre.   


21/11/2015

  ¿CASADOS PARA SIEMPRE?

 

 

 

Una cosa es el deber ser y otra el ser. Nunca se puede confundir lo mejor con lo bueno. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento la doctrina que emana de ellos es la indisolubilidad del matrimonio; una unión para siempre como para siempre ha hecho el Señor alianza con su pueblo. “No está bien que el hombre esté solo”. Hombres y mujeres son llamados por Dios a quererse durante todo la vida y a vivir juntos en el amor para siempre; con más intensidad en algunas ocasiones, en otra, con menos.

          Pero, también Dios dice: “Voy a hacerle alguien como él que le ayude”. Parece que la indisolubilidad va estrechamente unida a la complementariedad. Aliados en el amor, alianza de amor. Lo que hace que el matrimonio sea una alianza es el amor, sin amor no hay matrimonio. No es el amor un contrato legal. Aquí está la cuestión. ¿Hay matrimonio, aunque se cumplan los requisitos legales, cuando en él no hay amor, un amor a lo Dios?

          La experiencia nos enseña que la gente se casa demasiado joven, inexperta, sin un conocimiento profundo de lo que es el matrimonio, sin una disponibilidad para asumir los compromisos derivados del mismo. Y esto hace que, más pronto o más tarde, ahí no quede absolutamente nada de amor. Eliminada la esencia del matrimonio, el amor, ¿puede decirse que ahí hay una alianza? ¿Se va a condenar de por vida a un señor o a una señora a vivir un matrimonio donde verdaderamente no hay amor? Este es el drama de muchas parejas.

          Ante esta situación tiene que actuar la Iglesia. ¿Lo va a hacer despótica y cruelmente? ¿Se puede perder de vista que Dios dijo: “voy a hacerle alguien como él que le ayude? La complementariedad es indispensable en el matrimonio. Es decir, el matrimonio fue fundado para que el uno ayudase a la otra, y esta al uno, imbuidos del amor de Dios. Cuando la realidad prueba que no sólo no hay ayuda, sino desprecio, odio, malos tratos, malas palabras ¿es mejor que sigan viviendo juntos en el odio? No, y mil veces no.

          En su consecuencia, no se les puede privar del derecho de volver a rehacer sus vidas, de intentar encontrar en el matrimonio “una ayuda”, la que Dios quiere. Dios no quiere el mal para sus hijos, sino la misericordia y el perdón. En esta encrucijada, se comprende perfectamente que cualquier persona tenga el derecho a rehacer su matrimonio con otra persona más adecuada, y es aquí cuando la Iglesia ha de manifestarse misericordiosa y abrir los brazos, con todas sus consecuencias, a quienes se han visto obligados a rehacer sus matrimonios. Dios no puede querer que queden fuera de la vida de la Iglesia estas personas y alejadas de la recepción de los sacramentos. Todo lo contrario. En lo que sí ha de poner el énfasis la Iglesia es en tantas personas como se casan sin tener ni idea de lo que es el sacramento matrimonial, ni estar preparados, ni estar formados, ni capacitados para una vida en común. Es ahí donde está la madre del cordero.

          Estas reflexiones van fluyendo junto a la orilla de la mar mientras leo un poema de Jorge Guillén:

 

“Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,

Y se me ahonda tanta perspectiva,

Que del confín apenas sigue viva

La vaga imagen sobre mis espejos.

 

Aún vuelan, sin embargo, los vencejos

En torno de unas torres, y allá arriba

Persiste mi niñez contemplativa

Ya son buen vino mis viñedos viejos.

 

Fortuna adversa o próspera no auguro,

Por ahora me ahínco en mi presente,

Y aunque sé lo que sé, mi afán no taso.

 

Ante los ojos, mientras, el futuro

Se me adelgaza delicadamente,

Más difícil, más frágil, más escaso”.

 

 

Buenas noches.


05/10/2015

  SOLEDADES

 

 

 

 

La playa tiene una vista excelente. La arena, sin embargo, en nada es agradable en marea baja: piedras, sinuosidades, restos dejados por el hombre, algún que otro barco que aquí acabó sus días para siempre, soledad, silencio, algún enigmático ser en la distancia. Y aquí me encuentro. Dualidad biplánica que me lleva a otra dualidad bipolar.

          El mundo, ese que es mezcla de bondad y maldad, nos llena de miedo y de terror. ¿En dónde estamos? ¿Es posible mayor desigualdad en todo? ¿Hacia dónde caminamos? Se abrió la caja de Pandora y todos los males salieron de ella y se extendieron por el mundo: el hombre volvió a ser lobo para el hombre. Hay, no obstante, una diferencia. El animal mata para subsistir. El hombre lo hace por egoísmo, por crecer económicamente, por dominar, por estar encima de otros hombres.

          Es una sociedad que repugna, que da asco, en la que todos los fines justifican los medios. Víctimas constantes de esta sociedad son los pequeños, los que no tienen voz, los que de todo carecen, a los que no se les reconoce ningún derecho. ¿Qué salida tiene este mundo? ¿Alguien puede limpiar la playa en la que me encuentro? Se podría, pero va a ser como que no. Ello no da votos, palabra mágica de la sociedad del caos, de la corrupción, de la falta de limpieza, de la superficialidad, del desencanto.

          El fenómeno no es nuevo. Siempre el hombre protagonista de un mismo odio, de un mismo egoísmo, de una misma cerrazón en sí mismo. Sólo vale aquel que se agarra a la utopía. Este es el único capaz de limpiar el mundo. Recuerdo, como solución, las palabras de Pablo a los habitantes de Filipo: “Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir”. La ideología no salva al hombre, sino el amor a él. El amor es como el aceite. Se extiende, se extiende, se extiende… El mundo se salva con con-cordia, con un mismo sentimiento, con un sentido práctico de la igualdad entre todos los hombres.

          “No obréis por envidia ni por ostentación; dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás”. ¡Qué bien se dormiría de esta manera! Nada hay que salvar, nada hay que cuidar, nada hay que perder. “No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás”. ¿Has pensado alguna vez que los demás existen, que están junto a nosotros, que nos necesitan? Esta es la única ley, la del amor a Dios y a los demás. No hay otra.

 

          En esta soledad reflexiva, leo unos versos de otro solitario atormentado, Luis Cernuda:

 

¿Para qué dejas tus versos,

Por muy poco que ellos valgan,

a gente que vale menos?

 

Tú mismo, que así lo dices,

Vales menos que ninguno,

Cuando a callar no aprendiste.

 

Palabras que van al aire,

Adonde si un eco encuentran

Repite lo que no sabe.

 

 

Buenas noches.


23/09/2015

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