Desde la orilla ...

  LA AVENTURA DE LAS PALABRAS

          Ya lo expresaron los viejos filósofos: “El hombre es un ser social”. Sin sociedad la realización del ser humano no es posible. Y para ser sociable una herramienta es tan imprescindible como insustituible: la palabra. Es cierto que la comunicación se puede realizar de otras maneras, pero es en la palabra en donde este proceso se acerca más a lo pretendido. ¡Y cuán difícil se hace la comunicación a través de la palabra! Porque cuando lo que comunica es inmanente, inmanente son las palabras, inmanente el mensaje e inmanentes el emisor y el receptor.

 

          Surge el problema cuando lo que se comunica excede ese carácter de inmanencia, bien por el comunicador o bien por el mensaje mismo. Cómo han sufrido este parto los poetas, los de hoy y los de siempre, los filósofos, los comunicadores de sustancias, no de accidentes triviales. Querer comunicar lo que se ve, lo que se lleva, lo que se siente, ese volcán en erupción que se afana por explosionar desde lo más hondo del pensamiento o del sentimiento, y no encontrar el canal adecuado para ello. Es algo así como lo definió Gerardo Diego: “Poeta sin palabras”.

 

                    “Voy a romper la pluma. Ya no la necesito.

                    Lo que mi alma siente yo no lo sé decir.

                    Persigo la palabra y sólo encuentro un grito

                   roto, inarticulado, que nadie quiere oír”.

 

          ¡Qué sentimientos anidarían en el alma de Jesús de Nazaret cuando observaba que sus palabras eran inadecuadas para transmitir su mensaje! El nazareno conocía y se expresaba con palabras, con signos y con hechos, pero algunos de sus propios discípulos consideraban aquellas palabras inaceptables. ¿Y por qué las calificaban de dicha manera? Simplemente porque no era lo que ellos querían oír. Querían oír el triunfalismo de unas palabras huecas, llenas de inmanentismo y de materialidad.

 

          No, aquel no era el camino de Jesús. Sus palabras eran espíritu y aquellos querían terrenalidad y violencia. Eran palabras trascendentes, eran palabras que respondían al misterio de la vida y de la muerte, eran palabras que hablaban de transformación de la sociedad desde el amor y la justicia, no desde la prepotencia, el poder y las armas. No eran palabras para alagar con la emanación de bellas expresiones, sino para descubrir dónde estaba la Belleza, la Bondad y la Libertad.  Aquellas eran palabras de vida.

 

          Aquellos discípulos no afirmaron que no entendían, sino que no aceptaban aquel modo de hablar. No optaron por el diálogo profundizador, sino por la crítica con los ojos ensangrentados de agresividad y de rechazo. No era la postura adecuada para oír, ni para entender y aún menos para aceptar, y menos aún para comprometerse con aquellas palabras de espíritu y vida. Consecuentemente, aquellas palabras no habían logrado el fin pretendido, sino exactamente todo lo más antagónico “echarse para atrás y no volver a ir con el nazareno”.

 

          Uno sólo entendió el secreto, Pedro, el pescador. Aquellos se han ido, pero “¿adónde vamos a acudir nosotros, si tú tienes palabras de vida eterna, creemos en ti y sabemos que eres el santo consagrado por Dios?”.  Toma ya con el pescador. Tendría sus sombras, pero esta vez había disparado al centro de la diana. Había escuchado. Había interpretado. Había dado un aldabonazo al ritmo de la historia. Tal vez, había cerrado los ojos, había recordado las palabras del salmo 33: “que los humildes escuchen al Señor y se alegren”. Gerardo Diego, pasados muchos siglos, tomaría el testigo y se adentraría en el secreto de la sabiduría para ver, oír y entender:

 

                    “Como un niño que tiende sus bracitos desnudos

                    a las cosas y quiere hablar y no sabe y llora…

                    así también ante ellas se abren mis labios mudos

                    de poeta sin palabras que el gran milagro implora”.

         

Buenas noches.


24/08/2009

  ¿DÓNDE ESTÁS, SABIDURÍA?

 

          A su búsqueda caminaba por Grecia el viejo Platón, el “de anchas espaldas”. Quería llegar a lo profundo de la realidad. Habló de un mundo “ordenado”, donde cada realidad material y donde cada persona tenían su puesto y su función. Todo ello teniendo como núcleo al Bien, a la Verdad y A la Belleza, generadora de Amor.

 

          En la misma búsqueda se habían movido los sabios de Israel. Y sus palabras quedarían plasmadas en el Libro de los Proverbios. Un padre recomienda a su hijo los caminos de la Sabiduría y esta se hace presente. Se personaliza. De su boca van saliendo máximas tras máximas. No sólo iban quedando engarzadas unas a otras las máximas de Israel, sino también las de los sabios de otros pueblos. Y es que en la Sabiduría se acaban las distinciones de todo tipo. Toda la sabiduría de la más remota antigüedad, complementándose y sumándose, quedó como un tesoro del pensamiento y de la vida en aquellas viejas líneas, materia de pensamientos tan nobles como bellos. Reflexiones profanas y espirituales y, de ellas, emerge el Dios que premia la verdad, la humildad y la sencillez del corazón de la gente sin posibles. La Sabiduría salía a los caminos e invitaba a todos a que participasen en su banquete de pan y vino. Así vivirían para siempre.

 

          Pasaron los años. Se plenificó la historia. Aquella Sabiduría, que había estado desde siempre en Dios y con Dios, se vuelve a personalizar, pero esta vez no como reflexión vital, sino como vida encarnada. La Sabiduría ya no sólo decía, sino que hacía. Decir y hacer, plenitud del ser. Esta Sabiduría recorrió las tierras del viejo pueblo de Israel. Por sus calles resonaron las palabras de la Sabiduría encarnada. Sus gentes más doloridas supieron de su ternura, de su amor por la vida, de sus signos para que quienes los contemplasen abriesen los ojos a la trascendencia.

 

          Había llegado el momento más sublime. El momento de la esencia. El momento de la revelación que llevaría a algunos de los que le escuchaban a plantearse: ¿Pero cómo puede ser esto? ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? La revelación estaba hecha. Las palabras le iban brotando abriendo surcos de esperanza entre los más humildes: “A quien coma de este pan yo lo resucitaré en el último día”. Los más ancianos se acordaban de los viejos proverbios. Sabían que la Sabiduría había invitado a todos los que lo deseasen a participar del banquete salutífero de su pan y de su vino, pero aquel era un lenguaje metafórico tan frecuente en la literatura sapiencial.

 

          Ahora no. El que les hablaba, el hijo de José y María, no se refería a una metáfora. Se refería a Él mismo. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. El cielo era el lugar donde se hallaba Dios. El nazareno se estaba revelando como Dios. Estaba ofreciendo la resurrección para el último día. Estaba refiriéndose a una unidad identificadora entre él y quien comiese de aquel pan que generaría el vivir para siempre.

 

          Se estaba produciendo la revelación del más sublime misterio de la historia. No hablaba ya Dios desde la lluvia y el trueno, sino desde la palabra ardiente, susurrante, cálida y próxima del Dios encarnado. No se dirigía Dios a sus criaturas desde la distancia, sino desde la proximidad del nazareno. No eran aquéllas palabras condenatorias, sino una llamada a la vida en plenitud. Aquel pan y aquel vino ofrecidos eran el mismo que Aquel que se ofrecía. Quien los tomase comenzaba a vivir una vida nueva y fecunda. Era vivir por Cristo. “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Pero quién puede desde la nada de la existencia entender tan profunda realidad. Unas palabras se oían en la distancia. Eran de Pablo de Tarso: “Sed sensatos… dejaos llenar del Espíritu… orad con toda el alma al Señor… celebrad constantemente la Acción de gracias por todos”.

 

Aquellas palabras no quedaron flotando en la memoria como bellos, pero utópicos, principios éticos. Había comenzado para millones de hombres y mujeres de todo tiempo y lugar la maravillosa historia de amor iniciada por el Padre. Pensé y sentí que el hombre y la mujer ya nunca más se sentirían solos y abandonados si comían y sentían en sí el pan de la vida. Una ráfaga de aire fresco me trajo, y no sé por qué, las palabras de Luis Cernuda: […] quien vivir a solas ya no sabe, morir a solas ya no debe”. Buenas noches.

 


17/08/2009

  PAN EN LIBERTAD

 

 

         Contundentes las palabras de Jesús de Nazaret: “El que cree tiene vida eterna”. Para los seres humanos la vida es un don muy preciado. Nos gusta vivir. Nos gusta disfrutar de la vida. El Dios de Jesucristo no es enemigo de la vida. Todo lo contrario. Dios es el Dios de la vida. Dios quiere para sus hijos e hijas que vivan y que vivan con abundancia.

 

         No obstante, la realidad es, en no pocas ocasiones, bien distinta. ¿Quién no ha experimentado en su vida alguna, o muchas veces, sentimientos parecidos a los del profeta Elías (1º Reyes, 19, 4-8)? Ante nuestras limitaciones y problemas nos desesperamos. El sentimiento de fracaso en la vida nos invade frecuentemente. ¿Qué he hecho en la vida? ¿Qué he conseguido con mis acciones? ¿Me sirvió de algo ser “buena gente”? ¿Cómo entender la falta de correspondencia de aquellas personas que me responden con frialdad y distanciamiento a pesar de haber estado a su lado en todo momento? Nos invade el sentimiento de fracasados. Nos minusvaloramos. Como el profeta, nos decimos: “Yo no valgo”, “Mis padres eran mejores que yo… ni los he superado, ni los voy a superar”.

 

         Pero Dios, Padre de amor, a través de Jesucristo, su Hijo, su imagen terrena, la plasmación del amor con el Espíritu, abre a raudales las puertas y ventanas de su misericordia. ¡Qué bueno es el Señor!, gritamos con el salmista (Salmo 33). Y la gente humilde lo escucha, se llena de alegría, lo reconoce y proclama: ¡Qué bueno es el Señor”. Con Él, no carezco de nada. ¡Cómo me salva de mis angustias!

 

         La misericordia de Dios llega a más. No sólo cubre y atiende nuestras necesidades. Quiere que en el camino de la vida lleguemos a la plenitud. Quiere que la plenitud, que aquí sentimos como una sombra, llegue a su plena realización en la casa del Padre. Para que todo ello se haga vida en ti, en mí, en nosotros, necesitamos de la vida de la fe. “El que cree tiene vida eterna”. La fe es un don de Dios, pero también es un trabajo y un quehacer humano. “A Dios rogando y con el mazo dando”. La fe nos la da Dios, pero nosotros tenemos la libertad de aceptarla o rechazarla. La fe es nuestro pan, pan para el camino de la vida, y pan para el encuentro definitivo con Dios.

 

         Y esa fe, ese pan, se ha hecho realidad tangible en Jesús, Palabra encarnada del Padre. Jesús es nuestra fe. Jesús es nuestro pan, pan “para que el hombre coma y no muera”. Jesús es la respuesta a nuestras necesidades. Jesús es la respuesta a nuestras frustraciones. Jesús es la respuesta a nuestras esperanzas y deseos. Vivir en la fe con Jesús y como Él es la respuesta que el creyente puede aportar, no sólo para dar sentido a su vida, sino para colaborar en la construcción de una sociedad mejor, liberada de tantas angustias.

 

         La fe en Jesús, la comunión de su pan, genera un nuevo estilo de vida. San Pablo (Efesios, 4, 30ss) lo indica con total claridad. Este nuevo estilo de vida tiene dos planos, imprescindibles y complementarios: el ascético y el positivo. El ascético está representado por la palabra: “Desterrad”. La vida en Jesús nos impulsa y ayuda a “arrancar” de nosotros la amargura, la ira, los enfados, los insultos; la maldad en suma. El positivo lo expresa Pablo con la palabra “Sed”. Sed buenos, sed comprensivos, sed tolerantes, perdonar (no de cualquier manera, sino como perdonaba Cristo), imitar a Dios.

 

         Nuestra sociedad desnortada, entristecida, carente de muchos valores, dominada por los enfrentamientos, la injusticia, el hambre y la violencia, necesita apremiantemente descubrir a Cristo, necesita reconocer que su Mensaje es el único que puede dar sentido a toda la vida de los hombres y de las mujeres. Una sociedad nueva, una nueva humanidad tan sólo puede emerger del amor entre todos, de una vida fundamentada en el “amor, como Cristo”. Dejemos en nosotros resonar el eco de palabras tan ilusionantes, tan enaltecedoras de la condición humana, y tan esperanzadoras: “El que cree tiene vida eterna”. Buenas noches.

 


11/08/2009

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