Desde la orilla ...

  REMEDIOS ¡QUE BELLA ERES!

 

 

 

 

 

 

 

 

“[…] honren a la Virgen María con afecto filial y con verdadera devoción fomenten su culto, venerándola, según una antiquísima tradición de la Orden, bajo el título de bienaventurada Virgen María del Buen Remedio, Patrona principal de nuestra Orden, rezando el rosario mariano y celebrando la misa votiva y la Liturgia de las Horas del sábado, según las rúbricas”[1]

 

1.- 1715, UNA FECHA PARA LA HISTORIA

Cada fecha histórica tiene su lugar e importancia dentro de la cadena de acontecimientos y de pensamientos que forman el conjunto de la Historia. Hay, sin embargo, fechas que, de alguna manera, queda engarzada en la conciencia comunitaria de una nación, de una región, de un pueblo o, en un terreno más íntimo, de una persona. El pensamiento configura el comportamiento, y este genera pensamientos nuevos, porque la historia no es un ente abstracto e inamovible, sino concreto y vital. Estamos en el siglo XVIII, siglo de la Ilustración, de las Luces, de los intentos de cambios y de los proyectos de constantes reformas, más idealizadas que realizadas. El hombre está inmerso en nuevas corrientes de modernidad, más en elite de los ilustrados que en la realidad de la gente del común, siempre a remolque y siempre sufriente, pero es en ellas en donde el Dios Padre del amor, de la misericordia y de la ternura ha puesto su estancia, porque es ahí donde se siente a gusto.

          En 1715, ¿cómo no?, España se hallaba en uno de sus muchos momentos bélicos, pues quien fue creado para la paz y la concordia distorsionó los planes del Hacedor y, henchido de afán de prepotencia y de poder, trastocó aquellos genes por otros deshumanizadores. Se estaba librando en España la denominada “guerra de la sucesión”, que enfrentó a los borbónicos con los austracistas. Sería en este 1715 cuando dicha guerra encontró su final con la capitulación de Mallorca ante los ejércitos de Felipe V, primer rey de la dinastía borbónica, al tiempo que también “se había establecido la paz entre la corona de España y la de Portugal”[2].

El pueblo a lo suyo: en Sevilla se concluyó la construcción del Convento de Santa Rosalía; en Sanlúcar de Barrameda, los jesuitas urgían al Cabildo de la necesidad de “rematar la obra comenzada en el templo de la comunidad”[3]; a Utrera llegó la bella imagen de la Divina Pastora de las Almas, obra del escultor José Montes de Oca; Alcalá de los Gazules vio con gozo cómo se refundaba la Cofradía del Cristo atado a la columna; en Jerez de la Frontera, un grupo de vecinos, capitaneados por Bartolomé Francos, solicitó licencia para construir un “tabernáculo” en el lugar llamado de la Cruz de la Plaza de Orellana. En abril de 1715, el Cabildo de Sanlúcar de Barrameda se afanaba porque “se previniese harina para el abasto de pan para aquellos días en los que se iban a celebrar fiestas de toros”[4], se trazaba el proyecto de construir unas nuevas Casas Consistoriales en la Plaza de la Ribera (hoy del Cabildo), lugar en el que se abrirían puestos de panadería y carnicería.

¿Y en Olvera? ¡Ay, en Olvera, aquel 1715!

 

2.- NO ES UN LUNES CUALQUIERA, ES EL DE QUASIMODO

          Pudo haber pasado en cualquier otro momento, pero pasó precisamente en aquel abril de 1915, porque las manillas del reloj de la historia las maneja Dios. Una villa pequeña, coqueta, enjuta, empinada sobre la rugosa mano de su tierra. En aquel momento, como en otros de su historia, nervuda y nerviosa, inquieta, preocupada y amenazada por la sequía y por su consecuente hambruna. Sobres sus yermos y desnudos campos serpentea una carencia profunda, el ansia por una lluvia abundante que fertilice lo seco, que transforme en verde alfombra la barrosa tierra con olor a muerte, que llene el estómago de tantas bestias famélicas sin una yerba florida que llevarse a la boca y, sobre todo, que genere en los hogares de los lugareños el olor a pan recién hecho, a tortas de fiestas, a guisos olorosos, a estómagos satisfechos.

          A las afueras de la villa y en dirección al alto que llaman de Torrealháquime y que lleva a donde se encuentra la venerada imagen de la Virgen de Caño Santo, las manos fervorosas de los olvereños habían labrado una pequeña ermita-humilladero en el siglo XVI, dedicada a una antigua imagen de una Virgen que vendría a ser advocada Virgen de los Remedios. Los humilladeros eran a la sazón y, con anterioridad incluso, pequeños recintos sacros dedicados a una imagen de la Virgen o de algún santo, a quien se encomendaban quienes salían de la villa o retornaban a ella después del faenar diario. Eran lugares de oración breve, pero intensa; eran una levantada de la mirada al cielo en busca de la protección que nada ni nadie podían dar. Era lugar de favores de la Trascendencia y de recuerdos de gratitud por ellos. El pueblo olvereño sentía especial cariño y devoción por aquella imagen, tanto que pronto se asentaría en aquella ermita, silenciosa y cantarina, algún que otro ermitaño que la cuidaba, que dirigía los rezos y atendía a quienes iban y venían. Poco después, ante la concurrencia, no sólo de los olvereños, sino de los vecinos de poblaciones más alejadas y de emigrantes, la ermita se amplió, así se podía acoger a más fieles devotos y custodiar las exvotos que, día a día, se iban acumulando ante los favores de la Madre y Virgen de los Remedios. Había nacido un brote fecundo en el árbol glorioso de la Religiosidad Popular.

          Y vino aquel abril de 1715. No llovía. Las tierras morían de sequedad. El pueblo tenía hincado en las entrañas de la subsistencia una espina de dolor y carencia. Miraba al cielo. No llovía. Dirigió su mirada a la Señora del Humilladero que se encontraba allá por donde la carretera serpenteaba con mayor intensidad. Se apiñaron los corazones. Acudieron al Concejo, Justicia y Regimiento de la villa, que era la institución que gobernaba la villa. Se lamentaron. Expusieron a los regidores lo que ya estos sabían. Algo había que hacer. Cuando la respuesta sanadora no viene de las leyes de la naturaleza ha de buscarse en la misericordia de las fuerzas de arriba.

          Así fue. Apremiado el Concejo, convocó a sesión a todos los capitulares el 8 de abril de 1715. Asunto único del orden del día: ¿Cómo intervenir en la sequía que castigaba a la villa en su agricultura y en su ganadería? Aquellos hombres, que regían el Concejo, estaban de manos atadas. Los remedios no estaban a su alcance, pero ¿y si el remedio estuviese en aquella bella imagen tan querida por todos? ¡Zas! Se llegó al acuerdo. “Hay que traer a la Virgen de la ermita de las Herrizas en rogativa de lluvias hasta el corazón mismo de la villa”. Así fue. Sobre una nube de corazones sedientos iba caminando la Virgen de los Remedios. La sequedad de las tierras le enrojecía su bello rostro serrano. Hay quien dice que una leve lágrima asomó en dirección al viento. Era un signo de lo que bajaría desde lo alto. Y María llegó a la villa. Y estuvo varios días en ella. Fue acogida e implorada. Una semana después se dispuso su retorno a la ermita-humilladero. La rogativa estaba hecha. La plegaria había corrido desde el Castillo hasta la Vereíta. ¡Ahí quedó!

          Retornaba María. Paso a paso el sudor comenzó a coronar su frente. Su sombra se iba alargando sobre tierras y campos. El cielo comenzó a ponerse rosa, para luego grisáceo, y de aquí a negruzco. Surgió la misteriosa respuesta a la plegaria. Las ramas de los árboles comenzaron a moverse tenuemente como los pabilos de una antorcha. El sol comenzó a oscurecerse. El cielo se disponía a abrir sus embudos sobre las tierras olvereñas. Dicen que dicen que dicen que cuando María de los Remedios llegaba al umbral de su ermita ya llevaba su cabellera mojada por el agua que caía arrastrada por el viento. Se habían abierto las puertas de la primavera. La tierra yerma y seca volvió a tener sangre en sus venas… Se volvió a reunir el Concejo. Había que agradecer a la Señora sus mercedes. Se haría un voto de toda la villa. Cada año, “por siempre jamás”, los devotos de la Virgen harían romería el día del portento, el “Lunes de Quasimodo” a aquel lugar donde se encontraba la señora. Ese fue el acuerdo, lo demás lo hicieron generaciones y generaciones de fieles de la Señora hasta el día de hoy en el que han transcurrido ya tres siglos…

          Salgo de los ensueños líricos en los que siempre me introduce el pensar y el sentir a María de los Remedios. Dejo que también el pensamiento y la reflexión tengan su lugar en esta remembranza mariana, como si de una representación dramática se tratase. Sigo mi camino mientras a los pies del hoy Bello Santuario vecinos y foráneos rememoran y celebran aquel acontecimiento sanador. Que corra el vino y se disfrute de los hornazos y de las tortas del “lunes”…

          ¿De dónde proviene el nombre de “Quasimodo” celebrado el segundo lunes después de Domingo de Resurrección? Es un resto léxico de las primeras palabras latinas del “introito” del segundo domingo de la Pascua de Resurrección del Señor: “Quasi modo geniti infantes” > “Así como niños recién nacidos”. Es, por tanto, una solemnidad encuadrada dentro de las fiestas de la Pascua de Resurrección. En la liturgia de la Vigilia Pascual un punto significativo es la administración del Bautismo. La tradición es antiquísima. Otrora, quienes eran bautizados en esa Vigilia recibían un vestido blanco, sustituido en la liturgia actual por el paño blanco que se coloca sobre la cabeza del bautizado. En otro tiempo, aquellos a quienes se les había entregado la vestidura blanca la mantenían durante ocho días, es decir, desde el sábado de la Vigilia hasta el denominado “Domingo in Albis”, momento en el que los bautizados devolvían aquellas vestiduras blancas, de ahí el nombre de “albis” > blanco. El Domingo de Quasimodo, además, estuvo siempre relacionado con la Eucaristía, siendo el escogido para llevar el Santísimo a las casas de los enfermos e impedidos con gran solemnidad. Esta tradición se mantiene en Chile, en donde el “Lunes de Quasimodo” es el día escogido para llevar la comunión a los enfermos. El centro en aquellas tierras es la Eucaristía. Junto a ella se organizan toda clase de festejos, jalonando el itinerario por donde ha de pasar el Santísimo de un rosario de altarcillos en los que se adora al Señor y se le acompaña con adornes coloristas y fiestas.

          El “Lunes de Quasimodo” no es una fiesta monocolor; es una fiesta poliédrica desde sus orígenes. De ahí la necesidad que siempre tenemos de recuperar las raíces de la verdadera tradición. Esta fiesta es una simbiosis de sentido trascendente de la vida, de fe, de religiosidad popular, de colorido festero, de cultura, de historia, de amor a la Virgen y de respeto a las más enraizadas tradiciones que se hallan depositadas en la conciencia común de una colectividad. El “Lunes de Quasimodo” es un anillo con cuatro perlas engarzadas: Dios, María, la humanidad y la tierra.

 

3.- MARÍA DE LOS REMEDIOS Y LA RELIGIOSIDAD POPULAR

La etimología de la palabra proviene del latín “remedium”, palabra que “in sensu propio” significa “medicina”, medio de curar y sanar”, y que figuradamente viene a significar “lo que sana el alma”. Habitualmente la devoción a alguna devoción mariana tiene un foco inicial, como Lourdes, Pilar, Fátima, De la Antigua, Montserrat… No sucede esto con la advocación de la Virgen de los Remedios. No tiene un foco inicial, sino que comienza a utilizarse dicha advocación en diversos sitios y tiempos. Sí es cierto que las formas de la advocación, manteniendo el mismo fondo, presenta pequeñas variables: la más extendida es la de “Virgen de los Remedios”, pero también existen otras, como “Virgen del Remedio” en la región catalana o “Virgen del Buen Remedio” en Italia y en Francia.

          Imágenes con esta advocación se pueden encontrar históricamente  en los siglos XII y XIII, estando la devoción plenamente generalizada en el siglo XV, así está documentado que en 1482, una imagen con tal advocación existía en el convento trinitario de la ciudad de Jaén. A principios del siguiente siglo la advocación aparecerá en Valencia y en Ronda, indistintamente con la forma “Virgen del Remedio” o “De los Remedios”. Desde esta fecha la advocación mariana se propaga ininterrumpidamente dando título a ermitas, capillas y templos.

          Era frecuente que las Órdenes religiosas, desde el momento mismo de su fundación, se pusiesen bajo el amparo de la Santísima Virgen con una determinada advocación; Merced, en los mercedarios; Rosario, en los dominicos; Carmen, en los carmelitas… Fundada la “Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos”, Orden Trinitaria, por san Juan de Mata (1154–1213)  y el ermitaño francés san Félix de Valois (+ 1212), el primero puso la Orden bajo la protección de la Virgen del Buen Remedio, “sanadora de los males de la humanidad”.

          La nueva Orden nacía con el carisma fundacional de, llevada por el amor y la vivencia comunitaria de una vida centrada en la esencia de la Santísima Trinidad, dedicarse a orar y a laborar por redimir a los muchos cautivos y pobres de la época. Nacía como enraizamiento testimonial en la misión samaritana de la Iglesia heredada del corazón de su fundador Jesús de Nazaret. Su instrumento operativo, la misericordia, y su norma de vida, el Evangelio; llegando a intercambiarse los trinitarios con los cautivos, de manera que aquellos quedaban en el cautiverio de estos. Al rescate sumarían la “curación” de los rescatados con la fundación de hospitales en que atenderlos a ellos y a los peregrinos y transeúntes pobres. Dentro de este carisma la Virgen del Buen Remedio era la sanadora, la protectora, la animadora, incluso a veces la que facilitaba las doblas de oro necesarias para lograr un rescate, como narró el propio Juan de Mata que le aconteció en una ocasión y que se transformó en una creencia generalizada entre los fieles y cautivos. La Orden extendió la devoción a la Virgen con esta advocación en cuantas zonas ejercía cualquier tipo de influencia. Pronto irían emergiendo los actos devocionales dedicados a la Señora: misa diaria cantada en honor de María, celebración solemne de sus principales fiestas litúrgicas y de sus vísperas (Anunciación, Purificación), rezo del “Oficio Parvo” todos los sábados, rezo del rosario y de la salve, canto de las letanías.

          La labor redentora de los trinitarios se incrementaba en los momentos históricos en los que sus rescates se hacían más apremiantes. En el último tercio del XVI los turcos eran un verdadero peligro para la cristiandad. A ellos se enfrentó Juan de Austria. Antes de la Batalla de Lepanto puso a los suyos en 1571 bajo la protección de la “Virgen del Buen Remedio”. Salió vencedor. Quedó recuerdo de aquella protección con la entrega de don Juan al convento trinitario de Valencia de 200 doblas de oro y una aljuba turca. De la importancia de la labor de los trinitarios nos dejó constancia personal y literaria Miguel de Cervantes Saavedra[5]:

“[…] Trujéronnos a Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres de la Santísima Trinidad; hablélos, díxeles quién era; y, movidos de caridad, aunque yo era extranjero, me rescataron en esta forma: que dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos cuando volviere el bajel de la limosna a rescatar al padre redentor, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que había gastado más de lo que traía, porque a toda esta misericordia y liberalidad se extiende la caridad de estos Padres, que dan su libertad por la ajena y se quedan cautivos por rescatar cautivos”.

          Ya en el siglo XVII consta la existencia de Cofradías, si bien estas debían de venir de más atrás. Así la Cofradía de la Santísima Trinidad de la ciudad de Valencia agregó en 1620 a su título fundacional un nuevo elemento, quedando “Cofradía de la Santísima Trinidad y del Buen Remedio”. Seguirían las efemérides de la advocación. 1688: El Capítulo General de la Orden institucionalizó como Patrona de la Orden a la Virgen del Remedio. 1961: el papa Juan XXIII ratificó el patronazgo referido junto con el de santa Inés. 1987: el papa Juan Pablo II visita Chile, se refirió a la fiesta del Lunes de Quasimodo como una fiesta de “verdadero tesoro del pueblo de Dios”.

          La devoción a la Virgen de los Remedios es una de las más enraizada y extendida por España e Hispanoamérica. Además de Capitana General de las Fuerzas Armadas de España, es titular de ermitas, santuarios, capillas y parroquias, así como patrona de muchas ciudades y pueblos: Alicante, Aljaraque en Huelva; Antequera en Málaga, Bélmez en Córdoba, Cabra en Córdoba, Chiclana de la Frontera, El Coronil en Sevilla, Fregenal de la Sierra, Jimena en Jaén, La Laguna y toda la diócesis tinerfeña, La Roda en Albacete, Mairena del Alcor en Sevilla, Ocaña en Toledo, O Sisto Urol en Lugo; Petrer y Monóvar en Alicante, Santa Oliva en Tarragona, Valencia de Alcántara en Cáceres, Vélez Málaga.

          Parece ser que quien llevó la devoción a la Virgen de los Remedios al Nuevo Mundo fue Juan Rodríguez de Villafuerte, hombre de la confianza de Hernán Cortés. Quien sabía que a las tierras americanas iba a batallar con él portaba una imagen de la Virgen María, para que en las batallas que le esperaba fuese su consuelo y su remedio. Se recoge en las crónicas de la época cómo el propio Hernán Cortés, aspecto este que se repitió con Magallanes en su viaje de circunnavegación según narra el cronista Antonio Pigafetta, comprobó que en Tenchtiltlan los nativos adoraban al ídolo Huitzilopochtli y le ofrecían sacrificos sangrientos. Hernán Cortés lo derribó del promontorio en el que se encontraba. Se dirigió a los nativos explicándole por qué había hecho aquello. Tras ello ordenó al mencionado Juan Rodríguez de Villafuerte que en su lugar colocase la imagen de la Virgen de los Remedios. La devoción mariana se fue propagando, siendo denominada “La Generala”, por aquellas tierras del Nuevo Mundo (Colombia, Cuba, México, Argentina, Panamá…). De esta manera el culto idolátrico prehispánico fue sustituido por la veneración y culto[6] a la Santísima Virgen, con esta advocación y con otras como La Piedad, la Caridad del Cobre, Nuestra Señora de Guadalupe y Nuestra Señora de la Bala.  

          Paso de la Historia a la esencialidad de la devoción a María de los Remedios, de la cultura a la religiosidad popular, de la periferia vivencial al núcleo, del saber al ser, del celebrar festero a la inclusión del misterio que se celebra. En ello Olvera tiene gran sensibilidad, enraizada durante muchos siglos en la conciencia común. Olvera la celebra con fiestas y, tras ella y en ellas, Olvera la ha de celebrar con reflexión y búsqueda de la esencia de la devoción entrañable a María de los Remedios.

          La devoción a María, desde los orígenes de la Iglesia, está inseparablemente unida a Jesús, a la Iglesia y a la Trinidad. María no es el centro de la Iglesia, sino la mano maternal que la conduce hacia el centro, Su hijo Jesús: “Todos los apóstoles, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos con las mujeres piadosas, y con María Madre de Jesús”[7]. María de los Remedios es el regalo testamental que Jesús deja a sus discípulos: “Ahí tienes a tu madre […] ahí tienes a tu hijo”, pronunciará en el árbol redentor de la cruz. Así fue recibida por el pueblo creyente. Este plasmó su devoción en diversas formas y costumbres a través de los siglos. Los nobles construirían grandes templos y catedrales; el pueblo, ermitas y humilladeros, pero sería precisamente en estos en donde se ubicarían inicialmente las órdenes religiosas.

          Como acontece, con harta frecuencia, en las cosas terrenales vinieron las desviaciones de los orígenes, de manera que ya en el siglo VIII el II Concilio de Nicea (787) hubo de poner un stop a conciencias desviadas y proclamó lo que ya había predicado san Basilio: “El honor tributado a la imagen va dirigido a quien representa”. Efectivamente damos honor a quien representa la imagen de María de los Remedios, la Santísima Virgen, madre de Dios y de la Iglesia. Lo demás, lo externo, lo periférico es un instrumento vial para llegar a ella, a su verdadera esencia. Una foto de nuestra madre carece de valor en sí misma, es un papel que el tiempo desvirtúa; pero la respetamos porque nos hace abrir los poros del corazón y llevarnos a nuestra verdadera madre, aquella que nos dio el ser. Así en María. Así proclamará el Concilio Vaticano II, en una síntesis mariológica extraordinaria: “María, exaltada por la gracia de Dios, después de su hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como la Santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial”. ¡Ahí es nada! ¡Ahí está la esencia de la devoción a María de los Remedios, a María olvereña!

          Sin rubor de ningún tipo. Caminemos. La advocación de la Virgen de los Remedios está encuadrada dentro de lo que se ha venido en llamar la “religiosidad popular”. Y alguien podrá afirmar: ¿Pero no es que la religiosidad popular es un grado inferior en el seguimiento de Cristo y en la vivencia de su mensaje? De eso nada. La religiosidad popular es una vivencia del pueblo, que este siente, guarda, vive, celebra y transmite. La religiosidad no es una patente exclusiva de clérigos y eclesiásticos, sino que estos pueden vivir, nunca imponer ni prohibir, junto con el pueblo. La religiosidad popular es patrimonio del pueblo y hay que tratarla con tanto respeto como de si un sacramento se tratase. Así proclamaba, por si quedasen dudas, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos: “La religiosidad popular es una experiencia universal: en el corazón de toda persona, como en la cultura de todo pueblo y en sus manifestaciones colectivas, está siempre presente una dimensión religiosa”[8].

          Efectivamente. En la religiosidad popular “siempre está presente una dimensión religiosa”. Y eso es bueno. Y eso es humano, pero como humanal cosa es equivocarse, también a la religiosidad popular se le pueden adherir costumbres, hábitos o vivencias parasitarias que la desvirtúan, que la privan de su riqueza vivencial, que queda en las ramas y en las hojas, no en el tronco. Las hojas se secan, caen y las arrastra el viento; el tronco, permanece. De ahí que la religiosidad popular ha de tener la firmeza del tronco del árbol, nunca la fragilidad y la instantaneidad de las fugaces y cambiables hojas.

          También a ello se refiere el mencionado “Directorio”. Se indican en él los elementos parasitarios que se le pueden adherir a la religiosidad popular: la carencia de algunos elementos esenciales de la fe cristiana, la desproporción del culto a la Virgen o a los santos frente a la centralidad del culto a Cristo, el escaso conocimiento de las Sagradas Escrituras y el distanciamiento de la práctica sacramental y del culto cristiano. Nos lo testimonió la misma María de Nazaret. En las bodas de Caná dijo a los sirvientes de aquellos recién casados al faltar el vino: “Haced lo que él os diga”. Seis palabras en busca de un camino auténtico. Seis palabras que marcan el itinerario de una verdadera religiosidad popular. Seis palabras que simplifican el duro caminar por la tierra. Seis palabras que todo lo aclaran.

          Haced. La religiosidad es dinámica. No es estática. Estamos hechos para caminar, para mirar a una meta. Estamos hechos para mirar verticalmente, hacia arriba; y horizontalmente, para nuestro nivel. Mirar a Dios y a los hermanos. No existe una religiosidad estática, porque la carencia de movimiento es la muerte. Las dos vertientes, vertical y horizontal, van unidas indisolublemente. Una religiosidad popular sin Dios es una condena al sinsentido. No puede el hombre ni la mujer vivir sin Dios, sin el sentido trascendente de la vida. Si nos roban a Dios nos privan de lo más importante del vivir. Dios no es un obstáculo para la existencia, sino una palanca que nos lanza hacia la plenitud que podemos alcanzar en la tierra, y una semilla que anida en nosotros frutos de esperanza. Haced, aunque nos equivoquemos. Papa Francisco dice que prefiere una Iglesia que se cae en su acción, que no una iglesia que no se mueve por miedo al peligro. El caer es una realidad humana. El estancarse lo es de lo muerto.

          Lo que él os diga. Toda expresión de religiosidad cristiana ha de tener a Cristo como su centro fontal. No tiene autenticidad una “devoción” a María si no remite a Cristo. No se puede venerar a María sin amar y adorar a su Hijo, de ahí que toda Hermandad ha de ser en todo momento cristocéntrica o no es nada. Pero María nos remite a lo que “él dice”. No se trata de una orientación puntual con motivo de la falta de vino en aquella boda, sino de un mandato maternal a la escucha de quien es “Verbum Domini”, Palabra de Dios encarnada. Esta palabra es imprescindible para todo hombre y mujer. Su contenido trasformaría a la sociedad de inhumana en humana, de insolidaria en solidaria, de esclavizadora en liberadora, de beligerante en pacífica, de clasista en igualadora, de hedonista en austera, de mundana en trascendente.

          La advocación de la Virgen de los Remedios tiene una honda profundidad teológica y devocional. Bien lo saben el pueblo de Olvera y los muchos devotos de la Señora. Un cordón umbilical le unió y le une íntimamente con su hijo. Ella le transmitió su humanidad, su carne y su sangre. Él, por designio mistérico y gratuito de Dios, la hizo partícipe de la esencia amorosa del Dios de amor. Sería en la cruz donde este cordón María-Jesús, por designación de este, quería injertada a la Iglesia, seguidora y discípula del Señor.

          La advocación de Remedios nos introduce en este misterio. Jesús fue remedio sanante de cuerpo y espíritu para muchos. Jesús fue sanador. María es Remedio sanador de males corporales y de carencias espirituales. María es Remedio “ad intra” y “ad extra”. En su interior, porque María está llena de gracia de Dios y la gracia de Dios no es sino el amor que constituye su esencia. Esta gracia-amor es difusiva, participativa, donosa, gratuita. Así que el amor de María a Dios y a sus hijos brota de su corazón maternal trasformado en favores, dones y mercedes que concede y entrega a quienes a su protección acuden. La esencia de Dios se convierte en vivencia y sentido de la existencia terrena. “Cristo pasa por la tierra haciendo el bien”[9], porque es “el bien”, “lo bueno”, la esencia de la “bondad” plena. Con Cristo el amor no es sólo “hacer el bien”, que también, sino “ser bien”, “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Se llega con ello hasta a lo humanamente incomprensible, amar a todos hasta a los mismos propios enemigos. Desde esta esencia se comprende el misterio de la existencia. Todo el amor humano, todo sin excepción, queda iluminado, enaltecido y elevado a una categoría superior.

          Jesús, “Verbo de Dios”; María su “Adverbio”. Como adverbio siempre acompaña al verbo y se impregna de los semas de este, así Dios es amor por esencia; María lo es por donación divina y por seguimiento libre. Esta es la razón del “Haced lo que él os diga”. En esta maravillosa historia de impregnarnos de Cristo y de caminar tras él hundidos en sus huellas, María está siempre junto a nosotros, porque en ella se hace realidad otra de las acepciones de la palabra re-medio, es decir, el remedio por excelencia para seguir al Nazareno. Lo que hagamos en esta vida sólo sirve si estamos injertados a Cristo. De nada sirve la rama de la vid separada del tronco fertilizador. Lo que hagamos, aun dentro de nuestras limitaciones y pecados, ha de llevar la firma de testigo de Cristo, y así estas acciones nuestras son gratificantes y salvadoras porque están bañadas del amor de Dios.

          ¡Qué inmenso gozo para Olvera contemplar cómo durante 300 años ha mantenido encendida la llama del amor devocional a la más bella de la mujeres! En su curtido rostro serrano se goza de la alegría por ella experimentada al seguir libremente el suave guiño de la inmensidad del amor de Dios. Por sus ojos profundos, impregnados de noches verdes de lunas, van desfilando las siluetas de tantos hijos e hijas que durante todo este tiempo se pusieron a sus plantas buscando en ella el Remedio para tantos sinsabores como lo humano conlleva, o para agradecerle los manantiales de gracia que la Madre de la Sierra ha sido dejando caer de su corazón y de sus benditas manos sobre los cantares y plegarias de quienes a ella han ido acudiendo durante tantos años.

          Una voz enfervorecida de amor a María de los Remedios dijo desde la distancia: ¡Olvereños! Sed felices con la Señora. Que nada ni nadie seque el manantial fecundo de vuestra devoción a la Señora del Santuario, ni de vuestro seguimiento a su Hijo Jesús, el Señor. ¡Que siempre Olvera sienta el aire suave y estremecedor de la Madre que jamás la abandonó! ¡Que este aire refresque los momentos difíciles de vuestras vidas y lo sintáis cuando cada día, al llegar la aurora, se encienda el faro luminoso de la Señora de los Remedios, que os guía, os consuela, vela por vosotros y os ama.

         

 



[1]  Número 52 de las Constituciones de la Orden de los Trinitarios.

[2]  A.M.S.B. Actas capitulares. Sesión del 7 de mayo de 1715.

[3]  A.M.S.B. Actas capitulares, Sesión de 27 de marzo de 1715.

[4]  A.M.S.B. Actas capitulares, sesión del 25 de abril de 1715.

[5]  “La española inglesa” (1613) en “Novelas ejemplares. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 1985. P. 279.

[6]  María no es una diosa, sino una hija de Dios encumbrada por la designación y amor infinito de la Santísima Trinidad. El Padre la amó y la escogió y configuró. El Espíritu Santo por amor la fertilizó con su sombra. El Hijo por amor acampó en sus entrañas tomando su carne, su espíritu y su ser. De ahí que uno sea el culto dado a Dios, culto de latría o adoración; y otro el profesado a María, culto de hiperdulía o veneración. Por ello en el siglo IV afirmó san Epifanio: “Sea María honrada. Sean Padre, Hijo y Espíritu Santo, adorados, pero que ninguno adore a María”.

[7]  Hechos de los Apóstoles, 1, 14.

[8]  Directorio sobre la piedad popular y la litúrgica. Principios y Orientaciones. Roma, 2002.

[9]  Hechos de los Apóstoles, 10.


30/03/2016

  LA HIGUERITA DEJADA

 

 

 

 

Una parábola de Jesús de Nazaret. Una viña. Una higuera plantada en ella. No daba fruto. Vino el arrendador y dijo al viñador: “tengo esta higuera sembrada aquí hace tres años. Su finalidad es dar frutos y no los da. Así que a cortarla, para que no ocupe un sitio en balde”. Tal vez el viñador tenía querencia por la higuera y por ello le dijo: “Déjala un año más. Que más te da. La cavaré y le acharé estiércol. Si aún así no da fruto, entonces la cortará”.

¿Qué había pasado? ¿Tal vez el viñador no le había prestado el interés debido? ¿No daba fruto porque no la cuidaba suficientemente? ¿Nosotros estamos atentos a la higuera de nuestras vidas? ¿Damos fruto? ¿O nuestra vida es monótona, no tenemos interés por ella, de manera que no pasamos por ella, sino que ella pasa por nosotros? ¿Tenemos interés constante por crecer cada día aunque sea una pizca?

Los seguidores de Jesús de Nazaret solemos tener fáciles recursos para escaparnos de lo fundamental: leer la historia desde la óptica de Jesús de Nazaret. No valen las palabrerías, ni las filosofías, ni los planes que nunca jamás se realizan, sino lo poquito, lo humilde, el riego diario a la higuera y el estiércol a su tiempo. Sólo eso. Hasta que el Señor venga a recoger nuestros humildes frutos. Si no somos más.

Ojo, que el culto ritual en ocasiones ha servido a muchos de tapadera del egoísmo, la opresión, la explotación y cualquier tipo de abusos contra los demás. Para convertirse y meterse en el camino del Señor hemos de huir del autoengaño y efectuar un cambio de sentido, de estilo de vida, de forma de pensar y actuar. El Señor no quiere, como en los viejos rituales, sacrificios de animales, sino un corazón contrito y humillado, única manera de estar “entrenados” para el dar y darse a los hermanos.

La verdadera conversión no es de formas, formalismos, sino de verdadera libertad y de vivencia de una vida más al estilo de Jesús de Nazaret, más humana, libre y feliz. Convertirse no es sino potenciar unas estructuras que hagan posible la fraternidad, aglutinada por la fe en Dios y la vida sacramental. Dios nos da mil oportunidades. No hasta el año que viene, sino durante muchos años más. Demos frutos de conversión.

Mientras me hago estas reflexiones junto a la orilla, gusto de disfrutar de unos versos de Carolina Coronado:

 

“Si las flores del jardín

mueren, joven, con el día,

también las de mi poesía

muerte igual tendrán al fin

aunque un poco más tardía.

 

De abejas la turba ahora

el ramillete florido

de mis cantares adora;

mas cuando hayan perecido

abejas, arpa y cantora,

tras los años destructores,

¿sabes tú si de esas flores

que hoy brotan mi pensamiento

no se habrá llevado el viendo

hojas, aroma y colores?

 

Más corto o más prolongado

 a todos ha señalado

la suerte en la tierra fin;

muere la flor del jardín

después que la flor del prado,

y aunque un poco más tardía

quiera acercarse la muerte

a la flor de mi poesía,

también de la misma suerte

ha de llegarle un día.

 

Porque otros hombres vendrán

y mi libro carcomido

por acoso no verán,

o de mi ramo querido

las flores desdeñarán.

 

Y marchito, deshojado

como las flores del prado

y las flores del jardín,

con ellas quedarán al fin

mi ramillete enterrado”.

 

 

Buenas noches.


27/02/2016

  QUÉ HERMOSO ES ESTAR AQUÍ

 

 

 

 

 

Me imagino la transfiguración de Jesús como si se hubiese producido aquí, en la orilla de la mar, con la luz del sol ya apagada y la luna henchida de un resplandor siempre nuevo. La brisa de la mar tersa mi piel. El sonido de las solas son un bálsamo para los caminantes. ¡No hay lugar mejor! Aquí en el silencio es donde se produce el paso de Dios, de un Dios que te sobrecoge en la oración, tranquila, pacífica, silenciosa, donde realmente está Él.

          Con Él aquí todo aparece transformado. El primero, Él, con su rostro cambiado y sus ropas relucientes y brillantes. Y los grandes personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, hablando y hablando de la inminente muerte que se iba a producir en Jerusalén. Qué maravilla, todo transformado en Cristo. La creación realizada. El odio ausente, la solidaridad entre todos los hombres hecha una realidad, la corrupción lavada por la justicia, la injusticia carente de palabras huecas, los pobres y marginados de la sociedad en el centro de un mundo nuevo. A la luz se llega a través de la cruz y a la vida real a través de la muerte.

          ¿Qué lección surge del rostro transfigurado de Cristo? ¿De sus ropas resplandecidas? ¿Qué sabiduría llena el corazón del hombre? No, Pedro, tus palabras no son las precisas: “Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. La verdadera sabiduría no está en la unicidad, sino en la pluralidad, la pluralidad de Dios: “Este es mi hijo, el escogido; escuchadlo”. La llamada a la escucha del hijo amado no es sólo para una persona, ni las chozas son sólo para tres, es una llamada universal para todos; es una llamada de misericordia que llega al corazón del hombre más humilde, y es una llamada liberadora.

          Sí, liberadora en la misericordia de Dios, por eso dirá Pablo a los Filipenses: “Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas. Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos al salvador. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo”.

          Y las olas van y vienen en la sonrisa de la noche. Cristo es el único capaz de transfigurarlo todo. Señor, cómo te ansía la creación entera para que un día llegue ese cambio capaz de transformar la humanidad en sobrenaturalidad, los odios en ternuras y la división en unión. Así lo cantó el poeta García Lorca:

 

Compadre, quiero cambiar

mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta.

Compadre, vengo sangrando,

desde los puertos de Cabra.

Si yo pudiera, mocito,

este trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo.

Ni mi casa es ya mi casa.

Compadre, quiero morir

decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda.

¿No veis la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?

Trescientas rosas morenas

lleva tu pechera blanca.

Tu sangre rezuma y huele

alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo.

Ni mi casa es ya mi casa.

Dejadme subir al menos

hasta las altas barandas,

¡dejadme subir!, dejadme

hasta las verdes barandas.

Barandales de la luna

por donde retumba el agua.

 

 

Buenas noches.


19/02/2016

Desde el 4 hasta el 6 de un total de 72
«« Primera | « Anterior | 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | Siguiente » | Última »»