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  CRISTO, NORMA DE LA HISTORIA

 

 

 

 

Para que la persona de Cristo pueda convertirse en norma de la historia, no es suficiente el que haya llevado una existencia terrena y que en ella haya cumplido a la perfección la voluntad del Padre. Esto sólo indicaría una inalcanzable altura moral, quizás digna de imitación, pero sólo eso. Para que Cristo se convierta en norma de la historia, norma interior e inmediata, se requieren otras condiciones que tocan a la realidad misma de Cristo. Hay que descubrir la base desde la cual la existencia histórico-individual  de Cristo pueda universalizarse, para, de esta manera, convertirse en norma para cualquier otra existencia individual.

 

Quien produce este fenómeno de la universalización  es el Espíritu Santo.

“Pero cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, os guiará

hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino

que hablará de lo que oyere y os comunicará las cosas venideras.

Él me glorificará , porque tomará de lo mío y os lo dará a

conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío”.

                                              Jn. 16,13-14.

 

Es el Espíritu quien acuña la historia, haciendo de Jesús su centro, y convirtiéndolo en la  norma que se hace universal y válida para todo momento histórico. No se trata, sin embargo, de una nueva revelación, sino de una acción salvífica que la abre en profundidad y le da una dimensión nueva, válida para cada momento de la historia. Este énfasis que se pone en un momento puntual de la historia, con el objetivo de darle un valor de significación para toda la historia, contiene varios momentos distinguibles y esencialmente enlazados con el Espíritu Santo.

 

Los cuarenta días después de la Resurrección pertenecen tanto a su tiempo terrenal como a su tiempo eterno. Jesús no es un espíritu, sino que tiene carne y huesos, se puede tocar, come con sus discípulos. Su tiempo tampoco es un tiempo de espíritu. Su tiempo de resucitado no está vuelto de espaldas al nuestro, sino que tiene con él una relación de continuidad; pero con una característica altamente significativa, y es que este tiempo ya no es tiempo ni de padecer, ni de merecer. No es ya tiempo de esclavitud, sino de soberanía.

 

“A estos mismos, después de su pasión, se les presentó

dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles

durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo

referente al Reino de Dios”.

Hechos 1,3.

 

Cristo se presenta y, con Él, presenta a todo el Reino. Él, con su presencia aquí y ahora, es el cumplimiento de todo pasado, al que hace a la vez presente en su cumplimiento. Este Cristo que explica en los cuarenta días su vida vivida en la tierra, e introduce su vida venida en la iglesia, por medio del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, es el mismo que ha sido antes de su pasión en la tierra.

 

En la vida de Cristo está latente el Antiguo Testamento, pero a la vez hecho verdaderamente presente. Cada momento de su vida es algo más que Él mismo. Cada momento salta por encima de la instantaneidad para convertirse en un presente de todo lo cumplido; de esta manera, el tiempo se eleva al nivel de la eternidad. Lo que Jesús revela en estos cuarenta días  es que lo que antes, aunque existente, estaba oculto, ahora se manifiesta en Él con plena realidad.

 

En los 33 años de la vida de Jesús se pone el acento en la “cosa”, en la anécdota, en la cronología de los sucesivos instantes; ahora, en los cuarenta días, lo que se acentúa, y esto por acción del Espíritu, es la universalización de la cosa. Es el profundo, pero maravilloso, misterio de la existencia del sobretiempo en el tiempo, de la contemporaneidad del ayer con el mañana, de la luz con la noche, de lo terreno con lo divino. Es vivir con la inmediatez de lo que vivimos la eternidad  de lo que viviremos. Es la mística vivencia de presencia y ausencia al mismo tiempo plenamente tan vividas como inalcanzables.

 

El segundo grado de la universalización llevada a efecto por el Espíritu es lo sacramental. La presencia que tuvo Cristo con los suyos vuelve a repetirse en cada momento histórico en los sacramentos. La diferencia está en que en los cuarenta días está presenta de manera manifiesta, mientras que en los sacramentos es de una manera oculta, de manera sacramental. Sin embargo, las relaciones y conexiones entre ambas presencias son muy estrechas. Antes de la cruz se patentizaba presentándose físicamente; después de la cruz, sólo es visible para quienes creen en Él, para aquellos a los que Él lleva al camino portentoso de ver y sentir y amar lo que otros no llegan a alcanzar, ni por supuesto a aceptar. Y en este proceso es el Espíritu Santo el que concede el don de la fe, para que los hombres de buena fe vean al Hijo en su presencia en los sacramentos, y en ellos encuentran la liberalización de toda clase de cadenas, materiales, físicas y espirituales.

 

Es cierto que los sacramentos tienen una realidad física, personal, histórica y temporal, que es la realidad que el sacramentado vivencia. Pero estos sacramentos son signos de la realidad profunda, interior, mística, que se produce en su interioridad. Cristo, sacramento del Padre, se hace coetáneo con el creyente y le ofrece  la posibilidad de llegar a ser semejante a Él, a Él que asumió en toda su plenitud la existencia terrena.

 

Ambos tiempos, el de los cuarenta días y el sacramental, tienen una clara y profunda orientación escatológica. Ambos son un anticipo vivenciado de la eternidad. Los cuarenta días abren el camino sacramental, dándole un claro sentido escatológico. Y es el Espíritu Santo el que realiza las presencias sacramentales, es el que llena el vacío expectante con el contenido infinito.

 

La vida del seguidor de Cristo no queda reducida ni a lo individual, ni a lo personal. Es una llamada a la universalización y a la difusión. Se ha de extender la vivencia del vivir de Cristo a toda la vida eclesiástica y cristiana. Es un fenómeno imprescindible y que completa a los anteriores. Sin este tercer grado de universalización los dos anteriores quedarían radicalmente incompletos. El cristiano no sólo encuentra al Señor en los sacramentos, sino que se hace uno con Él en la vivencia de su mandato y su ley. Ese mandato se convierte en su máxima universal de vida. La fe lleva al mandato de Jesús, y su cumplimiento lleva a la plena confirmación de la autenticidad de la fe.

 

Diría que Jesús reduce la cantidad de ley del Antiguo Testamento, y da a su ley una calidad nueva. La ley abstracta del Antiguo Testamento se concreta en el “amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn.15, 21) del Nuevo. Este es el imperativo que llevó a los apóstoles a su tarea evangelizadora, que tenía dos caras inseparables, vivencia y predicación. No hay duda de que esta tarea tiene un fuerte componente de opción individual, por lo que fácilmente los seguidores, considerándose seguidores e incluso actuando de buena fe como tales, pueden perder el norte, y creerse tras los pasos del Maestro, cuando en verdad siguen un caminar errado. Y es precisamente en esta encrucijada donde se hace imprescindible la acción del Espíritu Santo.

 

Por tanto la norma, la que da sentido a la sincronía de cada creyente y a la diacronía de la marcha de la comunidad de los creyentes en Jesús, no puede ser la buena intención, ni una mera consideración ética universal, ni el seguimiento ciego en los “santones”, que se consideran en posesión de la verdad y de los principios y actuaciones por los que ha de regirse cada momento histórico.

 

Esa norma tiene ser divina en sí misma y, al mismo tiempo, esencialmente personal, por que la sintonía que se impone tiene que ser personal. Tal norma sólo puede ser el Espíritu, un Espíritu que, aunque esté siempre donde quiere, no dice nada por sí, sino que manifiesta solamente quién es el Señor. Este Espíritu actúa desde dentro de la historia manifestando su norma, haciéndola comprensible y amable.

 

“Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la

verdad  completa; pues no hablará por su cuenta, sino que ha-

blará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir.

Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío, y os lo comunicará

a vosotros”.

 

(Jn. 16,13-14)


24/02/2016

  MÁS ALLÁ DE LA HISTORIA

 

 

 

Dios, llevado de un gran amor al hombre, se le ha revelado por medio de su Palabra en la historia, al igual que también se ha revelado un poco más indirectamente  por la historia, por medio de las actuaciones que Él ha ido teniendo a través de cada momento histórico. La reflexión del hombre sobre el misterio histórico le ha llevado a las más antitéticas posiciones, desde una teologización  de la historia hasta una materialización de la misma. Me centro en la primera de las actitudes.

Los judíos cuentan el tiempo histórico a partir de un comienzo, la creación, pero orientado ya desde el primer momento hacia un acontecimiento futuro que se constituirá en el centro, la venida del Mesías, hecho que constituirá una línea divisoria de la historia, partiéndola en dos mitades. Queda patente que esta concepción bíblica de la historia está fundamentada en la promesa y en su realización, pero enfocadas las dos y en todo momento hacia Cristo. Así la historia está íntimamente ligada con la economía de la salvación. Será Oscar Cullmann el que escriba:

            “La historia de la salvación hasta Cristo se desarrolló como una reducción progresiva: la humanidad –Adán–, el pueblo de Israel, el resto de Israel, el único, Cristo. De esta forma, la historia alcanza su centro, pero así aún no ha recorrido su curso completo. Ahora es necesario invertir el proceso en tal forma que los muchos representen al Uno, y así hasta la segunda venida de Cristo”.

(Koenigaherrschaft Chriristi und Kirche in neuen Testament, Zollicón-Surizo, páginas 35 y ss).

La historia es asimismo considerada como un tiempo de prueba, de preparación para la separación entre el trigo y la paja. La pretensión bíblica de dotar de una importancia cósmica a un grupo insignificante de judíos puede parecer ridícula, pero se ha de tener en cuenta que la interpretación cristiana de la historia tiene un sentido con la aceptación del misterio maravilloso de Cristo, para lo que necesita de la fe, manifestación del amor que Dios tiene al hombre. La historia, así considerada, no es ya una serie de acontecimientos más o menos trabados entre sí, sino que, detrás de estos acontecimientos, está la mano de Dios, que es la que les da sentido, la que los unifica. De ahí que la importancia de unos personajes, como Herodes o Pilatos, por ejemplo, se determina, no por sus meros actos o posiciones, sino más bien por su función en el designio divino. Esta concepción bíblica de la historia es sobremanera optimista, y es capaz de ilusionar al que cree en ella, llenándolo de una fe y una esperanza incalculables.

Karl Löwith, sin embargo, afirma que las palabras de Jesús contienen solamente una mera referencia a la historia del mundo, separando estrictamente lo que debemos al César de lo que debemos a Dios; línea que seguirá, según él, el mismo Pablo, pues, si bien elabora una teología de la historia por haber entendido la sucesión de los gentiles como una consumación de la historia religiosa de los judíos, sin embargo tampoco se preocupará para nada de la historia profana. Creo, sin embargo, que, tanto para Cristo como para Pablo, la historia profana no pierde importancia ni mucho menos, sino que está metida dentro de un todo, en el que recibe su sentido y posición. Así interpreto las palabras paulinas: “pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8, 22-23).

San Agustín desarrolló la teología de la historia en dos niveles contrapuestos de historia sagrada e historia profana, separadas por principio, aunque alguna vez coincidan. Todo el esquema de sus obras tiene como meta el adivinar a Dios en la historia, en cada uno de los acontecimientos, teniendo presente (en esto se diferenciará de Hegel) que esta historia permanece completamente distinta de Dios, siendo Él el señor y dueño de la historia y de cuanto en ella acontece. La historia tiene referencia a un comienzo absoluto y a un fin, realidades ambas que no tienen sentido en sí mismas, sino en la referencia de la historia que comienzan y terminan; y hay en ellas un acontecimiento central, que es la venida de Cristo.

En la historia así concebida surge un conflicto entre dos realidades antitéticas: la “Civitas Dei” y la “Civitas terrena”. Esta última es fundada por Caín, el fratricida, el ciudadano de este siglo, el que ha perdido el concepto de peregrinaje, características todas que recibirá la “civitas terrena”. La “civitas Dei”, sin embargo, recibe alegóricamente su manera de ser de su fundador el justo Abel, el hombre que vivía en este siglo, pero siendo peregrino hacia una meta no terrena. San Agustín, acentuando esta concepción de la “civitas Dei” como peregrinaje, llegará a afirmar que el progreso no es más que un peregrinaje. Con esto, sin embargo, no aboga por una separación angelista del mundo, sino por un sentido muy claro de la meta, y, teniéndola muy clara, se está también en la obligación de aprovechar los acontecimientos profanos, teniendo en cuenta su utilidad relativa para el servicio del propósito trascendente de la construcción de la casa de Dios. Esto lo llevará a considerar la historia  como una especie de lucha entre la fe y la falta de ella. En esta “civitas Dei” peregrinante Dios actúa, pero, sin embargo, según San Agustín, su intervención excede nuestra comprensión y su providencia (¿”Ardid de la razón” de Hegel?) predomina sobre las intenciones de los hombres, hasta el punto de que la pedagogía decretada por la divinidad actúa principalmente por medio del sufrimiento.

Con esta visión de la historia de San Agustín, se patentiza que lo que puede suceder de ahora al final es inapreciable, si se le compara con las alternativas de aceptar o rechazar a Cristo y a su redención; por ello lo digno de conseguir no es una grandeza transitoria, sino la salvación en el mundo futuro. Bossuet realiza un nuevo planteamiento a la teología de la historia agustiniana. Acentúa la relativa independencia de la historia profana y su correlación con la historia sagrada. Tiene un mayor sentido histórico del esplendor de la historia política y un mayor interés en la sucesión pragmática de causas y efectos. Es más hombre de iglesia que san Agustín. Su trabajo, más que una ciudad de Dios es una historia de la iglesia triunfante. Él afirma que la historia está  guiada por la providencia divina. Esta teoría él la considera como el valladar más poderoso contra la inmoralidad: “Han deseado sacudirse el yugo de esta providencia al objeto de mantener, en independencia, una libertad indócil que los mueve a vivir según su capricho, sin temor, disciplina, ni restricción de clase alguna”.

(“Sermón sur la Providens”, en “Sermons choisí”).

Sigue afirmando que, si intentamos alejarnos un poco y contemplar la historia desde una mayor distancia, a los ojos de la fe aparecerá con un mayor sentido, y de esta forma “todas las iniquidades serán corregidas y veremos sólo sabiduría donde antes vimos desorden”, máxime cuando el plan de Dios es eterno, y no debemos impacientarnos al considerar la confusión de los asuntos temporales.

Para Bossuet, la forma más clara de la providencia de Dios es la elección del pueblo judío, constituyendo como una especie de centro, alrededor del cual las historias de los demás pueblos pueden alcanzar significado. Para entender cristianamente la historia, afirma Bossuet la necesidad de la vida y la muerte de Cristo, el doliente servidor, de la cruz, marca de elección, y de la fe; aunque no una fe considerada como un mero asentimiento descansando en una certeza objetiva, sino más bien como una adscripción, riesgo, valor e impaciencia. 


14/02/2016

  No tengáis miedo

 

 

 

 

 

 

Las Hermandades y Cofradías son una expresión de religiosidad popular tan antigua como importante. Si bien sus orígenes son anteriores, emergen con plena fuerza en el siglo XVII, el siglo del Barroco. Las Hermandades de Gloria, tan antiguas como las otras, girarán en torno a los gremios medievales, que, buscando el amparo de la trascendencia, designan patrono o patrona a algún santo, o a la Santísima Virgen en algunas de sus advocaciones, en muchas ocasiones relacionadas con lo pretendido, o con el nombre del lugar en el que la devoción emerge.

          Las Hermandades Pasionales nacerán en torno a la profunda devoción a la cruz y a la sangre de Cristo en ella derramada, así como ante el dolor de María su madre. Se denominaban Hermandades de Pasión, no sólo por la representación del misterio de la muerte de Cristo, sino porque por ella y a su imitación, los cofrades hacían penitencia, y en no pocas ocasiones muy duras,  con cadenas, flagelos, cilicios, cruces, etc. Veían en ello una manera de mímesis o imitación del dolor pasional de Cristo, así como una remisión de los propios pecados.

          Pronto, además de sus objetivos fundacionales, la Hermandad adquirió caracteres pastorales de catequesis o evangelización en la calle con las salidas procesionales, con las que se pretendía dramatizar plásticamente la pasión de Cristo y el dolor de su madre. Curiosamente, está documentado que las imágenes dolorosas iniciales de la Virgen eran todas denominadas “Virgen Dolorosa” o “Virgen de los Dolores”. Posteriormente, la religiosidad popular, o la piedad de fieles o eclesiásticos, irían creando las diversas advocaciones pasionales de la Santísima Virgen.

          Es de verdadera documentación histórica que estas diversas finalidades traerían un cierto enfrentamiento, o desencuentro, entre cofrades y clérigos; casi siempre generados porque los unos pretendían ocupar el lugar de los otros, o viceversa. Los cofrades subrayaban y priorizaban lo que para ellos era fundamental, lo externo, lo periférico, lo “cofradiero”, mientras que los clérigos, ante ello, pretendían “clericalizar” la Hermandad, imponiendo sus criterios. Lo cierto es que históricamente la trayectoria de las Hermandades está jalonada de una extensa galería de conflictos entre los unos y los otros, cuando ambos, no solamente son imprescindibles, sino complementarios en toda Hermandad.

          Veamos. Una Hermandad es una Asociación de fieles dentro de la Iglesia. Sus elementos son evidentes. HERMANDAD, o Cofradía (con-frater > con el hermano) viene a indicar el punto fontal y final de la misma: la comunión en el amor trasmitido por Cristo, diciendo y haciendo. Finalidad, por tanto, de toda Hermandad es la vivencia y el testimonio de la identidad radical del cristiano: amar, amar y amar, en todas sus vertientes: comprensión, diálogo, tolerancia, solidaridad, apertura, ayuda mutua, respeto, opción indiscutible por los más necesitados (los mártires de cualquier tipo de pobreza, los enfermos, los despreciados, los marginados, los incomprendidos, los ninguneados). Este amor no es un mero amor filantrópico, que también, sino un amor que arranca y se vive con Cristo y como Cristo. Una Hermandad sin amor es una flor seca en un jarrón del pasado.

          ASOCIACIÓN DE FIELES. El cristianismo no se centra en el “yo”, sino en el “nosotros”. No es “Padre, mío; dame mi pan para hoy”, sino “Padre nuestro, damos nuestro pan de cada día”. No somos individualidades desérticas y autorreferenciales, sino grupo, comunidad, cuerpo en el que todos los miembros son necesarios y encuentran su razón de ser en el todo, en los otros. Por ello, en una Hermandad se ha de priorizar el espíritu y la vivencia comunitaria, no sólo físicamente, promoviendo encuentros y juntas, sino, lo que es esencial, espiritualmente, haciendo viable el conocimiento entre sí de todos los hermanos y hermanas. Estos han de ser los “fieles”, por cuanto que es la fe en Jesús de Nazaret, imagen visible que nos lleva al Padre, la savia que recorre enriqueciendo la HERMANDAD. Y esto se hace realidad SIENDO IGLESIA. La Iglesia no es para estar en ella, con presencia pasiva o vergonzante, sino para ser en ella, con actividad ilusionada e incansable.

          La Hermandad, así vivida, no resulta un recuerdo, más o menos fosilizado del pasado, ni una mera expresión rica en arte y fecunda en belleza y en costumbrismo. Es más, mucho más. En todo momento, en las Hermandades hubo integrantes que supieron dar respuesta a los interrogantes y problemas de sus convecinos, como también los hubo, justo es proclamarlo, que pasaron y pasan por ellas como un mero socio aficionado, sin adentrarse jamás en realidades más profundas. La Hermandad de ayer cumplió su función. La de hoy tiene retos nuevos.

          El mundo ha cambiado. La sociedad ha cambiado. No vale hacer comparaciones de bondades o maldades, sino sólo constatar esta realidad. Observamos perplejos cómo se van agitando las diferencias entre unos y otros. Los ricos cada vez más ricos; los pobres, al borde mismo de la hambruna y la marginalidad. Pueblos contra pueblos, clases contra clases, partidos políticos contra partidos políticos, epidemias, catástrofes naturales o provocadas por los hombres de raíces podridas, persecuciones, cultura de la muerte, globalización del desinterés y de la carencia de la más elemental solidaridad humana, odios. Parece que ha emergido en estos tiempos recios, con toda su actualidad, la frase del filósofo: “El hombre es un lobo para el hombre”.

          A todos esos problemas se han de agregar las consecuencias que conllevan. La pobreza se ha enseñoreado de nuestra sociedad. La corrupción ha tomado impunemente carta de ciudadanía en cualquier clase de poder. La seguridad se ha resquebrajado debajo de los pies de los más desprotegidos. Muchas personas viven con el miedo anidado en sus corazones, se han quedado sin futuro, atrapadas en un presente dislocado. A los jóvenes se les ha traicionado secándoles el árbol de la esperanza. El futuro para muchos de ellos no existe; este es una puerta cerrada a sus ilusiones y proyectos.

          Ante este cuadro negro, pero real ¿cuáles son los retos de una HERMANDAD nacida de la fe y encuadrada dentro de la Iglesia? Lo veo muy claro. Urge limpiar el verdadero rostro de Jesús de Nazaret, para que hombres y mujeres descubran la faz auténtica del Nazareno, amor encarnado del Padre, “que pasó por la vida haciendo el bien”. Si no estamos agarrados a Cristo, enamorados de él, nuestras Hermandades carecen de solidez y de garantía de trascendencia.

          Hemos de escuchar a Jesús, familiarizarnos con su presencia, tomar como la principal regla de nuestra vida y de nuestras Hermandades lo por Jesús proclamado y realizado. Sus palabras son el faro luminoso y ardiente que nos marca el camino. “No tengáis pánico” ante la que está cayendo. Ser sembradores de esperanza; servidores de todos los que más os necesiten; testimonios vivientes de un mundo justo, de una sociedad nueva e igualitaria, de una austeridad humanizadora, de una fe comprometida. “No tengáis pánico”. Que la Hermandad sea para todos una palanca que os lleve al sentido trascendente de la vida, que os descubre la ternura y misericordia del Padre, que os transforme en con-creadores de una nueva humanidad y de una naturaleza respetada y fecunda. “No tengáis pánico”. Pobres, pero ricos en Dios; pecadores, pero asidos a la ternura del Dios de la misericordia; limitados, pero con las “palabras de sabiduría” para denunciar todo lo que impide la libertad y el bienestar de toda criatura. “No tengáis pánico”. ¡Ah!... y “A trabajar con tranquilidad”.

 

          


12/02/2016

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