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  CAE LA LLUVIA

 

La lluvia es deseada en ocasiones; maldecida, en otras. Depende del color de los intereses de cada cual. No obstante, una lluvia torrencial resulta dañina. Destroza. Arrastra. Cuando arranca, sus efectos son evidentes. Una llovizna, una lluvia meona, que cae como acariciando la tierra, es bien vista y mejor venida, porque su lento caer penetra y fecundiza la tierra.

 

          En nuestra sociedad actual las noticias, los mensajes lanzados al aire como antesala de los acontecimientos, los ataques verbales, el griterío, la agresividad, las medidas adoptadas precipitadamente, los comportamientos de algunos políticos y dirigentes sociales, demuelen los pilares de los valores-patrimonio de la humanidad, los arrastran y destruyen. No obstante, la ciudadanía de buena voluntad está avisada, huele el vientecillo que anuncia la tormenta, y está harta de estar harta. Tras la tormenta, quedan al descubierto la infecta letrina de la corrupción de algunos políticos y dirigentes sociales, el fétido aliento de palabras siempre envueltas en oscuros papeles de mentiras, las nauseabundas mediocridades, las legislaciones que no tienen como centro la protección de lo más noble de la creación, el ser humano y su entorno.

 

          Pero hay otra lluvia que el mezquino de nuestros días sabe utilizar maquiavélicamente desde sus más variopintas poltronas; es la llovizna, la lluvia meona, la calabobos. Es la lluvia ideológica que, con intereses bastardos, se va lanzando premeditadamente, envolviéndolas con apariencia de casualidades, cuando su interior es de causalidades. Se sabe que, generadas las causas, se podrán conseguir los efectos. Es esa lluvia calabobos que intenta implantar un enseñanza que impide la educción de los más nobles instintos humanos (la libertad, la paz, la verdad, la solidaridad, el espíritu de rebeldía contra la mentira y la corrupción, el sentido crítico, el valor de la disciplina y del esfuerzo intelectual), no potenciando (pretendidamente o no) la eliminación de vicios que, a la postre, se revertirán contra la sociedad y los seres humanos: el pensamiento único, la intolerancia con el distinto, la mentira como instrumento vital, el aislacionismo prepotente, los atentados contra la vida, la consideración de la familia como una institución obsoleta y facha, el borreguismo claudicante, el amor como un mero acto biológico o como una simple necesidad corporal, la eliminación de los instrumentos básicos de toda formación -como el esfuerzo y el trabajo personal-, y la corrupción asentada en la degradante filosofía del “taco de pazné”).

 

          Esa lluvia calabobos va filtrando a través de algunos medios de comunicación social, de algunos intelectualotes lacrimógenos del tres al cuarto, de algunos sembradores de negatividad y de mensajes apocalípticos, una pseudocultura que potencie, alargue y mantenga los pilares en los que se fundamenta, en cada momento, la posesión del poder absoluto, único objetivo por el que se es capaz de morir en el empeño. Una cultura asentada en la construcción y mantenimiento de mitos, en la invención de fantasmas, en la distorsión de la historia, en el amordazamiento de la verdad, en el triunfo de los mediocres, en los premios a los lameculos; una cultura que, en aras de una búsqueda, ficticia y tramposa, de una modernidad y de un progreso etéreos, sacrifica en el altar inquisitorial de la nueva maquinaria de los tiempos nuevos, a quienes no piensan de la misma manera, o simplemente piensan; a los disidentes ideológicos; a los que no venden su dignidad por un plato de lentejas; a los que se mantienen inconmovibles en la defensa de que el gran valor de la creación es el ser humano; a quienes piensan que lo mejor que puede haber para el mantenimiento de una verdadera democracia es que esta goce siempre de la oposición constructora de los intelectuales. Los intelectuales, siendo limpios, críticos y honrados, garantizan el bien común de la res publica. Los lameculos, los correveidiles, los estómagos agradecidos, los que ríen las gracias del “señorito” de turno, los chaqueteros, los tránsfugas, los corruptos… son, a la larga y a la corta, la más demoledora polilla del árbol de la democracia y del bien común.

 

          Sí, cae la lluvia. Abro el paraguas, no vaya a ser que la llovizna, por muy superficial que sea, me vaya calando hasta metamorfosearme en un bobo-calado. Prefiero empaparme de las palabras del poeta Makele Wollo:

 

No se trata de enjugar una lágrima, lo que se hace pronto.

Ni de sentir un poco de misericordia, lo que es demasiado fácil.

Se trata de ser conscientes y de no contentarse con vagar

de aquí para allá preocupados por nuestra particular puerta del paraíso.

Se trata de rehusar a seguir en la siesta suave y placentera,

cuando todo clama y se desespera a nuestro alrededor.

Se trata de NO aceptar ser felices SOLOS.


25/11/2009

  UN MOMENTO

Contó Miguel de Unamuno en su epistolario que, al preguntársele cuál era su actitud ante el momento de impartir una conferencia o disertar en una clase, contestó: “Nada de información. Me llevo a mí mismo y basta” (Ep. II, 305).

 

Como pretendiendo no quererlo, contemplo las sombras que veo entre rejas, me las llevo al rincón de mis harapos relucientes, y allí las acojo, colecciono, canto y sueño.

 

Las hay de habladores de postín, de escritores de premios apergaminados, de gente de muchos posibles, de embadurnados rostros televisivos, de salvadores de las más difíciles circunstancias, de leguleyos de lo ajeno… y no sé cuántas cosas más.

 

Las miro con ternura, me cercioro de sus esqueletos con un tacto, tan escrutador como solidario; me hago de sus aromas rancios, de sus sonidos huecos, de sus formalidades invisibles para el mundo. Rompo el maridaje. Sólo son accidentes fatuos un día encontrados. Transmuto para siempre mis fidelidades preconcebidas.

 

Antes de tirar por la borda de la existencia el sosiego interior, antes de sentirme receptor de tanta vaciedad fatua, antes de sentirme asido por laocónticas manos atrapadoras, me doy al pensar de don Miguel de Unamuno. Hoy, don Miguel, de hacer lo que usted, algunos se partirían de rubor y risa, porque, descorrido el telón de muchas intimidades de las sombras, se hallaría “nula información”, y dentro de los “sí mismos” nada de nada.

 

Publicado en el MAGAZÍN CULTURAL DE SANLÚCAR, n. 11,

de la “Fundación Domínguez Lobato”.

Arte, Literatura y Flamenco en Sanlúcar.


17/11/2009

  PADRE CARRETO O LA VIDA COMO GOZO

 

Los recuerdos de niño son los que nunca se olvidan, máxime cuando se reafirman ya de adulto, máxime cuando se comentan mil veces con aquellos con quienes los viviste, y máxime cuando tales recuerdos forman parte de la conciencia de un sector del pueblo. El padre Juan Carreto Aparicio, por los inescrutables misterios de la existencia, ya en vida, y durante un largo periodo de ella (una década), pasó de la presencia física a la ausencia, primero mental y posteriormente física; de la viveza de su mirada, siempre pícara y sorpresiva, a un mirar sin norte; de sus palabras chispeantes y ocurrentes, al vacío de la incoherencia. Todo ello como consecuencia de los demoledores efectos de la enfermedad del alzheimer. Hace sólo unos días se descorrió el telón que ponía fin a su existencia terrena.

 

          Para quienes lo conocimos, respetamos y amamos, su trato y su conocimiento dejó en nosotros un reguero de admiración. Juan Carreto no fue creado para ningún trabajo sistemático y programado, lo fue para vivir intensamente la vida y para hacer participar a los suyos de su particular carisma. Diría que fueron tres los pilares de esta:

 

          Por encima de todo, el sentido lúdico de la existencia. Su fe en Dios le llevó a sentirse, en todo momento, cobijado, amparado y libre, esencialmente libre. No fue don Juan hombre atado ni condicionado por nada ni por nadie. Fue siempre libre como un pajarillo del campo. Esta radical libertad le hacía no amilanarse ante nada ni ante nadie. Sus palabras salían con tanta claridad como espontaneidad, si bien, por duras que fuesen en algún momento, las sabía impregnar de un tono humorístico que a todos hacía sonreír. Se reía de todo, a todo encontraba el lado lúdico, comenzando por sí mismo. Hombre de brillante oratoria y de portentosa memoria -era capaz de recitar y de dramatizar gran parte de los textos de autores clásicos, en los que era verdadero experto, como profesor que había sido de lengua latina-, jamás hizo alarde de nada de ello, sino para reírse de sí mismo y alegrar a los demás.

 

          Juan Carreto, en segundo lugar, siempre tuvo, sin esfuerzos postizos ni añadidos de virtud hipócrita, una actitud de perenne infancia. Su sintonía con los niños era total, pues todo cuando emanaba de él lo hacía próximo a estos: su mirada, sus bromas, su cuerpo pequeño y enclenque, sus juegos, sus carreras correteando con ellos. Ser niño en Juan Carreto era tan natural como la salida del sol al amanecer. Era… y punto. Sin más reflexiones ni divagaciones. Lo que era… era. Cual un niño, Juan Carreto disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida. Nunca entendió ni pretendió ningún tipo de grandezas. En las aguas en las que nadaba a pleno gozo era en la de la gente humilde, gustándole afirmar de sí mismo que era “un cura rural, agreste y montuno”, porque, eso sí, dominaba como nadie la riqueza semántica de las palabras. Encontraba en ellas los significados más recónditos, y siempre terminaba gozando de sus más pícaros y lúdicos significados.

 

          Detrás de todo ello no había una persona superficial o indolente. Todo lo contrario. Observé, en muchas ocasiones, en tercer lugar, su radical desprendimiento, su pobreza vivida con tal alegría que convencía de que nada extraordinario hacía falta para vivir. Consciente de que nada habría de faltarle, de todo se desprendía. Nunca tuvo absolutamente nada superfluo, ni tan siquiera necesario. Lo mismo daba su escasísima ropa a quien la necesitase más que él, que las escuálidas pesetas que percibía. Meses hubo en los que, teniendo en el bolsillo de su sotana el sobrecillo con las pesetillas de su nómina, sin haberlo tan siquiera abierto, lo daba en su totalidad a quien le expusiese las necesidades que estaba padeciendo.

 

Juan Carreto pasó por la vida disfrutando de las más pequeñas cosas, de las cosas más insospechadas. Todo era para él motivo de gozo. Los niños que íbamos a Bonanza, una de las diversas veces en que fue párroco de aquella barriada sanluqueña, volvíamos, tras habernos divertido con el padre Carreto, tras habernos reído con sus ocurrencias, tras haber contemplado su generosidad, como salíamos del Teatro Principal después de las funciones infantiles de los domingos, queriéndolo imitar, como deseábamos hacer con los héroes que nos plasmaban en las películas. Con Juan Carreto se nos fue un maestro, un sacerdote de bien, un amigo fidelísimo, y una persona irrepetible. Creo, Juan, que seguirás, desde una ventana de la inmensidad del Dios a quien tanto gusta el estilo de vida que adoptaste, riéndote socarronamente de tanta inconsecuencia y de las estupideces de las que, con demasiada frecuencia, nos revestimos los humanos. Mira lo que un día escribiera tu paisano, Rafael Alberti:

 

Humo. Niebla. Sin forma,

saliste de mi cuerpo,

funda vacía, sola.

 

Sin herir los fanales

nocturnos de la alcoba,

por la ciudad del aire.

 

De la mano del yelo,

 las deslumbradas calles,

humo, niebla, te vieron.

Y hundirte en la velada,

fría luz en silencio

de una oculta ventana.

 

          Pues no, no me refiero a cuando algunos niños nos íbamos contigo a coger frutas de los árboles que, por supuesto, no eran tuyos, pero como si lo fueran por el cariño que te tenían todos y por lo que se reían de tus “cosas”, y, sorprendidos por la pareja de la Guardia Civil, al grito de “bajen inmediatamente”, tú lo hacías el primero, luciendo tu sotana negra con el alzacuello guardado en el bolsillo de la misma, escuchando las palabras de aquellos sorprendidos guardias: “Pero, don Juan, cuando quiera usted frutas, pídalas, que se les darán para usted y para los niños”. Y tú respondías, ante la carcajada generalizada: “Si, ya lo sé, pero entonces no nos divertiríamos tanto, y a los niños hay que enseñarles a reír”.


11/11/2009

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