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  LA VÍBORA Y EL PIE DESCALZO

Desde siempre existió en la desembocadura del Guadalquivir un temido obstáculo: la barra. Un montículo de rocas y otros elementos sobre ella asentados que, a la sombra del choque de las aguas de la mar y del río, esperaba, como víbora letal y traicionera, la proximidad de bajeles y navíos que, desde el Nuevo Mundo, pretendían arribar al puerto de Barrameda para, desde él, acceder al gran puerto de Sevilla. Centenares de naves fueron destruidas por las rocas y quedaron en el cementerio de barcos anidados junto a la barra. Otros consiguieron superar el obstáculo y, “heridos”, arribar al puerto de Barrameda. Producida la desgracia natural, se generaba el pillaje y saqueo de lo que quedase en tales navíos. Las autoridades se reactivaban. Aleccionaban a la gente entregada a las cosas de la mar para que acudiesen en ayuda de los damnificados. El clero llamaba a la ciudadanía, desde la misa mayor de la Iglesia de Santa María de la O, a que acudiesen al rescate y traslado de los supervivientes, y recordaban la inmoralidad de quienes aprovechasen aquella calamidad para dedicarse al pillaje y medro propio.

 

          Todo era en vano. Si bien algunos actuaban con sentido de solidaria humanidad y de vivencia de amor cristiano, habiendo incluido, por ejemplo, la Hermandad de la Santa Caridad, entre sus normas, la de recoger los cadáveres arrojados por la mar, trasladarlos a su iglesia-hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, celebrar oficios fúnebres por sus almas y enterrarlos en el Cementerio de San Antón Abad, la mayoría de quienes habían acudido al lugar del desastre se dedicaban al pillaje de la plata y demás elementos contenidos en los bajeles siniestrados. Corrían los rumores. Hasta el propio rey hubo de enviar a un hombre de su confianza para que informase a la corona de cuánto estaba aconteciendo con el problema de la barra sanluqueña.

 

          Y es que, en demasiadas ocasiones, una cruel “barra” obstaculiza la buena marcha de las vidas de los seres humanos, y se clava en el corazón como si este se tratase de un triste arenal, haciendo realidad, como afirmó el obispo Romero, que la serpiente muerde más fácilmente a quienes van con los pies descalzos.

 

          El mundo se conmociona en estos días con la tragedia acaecida en Haití, la más pobre nación de su entorno. Las imágenes emitidas por los Medios de Comunicación Social hieren la sensibilidad de muchas personas y generan en las de buen corazón actitudes de solidaridad. Desafortunadamente, ha de ocurrir una tragedia, en esta sociedad nuestra aletargada, para que se abran las mentes y los corazones al aire fresco del humanismo. No obstante, la caprichosa historia es muy dada a que se repitan los comportamientos humanos. Mucha gente hay que están respondiendo con solidaridad, a través de los muchos cauces puestos a disposición de la misma. Ello es bueno. Pero muchas más hay que, una vez más, se aprovechan del dolor ajeno para el pillaje, la picaresca y el medro personal. Es indignante que algunos aprovechen la desgracia para ponerla en el escaparate mediático travestida de morbosidad y de espectáculo circense, dejando de lado la concienciación humanitaria en pro de un acrecentamiento de la audiencia. Es indignante que los poderes políticos se pongan a debatir sin son galgos o podencos, mientras el dolor sigue asentado en aquella tierra crucificada, y no sólo ahora, en el madero de su radical pobreza, de su inveterada incultura, y de su miseria consentida. ¡Hay que reconstruir Haití! ¡Se la ha de dotar de cuanto necesita para ser un Estado democrático, que ejerza su propia libertad!, pero, cuando vayan cayendo las hojas del calendario, cuando una nueva calamidad, o cualquier otro asunto glamoroso o escandaloso se ponga en el primer plano de la actualidad ¿quiénes seguirán en Haití luchando día a día por la promoción humana y cristiana de sus habitantes? Quienes de siempre estuvieron: las religiosas, las instituciones eclesiásticas, y quienes, ante la pobreza radical, han adoptado un compromiso cristiano o social… Esta sociedad nuestra no será realmente humana y justa en tanto no sea capaz de producir un radical cambio de estructuras que nivele la calidad de vida entre los seres humanos, porque la naturaleza da para todos y "es" de todos, lo que no proviene de la naturaleza es que una minoría posea bienes hasta la ofensa, mientras que la gran mayoría de los pobres de la tierra haya de sufrir en sus carnes los versos que un día escribiera Rubén Darío:

 

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni  mayor pesadumbre que la vida consciente.


19/01/2010

  MENOS DIVISMO, MÁS HUMANISMO

La determinación gubernamental, con la señora Fernández de la Vega como su principal adalid, de eliminar de Televisión Española la publicidad a partir de 2010, ha generado una enconada polémica entre los entes en principio más afectados, llegándose incluso al anuncio, por parte de algunos sectores que se sienten perjudicados, de que están dispuestos a llevar el asunto a los mismísimos tribunales de justicia. Los datos que aparecen en primer plano son que el ente público dejaría de percibir por este capítulo unos 300 millones de €, euros que evidentemente se recaudarían de cuotas provenientes de las cadenas televisivas privadas, supuestamente favorecidas por la previsible “huída” de la publicidad hacia ellas.

 

          No obstante, intuyo que en el asunto hay algún que otro manejillo encerrado. ¿No se dará pie, con el arte de la manipulación, tan genialmente utilizado por las lumbreras de la “picardía política”, para hallar en tan “gravísimo” déficit mil y una razones para agredir solapadamente, una vez más, al pueblo alegre y confiado benaventino, con una batería de nuevas tasas que gravarán usos hoy muy generalizados como la telefonía móvil, el ADSL, o cualquier otro que se saquen de la ancha manga de la manipulación?

 

          Por otra parte, se dan otras circunstancias que resultan aún más inquietantes. ¿A qué se dedicarán los profesionales del mundo publicitario? ¿Otra crisis generada en un nuevo sector profesional? ¿Con qué se cubrirán los interminables espacios hasta el momento dedicados a la publicidad? ¿Con más basura, con repeticiones de repeticiones de programas, o con productos de ínfima calidad artística, estrategia tan al uso? Dicho sea de paso que, como en botica, de todo ha habido en la publicidad, pero, en ocasiones, algún que otro anuncio ha resultado una miniobra de arte por su excelente creatividad, por su realización y por su mensaje positivo y humanitario. Y no es que defienda el abuso empedernido de los anuncios en la Televisión Española, sino que detesto que en este país se siga utilizando el viejo criterio de que todo lo que viene de fuera es bueno y lo de casa se califica de obsoleto y rechazable. Y es que somos maestros en el arte de la improvisación y de la chapuza.

 

          ¿Es que nuestra televisión el problema más acuciante que tiene es el de la publicidad? Mire, eso es mear fuera del tiesto. Los grandes problemas de nuestra televisión son más graves y más disimulados e ignorados. Existe una publicidad consciente, que es aquella en la que el televidente, con sus “circunstancias” propias, ve lo que realmente se le presente y así lo interpreta. Pero, y aquí está la madre del cordero, existe una publicidad subliminar, aquella que entra tramposamente en la mente del que la observa, lo coge distraído, y deja en su conciencia aquellos elementos manipulados y manipuladores que se ha pretendido que tal publicidad dejase en los televidentes, sorprendidos en su indolencia. Ahí está una buena parte de la génesis del cáncer que padece nuestra sociedad.

 

          La televisión no puede ser el ágora de los manipuladores de turno, en la que se da el esperpéntico espectáculo de que no sólo se debate sobre las subjetivas opiniones de unos y otros -cosa muy loable-, sino que incluso se llega al ridículo de debatir sobre una cuestión objetivamente documentada por la historiografía y jamás puesta en duda, porque no se puede discutir si la Giralda está o no en Sevilla. ¡Los hay de una cara de cemento armado! Que no, hombre, que no, que el nihilismo no se puede plasmar en la historia, por ejemplo, pues tal pretensión es propia de auténticos burros analfabetos.

 

          Sería más provechoso y fecundo que nuestros dirigentes hiciesen de la televisión un emisor plural y libre que transmitiese cultura (no me refiero a una cultura elitista y academicista, sino popular y positiva. La cultura verdadera enriquece, distrae, descubre los sentimientos y actitudes más nobles, y hace pensar… y genera espíritu crítico… ya, ya sé, que este bien poco interesa); que se acabase con la deplorable y vergonzosa telebasura;  que el griterío y las ofensas a la dignidad e intimidad de todas las personas se mirase con el mismo mimo que si se tratase de la familia real; que se diese protagonismo en ella no a los lameculos y estómagos agradecidos, sino a los verdaderos profesionales capaces de crear arte en su comunicación; que sus puertas estuviesen abiertas, en libertad plena, para la expresión de todo tipo de opiniones y posturas dentro del respeto debido a todos, incluidos los telespectadores.

 

          Alguien podría argüirme, como afirmó Lope de Vega, que al pueblo hay que darle lo que el pueblo quiere, ¿pero se puede tener libertad de opción cuando al pueblo se le ha venido dando tanta vulgaridad, tanta basura, tanta grosería, que se ha llegado al esperpento de que la presentación de una señora, tras una operación facial, tuviese más de seis millones de espectadores contemplando la noticia del siglo? Vivir para ver. Pobre país. A dónde te están llevando. Lo otro, minucia es. Pero quien gobierna, con el respaldo popular, ha de tener la dignidad suficiente de apostar por el humanismo, no por el divismo vacuo y falaz. 


29/12/2009

  MISERIA DERRAMADA

 

Es probable que sea una de las palabras más pronunciadas y escritas de algún tiempo a esta parte, como también lo es que no para todo el mundo tiene la misma significación, como tampoco está suponiendo lo mismo para unos y para otros. Me refiero a la mil veces reiterada “crisis”. No es nueva. Hace varias décadas que Ernest Mandel en su obra “El capitalismo tardío” subrayada que la sociedad estaba sumida en una crisis de “onda larga”. Vaticinaba que la crisis habría de tener una duración de unos veinticinco a cincuenta años. Tanto él como otros escritores, analistas del tema, hallaban la génesis de la crisis en una situación económico-laboral: el descenso del número de puestos laborales, como consecuencia de una remodelación en los precios de las materias primas.

 

          Se venía de un momento esplendoroso del capitalismo. Algunos consideraban que dicha duración placentera y altamente rentable para el capital iba a ser de un muy largo alcance, de manera que algunos pensadores, como Marcuse y Fromm, afirmaron que, conseguido el despegue y sosiego material, resultaba del todo necesario dedicarse a moralizar la sociedad.

 

          Dos palabras encontradas: capitalismo y moralización. Considero evidente, aunque a la situación se la intente maquillar para que tal evidencia no sea tal, que detrás de la crisis integral de la sociedad está el más recalcitrante y cavernario  capitalismo. Es el capitalismo internacional, y de ninguna de las maneras las ideologías, quien mueve los hilos del mundo. Las ideologías fueron engullidas por el capitalismo. El capitalismo es quien incuba las ideologías que en cada momento interesan, las sopla, las infiltra, las apoya y las hace imperar, o las mata cuando no le interesan. El capitalismo pone y quita presidentes de gobiernos y dirigentes sociales, marca los destinos de los pueblos, controla el ritmo de la historia. El único criterio válido para el capitalismo, de antiguo y de nuevo cuño, es el culto denigrante, inhumano y vomitivo al dios Mammón, a la riqueza sacralizada.

 

          Este capitalismo, en aras a la consecución de sus fines, hoy como ayer, sabe que no se puede servir a dos señores, a Dios y a las riquezas, a Mammón. Y emborrachado de este, ha acometido una tenaz batalla contra Dios y cuanto a Él pudiera recordar. ¡Fuera Dios de la vida social! Es su proclama. A Dios se le arrincona, se le destruye y se le pretende arrancar del corazón humano. La lucha es tan programada, tan sutil, tan traidoramente librada, que tiene como su primer lugarteniente a la mentira. Se presenta como una lucha contra la Iglesia, como un deseo de una sana laicisidad, como un afán por proteger los derechos del hombre. No obstante, su humus desprende un tufo a sentido maniqueo de la vida. En la tierra sólo existen los buenos y los malos. En este segundo grupo encuadran a quienes creen a todo trance en Dios y a Él intentan amoldar sus vidas. En el primero, están ellos.

 

          La mejor manera de conseguir los fines de este capitalismo es impregnar a la sociedad de tópicos y de mitos falaces. En el fondo, el objetivo primordial pretendido es privar al hombre del sentido de la trascendencia, e imbuirle de una mendaz y espasmódica ansia por el placer y el consumo. El capitalismo considera al ser humano sólo como un sujeto de consumo. La consigna es consumir, consumir y consumir. Al ser humano se le priva de corazón, de pensamiento, de capacidad de amor, de afán de búsqueda, de sentido crítico, de lucha por conseguir logros cada vez más ennoblecedores. En lugar de todo ello, se incentiva que el ser humano se contemple como estómago y sexo, sólo como eso. Para la consecución de estos logros todo vale. La persona no pinta nada. Los más desvalidos son las víctimas propicias.

 

          Es momento de moralizarse y de moralizar a la sociedad. Es momento de recuperar las ideologías. Es momento de que rebroten los espíritus luchadores por la verdad, la libertad, la ética y el verdadero progreso… de todos. La humanidad se juega su futuro, hoy en manos del capitalismo más feroz. El ser humano ha de encontrar sus a priori, no dejándose embaucar por los a posteriori impuestos. Considerado el ser humano sólo como ser biológico es un ser incompleto y tarado, ha de ser considerado como un ser integral, porque en ese todo es donde halla la causa de su vivir y actuar, de su ser en suma. Dejo fluir libremente las palabras de León Felipe:

 

“Amigos, escuchadme: No hay más que dos posiciones en el mundo: la de los que quieren la paz y la de los que quieren la justicia. La paz hoy la quieren los mercaderes porque con ella se hacen mejor las transacciones y los cambalaches. Y la justicia la defienden los poetas y el hombre prometeico porque con la justicia se camina hacia la luz y la renovación. No importa lo que pueda acarrear la defensa de la justicia; podrá traer consigo la ruina y la desolación, pero el hombre se habrá salvado siempre. Y si el hombre se salva, la victoria es suya: del hombre. ¿Y qué otra cosa importa sino el hombre? ¿O es que estamos aquí para servir al mercader, al go-getter y al pescador de caña? […].


15/12/2009

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