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  BONANZA Ermita de Nuestra Señora de. Principios del siglo XVI.

 

 

Para que pudiesen ser atendidos espiritualmente quienes en el Baluarte de Barrameda se ocupaban de la defensa de la desembocadura del Guadalquivir, así como de quienes habitaban los “arenales de Bonanza”, tuvo el duque Enrique III (1494-1513) la iniciativa de construir una ermita, que como ya era tradicional se consagraría a la Virgen con la advocación del lugar donde la ermita se erigía.

Recoge Velázquez Gaztelu el siguiente texto de 1503: “el señor duque mandó facer a Diego Martín, albañil, en su lugar del puerto de Barrameda”.

Su ubicación la precisa José Veitia , quien afirma que la ermita de Nuestra Señora de Bonanza se encontraba en el lugar denominado de Sanfanejos. Dada la modestia de la construcción y la zona descampada en la que se situaba, necesitó de frecuentes intervenciones y arreglos, a los que siempre respondieron los muchos navegantes devotos de la Virgen .

En el mismo siglo XVI se fundó una capellanía con la finalidad de que dos frailes Jerónimos del próximo Convento de Nuestra Señora de Barrameda atendiesen la Ermita de Nuestra Señora de Bonanza. Estos dos frailes residían en la ermita las 24 horas del día, teniendo la obligación de celebrar diariamente en ella dos misas, asistir a la gente de la mar y de las flotas que arribasen, sepultar a los fallecidos e incluso atender una hospedería, creada junto a la ermita para que las familias pudieran disfrutar del paraje, descansar o dedicarse a la caza. Según el testimonio de Velázquez Gaztelu, aunque con menor servicio, estaba aún en pie en 1758; pero a mediados del siglo XIX la ermita yacía ya derruida.

Está documentado que en 1583 Fray Alberto Lucero era prior de la Casa sanluqueña de Sancti Spiritus y al par de la Ermita de Nuestra Señora de Bonanza por una escritura de concesión de poder cumplido, por parte del Monasterio del Sancti Spiritus de Rora, al presbítero doctor Domingo Becerra, caballero de la Orden de San Lázaro, para que tramitase del General de Sancti Spiritus el nombramiento de visitador de dichos conventos, por escritura otorgada en Rota, ante su escribano público, Tomás Tristán en 29 de enero de 1583.

 

Aún a fines del XVIII y XIX existía la costumbre de que, en tiempos de epidemias, se enterraban a los fallecidos, víctimas de ellas, en las proximidades de los lazaretos instalados al efecto: Ermita de San Antonio Abad, Ermita de San Sebastián, Convento de San Francisco “El Viejo”, Ermita de Nuestra Señora de Bonanza…


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