Gentes de aquí ...

  BERNAL, Catalina. Vecina sanluqueña. 1777.

 

 

Su marido, José de la Vega, había tenido una imagen de la Virgen de la Consolación expuesta al culto en la Plaza de la Ribera. Polémico fue tal hecho, pues había una simbiosis de devoción y aprovechamiento de los fieles devotos que acudían a venerarla. En 1777 volvieron a aparecer noticias en relación con los autos que se siguieron a su instancia, siendo ya viuda y en relación a la donación de unas casas a favor de la parroquial “y el legado de la imagen de Nuestra Señora de la Consolación y sus joyas”[1].

          Era natural de Valverde del Camino. Estuvo casada con el sanluqueño José de la Vega Salguero, hijo de Juan de la Vega y María de la Encarnación Salguero. Gozando aún “de buen estado de salud”, el matrimonio, tras hacer la pertinente profesión de fe, como a la sazón era de uso realizar en estos menesteres, acordó realizar y realizó su testamento. En él ordenaban que, tras el fallecimiento de ambos, una imagen de vestir de la Virgen, que era de su propiedad y que poseían en las casas de su morada, con la advocación de Nuestra Señora de la Consolación, fuese trasladada, como donación, a la iglesia mayor parroquial, para que en dicho templo y en el lugar que tuviese a bien el mayordomo de fábrica, fuese colocada en el lugar señalado.

          Establecía asimismo que “todos los años y perpetuamente se le hiciese misa cantada con diácono y subdiácono y sermones el día de la Natividad de Nuestra Señora”, así como la obligación de celebrar 10 misas rezadas en el trascurso del año. Dejaban ordenado, a continuación, que sería obligación del mayordomo de la fábrica de la iglesia mayor parroquial pagar el entierro de ambos “con misa cantada con vigilia y responso de primera” y, producidos ambos óbitos, “10 misas rezadas por las almas de ambos esposos”.

          A cambio, legaban a la iglesia mayor parroquial la posesión de sus casas de propiedad, para que pudiese cobrar la iglesia sus rentas, así como todas las joyas de plata que pertenecían a la mencionada imagen de la Virgen. El testamento fue otorgado el 21 de marzo de 1777, y en él no pudieron firmar los otorgantes, “porque dijeron no saber”, aunque sí lo hicieron, ante el notario Francisco Carrillo, los correspondientes testigos.

Sólo unos meses después, el 5 de Septiembre de 1777, doña Catalina pertenecía ya al sufrido gremio de las viudas. Fue entonces cuando demandó a la iglesia mayor parroquial para que le restaurase la casa de su morada, pues esta se encontraba en muy mal estado, y ella, sumida en profundo estado de pobreza, no podía cubrir la imperiosa necesidad. Claro está que vino a encontrarse y se encontró con la negativa del mayordomo eclesiástico, ante lo que doña Catalina dio poderes el 27 de Septiembre de 1777 al procurador de los tribunales eclesiásticos en la ciudad de Sevilla, Antonio Rodríguez, para cuantas gestiones y decisiones hubiere de tomar en su nombre en pro de conseguir que se le arreglase la casa.

Siguiéronse los correspondientes autos y, contando  con que en la susodicha casa de doña Catalina, con amplia concurrencia que acudía a toque de campana, se rezaba a diario el rosario a la imagen de la Virgen de la Consolación, así como la disponibilidad de la que la señora hizo gala, el 20 de Octubre de 1777 el notario apostólico ordenó al mayordomo de la parroquial, Alonso Moreno Calvo, presbítero, que costease el arreglo de los techos de la casa de doña Catalina y que, a cambio, cobrase la mitad de las rentas que producía la casa, ya que la otra mitad la percibiría la viuda. Todo se consideró “ventajoso y de utilidad a la fábrica de la iglesia mayor parroquial”.

 



[1]  ADAJ: Fondos Hispalenses: Ordinarios, caja 293, legajo 4.


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