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  BERGANZA (o Braganza), Sor Melchora de. Clarisa. Siglo XVIII.

 

 

Juan Antonio González había dejado un legado testamentario que beneficiaba a la iglesia auxiliar de San Nicolás. Ordenaba que, “después de cumplido y pagado su testamento[1], dado que no tenía “herederos forzosos ascendentes ni descendentes”, del remanente que quedase de todos sus bienes, muebles, raíces, deudas, derechos y acciones, constituía como  su  legítima y universal heredera usufructuaria, “no más” de tales bienes a su esposa, Melchora Bravo Guerrero. Ella usufructuariamente podría disfrutar durante toda su vida de los mencionados bienes, pudiendo tan sólo vender parte de ellos en el supuesto de que los necesitase para comer, “sin que nadie le pidiese cuenta de lo que sobre esto ejecutare”. Cuando falleciese su esposa, sería su sobrina menor, Melchora de Berganza[2], la que podría disfrutar de sus bienes en usufructo, sin que, en ningún caso, pudiese vender nada de ellos, aunque tan sólo por “los días de su vida y no más”. Es decir que para el convento de las clarisas, nada de nada.

          Estableció don Juan Antonio que, una vez que hubiese fallecido su sobrina Melchora,  se reservarían sus caudales, y las posesiones de casas y viñas “para la Iglesia ayuda de parroquia del señor san Nicolás”. Así quedaría lo por él establecido: sería administrador de sus bienes el cura que estuviese encargado de dicha iglesia auxiliar y administrase en ella los sacramentos, razón por la que cobraría, por “su trabajo y cuidado cien ducados de vellón”. De lo demás que sobrare y de lo que rentasen sus bienes, se daría principio a la obra de dicha Iglesia, prosiguiéndola y acabando del todo lo necesario hasta colocar en ella el Santísimo Sacramento. En dicha iglesia se le habría de labrar una capilla o altar a donde se trasladaran sus huesos y los de sus descendientes.

          Para el momento en que se terminase la nueva iglesia, él dejaba fundado un patronato real de legos “con todo de los frutos y rentas de su  capital desde ahora para entonces”. Sería su finalidad la de dotar para que pudieran casarse o ingresar en la vida religiosa huérfanas pobres, del linaje de su mujer, a quienes se les daría la cuarta parte de la renta del capital, señalándose cuatro cada año de entre “las más pobres y virtuosas”. Si no llegasen al número de cuatro las descendientes del linaje de su mujer, se abriría la oferta a otras doncellas de la ciudad, correspondiéndole efectuar la elección al cura encargado de la administración, de lo que debía quedar clara constancia asentada en los libros del patronato, libros que tendrían que ser visados en cada una de las visitas que a los patronatos se efectuasen por parte del arzobispado de Sevilla. Al visitador, o notario contador, que efectuase dicha visita eclesiástica se le abonaría del patronato ocho ducados por la revisión de las cuentas del mismo.

          Estipuló el señor González que se llevase la administración del patronato “con el mayor cuidado y celo”, velando por que se pudiera garantizar la perpetuidad y beneficio del patronato, para lo que debería ajustar los pagos a los beneficios por él obtenidos en cada momento, debiéndose distribuir tan sólo lo que quedase líquido en la obra de la construcción de la referida iglesia. Antes de proceder al reparto de las cuatro dotes indicadas, se tendría que garantizar el pago de la limosna de cuatro misas rezadas y dos cantadas que, a perpetuidad, se habrían de decir en la Iglesia de San Nicolás por su alma y la de su mujer. Por las misas cantadas se tendrían que pagar doce reales de vellón; por las rezadas, tres reales de la misma moneda. Tales misas se habrían de decir en las festividades del Señor, de la Virgen y en la fiesta de San Nicolás de Bari, por el cura, su teniente o por el que el considerase oportuno.

          Estableció el testador que, en ningún asunto contenido en su testamento, pudiera intervenir en momento alguno “ningún juez ni prelado eclesiástico ni secular”, ya que, de hacerlo, daba por nula esta fundación, pasando todos sus bienes a su sobrina y heredera, la que tan sólo quedaría obligada al pago de las misas establecidas, dado que era su última voluntad que fuese el señor cura, que lo era a la sazón o lo fuese en el futuro, a quien nombraba “por patrono y administrador perpetuo de dicha memoria y patronato”. Tan sólo quedaría obligado a rendir cuentas al visitador del arzobispado, dejando en su conciencia que “no hubiera en ello ni omisión ni descuido”. Y, en el supuesto de que, por cualquier tipo de accidente, el señor cura encargado de la administración no atendiese suficientemente el cumplimiento de todo lo expresado (el culto de Su Divina Majestad, el del señor San Nicolás, la reedificación de dicha iglesia, el cuido del beneficio de las posesiones y de la distribución puntual de sus frutos y rentas) para el bien de su alma y la de su esposa, pasase el ejercicio de la administración del patronato al señor cura más antiguo de la iglesia mayor parroquial, quien, para mejor velar por parte, habría de asistir a la iglesia auxiliar del señor San Nicolás; si el más antiguo no quisiere asistir, pasaría al inmediato menos antiguo, y así al que sucediere en grado de menos antiguo, hasta que hubiera quien desease asistir a la referida iglesia auxiliar.

          Se realizaron con los bienes de sor Melchora importantes mejoras en el convento, como abovedar el altar mayor, dorar el retablo, colocar mármol en el suelo y realizar los altares laterales.

 



[1]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Documentos de Gobierno, varios.

[2]  Era hija de Manuel de Berganza (hay en el documento notarial inseguridad en el uso de la b y de la v del apellido, apareciendo documentado de ambas formas en el texto) y de María Bravo Guerrero, hermano y cuñada de Juan Antonio González “ya difuntos”. Melchora se encontraba a la sazón en el convento de las clarisas de Regina Coeli de la ciudad a la espera de profesar como religiosa. González era el tutor de Melchora.


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