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  BENÍTEZ BUZÓN, Sebastián. Sacerdote. Primera mitad del siglo XIX.

 

 

Hay constancia de él en los Fondos Parroquiales del Archivo Diocesano de Asidonia Jerez (Caja 18) con motivo de unos escritos que presenta al Arzobispado reclamando intervenga para que se le abonen los derechos de unas capellanías que ostentaba y que desde hacía tiempo no se le abonaba. La instancia fue escrita por el vicario eclesiástico de la Ciudad, Rafael Colom, al que denomina “mi amigo, paisano y favorecedor”. Poseía las capellanías de Juan Francisco Cano, de Pedro de Flores y su mujer (Ana Sánchez), de Cristóbal Jiménez y la de Melchor Díaz de Binazeno, a las que pertenecían los censos de casas ubicadas en el “Barrio de San Blas” y en la Calle del Mesón del Duque, censos que en algunos casos hacía más de doce años que no le pagaban, como veremos a continuación con cierto detenimiento.

Eran ahora otros los tiempos para el padre Benítez Buzón, quien, además de afirmar que le debían más de 3.000 reales, pinta su estado actual como verdaderamente deprimente: “pobre sacerdote, viejo, enfermo, ciego y lo peor desnudo, por lo que paso los mayores fríos”, por lo que solicita que “le embarguen las posesiones a los dichos vecinos sobre las que habían dispuesto los capitales”. De todas las maneras, de la documentación existente y de los autos emanados se deduce que tales capellanías estuvieron bastante desasistidas y no se cumplió en ellas el compromiso de misas obligado.

En el Padrón Eclesiástico de 1770[1] aparece viviendo junto a la Calle San Agustín, con 18 años y clérigo de menores, en la casa 131 del padrón general. Pleiteó en 1777 con Dionisio Fernando Rangel Centeno, ambos opositores a la capellanía que Fernando de Vera fundó en la Iglesia Mayor Parroquial[2]. Tres años después, él y Rafael Daza opositaron a la capellanía fundada por Isabel Adalid en 1616 en la Iglesia Mayor Parroquial[3].

Su problema comenzó en su vejez. Fue en 1835 cuando, en visita efectuada a la ciudad por el visitador general del Arzobispado de Sevilla, se ordenó que se revisasen las cuentas de las capellanías que poseía don Sebastián. Ya se habían revisado una década antes. El objetivo había sido revisar los importes de las limosnas de los alcances de misas, Se había citado, a tales efectos, a Benítez Buzón, pero no apareció. Acordó tras ello Antonio Roncales, que era el notario de la Colecturía General, intervenir contra todas las personas que, en la referida visita, “hubiesen tenido alcances de misas, así contra los capellanes, contra sus administradores, tributarios, colonos, albaceas, patronos y demás que constasen que eran deudores de tales alcances”.

En tan sombrío alcance entraba de pleno el presbítero Benítez Buzón. Desde años atrás tenía la obligación de dieciséis misas anuales. De la inspección se extrajo que unos años las había cumplido y otros… pues no. A través de Joaquín Mariano Rosales, cura de la Iglesia Mayor Parroquial, se le comunicó sus incumplimientos a Benítez Buzón, apercibiéndosele de que, en su defecto, se procedería, con apremio, a cobrarle lo que debía por no haberlo cumplido.

Benítez, recibido el apremio, comunicó que no tenía con qué pagar y que se encontraba intentando ir a la ciudad de Sevilla. Su respuesta fue valorada “como un pretexto frívolo” para eludir el pago, por lo que sus capellanías fueron embargadas, comunicándoseles a los tributarios y nombrando administrador judicial de las mismas al presbítero José María Daoíz Peña. Daoíz fue comisionado para que “descubriese los censos que no se habían podido averiguar”.

Ni que decir tiene que Benítez Buzón, y más sabiendo quién iba a administrar las que habían sido sus capellanías, en aquel momento embargadas, se dirigió al provisor del Arzobispado. Alegó que él se encontraba a la sazón en Sevilla, pero en todo momento había atendido tales capellanías de Sanlúcar de Barrameda, a pesar de que una de ellas no le había pagado nada en cincuenta años que hacía que la poseía.

Alegó, al tiempo, que del fruto de tales capellanías tan sólo le habían pagado un 25 %, “porque el 75 % lo cogieron los franceses cuando ocuparon España”. El final del escrito al provisor dejaba en el aire un tono dramático en un hombre completamente cargado de años: “he cegado y necesito amigos; suplico se digne desembargar dichas rentas”. El problema siguió coleando. No se desanimó el sufrido cura sanluqueño. Desde la ciudad de Sevilla mandó una carta el 24 de abril de 1839 a José Núñez, al que Benítez definió como “su animoso paisano”, carta que afirmó que le había escrito “Rafael Colom, mi amigo paisano y favorecedor”. Le pidió al señor Núñez, “dada su mucha eficacia y buen corazón”, que auxiliara a aquel pobre sacerdote “viejo, enfermo ciego y, lo peor, desnudo, por lo que pasaba los mayores fríos”.

¿En qué le había de ayudar? Benítez abre su corazón a Núñez. Le comunicó que en Sanlúcar de Barrameda le debían cerca de 3.000 reales y, aunque su apoderado tenía, desde hacía ya más de doce años, poder general para ejecutar los cobros, no lo había hecho, bien por su “genio”, o por sus muchas ocupaciones. Por ello pidió a José Núñez que le hiciese el favor de hacerse cargo de tales recibos, para que se actuase cuanto fuese posible para embargar las posesiones de aquellos vecinos que, obligados a pagar, no lo efectuaban.

Tras ello, le relató a qué capellanías correspondían los débitos: la que era de don Juan Francisco Cano; la de don Pedro Flores y su mujer, doña Ana Sánchez, sobre unas casas del Barrio de San Blas, que habían sido del presbítero Rafael Jiménez y las heredó también el presbítero José Rendón; la de Cristóbal Jiménez, de la que le debían doña María Regla de la Rosa (aunque no estaba muy seguro) y don Antonio de Ordiales, este sobre la casa de Calle Mesón del Duque; y la de don Melchor Díaz Binazeno. Con gran carencia de datos objetivos, era comprensible que ni don Sebastián, ni su apoderado, ni el bueno de José Núñez pudieran cobrar lo pretendido, agregándose previsiblemente la pérdida definitiva de las rentas de tales capellanías para siempre. Hecho muy repetido en la historia de la Iglesia Local.

 



[1]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: “Fondos Parroquiales. Padrones, caja 72, 63.

[2]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: “Fondos Hispalenses: Capellanías, caja 3054-32, documento 227. 4.

[3]  Archivo Diocesano de Asidonia Jerez: “Fondos Hispalenses: Capellanías, caja 3066-44. Documento 321. 6.


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