Gentes de aquí ...

  BARRIO, El.

 

 

Tan popular, de idiosincrasia tan definida, de solidaridad tan acendrada, que en la actualidad no necesita de ningún otro complemento para ser conocido. Es el Barrio por excelencia de la ciudad sanluqueña, porque ser del Barrio es algo que imprime carácter, es como si se tuviese una particular esencia.

Su antigüedad es extensa e intensa. Conquistada la ciudad de Granada (1492) y recién iniciada la aventura americana, el Arrabal de la Ribera, aquel que se había ido poblando desde los pies de la Barranca señera, arrancando metros a los arenales de la ribera, tras la concesión de poblamiento que los duques conceden a la colonia bretona (3 de Diciembre de 1478), afincada en la villa, empieza a ser poco a poco un poblamiento de los más importantes de la villa.

Fue hecho referente la fundación del monasterio de santo Domingo. Sus obras principiaron en 1528 y concluyeron en 1568. En estas diez décadas, la ribera, por su ladera derecha frente al mar, comenzó a poblarse de calles, plazas, fuentes, conventos, en los extensos solares arenosos.

Algunas de las zonas fueron privatizadas por los duques. En 1576, el duque Alonso IV (1550-1615), el esposo de Ana de Silva y Mendoza, concedió a su contador mayor Diego de Rosa los solares que se extendían desde el Monasterio de Santo Domingo hasta el Campo de San Francisco; con ello brotaron las calles de San Nicolás y Barrameda, las dos líneas perpendiculares, en cuyo corazón se alzaría El Barrio. Tres años después, y por el mismo duque Alonso IV, se hace concesión a su camarero mayor, Pedro de Abeancos, de aquel “sitio entre la isleta de Santo Domingo y la Mar, dio motivo para que se fundase el Barrio nuevo, en prosecución de las calles Bolsa y Trasbolsa, guiándolas hasta el arrabal de Sanfanejos o arenales de Guía”.

En el Barrio se fueron asentado gente proveniente de las más diversas procedencias. Era como un extramuros “de facto” que a todos acogía. Es lo que hizo que fuese conocido como “El barrio de los Gallegos”, torre de Babel de fonéticas diversas, pero con denominador común: la necesidad, la pobreza, e incluso la miseria.

Fue, a pesar de la diversidad de procedencias y de oficios laborales (esparteros, canasteros, piñoneros, carboneros, remendadores de sillas de enea, cisqueros, aguadores, estraperlistas, rederos, llamadores, privaderos, colilleros, camperos y marineros) una comunidad solidaria, donde lo que se tenía se compartía, que fueron varios los almacenistas que, por dar hasta el límite “de fiao”, tuvieron que cerrar sus modestos almacenes.

En su larga historia hubo miseria para repartir y nunca acabar: madres con sus hijos en el regazo, al calorcillo de sol de la calle, que era el calor más barato, despiojándolos (Ay, Fuente del Piojo, qué sabiduría del hambre y del colilleo); casas de vecinos amontonados, compartiendo cocina y retrete; familias completas amontonadas en una sala, “es muy amplia”, pero sólo una; lebrillos de lavar que se utilizaban para el baño de los hombres que venían del campo o de la mar y, de camino, para dar un repasillo a los niños; cubos de la necesaria que se vertía al río pestilente que se prolongaba por las callejuelas sin adoquinar; enjambre de niños jugando en El Pino con una pelota de tela o de papel; familias enteras esperando a la caída de la tarde la llegada del padre, “a ver lo que había conseguío”, como gorriones con la boca abierta, y hasta con las goteras adquiridas en el único vaso de lata que había en la “miga” para beber de la tinaja de agua; y las mujeres, casi niñas, sirviendo de criadas en las casas de posibles. Todo ello, amenizado frecuentemente por las peleas, sobre todo las de las mujeres, que se convertían en un espectáculo singular para los buscones ojos de los niños que aún no sabían qué era aquello de los tebeos ni del cine.

 

Pero, donde el hambre, allí la agudeza, el ingenio, la picardía y también y sobre todo, el arte. Porque El Barrio fue siempre tierra de “age”, de arte flamenco, del mejor de los bailes. Y tierra de toreo. Y de peleas de gallos. Que el arte no quitaba el hambre, pero parece que lo hacía más liviano, más pasajero. El arte cantaor surgía de las tascas, de los patios de casas de vecino y de las tertulias callejeras. Algunos artistas quedaron en artistas anónimos, pero otros alcanzaron fama y reconocimiento internacional. Barrio donde brotaba el arte de manolo Gordillo, “El Pollino”, de “El Quija”, de Agustín Manday, de “El Buche”, Mariquita Manoli, Chiringuito, Chupete, los Paporras, “El Marrón, Encarnación “La Sallago”, “El Viva”, Manuel “Agujeta”, los Hijos de Isidro Sanlúcar (El sin par Manolo, José Miguel Évora, Pichuli, Isidro), los hermanos “Anciá”. Y tantos y tantos otros.


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