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  BARRERO AMÉRIGO, Casimiro. Director de Entidad Bancaria. 1905-1970.

 

 

Nació en Sanlúcar de Barrameda el día 22 de Diciembre de 1905. Hijo de Casimiro Barrero Laya, natural de Soria, y de Emilia Amérigo Caraballo, nacida en la ciudad hispalense, quienes fueron padres de tres hijos: Emilia, Carmen y Casimiro. Casimiro Barrero Laya falleció el 15 de enero de 1955 a los 89 años de edad.

Su padre había llegado a Sanlúcar de Barrameda con la edad de 13 años para ayudar a su primo Antonio Ridruejo Barrero en la Casa-Banca de dicho nombre, la que había fundado hacia 1883, quien además poseía, en Calle Ancha 40, comercio de tejidos, almacén de vinos, siendo propietario. Casó con Carmen Casanova Bozzano. Al tener Antonio Ridruejo sólo un hijo, que falleció a los siete años, inició a Casimiro plenamente en el negocio, del que sería en principio dependiente, y posteriormente socio y gerente.

Casimiro Barrero Amérigo cursó las primeras enseñanzas en el colegio de los PP. Escolapios, ubicado en el antiguo convento de los Franciscanos. Allí tendría, entre otros, como compañeros de curso a Carlos Marcos, Pepe Luis Badanelli, Pepe Barbadillo, Antonio Escobar… Continuó estudios en el Colegio San Francisco de Paula de Sevilla. Era su deseo y pretensión iniciar los estudios de la carrera de Medicina, pero tuvo que renunciar a ello para entregarse a la ayuda a su padre en la Casa Banca, denominada "Herederos de Antonio Ridruejo".

El 11 de Julio de 1931 contrae matrimonio con María Pepa García de Velasco Pérez, de cuyo matrimonio nacieron cinco hijos: María Pepa, Emilia (religiosa de la Compañía de María), Casimiro, José Ramón (sacerdote benedictino) y María del Carmen. Pronto, sin embargo, enviudó Casimiro Barrero Amérigo, pues sólo tenía 35 años al fallecimiento de su esposa.

En 1952 la Casa Banca "Herederos de Antonio Ridruejo" hizo un traspaso al Banco de Bilbao, y a Casimiro Barrero Amérigo lo nombran director de la entidad. Siguió en este cargo hasta el día de su muerte, acaecida el dos de Noviembre de 1970.

 

Hombre respetado por la sociedad sanluqueña por su humanidad, bondad y cercanía a los más necesitados. A él se le puede aplicar lo que de su padre, Casimiro Barrero Laya, escribió José A. Caballero, (Siluetas sanluqueñas, 1911, página 88): " hombre de semblante plácido, pequeño de cuerpo, de alma grande, de trabajo perseverante entre números, al pie de la carpeta, entre el Debe y el Haber de cuentas corrientes...".


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