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  BARRAMEDA, Nuestra Señora de. Advocación mariana.

 

 

Fue advocación que gozó de gran veneración por parte de los lugareños y de todos los hombres de la mar que iban y venían por el trasiego portuario sanluqueño. Parece que la imagen fue traída, para venerarla en su ermita, por los Caballeros Templarios. Estuvieron estos monjes guerreros al servicio del rey San Fernando y de su hijo Alfonso el Sabio, teniendo parte activa en las reconquistas de las ciudades de Sevilla y de Jerez de la Frontera.

Dada la importancia de la desembocadura del Guadalquivir para todo tipo de acciones bélicas y como premio a los servicios prestados, se les autorizó a los Templarios  la construcción en las proximidades del puerto sanluqueño de un hospicio o casa de apeadero, dependiente de la que ya poseía la Orden Militar en la ciudad de Sevilla. Junta al conjunto, labraron la ermita que llevaría el nombre de la Señora que en ella estaría entronada. Como es tradición en otros muchos lugares de España y de fuera de ella, se le dio a la Virgen el nombre con el que era conocido el lugar donde se entronaría: Nuestra Señora de Barrameda.

 

Según Velázquez Gaztelu, Nuestra Señora de Barrameda fue patrona de la villa, “a quien recurría con fiestas, procesiones, rogativas y votos en sus más urgentes necesidades”. Anexionada la ermita al Monasterio de los Jerónimos, la devota imagen siguió recibiendo allí veneración. Tras la ida de los frailes del convento a principios del siglo XIX, quedó inmersa en el misterio el paradero de la imagen, habiéndose afirmado por algún historiador que estuvo en la Casa del Marqués de Arizón, y que en la actualidad la posee un prestigioso conocedor de la iconografía religiosa, afincado en la ciudad.


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