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  BARRAMEDA, Convento de. Mediados del XV-1812.

 

 

Para efectuar la fundación de los frailes Jerónimos con el patronazgo de los duques de Medinasidonia, se les asignó para que se asentaron en sus aledaños, la antigua ermita de Nuestra Señora de Barrameda. Ermita que fue de los Templarios, Orden militar que ya estaba asentada en la zona antes de que a Guzmán el Bueno se le hiciese la donación del “castillo de Solucar, sus términos e jurisdicción” en 1297.

El nuevo convento, alzado por los frailes, incorporó a sus dependencias la antigua ermita y adoptó el nombre de la misma. Fue labrado con generosidad y amplitud, de manera que sus dependencias nunca llegaron a estar completas, pues la comunidad no excedió nunca de una veintena de miembros. A más de extensas zonas rurales, de amplio pinar, poseía el convento un amplio templo “de arquitectura moraica”, en decir de Velázquez Gaztelu, salas capitulares, amplio refectorio, hospedarías y todas las necesarias dependencias conventuales.

El paraje en el que se asentó el nuevo convento es descrito por Velázquez Gaztelu: “... su situación es la más hermosa, alegre, y sana, que goza ningún convento de su orden. Estando sentado, en el pendiente, por aquella parte más suave, de la barranca de Sanlúcar, en el sitio donde fenece por la parte del septentrión, medio cuarto de legua distante de la población de su barrio bajo, con el frente de su principal habitación, al mar océano, no muy distante del puerto donde surgen los navíos y de las ermitas de Nuestra Señora de Bonanza y Guía, donde fenece el último torno del río Guadalquivir, que desde este paraje más que de otro, se descubre en toda su extensión, y anchura hasta las salinas más remotas de poniente. Mira a la ciudad y sus huertas del campo de San Francisco, por el lado de mejor prospecto, a que agregada la vista de sus deleitosas vecindades, y la de la propia huerta del monasterio, le constituyen por el más recreable sitio de Sanlúcar, que contener tantos que hechizan, ninguno produce juntos la diferencia y multitud de objetos agradables como los que ofrece cualquier balcón de las celdas de este devoto monasterio”.

En 1714, se firmaron en la Sala Capitular autos sobre nombramiento de un Juez Conservador de las propiedades del mismo, documentación que se encuentra en el Archivo Diocesano de Asidonia Jerez. El prior, fray Martín de San Joseph, congregó a los frailes, “llamados a son de campana tañida”, para proceder al nombramiento de un Juez Conservador de “todos sus pleitos, demandas y demás negocios”. Les argumentó el prior que “necesitaban nombrar Juez Conservador que conociera ambos pleitos (tribunales eclesiásticos o seculares), gozando de las facultades que les concedía sus Presbiterios concedidas por la sede arzobispal de Sevilla a los religiosos regulares y especial las que expresan la Bula de la Santidad de Gregorio X del año de mil quinientos y setenta y dos”, tras lo que designaron a Ángel Mendoza y Guzmán.

Era a la sazón el citado Mendoza canónigo de la catedral metropolitana y patriarcal de Sevilla y miembro del Tribunal de la Santa Cruzada, a quien la comunidad Jerónima le facultó para que entendiese de toda clase de pleitos referidos a la misma, pleitos “civiles y criminales” “que tienen y tubiesen daquí adelantes”.

Firmaron los Autos, además del mencionado prior, Domingo Carrasco (clérigo de menores), Francisco Valladares, Manuel Monteagudo, Fray Lorenzo de Tudela, Fray Alonso de Sevilla, Fray Leonardo de Ronza, Fray Salvador de San Jerónimo, Fray Martín y Fray Juan.

Sin embargo algo debió suceder, un lapsus en lo escrito y un cambio de última hora, pues en documento firmado en Sevilla el 16 de Abril de 1714, se procedió al “nombramiento de Juez Conservador del Convento y Religiosos de Nuestra Señora de los Remedios horden de señor San Jerónimo, extramuros de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda en la persona de Don Fernán de Montes de Oca, canónigo de la Santa Metropolitana Iglesia de esta ciudad y del Tribunal de la Santa Cruzada”.

 

Sea como fuere, es lo cierto que el prestigioso canónigo se comprometió a defender a la Orden Jerónima sanluqueña en “todos los pleitos causas y negocios que tienen y en adelante tuviesen”.


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