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  LA OLLERA. Segunda parte del XVI.

Personaje anónimo, pero bien vale que figure en esta encliclipedia. La frecuente inquietud del cabildo por la suciedad reinante en la villa y el apremio que ponía en su limpieza cuando se esperaba la llegada del duque, y sólo en esta circunstancia, indican bien a las claras que la suciedad reinaba por doquier. Las condiciones de la época (Renacimiento) ayudaban a ello; más no sólo eso, también incrementaba dicha suciedad la dejadez y falta de civismo de los vecinos de la villa. Una señora sanluqueña, Juana Díaz, denominada “La Ollera”, estaba ya harta de estar harta de tanta suciedad en la mismísima puerta de su casa. Presentó una petición a los señores regidores de la villa. Más que una petición fue una protesta en toda regla, con fondo y con forma de sinfonía de cansada protesta. Exigía que de una vez “se mande limpiar un muladar que está en la plaza, delante de las mismas puertas de mi casa”. Y que ello fuese provisto con celeridad, pues “es una plaza pública”. No quedaba ahí la cosa, sino que además exigía que “no se consienta ni se permita que se depositen allí ni las carretas ni los bueyes”, pues en caso contrario el muladar será cada vez más incontrolable y pestilente.

 

          El cabildo le dio[1] una larga cambiada. No se enfrentó con el problema y aún menos con su solución. Se le contestó a “La Ollera” que las carretas que pasaban por delante de su casa eran carretas forasteras, y que no tenía el cabildo “otro lugar” donde colocarlas, ya que vienen cargadas de trigo para venderlo a la villa, razón por la que “los extranjeros” (es curioso el uso del término cuando antes el escribano Bolaños había escrito “forasteros”. Desconozco si se trata de dos grupos de fuera de la villa, el uno de la nación y el otro de allende, o si más bien es que el cabildo, aumentando la “categoría” de los carreteros, quería mejor justificarse ante “La Ollera”) estaban autorizados a usar aquel lugar. Ellos y sólo ellos eran quienes podían usar la plaza para sus carretas y bueyes, cosa que, de ninguna manera, podían realizar los vecinos de la villa, a quienes, de hacerlo, se les sancionaba con una multa de tres reales de plata por cada vez que depositasen allí sus carretas. El importe de la multa se dividía en tres partes iguales con destino a la cámara ducal, al denunciador y al juez que lo sentenciara. Así que ya tenía “La Ollera” asunto con el que distraerse y ponerse al borde de un ataque de nervios. Y no dudo que le pasase por las mientes por qué no iba a sus arcas, como compensación por aguantar aquel muladar, alguna parte de lo recogido de las multas.

 



[1]  Acta capitular de 12 de mayo de 1564, libro 3, f.  15 v.


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