Gentes de aquí ...

  BARBADILLO RODRÍGUEZ, Manuel. Bodeguero y escritor. 1891-1986.

 

 

Fueron sus padres Antonio Barbadillo Ambrosy y Caridad Rodríguez Terán. Puede ser considerado como el gran patriarca dentro de la amplia familia de los Barbadillo, por su longevidad, por el trabajo realizado en el terreno empresarial y por su extensa labor literaria.

Su intervención en la vida política, a nivel local, fue escasa y limitada a sus años más mozos. Se había declarado en su juventud maurista, seguidor de Antonio Maura, líder del partido conservador, de cuyo partido fue jefe local en la ciudad el alcalde Leopoldo del Prado Ruiz. Se manifestaba admirador de José Antonio Primo de Rivera, a quien definió como "un tipo moderno y revolucionario". En el año 1920 fue elegido concejal, en el 1922 primer teniente de alcalde, haciéndose cargo interinamente de la alcaldía en agosto de aquel mismo año. En la primera sesión que presidió urgió, ante la situación de la tesorería municipal, sobre la necesidad de adoptar una serie de medidas de carácter económico para dar respuesta a la situación.

Al comenzar la dictadura del general Primo de Rivera (13 de septiembre de 1923), el entonces gobernador civil nombró a Julio Hidalgo Colón delegado gubernamental para fiscalizar la labor desarrollada por los cabildos anteriores, y a Manuel Barón y a Manuel Barbadillo, asesores del Sr. Hidalgo; pero Manuel Barbadillo renunció de inmediato, siendo sustituido por Tomás Delgado Ñudi y Tomás Fernández Bozzano. En 1925 fue designado segundo teniente de alcalde. Pero la política no era su vocación. Se retiró de ella. A partir de entonces se declaraba frecuentemente apolítico y, preguntado por el tema, afirmaba: "mi clasificación social tiene estas características: me rindo ante los que enseñan a leer y ante los que cultivan la tierra".

Astuto sí que parece que fue en la guerra civil. No tomó partido alguno. Sus hermanos, por el contrario intervinieron de una u otra manera: Tomás (1894-1941), que había sido también concejal en los años 1929 y 1930, fue uno de los tenientes jefes de las compañías de milicianos constituidas en la ciudad en la guerra civil; Antonio (1896-1965) fue uno de los cinco capitanes que comandaban cada una de las cinco milicias que, junto con la Falange, defendían la ciudad, bajo el mando de Francisco Ariza; Rafael (1897-1940) fue, como su hermano Tomás, uno de los tenientes jefes al frente de las compañías de milicias ciudadanas ubicadas estratégicamente por 13 puntos de la ciudad; y Pedro (1899- 1952), en unión de Cayetano Bustillo Delgado, constituyó la tal vez única, pero de hecho la primera, escuadra de caballería de toda la Falange nacional, a pesar de las generalizadas dudas que los mandos tenían sobre su eficacia.

Manuel Barbadillo, sin embargo, desde su entonces residencia de la calle Sevilla 2, fue testigo de excepción del trasiego existente en torno a la lamentable cárcel-castillo. Sus apuntes diarios sirvieron al escritor sanluqueño Eduardo Domínguez Lobato para, en torno a ellos, construir su obra “Cien capítulos de retaguardia” (publicada en Madrid en G. del Toro.- Editor, en el año1973). Quizás el único documento escrito contemporáneo de los hechos, pues no existen actas capitulares del momento y los "papeles" que alguien tuvo alguna vez, parece que desaparecieron para siempre o están a buen recaudo.

Toda la vida de Manuel Barbadillo giró en torno a la empresa bodeguera y a su obra literaria. Era un hombre incansable en ambas tareas, autoritario, luchador ilusionado, tenaz y profundamente vitalista y acogedor. Había estudiado derecho, pero no pasó a su ejercicio profesional. Tuvo que dedicarse de por vida a la firma Casa Barbadillo, a la que alzó hasta transformarla en una de las más importantes empresas del momento.

Su afición literaria comenzó precozmente. Fue centro y promotor de la peña “La Parnasa”, donde se reunían jóvenes movidos por intereses literarios e intelectuales, que tenían su tertulia en una tasca de la calle de San Jorge o en el Bar “El Tupi” de la calle de la Bolsa. Pronto comenzaron sus colaboraciones literarias en el periódico local "La Voz de Sanlúcar" que había fundado (1 de enero de 1909) Carlos Asquerino. Su primer artículo, que versaba sobre la mujer, lo firmó con el seudónimo "Uno". Sus inquietudes culturales y su culto a la amistad le llevaron a promover el nacimiento del Ateneo Sanluqueño en el año 1954, del que fue socio fundador y primer presidente.

Como escritor llama la atención su fecundidad y su inmersión en todos los géneros: poesía, prosa, narrativa, biografía, historia y ensayo. De su pluma fueron saliendo: POESÍA: Rincón de sol (prologada por Manuel Machado en 1936),Geranios, Flor y Cal, Calesas y Bergantines, Jarcias y Yuntas, Del mismo tronco, Antología, Mosaico, Colores, El pañuelo en los ojos, Antología del humor, Con el pie en el estribo, Paisajes, Al paso, Atardecer, Hojas caídas, Mirándome las manos, y Arbol viejo (póstuma); NOVELAS: Historia de un paraguas, Telones y marionetas, Los ojos del perro, La ciudad sepultada, Un mundo en borrador, El puente roto, La baraja, La luz está dentro, La fuga del perro, y La sombra iluminada;  BIOGRAFÍAS: El pintor Pacheco, El dramaturgo Luis de Eguilaz, El Duque de Montpensier y su mundo político, Isabel II, y Manuel Godoy; RELATOS COSTUMBRISTAS: Gente, Más gente, Sigue la gente, Caray con la gente, Diez duros de gente, ¡Me cachi... en la gente!, Cuidado con la gente, Vaya gente, ¡Qué de gente! ¡Qué barbaridad!, Se acabaron la gente y Resurrección. Nueva gente a la vista. ENSAYOS: Baúl literario (I y II), Borradores, Mientras, Todavía, y Retornos, y La barca negra.  CUENTOS: Apuntes en la llanura, y Cáscaras de manzana. ESCRITOS SOBRE EL VINO: El vino de la alegría, La ejecutoria de la manzanilla, Otra vez la manzanilla, y Alrededor del vino de Jerez;  HISTORIA; Los soldados de Soult, Crequi, el tamborilero, Escombros, Olvidos históricos, Sanlúcar de Barrameda en 1978 (1ª y 2ª parte).

Cuando se le preguntaba por su obra literaria, afirmaba que él no leía jamás, pues no quería percibir la influencia de nadie y que su fecundidad se debía al convencimiento de que bastaba con escribir una página diaria. Escribió de él Caballero Bonald (Revista de Gráficas Santa Teresa de 1982) que era "el gran anfitrión de la joven literatura gaditana de los tres últimos cuartos de siglo y su más benemérito patriarca".

Su obra está por estudiar, pues aprisionada por el tan frecuente mundo de los tópicos, no ha sido ni estudiada ni valorada como quizás se debiera. Su temática más frecuente es el mar, la mujer, el vino, la flora, la fauna, el paisaje y el paisanaje sanluqueño y sus vivencias íntimas y personales. Como historiador, aunque no exento de la socarrona chispa andaluza y sanluqueña, no construye la línea histórica de los acontecimientos; más bien recoge todo un riquísimo material documental que fue cayendo en sus ávidas manos y lo ofrece al lector y al investigador interesado que, con otras perspectivas historiográficas, les saque más partido.

Donde más resalta es en la poesía y en la literatura costumbrista. Su poesía, de moldes completamente tradicionales, está impregnada de viveza, nostalgia de lo ido, humanidad, religiosidad y, por encima de todo, de un gran humor y de un inagotable amor. Su palabra es una palabra limpia, cantarina, que se desborda en sus relatos costumbristas; en ellos van desfilando toda aquella galería de gente que en su larga vida había ido conociendo, contemplando y mimando, pues de su pluma todos los personajes salen acariciados y plasmados en su vertiente más humana y aleccionadora.

Manuel Barbadillo no fue un escritor profesionalizado, ni necesitaba vivir de su literatura, ni llamar a ninguna puerta para que se le publicase, ni salir de su tierra, ni alinearse junto a los que tenían las llaves de las editoriales. Quizás por ello no triunfó en el manipulado arte de la literatura. Su localismo - que muchos miopes ni respetan ni entienden-, su falta de distribución, su autofinanciación, su concepto de que cuanto publicaba era para utilizarlo de pretexto para agasajar a los amigos y encontrarse con ellos, le silenciaron en el ámbito de los juglares desprofesionalizados. Como los viejos juglares que se sentían pagados con un vaso de buen vino, don Manuel se sentía premiado cuando se reunía en torno a una mesa con sus amigos a celebrar el nacimiento de un nuevo libro.

Aun así, no le faltaron los reconocimientos: además del reconocimiento que supuso el recital de sus poesías en la capital de España, en la década de los 80, en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, mereció ser reconocido como hijo predilecto de su ciudad, miembro de número de la Academia Hispanoamérica de Cádiz, miembro de la de San Dionisio de Jerez de la Frontera, miembro de la Academia Sevillana de Buenas Letras, miembro de la Academia de Bellas Artes de Córdoba, miembro de la Academia de San Romualdo de San Fernando, medalla de oro de Sanlúcar de Barrameda, medalla de oro al mérito al trabajo, insignia de oro del Grupo Literario Sherry, socio de honor de la Asociación de la Prensa de Jerez de la frontera...

 

En plena Feria de la Manzanilla y en su vivienda de La Jara denominada "El paraíso" se apagó "la memoria de un ciego provisional" y surgió " la sombra iluminada". Corría el año 1986.


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