Gentes de aquí ...

  BARBADILLO DELGADO, Tomás. Alcalde. 1912-1960.

 

 

Es el alcalde al que le tocó serlo en el momento más oscuro y triste de la posguerra.  Pertenecía a la familia Barbadillo, pues era hijo de Pedro Barbadillo Ambrosy y de Josefa Delgado Ñudi. Casó con María Rosa Márquez Ambrosy. Antes de la contienda civil, fue jefe de las milicias de la Falange Española y de la J.O.N.S, de la que José Ñudi y Ruiz de Somavía era el jefe local. Su militancia falangista le trajo como consecuencia el estar preso (abril de 1936) en el penal de El Puerto de Santa María, corriendo igual suerte que otros correligionarios. Después de la guerra civil sería durante muchos años jefe local de la Falange. Los niños de la posguerra recuerdan aún su alta estatura y su camisa azul en aquellos actos político-escolares a los que eran obligados a ir, como a presenciar las coronas de flores que se depositaban a los pies de la cruz de los caídos.

Cuenta el escritor sanluqueño Eduardo Domínguez Lobato (Cien capítulos de retaguardia 123) una anécdota que pudo haber resultado de fatal desenlace para Tomás Barbadillo de haber llegado a su pretendida culminación. Había sucedido en la preguerra y los jueces lo esclarecieron en septiembre de 1936. Consistió en que el alcalde había telefoneado al cuartel de la guardia civil para disponer que todos los efectivos disponibles se agrupasen en dos grupos: uno para hacer un registro en la casa del administrador de los Infantes, que vivía en el propio palacio; y otro para realizarlo en la residencia de Tomás Barbadillo Delgado que, por aquel entonces, vivía en la finca "San Pedro" en el camino de Bonanza. Tenía, sin embargo, la intención de que fuesen aniquilados en la calle Luis de Eguilaz el grupo que se encaminase al palacio y en el parque de El Pino el que lo hacía hacia la casa de Tomás Barbadillo. El teniente, astuto y chamuscado, no obedeció las órdenes.

En enero de 1940 Tomás Barbadillo inicia su larga etapa de responsabilidad municipal, siendo nombrado concejal. Poco después, 10 de diciembre de 1941 sería nombrado alcalde de la ciudad, cargo en que estaría hasta el 19 de octubre de 1954, en que fue sustituido por Luis Portillo Díaz. Le tocó gestionar una ciudad dramáticamente triste y enlutada, de calles solitarias y de seres hambrientos que pululaban por doquier. Era una Sanlúcar donde parecía que la historia se había anclado y donde años, meses y días se hacían interminables. No puede ser mera anécdota la excesiva afición al vino en muchos personajes de la época, hasta el punto de que las actas capitulares testimonian cómo la mayoría de sanciones que recaen sobre los funcionarios municipales lo fuesen por embriaguez. El pueblo padecía hambre, tenía inhumanas viviendas, era víctima de un paro contumaz. Años de restricciones alimenticias, de estraperlo, de "poleá de maíz", de "pan con aceite y azúcar".

En la misma toma de posesión de Tomás Barbadillo se reconoce muy tímidamente la situación, hablándose de las "dificultades" del momento, que eran "el abastecimiento de la población", y la "mala situación de la hacienda municipal". La municipalidad sanluqueña era una manifestación de la organización estatal ejecutada por el franquismo -jerarquizada, centralista, represiva, censora y autoritaria-; de ahí que los cargos públicos vengan todos ellos impuestos por la "superioridad", que los acuerdos municipales se hagan por aclamación o unanimidad y que las actas de los plenos, durante muchos años, terminen con las cansinas y significativas palabras: "y no habiendo más asuntos que tratar ni pretendido ningún señor concejal hacer uso de la palabra...".

A pesar de ello, el ayuntamiento que preside Tomás Barbadillo se ocupa de transformar el aspecto urbano de la ciudad durante la década de los 40: compran el Hotel Llosent para hacer un hotel municipal en la playa, tramitan un empréstito del Banco de Crédito Local (10 millones a amortizar en 30 años), se realizan obras de infraestructuras (instalación de unos 60 kilómetros de tubería de alcantarillado, nueva red distribuidora de agua, grupos de viviendas, casas para funcionarios, grupo escolar, compra de la plaza de toros -10.000 pesetas anuales a pagar durante diez anualidades-, ordenación de Monte Algaida y organización del camino forestal).

No menos esfuerzo ponen en la organización de actos festivos, tan vacíos como elitistas: carreras de caballo (con las meriendas para el nombrerío de la ciudad y para el forasterío de tronío), toros, tiro al pichón, fútbol, fiestas de presentación en sociedad de las señoritas con apellidos ilustres y padres de posibles, fuegos artificiales y la famosa fiesta de "Él y Ella", que aglutinaba en la puerta del Gran Cinema a las clases populares, resignadas a mirar el espectáculo de la entrada de las personalidades.

 

Sin embargo, la entrada en la década de los cincuenta sigue contemplando a un pueblo hambriento y con una gran carga de problemas. El propio alcalde, en un informe leído en el pleno del ayuntamiento, hace una revisión de la situación del momento de la ciudad, reconociendo que el estado económico del ayuntamiento es "más que malo", que la industria está paralizada y que la existencia del paro obrero y sus lamentables consecuencias es aún más grave.


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