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  SILVA Y MENDOZA, Ana. Duquesa de Medinasidonia. Madrid, 1561-Sanlúcar de Barrameda, 1610.

 

 

Fue hija de los príncipes de Éboli, dos personajes que tuvieron trascendental importancia en la historia de la España renacentista: Rui Gomes da Silva y Ana Mendoza y de la Cerda. El padre (1516-1573), príncipe de Éboli y duque de Pastrana, era un aristócrata portugués que, afincado desde muy joven en la corte española, siendo paje del príncipe Felipe II, llegó a influir tal influencia sobre el monarca que hay quien ha visto en sus relaciones un precedente de lo que serían los validos, aunque si bien es cierto que el rey Felipe nunca “descargó” en él las tareas de gobierno, sino que más bien lo tuvo como consejero y gran amigo, además de secretario, consejero de Estado y Guerra, e Intendente de Hacienda.

          La madre (1540-1592), miembro de la influyente familia de los Mendoza, fue una auténtica mujer de leyenda, quizás favorecida por la oscurantista España de la segunda mitad del siglo, la España del cierre de la influencia europea, de la lucha de religiones, del tenebrismo eclesiástico. Todo acompañó a esta mujer para que su leyenda perdurase por mucho tiempo: su parche en el ojo derecho, sus intrigas palaciegas en la corte de Valladolid, los rumores que la señalaban como amante del propio rey, su denuncia a la inquisición  del “Libro de mi vida” de santa Teresa, a quien ella había llamado a que fundase en Pastrana, su histérica reacción ante la muerte de su marido –metiéndose a “monja”–, sus amoríos interesados con el secretario real Antonio Pérez; la fuga de las carmelitas de Pastrana ante el comportamiento de la princesa mientras estuvo en el convento…

          La información que su hermano el duque de Pastrana le facilitó sobre su madre, traumatizó profundamente a la duquesa Ana, una mujer tímida y retraída. En ello puede que esté la razón por la que la duquesa solicitó de su marido que adquiriese del Cabildo de Almonte los bosques de alcornoques y pinos de la “otra banda” del río para retirarse a él. El duque adquirió en 1585 aquellos terrenos que otrora habían pertenecido a sus antepasados. Comienza a llamarse tal colosal finca “Bosque de Doñana” y el palacio en su interior construido “Palacio de Doña Ana”. Allí se refugió la duquesa, para sólo volver a la villa sanluqueña viendo que la muerte arañaba ya los cristales de su existencia y para recibir los sacramentos y efectuar testamento.

          Ana de Silva y Mendoza había contraído matrimonio en Pastrana con el Señor de Sanlúcar, Alonso IV Pérez de Guzmán. La boda fue capitulada el 3 de junio de 1566 (Ana tenía 5 años), pero no se efectúa hasta el 24 de febrero de 1574. El matrimonio fue fecundo. Fueron sus hijos: Juan Manuel Domingo (1579), quien sucedería a su padre; Felipe (1582), fraile jerónimo; Rodrigo (1585), comendador de la Orden de Calatrava; Leonor (1587); Ana María (1589), que murió dos meses después; Alonso (1594), arcediano de la catedral de Jaén y posteriormente arzobispo y capellán mayor de los reyes Felipe IV y Carlos II; Miguel (1595), de la Orden de Calatrava; Juan Alonso Melchor (1597), virrey de Navarra; Francisca (1601) y Ana (1602).

          Esta Señora de Sanlúcar de Barrameda, muy querida en la ciudad, se distinguió por su religiosidad y obras de caridad. Se hizo cargo del Hospital de San Pedro, mandó construir al arquitecto Alonso de Vandelvira la nueva Iglesia que sería dedicada a la Señora Santa Ana, y que, con posterioridad, llegaría a ser la Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad, patrona de la ciudad; se constituyó además en gran protectora de las religiosas clarisas de la localidad. Como consecuencia de su generosidad, el Ministro General de la Orden Franciscana, a instancia de las monjas sanluqueñas, concedió a doña Ana el patronato “en reconocimiento y como muestra de agradecimiento por lo que la duquesa había gastado en obras en el monasterio, así como en proveerlas de trigo en años de escasez”[1]. Se le concedió por parte del monasterio a la Casa Ducal el derecho de poder presentar en adelante “cuatro monjas que se recibirían sin dote alguna, y faltando cualquiera de ellas, nombrasen otras”[2]. A ella se debe también la construcción de la actual fachada del palacio ducal. A su muerte, fue enterrada bajo el altar mayor de la iglesia de la Caridad, donde también sería enterrado su esposo y algunos de sus hijos, en su calidad de fundadores que fueron del templo.

          Después de la muerte de Alonso Núñez, la duquesa acometió la tarea de continuar la obra por él iniciada. Consiguió del papa Paulo V (Camillo Borghese, 1552-1621) en 1609 una bula de refundación. Ya la duquesa se venía encargando del sostenimiento de las enfermas y de la ampliación de las instalaciones, así como de que en el hospital se atendiese a los pobres que se acercasen a él, en demanda de ayuda. Al morir la duquesa, dejó, como veremos, abundantes mandas en su testamento a favor del hospital, cuya ampliación y mantenimiento cayó en manos del duque, que continuó lo realizado por su esposa.

          Asimismo, en los albores del siglo XVII, se fundó un colegio, destinado a las niñas, en el convento de las monjas clarisas de Regina Coeli, con el patrocinio de la duquesa Ana de Silva y Mendoza, “en el que se criasen, e instruyesen bien las hijas de hombres honrados”[3]. De doña Ana el duque admiraba “su hermosura, discreción y extremada fecundidad”.

          Vayamos con la trascripción del testamento de Ana de Silva y Mendoza, que se encuentra en el Archivo General de la “Fundación Casa de Medinasidonia”, en el legajo 954, doc, 4, 1. La copia, efectuada en Sanlúcar de Barrameda el 14 de mayo de 1610, fue autorizada por Juan de Escalante, escribano público de Sanlúcar de Barrameda.

Comienza el testamento indicando que está “otorgado por la señora duquesa Dª Ana de Silva y de Mendoza en Sanlúcar de Barrameda a 14 de mayo de 1610 ante Cristóbal de Bilbao[4], escribano público”. En él “encarga la disposición de su funeral a su marido, el Sr. Dn. Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medinasidonia”.

Tras ello comienza con las mandas religiosas, como era usual en la época, y con la protestación de fe. “Manda se tome perpetuamente en cada uno año una bula de difuntos por su alma, y para ello se sitúe la correspondiente renta. Funda una capellanía colativa en la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad y San Pedro de Sanlúcar de Barrameda “con la carga de celebrar todos los días una misa rezada, y en el de Pentecostés una fiesta con toda solemnidad al Espíritu Santo en conmemoración de los difuntos, y que para ello se imponga de sus bienes la renta que a dicho Sr. Su marido pareciere conveniente, a quien deja por Patrono con facultad de poder nombrar personas que le sucedan en el patronato y capellanes que la sirvan”.

          Asimismo “manda que en la dicha Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad se hagan por su alma las nueve fiestas de Nuestra Señora y otra de Santa Ana en sus días, y la renta que para su cumplimiento se ha de imponer la deja a la voluntad de dicho Sr. su marido”.

          Sigue con una serie de declaraciones, “declara la pertenece un censo de 13400 ducados de principal que paga D. Juan de Ledesma, y que le tiene concedido; y de nuevo concede a dicha Iglesia de Ntra. Sra. de la Caridad para que mantenga en su hospital una cama y se cure una de sus enfermas. Declara que para la fábrica de dicha Iglesia y de la de Regina Coeli de Sanlúcar se recibieron varios materiales de que esta de dicha Sra. manda pagar lo que para esta razón se debiere, y cualquier otra deuda que contra dicha Señora resultare. Declara que en consideración a lo que ha suplido en la fábrica, y edificación de la referida Iglesia de Regina Coeli, se la dado el Patronato con facultad de poder entrar religiosas, y nombrar personas que en dicho patronato la sucedan, y usando de ella nombra Patrono a dicho Sr. su Marido, a quien da la misma facultad”.

          Mejora en el 3º y remanente del 5º a sus hijos los Sres. D. Felipe, Dn Rodrigo, Dn. Alonso, Dn. Miguel, Dn Juan, Dª Francisca y Dª Ana, cuya mejora haré con la condición de que dicho Sr. su Marido pueda imponer sobre ella los gravámenes y limitaciones que quisiere. Declara deja a cargo de su secretario Pedro de Vallejo cierta cantidad de más que quiere se saque de ella lo que a dicho Sr. su Marido pareciere conveniente para mantener con luz la lámpara que dio a Nuestra Señora y el resto se aplique al cumplimiento de estas disposiciones”.

          Tras ello pasa al nombramiento de albaceas. Nombra albacea testamentario a dicho Sr. su Marido, y a las personas con quien quiera acompañarse, y a sus hijos los Sres. Dn. Manuel, Conde de Niebla; Dª Leonor Manrique, princesa y Duquesa de Pastrana; Don Felipe; Dn. Rodrigo; Dn. Alonso; Dn. Miguel; Dn. Juan; Dª Francisca y Dª Ana, previniendo que la parte que a dicha Sra. Princesa toque por esta herencia se ha de entender ser la dote que se la dio para tomar estado”.

 

Viene la protestación de fe. “En el nombre de Dios Todopoderoso y de la Santa Virgen, su madre, señora nuestra, y de todos los santos y santas de la corte celestial sepan los que esta escritura de testamento y disposición vieren cómo yo doña Ana de Silva y de Mendoza, duquesa de Medinasidonia, mujer legítima del Excmo. Señor Don Alonso Pérez de Guzmán El Bueno, duque de Medinasidonia, estando como estoy enferma del cuerpo y sana de la voluntad, pero en mi libre juicio y entendimiento y cumplida memoria, con que reconozco las mercedes que de la poderosa mano de Nuestro Señor e recibido y creyendo, como firmemente creo y confieso el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y una misma esencia, y en todo lo demás que cree, enseña y confiesa nuestra santa madre Iglesia católica, apostólica y romana, regida y gobernada por el Espíritu Santo, en cuya fe y creencia yo he vivido y protesto vivir y morir y nunca apartarme, viéndome de la muerte que es cosa natural, deseando poner mi ánima en la llamada para la salvación que pueda la salvar, esto por testamento y última disposición ordeno y mando lo siguiente”.

“Encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor que me la dio y quiso que por el precio infinito de su sangre, la redimió y el cuerpo mandó a la tierra de que fue formado, y si de la enfermedad presente falleciere, se dé sepultura a mi cuerpo en la parte y lugar donde diga mi señor, a cuya disposición y voluntad dejo todo lo que acerca de esto yo podía disponer y ordenar que lo mismo ordeno, mando y dispongo. Quiero morir y ser enterrada en el hábito de la orden del seráfico padre San Francisco; mando se digan por mi alma y la de los señores príncipe y princesa, mis padres, que Dios tiene, y por todas las benditas ánimas del purgatorio misas en las iglesias y lugares y altares que pareciere al duque mi Señor con que sean preferidos en decirlas y las misas las cantarán los padres de San Francisco de esta ciudad de Sanlúcar, y también se han de de decir estas misas por las ánimas de las personas a quien puedo ser en algún cargo, del cual no me acuerdo, y encargo que se hagan perpetuamente en cada año se tome por mi ánima una bula de ánima y que para ello se sitúe la renta que pareciere conveniente”.

Procede a la fundación de una capellanía, “y es mi voluntad que, luego que yo sea fallecida, se funde e instituya, como yo fundo e instituyo, misas perpetuas y beneficio eclesiástico colativo por mi ánima y de los señores príncipe y princesa, mis padres, que Dios tiene y por todas las benditas almas del purgatorio y demás difuntos, la cual capellanía ha de ser de misas rezadas en cada un día de todos los del año perpetuamente, y una fiesta cantada con sermones y toda solemnidad, conmemoraciones de difuntos, al Espíritu Santo en el día de Pentecostés y se ha de servir en la casa e Iglesia de clarisas y del Señor San Pedro.         Que yo he fundado en esta ciudad de Sanlúcar y para ello que deja de sus bienes la cantidad de hacienda que bastare y reservare bastantemente esta capellanía y se imponga con equidad para que la haya en la perpetuidad y servicio de ella, y remito a la disposición de señalar la renta con que se ha de servir y situación y nombrar a capellanes una y muchas veces, y el Patrono y Patronos que lo han de ser después en los días de que fuera en verdad, estimo que para ello y lo dependiente anexo y le doy su plena facultad tan bastante como puedo dar y se requiere sin limitación alguna”.

Reitera la fundación de una capellanía que vele por el fiel cumplimiento de decir las referidas misas, “ítem mando que en la dicha Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad se digan por mi ánima perpetuamente las nueve fiestas de Nuestra Señora y otra en la fiesta de Nuestra Señora Santa Ana, con toda la solemnidad en sus mismos días y sea conmemoración de difuntos y se doten de la renta bastante que el duque mi señor diere y situare en la forma en que he fundado la capellanía en la dicha Iglesia y manda fundar y que se cumpla luego. Mando a la dicha Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad todo el brocado que se haya en mi recámara para ornato y servicio de aquella santa casa”.

Deja dinero para el mantenimiento de una cama para enferma “también digo que yo tengo un censo de mil y cuatrocientos ducados de principal, y que mi secretario reclamó, que este censo lo he dado y siendo necesario de nuevo todos a la Iglesia Casa de Nuestra Señora de la Caridad, de quien sustente una cama y cure una de las enfermas de dicho Hospital y esto se cumpla, según antes de ahora lo tengo ordenado”.

Igualmente, tiene en cuenta que se abonen cuanto se ha gastado en diversas iglesias, “ítem ordeno que para la fábrica de dicha casa e Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad y del señor San Pedro e iglesia de Regina Coeli de esta dicha ciudad por mi orden sean tomados algunos materiales a diferentes personas, y entiendo que se den parte de ellos, mando y es mi voluntad que todo lo que se debiere así de los dichos materiales como otras cuales deudas que se han causado en orden de dichas fábricas, y para ellas por mi orden y mandato y otras cualesquiera deudas que yo debía y que ha de costar con acuerdo y parecer del duque mi señor y del padre Fray Barto de la orden de San Francisco, guardián del convento de San Francisco de Sanlúcar, mi confesor, se paguen y satisfagan con toda puntualidad y cuidado de manera que quede descargada mi conciencia”.

Como correspondencia a su benignidad, ha recibido el patronazgo de Regina Coeli y en su consecuencia “digo que en consideración de las ayudas que he dado al dicho convento de Regina Coeli de Sanlúcar en las fábricas que allí se han hecho y reedificación de su Iglesia, tengo el patronazgo de la dicha Iglesia y convento con facultad de que por nombramiento mío y de mis sucesores que este patronazgo puedan entrar monjas en el dicho convento las personas que yo señalase como consta por los títulos  y recaudos que me están concedido. Nombro en mi lugar por Patrono perpetuo en este patronazgo sin reserva alguna al duque mi señor en perpetuo para siempre jamás.

Comienza ahora con las mandas para sus cridas “y además Isabel Gutiérrez por lo bien que me ha servido cien ducados de renta en cada un año por los días de su vida, y con esto quede pagada. Ítem mando a Doña Mencia Ponce de León. Doncella, mi criada, mil ducados para que pueda tomar estado el que ella quisiere. Ítem se den a doña Isabel de Valdés y a doña Ana de Cabañas, doncellas mis criadas, a cada una mil ducados para el mismo efecto de tomar estado, el que ellas quisieren. Ítem a doña Isabel de Mendoza y María, doncellas mis tías, si quisieren entrar monja en el dicho convento de Regina Coeli, de esta ciudad de Sanlúcar, que entiendo que una de ellas está resuelta de lo hacer, ordeno y mando sean admitidas a ello, y las nombro como tal patrona que soy del dicho convento y por uso del poder y facultad que para ello tengo, y de las demás mis criadas a quienes yo legado en este testamento o algunas de ellas quisieren entrar monjas en el dicho convento también gocen de los beneficios y sean por mí nombradas y comprendidas en el dicho patronazgo”.

Habiendo comprado unas casas para agregarlas a la Iglesia de la Caridad, “también quiere que el asunto quede finiquitado, Declaro que por mi orden y a mi instancia se le compró a doña Ana Ortiz, viuda, vecina de esta dicha ciudad de Sanlúcar, unas casas que se incluyeron en la casa Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad y del Señor San Pedro y con la susodicha se concertó el precio de los ducados y a los plazos que se acuerden, mando se le pague recompensa a la dicha doña Ana Ortiz del valor de la dicha casa y lo que se le debiere se le pague puntualmente sin dilación y se le anticipe y pague luego la paga”. Dato curioso es que también libera a una esclava de su servicio “mando que María de la Ascensión, de color mulata, nuestra esclava, quede libre de todo cautiverio, sujeción y servicio por el buen servicio que ha hecho en la casa”.

Tras ello, llega el turno a sus hijos, “ítem es mi voluntad de mejorar, como por las presentes hago, en el tercio y remanente del quinto de todos mis bienes, deudas, y acciones y cuando de mí quedaren a don Felipe, don Alonso, don Miguel, don Juan, doña Francisca, y doña Ana, mis hijos legítimos, y del duque mi señor y marido, en consideración que el conde de Niebla, don Manuel mi hijo, ha de suceder en el mayorazgo de esta casa y en sus rentas, y a que la princesa y duquesa de Pastrana, doña Leonor Manrique de Sotomayor, mi hija, está ya dotada y tiene estado de matrimonio y llevado su dote y sus legítimas en cantidad de la dote, se ha de entender la institución de gerencia de cuando a ella hiciere y atento en los demás mis hijos en cuyo favor de esta cláusula tienen mayores necesidades y por justas consideraciones la cual dicha mejora hallan y llenen en la forma que más haya lugar de cómo le queda al duque mi señor, poder y facultad para que durante los días de mi vida cuide de ellos como a su señoría pareciere, ponga a los dichos mis hijos y a cualquiera de ellos las limitaciones y condiciones que bien visto le fuere en la parte de bienes que montare esta dicha mejora, y a ellos les mando que los cumplan”.

Mira a su secretario y afirma, “ítem declaro que el dicho Pedro de Vallejo Cabañas, mi secretario, tiene a su cargo unas partidas de dineros míos, que él sabe la cantidad, de qué son, y en qué parte de nuestra casa están. Estas dichas partidas aplico para el cumplimiento de lo contenido en este mi testamento y de ellas se ha de sacar lo que montare y pareciere justo para la dotación de una lámpara que mandé hacer y envié a Nuestra Señora, que también remito a que se ha de hacer a la voluntad del duque mi señor”.

Tras ello, nombra a sus albaceas testamentarios, “para cumplir y pagar este mi testamento y las mandas en él contenidas nombro por mis albaceas testamentarios y ejecutores al duque mi señor y a los que su Excelencia nombrare, a quien doy bastante poder y facultad de albaceazgo, para que, aunque sean pasados todos los escribanos que disponen las leyes, cumplan”.

Termina así el testamento: “Y después de cumplido y pagado y ejecutado, en el remanente que quedare de mis bienes y cuando pareciere ser mío y de mí quedare, instituyo por mis herederos al conde de Niebla don Manuel Alonso Pérez de Guzmán y a la princesa y duquesa de Pastrana doña Leonor Manrique de Sotomayor, a don Felipe, don Rodrigo, don Alonso, don Miguel, don Juan, doña Francisca, y doña Ana, mis hijos legítimos y del duque mi señor, los cuales quiero que hayan y hereden los dichos mis bienes con la dicha mejora del tercio y quinto que tengo arriba nombrado y anulo y doy por ninguno, rotos y anulados y de ningún efecto, todos y cuales testamento, mandas, codicilos ypoderes para los gozar, aunque lo hubiese dicho de palabra, en público o en secreto, que quiero que no valgan, salvo esta que es mi postrema voluntad, y así lo ratifico en la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, viernes catorce de mayo de mil y seiscientos y diez años, siendo llamado e rogado el doctor Fernando Páez de la Cadena, presbítero, y el licenciado Jerónimo de Abreu y Soria, contador mayor, y el doctor Antonio Ortiz de Sotomayor, y Pedro de Vallejo, y don Fernando de Molina, y don Francisco de Molinares, escribano de Sanlúcar. Y yo el presente escribano doy fe que conozco a su Excelencia la duquesa”.  

 



[1]  Carmen Rodríguez Duarte: “El convento de Regina Coeli, un modelo de vida monástica en la Sanlúcar del Barroco, p. 104.

[2]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones… p.248.

[3]  Carmen Rodríguez Duarte: “El convento de Regina Coeli, un modelo de vida monástica en la Sanlúcar del Barroco, p. 106.

[4]  Velázquez Gaztelu documenta que “fue recibido por uno de los siete escribanos públicos de esta ciudad en Cabildo de 24 de noviembre de 1592” (Cfr. Catálogo… p. 100).


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