Gentes de aquí ...

  AUSEJO, fray Serafín. Escriturista y teólogo capuchino. Ausejo (Logroño) 1901.

 

 

 

 

Fue su nombre de pila Anastasio Martínez Heras. Como buen montañés vino a trabajar a Sevilla en una mercería que poseían unos amigos de su padre en la Plaza del Salvador. Tenía 14 años. En 1918 ingresa en la Orden Capuchina. Efectuados sus estudios, fue destinado director del Colegio Mayor de Sanlúcar de Barrameda (1934). En 1937 es nombrado Ministro Provincial de los Capuchinos de Andalucía. Dos años después, pasa a desempeñar el cargo de profesor de Lengua Griega en la Universidad de Sevilla, al tiempo que lo era del Seminario de San Telmo.

Este sanluqueño de adopción fue uno de los mejores escrituristas de su época, sobre la base de ser un intelectual de reconocimiento mundial. Tuvo una sólida formación humanística, lingüística (hablaba once lenguas: español, alemán, francés, italiano, inglés, latín, griego, hebreo, arameo, árabe y siríaco), filosófica, teológica y bíblica.

Era doctor en filosofía y teología por la Universidad Gregoriana de Roma (1921), licenciado en Sagradas Escrituras por el Instituto Bíblico Romano (1931), académico de la Real Academia de Medicina de Sevilla, donde ingresó con el discurso: “Evolucionismo y poligenismo ante la Biblia y Documentos pontificios”. Miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Realizador del Proyecto de una Universidad Misionera Franciscana, con la finalidad de formar a religiosos que evangelizaran en Hispanoamérica.

Fue el impulsor de las "SEMANAS BÍBLICAS ESPAÑOLAS", que germinadas en 1935, no se pudo comenzar hasta 1940, que se celebró la primera en la ciudad de Zaragoza. Estas jornadas supusieron un verdadero renacimiento de los estudios teológicos y bíblicos en España, consolidándose al recibir la tutela del Instituto "Francisco Suárez" del Consejo Superior de Investigaciones científicas. Tuvo particular resonancia la celebrada con motivo del VII Centenario de la Universidad salmantina (1954), dedicada al estudio de "Los géneros literarios en la Biblia", interviniendo grandes teólogos como Danieloux, Colunga, Shildenberger...

Su producción científica, tanto en conferencias, artículos y publicaciones, tuvo como eje conductor a la Biblia. Publicó el “Diccionario de la Biblia”; “Versión ecuménica del Nuevo Testamento”, del que se difundieron más de un millón de ejemplares; y la “Edición de lujo de la Biblia”, que contó con ilustraciones de Salvador Dalí. En 1965 fue designado consultor y asesor de Teología y Sagradas Escrituras de los padres conciliares en el Concilio Vaticano II.

Su relación con Sanlúcar de Barrameda tiene su origen en 1934 en el que es nombrado director del noviciado y seminario que los Capuchinos tenían en la ciudad sanluqueña. Le sorprendió en la ciudad la guerra fratricida y un hombre de su inteligencia y sensibilidad sufrió indeciblemente, pues, al parecer tuvo acceso a los presos, a los que asistió espiritualmente.

Su sentimiento hacia su ciudad enamorada lo expresó en un artículo que, estando en Barcelona, envió a la Revista festera de Santa Teresa, que tituló “Recuerdos intrascendentes de una sandalia”. Tras recordar el primer viaje que realizó a Sanlúcar desde Sevilla en 1932 en "el barquito que llamaban del pescado", dejó esta bella semblanza de la ciudad: "Yo no conocía Sanlúcar. Y apenas si sabía de ella poco más de lo que aprendí en la escuela elemental de mi pueblo castellano viejo. Todo se reducía a tres noticias: que en Sanlúcar terminaba el Guadalquivir; que aquí arribó Juan Sebastián Elcano al término de su viaje de circunnavegación a la tierra; y que de la playa de Sanlúcar era el ventero socarrón que armó caballero a don Quijote en una venta de la Mancha... Vuelvo a lo que me sucedió en el Castillo (se refiere al del Espíritu Santo) en uno de mis primeros paseos por la inmejorable y entonces totalmente solitaria playa del Mazacote...se me cayó una sandalia entre la rocas, sorteé las olas... pero una sobrevino y me dio un remojón hasta el pecho. Con el hábito chorreando hube de llegar al convento.

Siempre que tengo unos días libres... procuro pasarlos en esa inolvidable ciudad y salir todas las tardes a mi paseo preferido: la playa del Mazacote hasta el Castillo. En cualquier época del año, y especialmente en el otoño, Sanlúcar es para mí el mejor lugar de descanso. En mi ya larga vida, he tenido que recorrer y vivir en muy diversos países y naciones. Pero en ninguna parte me encuentro más a gusto que en Sanlúcar. Las puestas de sol vistas desde mi convento, los paseos por la playa tranquila, siempre han constituido para mí un descanso para el cuerpo y para el espíritu. Doy gracias a Dios por haber dispuesto que yo pasara no pocos años en esa incomparable ciudad".

 

Una modesta calle del Pago de Capuchinos recuerda con su rotulación a este fraile sabio, que un día se enamoró para siempre de Sanlúcar de Barrameda.


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