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  PÉREZ DE GUZMÁN, Alonso IV. XII Señor de Sanlúcar de Barrameda (1550-1615).

  

 

Fue Alonso IV Pérez de Guzmán “El Bueno” (1550-1615) duodécimo señor de Sanlúcar de Barrameda y séptimo duque de Medinasidonia. Bautizado con el nombre de Juan Alonso Esteban, fue hijo de Juan Claros Pérez de Guzmán, conde de Niebla por concesión real, y de Leonor Manrique de Sotomayor y Zúñiga. La prematura muerte de su padre motivó el que heredase de su abuelo el señorío y el ducado, aunque con la tutoría durante unos años de su madre. Conjugó su política nacional de apoyo al monarca y el gobierno de sus Estados, aunque en este, en sus continuadas ausencias, fue muy importante la colaboración de su esposa.

Fue nombrado (1595) Capitán General de la Mar Océana y Costas de Andalucía, cargo que desempeñó con inteligencia y responsabilidad, aunque no pudo evitar el saqueo ejecutado por los ingleses en 1596. Adelaida Sagarra ha realizado un estudio sobre unas cartas del duque, contenidas en el Archivo General de Simancas, y que él dirigió (1606) al propio monarca, unas;  y otras a su secretario, el conde de Villalonga. En ellas el duque informa de la situación de Berbería[1] y de América, analizándola y presentando los proyectos de actuación que él consideraba oportunos. De su lectura se deduce que el duque ya tuvo en algunos de esos puntos “informadores” que le “vendían” las noticias que el duque demandaba.

En 1581 fue nombrado Caballero de la Orden del Toisón de Oro. Lo que, sin ninguna duda, le ha hecho ocupar página en la historia nacional e internacional fue su intervención al mando de la denominada “Armada Invencible”. Muere el marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, y Felipe II (1527-1598) nombra a don Alonso sucesor en el cargo al frente de la Armada. El duque se excusa con las alegaciones de desconocer la tarea y de no gozar de la adecuada salud (se mareaba en la mar). El rey, sin embargo, no atiende a razones y lo ratifica en el nombramiento. El fracaso no tardó en llegar, pero los analistas del mismo aseveran que, aunque no era la persona adecuada por su incompetencia y cobardía –llegó a escribir “no saber de la mar ni de la guerra”– , sin embargo las causas del desastre son más generales y complejas. Aunque se pudiese esperar otra reacción de la corona, esta, sin embargo, no le negó su confianza, sino que lo nombró para el supremo mando naval en el litoral andaluz, donde siguió actuando como si de un auténtico virrey de Andalucía se tratase.

En 1566 se había desposado con Ana de Silva y Mendoza (Madrid, 1561- Sanlúcar de Barrameda, 1610), hija de los príncipes de Éboli. De doña Ana el duque admiraba “su hermosura, discreción y extremada fecundidad”. Ana de Silva, la que da nombre al famoso Coto de Doñana, era hija de dos personajes que tuvieron trascendental importancia en la historia de la España renacentista: Rui Gomes da Silva y Ana Mendoza y de la Cerda. El padre (1516-1573), príncipe de Éboli y duque de Pastrana, era un aristócrata portugués que, afincado desde muy joven en la corte española, siendo paje del príncipe Felipe II, llegó a ejercer tal influencia sobre el monarca que hay quien ha visto en sus relaciones un precedente de lo que serían los validos, aunque si bien es cierto que el rey Felipe nunca “descargó” en él las tareas de gobierno, sino que más bien lo tuvo como consejero y gran amigo, además de Secretario, Consejero de Estado y Guerra, Intendente de Hacienda.

  La madre (1540-1592), miembro de la influyente familia de los Mendoza, fue una auténtica mujer de leyenda, quizás favorecida por la oscurantista España de la segunda mitad del siglo, la España del cierre a la influencia europea, de la lucha de religiones, del tenebrismo eclesiástico. Todo acompañó a esta mujer para que su leyenda perdurase por mucho tiempo: su parche en el ojo derecho, sus intrigas palaciegas en la corte de Valladolid, los rumores que la señalaban como amante del propio rey, su denuncia a la inquisición del “Libro de mi vida” de Santa Teresa, a quien ella había llamado a que fundase en Pastrana, su histérica reacción ante la muerte de su marido –“metiéndose” a monja–, sus amoríos interesados con el secretario real Antonio Pérez; la fuga de las carmelitas de Pastrana ante el comportamiento de la princesa mientras estuvo en el convento...

 La información que su hermano el duque de Pastrana le facilitó sobre su madre, traumatizó profundamente a la duquesa Ana, una mujer tímida y retraída. En ello puede que esté la razón por la que la duquesa solicitó de su marido que adquiriese del Cabildo de Almonte los bosques de alcornoques y pinos de la “otra banda” del río para retirarse a él. El duque adquirió en 1585 aquellos terrenos que otrora habían pertenecido a su antepasados. Comienza a llamarse tan colosal finca “Bosque de Doñana” y el palacio en su interior construido “Palacio de Doña Ana”. Allí se refugió la duquesa, para sólo volver a la villa sanluqueña viendo que la muerte arañaba ya los cristales de su existencia y para recibir los sacramentos.

Ana de Silva y Mendoza había contraído matrimonio en Pastrana con el señor de Sanlúcar, Alonso IV Pérez de Guzmán. La boda fue capitulada el 3 de Junio de 1566 (Ana tenía 5 años) , pero no se efectúa hasta el 24 de Febrero de 1574. El matrimonio fue fecundo. Fueron sus hijos: Juan Manuel Domingo (1579), quien sucedería a su padre; Felipe (1582), fraile jerónimo; Rodrigo (1585), comendador de la Orden de Calatrava; Leonor (1587); Ana María (1589), que murió dos meses después; Alonso (1594), arcediano de la Catedral de Jaén y posteriormente arzobispo y capellán mayor de los Reyes Felipe IV y Carlos II; Miguel (1595) de la Orden de Calatrava; Juan Alonso Melchor (1597), virrey de Navarra; Francisca (1601) y Ana (1602).

Esta Señora de Sanlúcar de Barrameda, muy querida en la ciudad, se distinguió por su religiosidad y obras de caridad. Se hizo cargo del Hospital de San Pedro, mandó construir al arquitecto Alonso de Vandelvira la nueva iglesia que sería dedicada a la señora Santa Ana, y que, con posterioridad, llegaría a ser la Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad, patrona de la ciudad; se constituyó  además en gran protectora de las religiosas clarisas de la localidad. A ella se debe también la construcción de la actual fachada del palacio ducal. Murió en Sanlúcar en 1610 y fue enterrada bajo el altar mayor de la iglesia de la Caridad, donde también sería enterrado su esposo y algunos de sus hijos, en su calidad de  fundadores que fueron del templo.

En el gobierno de Alonso IV comienza a denominarse a Sanlúcar como ciudad, abandonándose el tratamiento de villa. Es cierto que de manera oficial no quedará ratificado hasta el 25 de septiembre de 1710, donde aparece este tratamiento en una Carta Real, dándosele órdenes al Cabildo y a todos los escribanos de la ciudad de que hicieran uso de dicho título en sus escritos, cosa que ya se venía haciendo desde muchos años atrás. Velázquez Gaztelu afirma que el duque Alonso IV había promulgado un decreto el 2 de Noviembre de 1579, ordenando dicho tratamiento de ciudad. Lo cierto es que hay un largo periodo de titubeo donde se alterna un título y otro (villa y ciudad), apareciendo por primera vez en 1652 el tratamiento de “muy noble y leal ciudad”.

Fue, por otra parte, muy significativo para la ciudad la reorganización jurídica que el duque Alonso IV estableció para el buen funcionamiento de las instituciones en sus “Ordenanzas para el buen funcionamiento de tierras y vasallos”. En los 50 capítulos de este texto jurídico se promulgan leyes sobre las competencias de los alcaides, de los alcaldes mayores, de los regidores, de los alguaciles, de los síndicos, de los escribanos, de los diputados del mes...; se regula el régimen de funcionamiento de las fortalezas y el oficio de los pilotos que atendían a la Barra e, incluso, se establece la forma en que se han de celebrar las sesiones del Cabildo.

En relación con el puerto de Sanlúcar,  una Real Cédula de 16 de Julio de 1561 había establecido que los navíos no podían navegar por su propia cuenta, sino que establecía “que cada año se hagan y formen en el río de la ciudad de Sevilla y puertos de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, dos flotas y una real armada [...] con naos para Tierra Firme y para Nueva España [...] la una por enero y la otra por agosto”[2].

Cuando se decretó la expulsión de los moriscos (1609) se ordenó que no se dejase marchar a aquellos niños cuyos padres se dirigían a tierras no cristianas, de esta manera el Cabildo Catedralicio sevillano se quedó con 300 niños; pero no le fue a la zaga el duque, pues mientras alejaba por la fuerza a los moriscos que se habían refugiado en las plazas africanas de Ceuta y Tánger, se traía para Sanlúcar de Barrameda 590 niños de entre 4 y 7 años. El siglo XVI contempló la publicación de una serie de medidas regias contra el pueblo morisco: no al uso de la lengua, no al uso de sus vestimentas primigenias (en las mujeres, la camisa que dejaba al desnudo el ombligo, los zaragüelles, las calzas, los escarpines, el jubón), no a la celebración ritual de sus matrimonios con sus tradiciones propias, no a cualquier contrato efectuado en lengua árabe, no a que las mujeres llevasen el rostro cubierto a la usanza de su raza y costumbres, no a tener cerradas las puertas de sus casas durante varios días a la semana... Se les obligó a ser cristianos por decreto, privándoles de la cualidad más radicalmente humana y del derecho más inalienable, la libertad de conciencia y de práctica religiosa

Fue el duque Alonso IV el que hizo construir el castillo fortaleza del Espíritu Santo, con la doble finalidad de potenciar la defensa del Arrabal de la Ribera, así como la de prevenir de los posibles ataques de los corsarios ingleses y holandeses, así como los de los turcos. Alonso IV falleció en Sanlúcar de Barrameda el 26 de Junio de 1615, siendo enterrado en el santuario de Nuestra Señora de la Caridad de la ciudad sanluqueña.



[1] Antigua denominación genérica con la que se designaba la parte de África del norte que se extiende a lo largo de las costas del Mediterráneo.

[2]  VV.AA:  Historia de Andalucía: tomo IV, p.  331.


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