Gentes de aquí ...

  PÉREZ DE GUZMÁN, Juan AlonsoV. XI Señor de Sanlúcar de Barrameda (1502-1558).

 

 

 

 

Este XI Señor de Sanlúcar y VI duque de Medinasidonia, nacido en el palacio ducal de la villa sanluqueña el 24 de marzo de 1502, accede al gobierno de los Estados de los Guzmanes, tras la declaración de impotencia y de incapacidad de su hermano Alonso III (1518). Juan Alonso V fue de los más populares duques de Medinasidonia. Era hombre despierto, emprendedor, familiar, generoso y buen gobernante. Además de ello, tuvo de cara el momento histórico que le tocó vivir, momento esplendoroso para la capital de sus Estados, la villa de Sanlúcar de Barrameda, aunque, en el aspecto familiar, tuviese que sufrir el profundo dolor de la muerte de su hijo, Juan Claros (1519-1556), conde de Niebla y de Fuentes.

Juan Claros, primogénito de Juan Alonso V y de Ana de Aragón, llevó el nombre de Claros por haber nacido el día de Santa Clara, en decir de los cronistas de la época, quienes se deshacen en elogios hacia la figura del conde: “ [...] de buena disposición, de gesto hermoso, estatura muy graciosa, ánimo muy liberal, de muy claro ingenio, muy bien dotado de todas virtudes y adornado de letras y reales costumbres” . Cualidades a las que agregan las de sabio, buen cristiano, buen jinete, aficionado a las ciencias y a las letras, afable y generoso con los pobres y necesitados, y además dirigía a su esposa “palabras tan amorosas (aunque había muchos años que eran casados)”.

En las Cortes de Toledo, a las que acompañó a su padre, y a petición del mismo, el rey le concedió a Juan Claros el título de conde de Niebla. Hay constancia de que, aunque de pequeño cuerpo, fue un gran militar, alcanzando su más elevada fama en Flandes. Es por ello por lo que uno de los más destacados secretarios reales, Francisco de Eraso (+ 1570), le dirige estos versos:

                                  Don Juan Claros de Guzmán,

                                  Conde de Fuentes, enseña

                                  que el morir en la campaña

                                  es vivir en las estrellas.

                                  Cuyo nombre eterno dura

                                  en las provincias flamencas,

                                  donde su espada dio asombros

                                  y su valor puso espuelas.

 

Cuando nació Juan Claros su madre era oficialmente esposa del duque Alonso III,  pero tanto él como sus hermanos son reconocidos hijos de Juan Alonso V (1532). En 1541 se casa con Leonor Manrique de Sotomayor y Zúñiga  (Sevilla, 1526- Sanlúcar de Barrameda, 1587). Sus padres, Francisco de Sotomayor y Teresa de Zúñiga, acumulan una gran cantidad de títulos nobiliarios: duques de Béjar, marqueses de Ayamonte y de Gibraltar, condes de Benalcázar y señores de Burguillos. Francisco de Sotomayor fue Justicia Mayor del Reino de Castilla. Barrantes Maldonado afirma[1] haber estado a su servicio en Hungría (“en la guerra del turco”), en Alemania, en Flandes y en España. Asimismo Leonor fue sobrina de San Francisco de Borja, a quien ella escuchó predicar en la villa de Sanlúcar de Barrameda.

Se casa en Sevilla con Juan Claros I Pérez de Guzmán y, después de las celebraciones, se trasladan al palacio ducal de la villa de Sanlúcar de Barrameda, dado que su esposo era el heredero del ducado y del señorío de los Guzmanes. Del matrimonio nacerán María Andrea y Alonso. A la muerte del señor de Sanlúcar Juan Alonso V (1558), y por haber fallecido antes y prematuramente Juan Claros, el hijo de Juan Claros y Leonor, Alonso, ha de suceder en el Estado a su abuelo; sólo tenía 9 años. El duque fallecido había testado que obligatoriamente era su nuera la que tendría que regir los Estados de la Casa ducal durante la minoría de su nieto. Así lo hará Leonor con “recta justicia, paz y quietud de todos” durante 12 años (1558-1570), como dejó escrito el maestro Medina.

Pudo haber celebrado segundas nupcias, pues a sus 33 años fueron muchos los señores nobles que lo intentaron, pero Leonor no quiso romper el rígido estatuto de las viudas de la Casa de los Guzmanes; y se dedicó de lleno a la tarea de gobernar. Supo rodearse de excelentes colaboradores. Saneó la depauperada economía heredada de su suegro. Las almadrabas llegaron al punto culminante de rendimiento económico en beneficio de la Casa ducal. Puso remedio al problema del agua existente en la villa. Comenzó y concluyó la construcción del templo del monasterio de Santo Domingo de Guzmán de Sanlúcar de Barrameda, en el que además costeó un retablo y la reja divisoria de la capilla mayor y el cuerpo de la iglesia. En dicho templo ordenó ser enterrada y trasladó allí  el cuerpo de su marido, construyendo unas estatuas orantes funerarias a los lados del presbiterio.

No esperó, sin embargo, que su hijo cumpliese los 25 años, sino que, con la debida dispensa real, hizo la cesión del gobierno a su hijo cuando este no había cumplido los 21. Tras ello, en octubre de 1575 se retiró al monasterio de las dominicas de Madre de Dios de la villa sanluqueña, donde vistiendo el hábito de la Orden tercera dominica, se dedicó a la oración hasta el momento de su muerte, producida en dicho monasterio en 1587.

Ahí quedó la respetable religiosidad de doña Leonor. Volvamos a su suegra Ana de Aragón por donde quedó el relato. Fue doña Ana hija bastarda del arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón, quien a su vez lo había sido también del rey Fernando. Fue su madre Ana de Gurrea, de los Gurrea de Aragón. Pese a la deficiencia mental de Alonso III, fue desposada en primera instancia (1518) con él. Ante esta situación, Ana “gobernó con valor, discreción y acierto muchos años”, según Velázquez Gaztelu[2].

Al no poderse consumar el matrimonio, se inició un pleito para que el enlace matrimonial se declarase nulo, pero esta declaración no se formulará oficialmente hasta el año 1532 por el arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique, que era quien había entendido del asunto. Tras ello, Ana reconoció que los hijos los había tenido de su cuñado Juan Alonso, con el que se casa en segundas nupcias. Fueron sus hijos: Juan Claros, fallecido en plena juventud; Enrique y Fernando, quienes fallecen muy niños; Leonor, que se desposa  en Sevilla con el mayorazgo de  la Casa de Ureña, llevando de sus padres una dote de 113.000 mrs; y Ana, que también en Sevilla se desposa con Íñigo de Tovar, marqués de Berlanga, portadora de una dote de 100.000 mrs.

En 1540 estuvo la duquesa en las fiestas de Santa Ana en el barrio sevillano de Triana. Al finalizar estas fiestas, cruzaba, montada en una mula y acompañada por su corte, el puente alzado para unir a Sevilla con Triana, cuando, por el peso de tanta gente curiosa sobre el puente, este se vino abajo. Todos fueron al agua. Catorce encopetadas doncellas, algunos caballeros y gente de a pie se ahogaron, y no fue más elevado el número de víctimas por la pronta asistencia que prestaron los marineros y barqueros que por allí se encontraban. La duquesa fue rescatada de las aguas por un paje del duque y un barquero. El rescate fue muy laborioso por las lujosas y recargadas prendas de la que la duquesa era portadora, de manera que una lujosa manga del vestido quedó flotando por las aguas del Guadalquivir. Recuperada en su palacio de todo menos del susto, y tras el oportuno descanso, dicen sus cronistas que prometió firmemente abandonar su afición al lujo y dedicarse a vivir modestamente y a desvivirse en socorrer a los necesitados.

Como mujer religiosa, “devota y amiga del culto divino”, y quizás influida por la afirmación que al duque y a ella misma le había hecho el General de la Orden de Predicadores de que el propio Santo Domingo descendía de los Guzmanes, se desvivieron en su mecenazgo sobre la orden dominica. A las monjas del monasterio de la Encarnación, hoy denominado Madre de Dios, le confirmó la renta de 30.000 mrs, granos, y le hizo una donación  “perpetua e irrevocable” del agua del Pozo Amarguillo, para que sus aguas fuesen conducidas por cañerías hasta el monasterio de monjas dominicas. La verdad es que la validez de esta merced fue largamente contestada por el Cabildo sanluqueño que veía cómo el monopolio del agua suponía un grave problema para los vecinos de la villa. Es por lo que se llegó al acuerdo de que se compartiese el agua entre las monjas y los vecinos del arrabal de la Ribera, no sin que los litigios continuasen por parte y parte.

Ana y su segundo esposo, el duque Juan Alonso V, habían decidido  fundar el monasterio de Santo Domingo. Compraron (1520) ocho casas cubiertas de paja en el Arrabal de la Mar, pidieron permiso a la curia pontificia (1530), solicitaron la autorización del padre general de la O.P, fray Juan de Genaro (1535), de manera que en 1548 el monasterio estaba concluido. El nuevo General, fray Francisco Romeu de Castellón les concede el patronato del monasterio, y el Cabildo sanluqueño, en gratitud a las acciones benéficas de los duques, acordó organizar con toda solemnidad cada año el día tercero de la pascua florida una procesión desde la iglesia mayor hasta el monasterio de Santo Domingo, donde se celebrarían solemnes cultos. Esta procesión se estuvo celebrando, sin que se conozca con exactitud el porqué de su desaparición hasta el año 1619.

La duquesa Ana de Aragón, que pasó la mayor parte de su vida en la villa de Sanlúcar de Barrameda, falleció, y como consecuencia del impacto experimentado, poco después de la muerte de su hijo Juan Claros. Fue sepultada en la iglesia del monasterio de Santo Domingo de la villa y, con posterioridad, trasladada al monasterio de Santiponce.

Su segundo esposo, Juan Alonso V, había tomado posesión de todos los Estados de la Casa de los Medinasidonia, al serle transmitido los títulos de su hermano Alonso por un privilegio otorgado en Barcelona por el emperador Carlos. El duque reconocería igualmente la paternidad de los hijos de Ana de Aragón.

Juan Alonso V mantuvo durante toda su vida con el emperador Carlos unas excelentes relaciones, colaborando en todas las empresas de la corona, tanto militar como económicamente. Alzada la rebelión de los comuneros, se levanta con sus ejércitos contra la Casa de Arcos, que los apoyaba. Encontrándose el emperador en Flandes, el duque conquista el Alcázar sevillano y lo devuelve a la corona, poniéndolo en manos de Jorge de Portugal, quien lo gobernaba en nombre del emperador, y a quien los comuneros habían desposeído. El emperador, sumamente agradecido a la acción del señor de Sanlúcar, realizada en la ciudad de Sevilla y en otros puntos, como en la defensa de Toledo ( a la que se dirigía, pero, sintiéndose enfermo en Córdoba, envió a su hermano Pedro, conde de Olivares,) le devuelve, por Real Cédula, algunas de las plazas, cuyo gobierno tenía retenido desde la acción levantisca de Pedro Girón, como Niebla, Sanlúcar y Huelva.

Se desplazó a Santander para recibir al emperador (1522), a quien acompaña hasta la ciudad de Valladolid. El monarca le confía la fortaleza real de la villa de Sanlúcar de Barrameda, que antes no estaba en manos del ducado. Lo nombraría Capitán General de la Mar Océana y Costas de Andalucía. Por delegación del emperador, acompañó (1525) a la infanta Catalina, hermana del rey, a Portugal, en donde se iba a desposar con el rey portugués Juan III. Acompañado de Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, y con una auténtica corte real, que el mismo duque había donosamente preparado a sus propias expensas, dejó a la infanta en manos de los portugueses “en la raya de Portugal”, donde fue recibida con gran solemnidad y regocijo.

La misma misión, pero en sentido inverso, volvió a desempeñarla en 1526, yendo a Badajoz para recibir y acompañar hasta Sevilla, a la infanta de Portugal, Isabel, quien se desplazaba para casarse con el emperador. Acompañó al emperador en su expedición a Túnez (1535), y le apoyó en la guerra contra los turcos, y ya que estaba enfermo envió al emperador un correo con 60.000 ducados, con los que se pagó las galeras del almirante del emperador Carlos, Andrea Doria (1466- 1560). Tras atacar los turcos la fortaleza de Gibraltar, estando él enfermo, mandó sus tropas, al frente de las que iba Barrantes Maldonado. El emperador le ratifica el ducado de Medinasidonia, el marquesado de Cazaza, el señorío de Sanlúcar de Barrameda, con el derecho de carga y descarga del puerto, Vejer, Jimena, Huelva, las almadrabas y todas las demás villas de sus Estados.

Junto con la duquesa doña Ana, su esposa,  se trasladó para asistir a las Cortes de Toledo. Visitaron Guadalupe, en donde permanecería la duquesa hasta la vuelta de su esposo. Él y su hijo continúan hacia Toledo, donde realizan una auténtica ostentación de riqueza y poder, de manera que se consideraba que su corte era superior a la del mismo emperador. Como el duque más antiguo de los duques de España, es él quien ostenta la presidencia de las Cortes. Finalizadas, recoge en Guadalupe a la duquesa Ana y se dirigen hacia Sanlúcar “donde tienen estos señores su principal asiento por ser, como es, pueblo fresco de verano por los ayres de la mar, é caliente de ynvierno, como lo son aquellos pueblos del Andalucía”[3].

Siguiendo con sus brillantes y costosísimas representaciones diplomáticas, el emperador, que iba para Alemania, lo nombra embajador extraordinario para que se desplazase a Portugal (1543) a pedir la mano de la infanta María Manuela para el príncipe, el futuro Felipe II, y la acompañase hasta Salamanca donde las bodas tendrían lugar. En esta misión estuvo acompañado por el obispo de Cartagena, Juan Siliceo. Al morir Hernán Cortés (1547) en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), el duque le hizo el honor de darle sepultura en su panteón familiar de Santiponce, de donde con posterioridad sería trasladado hacia el actual Colegio de las Irlandesas en Castilleja de la Cuesta.

El duque Juan Alonso V sintió una gran admiración y cariño por su villa de Sanlúcar de Barrameda, que por los años de su gobierno tuvo realmente una situación esplendorosa. Fue la época de la salida del puerto sanluqueño de grandes y muy famosas expediciones: la de Hernando de Soto (1538), que realizaría la conquista de Florida; la de Orellana (1544), descubridor del Amazonas; la de 1549, en la que Ruiz de Villalobos descubrirá las islas Filipinas; la que llevará al nuevo mundo a fray Bartolomé de las Casas ...

Es una Sanlúcar cosmopolita. El Arrabal de la Ribera está ya más poblado que la antigua villa murada, y gente de todas las razas y naciones recorren sus calles. Era tal la afluencia de extranjeros que Moreno Ollero destaca: “Hubo varias disposiciones, tanto de la corona como del duque, que prohibían que los extranjeros pudiesen alojarse en las casas de otros compatriotas suyos. Tal vez, con esta medida, se intentara impedir la evasión de impuestos como la moneda forera, obligarles a que se hospedasen en las posadas y mesones públicos, u obligarles a que edificasen sus propias casas. Tales medidas evidencian a todas luces una gran afluencia de comerciantes extranjeros a Sanlúcar”. De entre todos ellos, la colonia más numerosa fue la de los ingleses, mercaderes plenamente integrados en la villa que llegaron a construir capilla propia con la advocación de San Jorge, lugar de reunión y de enterramientos de sus compatriotas. Para la construcción de esta capilla les había concedido la Casa ducal terrenos en el sitio de las atarazanas en 1517. Años después, en 1591, se efectuaría la escritura pública de su casa hospicio y de su hospital[4].

Pero la villa ducal, favorecida económicamente por Carlos I al concederle el uno por ciento de todo lo que se cargase y descargase en su puerto, fue también, con tanta riqueza, villa donde se dio la lacra de la esclavitud, seres humanos considerados, con la mayor “naturalidad” y aceptación general, de una capa social ínfima. Entre 1514 y 1522 calcula Moreno Ollero que, en una población de unos 1.000 vecinos, se bautizaron 363 esclavos adquiridos por los vecinos de la villa, más unos 60 que habían ya nacido en ella. Los libros de bautismos documentan que era la villa de Sanlúcar, no sólo en este momento histórico sino durante muchísimos años más, la ciudad con mayor índice de esclavos de cuantas pertenecían a la diócesis hispalense[5].

El duque tuvo problemas de relaciones en algunos momentos con el Cabildo, pues este exigía que el duque cumpliese lo estipulado en las ordenanzas en relación con el número de los regidores. Debían de ser 13, y el duque concedía el oficio a quien quería, muy frecuentemente a servidores suyos que no eran naturales de la villa, lo que indignaba a los oligarcas sanluqueños. Asimismo fue contestada la decisión ducal de que una misma persona ostentase los oficios de alcaldía mayor y alcaidía de la fortaleza. Al respecto dice Moreno Ollero “ [...] en 1539 el duque don Juan Alonso recibió de Carlos V una cédula por la que el emperador le confirmaba la facultad que el duque tenía para poder investir con la alcaldía mayor a los alcaides de la fortaleza, ya que esta prerrogativa se la habían discutido varios concejos de sus Estados. El desempeño de la alcaldía mayor por parte de alcaide de la fortaleza se justificaba por la situación costera de la villa de Sanlúcar, muy expuesta a ataques de moros, por lo que era conveniente que ambos oficios estuviesen en una misma persona”[6].

Fueron tristes y dramáticos los últimos años de la vida del duque Juan Alonso V. La ya mencionada repentina muerte de su hijo, Juan Claros, motivó el fallecimiento de la duquesa y postró en cama al duque, aquejado de larga enfermedad, al que, en un principio, ocultaron el fallecimiento de la duquesa. Falleció el XI señor en su villa de Sanlúcar de Barrameda el 26 de Noviembre de 1558, mismo año de la muerte del emperador Carlos. Fue sepultado en el monasterio de Santo Domingo de la villa, aunque posteriormente su nuera, la condesa de Niebla, lo mandaría trasladar al panteón familiar de San Isidoro del Campo en Santiponce (Sevilla).

El acta de la sesión del Cabildo[7] recoge el sentir de la villa sanluqueña por el fallecimiento del duque, al par que da instrucciones sobre el comportamiento a seguir en el momento de duelo: los regidores irían al entierro “con sus bolas e capirotes sobre las cabezas”, las mujeres “con tocas negras”, los hombres “con capas negras e bonetes de luto” y que “so  pena que el que saliere de otra manera pierda las gorras e tocados que llevasen”.

A la muerte de tan poderoso duque, el Estado de los Medinasidonia quedó inmerso en grandes deudas. Sus gastos habían sido cuantiosos por su apoyo a la corona en acciones bélicas y en representaciones diplomáticas. A más de todo ello, el mantenimiento de la corte ducal suponía grandes gastos para ducales arcas. Moreno Ollero documenta la nómina de criados que desde tiempo atrás era habitual en el servicio de los duques : “ [...] cuatro alcaldes (de Sanlúcar, Chiclana, Trigueros y Medina Sidonia), once caballeros que recibían cada uno 20.000 mrs. de sueldo, cinco capellanes (cinco mil mrs. cada uno), dos médicos, que no eran sino los mismos que atendían a la población sanluqueña, cinco oficiales (un camarero, un secretario, y tres contadores) y cuatro escuderos. Entre otros criados, figuraban un cocinero, un despensero, un panetero, dos reposteros, cuatro pajes, ocho mozos de espuelas y cinco mujeres. Por otra parte, la duquesa, tenía a su servicio catorce criadas o damas. Dos años más tarde, entre la servidumbre ducal figuraban además seis cantores (un tenor, tres tiples y un contrabajo) y varios más”.

 



[1]  Ilustraciones de la Casa de Niebla , p. 538.

[2]  Fundaciones .... p. 171.

[3]  Barrantes Maldonado: Ilustraciones de la Casa de Nibla, pág. 535.

[4]  Archivo de protocolos, 5 de enero de 1591, ff. 304-131.

[5]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez: Fondos Parroquiales, cajas 90-109.

[6]  Sanlúcar de Barrameda a fines de la Edad Media, p.  55.

[7]  Acta de la sesión capitular de 27 de noviembre de 1558.


Desde el 1 hasta el 1 de un total de 1
1