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  CONVENTO DE SAN FRANCISCO EL VIEJO

 

 

 

 

Otra fundación en la que un grupo de sanluqueños puso particular interés y entrega incansable fue la del Convento de San Francisco el Viejo. El franciscanismo fue un fruto generoso de una Edad Media que reclamaba una Iglesia pobre, alegre y generosa, desapegada de los poderes y de las riquezas mundanales. Esta aspiración de pobreza evangélica daría origen a la orden franciscana. Fue su fundador un joven, de juventud algo descuidada (san Francisco de Asís, + 1226) que, al experimentar un radical cambio interior, sintió deseos incontrolables de imitar a Cristo, reproduciendo en sí mismo la vida del evangelio. La pobreza evangélica era para él la síntesis de la perfección que debía buscar en su vida. Su ideal fue pronto compartido por otros compañeros, que se denominaron “viri paenitentiales”. La sociedad prehumanista vio sorprendida a un grupo de jóvenes, seguidores de Jesús de Nazaret, que vivían de limosnas, se vestían pobrísimamente y se dedicaban al bien de todo prójimo, y todo ello con una desbordante alegría. La Iglesia aprobó las Reglas que el mismo Francisco había compuesto, y comenzó a llamárseles frailes menores. A esta orden pronto se agregó en 1212 la rama femenina, denominada la “Congregación de señoras pobres”, cuya primera superiora fue santa Clara, por la que recibieron el nombre de “clarisas”.

Sin pausas, la orden franciscana va adquiriendo caracteres complementarios y se va extendiendo por doquier. Se asientan en conventos. La Santa Sede les concede algunos privilegios: pueden poseer casas, cementerios, oratorios, en contraposición a los primeros franciscanos que se movían por las pequeñas poblaciones. A fines del siglo XIII los franciscanos sumaban ya unos 20.000, divididos en 32 provincias. En España se instalaron en 1217, y en 1233 formaban ya tres provincias.

A mediados del siglo XV, un grupo de inquietos sanluqueños fervorosos de la orden franciscana (Martínez Bachicao, Sancho de Vera, Alonso Fernández de Lugo, Antón Pérez y Lope González) proyectaron la fundación en la villa de una comunidad franciscana. Conscientes de que era imprescindible contar con un lugar adecuado para ello, acudieron a la señora Mencía Alfonso Muñiz, quien a la postre sería bienhechora de los frailes franciscanos, pues, en gran parte, a ella se debió la instalación de los franciscanos en la villa sanluqueña. Los anteriormente citados  solicitaron a Mencía Alfonso que cediese para la erección de un convento una arboleda y una fuente que esta poseía a la bajada de los altos de las cuevas. Accedió a lo solicitado y escrituró la cesión de esas tierras en 1443 ante el escribano Pedro Bernal. Fray Juan de Logroño, que era el vicario franciscano para las misiones de la Orden en las islas Canarias recibió lo donado, tomando posesión de lo que sería el convento de san Francisco el Viejo.

El nuevo convento recibió el nombre de Santa María de los Ángeles, y se dedicaría a ser lugar de descanso y de preparación para los frailes que iban o venían de las Canarias. Igualmente, siguiendo las nuevas orientaciones emanadas de los papas, que veían el profundo bien que de ello podía seguirse para la Iglesia, los franciscanos se dedicaron al estudio y a la formación en las Letras Sagradas; así afirma la profesora Rodríguez Duarte: “Esta cláusula fue cumplida porque desde el año 1443 [...] nunca faltó un religioso que enseñara a unos doce estudiantes los Sagrados Cánones o la Filosofía”[1]. De esta manera, en la villa se inició la tradición de que los monasterios fuesen, a más de focos de religiosidad, manantiales de cultura, constituyéndose bibliotecas, impartiéndose clases (no sólo de materias estrictamente teológicas, sino también filosóficas, gramaticales, artísticas, etc...) de manera que la docencia fue durante siglos una privacidad de los clérigos. Quienes aspiraban al sacerdocio o a ingresar en el estado eclesiástico, al no existir en la diócesis seminario conciliar hasta el siglo XIX, se preparaban académicamente para ello en las aulas de los conventos, junto con los frailes, o bien recibiendo clase de latinidad de algún otro clérigo, una vez que los conventos fueron suprimidos por el gobierno de S.M.

Gozaron los franciscanos muy pronto de la simpatía popular y de la generosidad del cabildo y del pueblo sanluqueños. Encontraron también una gran benefactora en la señora de la villa, Leonor de Rivera y Mendoza. En relación con la generosidad de los sanluqueños para con ellos escribe el profesor Moreno Ollero: “Todos los años por Navidad recibían un cerdo, y en el reparto de carneros que se hacía entre los regidores en Pascua de Resurrección, uno era para el convento. A veces, incluso les permitía que pudiesen cortar leña de la Algaida, propio del Concejo. También recibía dádivas y limosnas  de los duques. En 1534 recibían del duque 8.280 mrs. a fin de que comprasen medicinas para los enfermos que allí cuidaban. Poco después, en este mismo año, el duque les daba 5.000 mrs. para que terminasen las obras del mismo”[2].

En 1478 los reyes Isabel y Fernando la nombraron madrina de bautismo del príncipe Juan, nacido en el Alcázar sevillano y bautizado en la catedral de Sevilla por su cardenal arzobispo, Pedro González de Mendoza, tío de doña Leonor. Falleció doña Leonor en Sevilla en 1500, dejando en su testamento estipulado la fundación de tres capellanías perpetuas en el monasterio de Santa María de los Ángeles, con una provisión de 10.000 maravedíes anuales por cada una de ellas, tras haber mandado construir un monasterio nuevo, dadas las malas condiciones del anterior. Doña Leonor ordenó nuevas obras en el monasterio, lo amplió y reedificó el templo.

 



[1]  El convento de Regina Coeli. Un modelo de vida monástica en la Sanlúcar del Barroco, p.  88.

[2]  Sanlúcar de Barrameda a fines de la edad media, p. 158.


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