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  JERÓNIMOS EN SANLÚCAR

 

 

 

Está documentado que allá por 1270 existía en las proximidades de la actual Bonanza una ermita dedicada a Nuestra Señora de Barrameda. La existencia de esta ermita mariana fue anterior a la donación regia a Guzmán el Bueno de estas tierras, habiendo sido la mencionada ermita lugar de recogimiento, así como de defensa de la entrada del río por parte de los caballeros templarios. A más de esta ermita, está documentada la existencia  en sus proximidades de otras, como la de Nuestra Señora de Bonanza y la de Nuestra Señora de Guía[1].

          Para efectuar la fundación de los frailes Jerónimos con el patronazgo de los duques de Medinasidonia, se les asignó para que se asentaran en sus aledaños, la antigua ermita de Nuestra Señora de Barrameda, que ya estaba levantada en la zona antes de que a Guzmán el Bueno se le hiciese la donación del “castillo de Solucar, sus términos e jurisdicción” en 1297.

          Así describe el hecho el historiador de la orden jerónima Sigüenza: “La más antigua de ellas (se refiere a las fundaciones de conventos jerónimos) es Santa María de Barrameda. Está sentada esta casa, junto a la ciudad de Sanlúcar, en un hermoso sitio, donde se ven la barra, entrar y salir los navíos, y mucha diferencia de velas y vasos[2]; el aire es allí muy sano, y el suelo apacible y de mucho regalo[3]. El principio fue una ermita que estaba allí de Nuestra Señora, con quien los marinos tenían y tienen mucha devoción. Los duques de Medina Sidonia edificaron la casa que aunque no eran patronos de la ermita, éralo un pariente suyo, y de su consentimiento lo hicieron. Dicen que el intento del duque fue que sirviese de recreación y enfermería a los religiosos de San Isidro. La renta es poca, las más son limosnas y los votos de los que el mar se encomiendan a la Virgen Santísima y las misas que se mandan decir[4].

El nuevo convento jerónimo de Nuestra Señora de Barrameda, alzado por los frailes, incorporó a sus dependencias la antigua ermita y adoptó el nombre de la misma. Fue labrado con generosidad y amplitud, de manera que sus dependencias nunca llegaron a estar completas, pues la comunidad no excedió nunca de una veintena de miembros. A más de extensas zonas rurales, de frondoso y rico pinar, poseía el convento un amplio templo “de arquitectura moraica”, en decir de Velázquez Gaztelu[5], salas capitulares, amplio refectorio, hospederías y todas las necesarias dependencias conventuales. La generosidad de los sanluqueños y de la propia Casa ducal para con los monjes jerónimos potenció que llegasen a poseer con el transcurrir de los años un importantísimo patrimonio.

El paraje en el que se asentó el nuevo convento fue descrito así por Velázquez Gaztelu: “ [...] su situación es la más hermosa, alegre, y sana, que goza ningún convento de su orden. Estando sentado, en el pendiente, por aquella parte más suave, de la barranca de Sanlúcar, en el sitio donde fenece por la parte del septentrión, medio cuarto de legua distante de la población de su barrio bajo, con el frente de su principal habitación, al mar océano, no muy distante del puerto donde surgen los navíos y de las ermitas de Nuestra Señora de Bonanza y Guía, donde fenece el último torno del río Guadalquivir, que desde este paraje más que de otro, se descubre en toda su extensión, y anchura hasta las salinas más remotas de poniente. Mira a la ciudad y sus huertas del campo de San Francisco, por el lado de mejor prospecto, a que agregada la vista de sus deleitosas vecindades, y la de la propia huerta del monasterio, le constituyen por el más recreable sitio de Sanlúcar, que contener tantos que hechizan, ninguno produce juntos la diferencia y multitud de objetos agradables como los que ofrece cualquier balcón de las celdas de este devoto monasterio” [6].

Fue muy importante para la Iglesia sanluqueña la fundación de la orden jerónima en la villa. No sólo por su acendrada espiritualidad y vida monástica, asentada en dos principios fundamentales: el reconocimiento de la radical conciencia de pecado y la plena confianza en la infinita misericordia de Dios, sino también porque la jerónima sería una de las órdenes religiosas que preconizaron, si bien sin ruptura con la Santa Sede (cosas que sucedería posteriormente con otros reformadores) la necesidad de una reforma de la vida de la Iglesia, fundamentada dicha reforma en los pilares del culto divino, la austeridad, la soledad intimista, el silencio personalizador y el sentimiento de pequeñez. Anclados en estos firmes propósitos, algunos no consideraron congruente el poder que la orden iría adquiriendo gracias a las donaciones recibidas progresivamente.

 



[1]  Fundaciones..., p.  147.

[2]  Palabra con la que se denominaban  los barcos, de manera especial su casco, de ahí que la descripción de Sigüenza tenga un carácter descendente: primero la parte superior (las velas), y luego la parte inferior (el casco de los barcos o navíos). Se trata de un recurso literario con el que se genera una sensación de movimiento. Las velas se ven en la distancia, el caso en la proximidad.

[3]  Está utilizada la palabra en sus acepciones de gusto, comodidad y descanso personal.

[4]  De las fundaciones de algunos conventos de los religiosos jerónimos de la Orden de Fray Lope de Olmedo en España”, parte III, capítulo 42.

[5]  Fundaciones... p. 144.

[6]  Fundaciones..., p. 147.


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