Gentes de aquí ...

  ARTESANÍA SANLUQUEÑA

 

 

 

 

La artesanía gozó de tener pluralidades esenciales. Fue la realización de una obra, un trabajo que ayudaba a subsistir a quien lo realizaba. Fue arte, en muchas ocasiones arte radicalmente popular, transmitido oralmente de maestro a aprendiz, y de este, ya convertido en maestro, a los aprendices que se le acercaban. E incluso llegó a ser clase social, gremios primero, con enraizamientos sociales, de vecindad, de patronazgo... y posteriormente gremios sindicados en los tiempos más modernos.

La artesanía ennoblecía al hombre, porque lo interrelacionaba con su entorno más inmediato, con la naturaleza, de la que extraía personal y directamente la materia prima con la que desarrollaría su arte, y además lo relacionaba directamente con los consumidores de los productos por él creados. Con posterioridad nacería la máquina, ayuda para el hombre, pero también generadora de unas relaciones nuevas fundamentadas en la masificación, en la despersonalización y en el anonimato. Se pierden los conocimientos enciclopédicos, nace la especialización. Se rompe el diálogo del hombre con la naturaleza, esta ya no se deja retorcer en las manos humanas, y el cordón umbilical entre los humanos se rasga, sustituyéndose por la producción en serie.

Lentamente se ha ido contemplando en la ciudad cómo, unas tras otras, han ido cayendo las actividades artesanas más ancestrales y enraizadas en sus entrañas; y otras, para poder subsistir de alguna manera, se han visto obligadas a transformarse, adoptando unos perfiles nuevos.

El viejo trabajo artesanal  de la tonelería tuvo siempre gran pujanza en la ciudad. Está documentado cómo las naos de la Carrera de Indias portaban hacia aquellas tierras agua del Monasterio de San Jerónimo, con la creencia de que era milagrosa, pues no se corrompía con tan largo viaje. Pero con lo que siempre estuvo íntimamente relacionada la profesión fue con el vino sanluqueño. Quizás, aunque no encomiado, mucho pueda deber la calidad vinatera sanluqueña a los excelentes toneleros que siempre hubo en la ciudad, siendo famosos los de la calle Trasbolsa y los de muchas zonas barrioalteñas.

Moreno Ollero  señala la existencia de 31 toneleros en la Sanlúcar del período 1515-1535 y en el Catastro de Ensenada (1752) se recoge la existencia de 9 maestros toneleros y 44 oficiales; y en la década de los 80 existían unos treinta talleres de tonelería.

Los artesanos toneleros, en su “trabajadero”, fabricaban toneles, botas para el vino e incluso piezas domésticas, como cubos, jofainas... Utilizaban como materia prima el cerezo, el roble, el avellano, la encina, el castaño. Los más antiguos recogían en la orilla de la mar la madera que las naos portaban como lastre desde los puertos americanos y tiraban al mar a su llegaba a Sanlúcar de Barrameda. Era una profesión muy estratificada, pues, además del maestro tonelero, existían especialidades como aserradores, casqueros, doladores de fondo, escaleteros... Y con frecuencia trabajaban a destajo en un período semanal, pues terminado el trabajo asignado para la semana, ya no volvían a trabajar hasta el inicio de la semana siguiente.

Se va perdiendo lentamente la terminología de las herramientas que durante tantos años utilizaron: el cepillo de trabujar, la raspa, el chazo, los cuchillos de escalereta y de descantonar, la raspeta, la jablaera, el cepillo de hierro doble, la galga, el galafate de punta, los talugos, la garguilla ...

Otra ocupación artesanal sanluqueña ha sido la relacionada con las fibras vegetales: el palmito, la palma, el esparto, el junco, la anea; así como la caña y el mimbre. Ellas sirvieron al hombre para levantar o cubrir casas, cabañas y chozas o para la elaboración de enseres domésticos, como capachas, cestos, escobas, soplillos, sombreros...

Moreno Ollero señala la existencia al principio del siglo XVI de 6 esparteros en la villa y el Catastro de Ensenada (1752) recoge que había tres maestros y dos oficiales; el siglo XX vio desaparecer a los últimos esparteros de la ciudad que poseían taller en la calle Barrameda. Hasta allí llegaba el producto, ya casi semielaborado, tras el cocido, el machacado y el hilado, y de allí salían artesanalmente elaborados esportones, piezas decorativas (como cabezas de toro), fajas, frontiles, bozales, serones, látigos, sogas, soplillos...

Al igual que el esparto, en Sanlúcar de Barrameda, se trabajó la anea, traída de Arcos de la Frontera o de Lebrija, con la que se construían serones, canastos, esteras, persianas, y asientos para sillas de madera. El último taller artesanal estuvo al final de la calle de la Bolsa; el junco, que, traído de las orillas del Guadalquivir, servía a los artesanos para realizar persianas, cubiertas, artes de pesca, esteras...; el mimbre, varas de sauces asilvestrados, con el que se hacían bombos, bandejas, paneras, canastos, cestería y forros para adornar y asegurar las garrafas. También la caña sirvió para crear canastos y cestos de gran dureza y belleza, de manera que, habiendo perdido su funcionalidad primigenia, hoy se utilizan como elementos decorativos.

La artesanía de la madera siempre gozó de preeminencia en la ciudad desde la más remota antigüedad. Dado que Sanlúcar es ciudad marítima y marinera, desde sus ancestros existieron los carpinteros de ribera que, a cielo abierto, reparaban las naves deterioradas, o construían lanchas y canoas para la pesca por medio de unos artesanos de la madera que lo eran de amplio espectro, pues eran entendidos en arboladuras, en jarcias, en cascos, en velamen y en tantos otros aspectos de las embarcaciones, más suntuosas o más humildes, que llegaban a sus chancas, a sus varaderos o simplemente a la orilla misma del mar de Bajo de Guía o de la Playa de la Balsa, donde eran reparadas. Estos carpinteros de la mar, aún se veían a fines del siglo XX, por la playa de Bajo de Guía, pero sobre todo, en esta playa, tenían su apogeo en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX. Allí se les podía contemplar laborando con sus sierras, serruchos, azuelas, botadores, martillos, útiles de calafateado, colla, rasqueta, ferrestrete, mallo, etc.

Se cultivó también la carpintería de carretas, que en la Carretería construían garlopas, carros, arados de palo, bierzos, carretas..., la carpintería cortijera, asentada en los cortijos y encargada del arreglo de los aperos agrícolas, y la carpintería ambulante, de quienes, con la familia completa, se iban desplazando de un lugar a otro en busca del trabajo necesario. A todo ello sucedieron las modernas fábricas de muebles y, de manera particular, las fábricas del mueble de caoba, en las que Sanlúcar es hoy uno de los principales puntos en importancia dentro de la ebanistería, habiéndose llegado a la constitución, en 1987, de la Asociación Sanluqueña de Ebanistería.

Otras muchas son las manifestaciones de la artesanía sanluqueña, unas ya hoy casi desaparecidas por el cambio producido en las formas de vida social, otras mantenidas románticamente vivas por almas generosas que no quieren dejar extinguirse la llama de sus antepasados. En la Sanlúcar artesana quedaron las vidrieras realizadas por Pepe Ibáñez, las jaulas y trampas anónimas creadas con pequeños trozos de madera, alicate, martillo y alambre, los bordados a mano, la artesanía cofradiera, los encajes de bolillo, los ganchillos, las mantillas de María del Carmen Cedillo. Pero también en la Sanlúcar artesana se sigue modelando el barro con la maestría de Dolores Santiago Ibáñez; se sigue haciendo filigranas con el hierro en muchos talleres sanluqueños; los Cintas siguen produciendo una sinfonía de imaginativas figuras pintadas; Lucas Alcón borda incansablemente para muchas hermandades de penitencia de los más dispares lugares; Manolo Gallego sigue creando arte cerámico con una dedicación inagotable...

 

La artesanía, como todo arte, necesita estar rodeada de mucho silencio, quizás no sea mera tradición el que muchas de las más variadas manifestaciones de la artesanía sanluqueña estén cobijadas en los conventos de monjas de clausura.


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