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  PÉREZ DE GUZMÁN, Enrique II, Séptimo Señor de Sanlúcar (1442-1492).

 

 

 

El siglo XV se cerrará con la gran figura del duque Enrique II denominado “El Magnífico”. Es lo cierto que si la Casa ducal tenía que ocuparse de los asuntos hacendísticos y mirar por el buen funcionamiento de la caja[1] ducal, no lo es menos que sus relaciones con el cabildo fueron tensas en ocasiones; mientras que  con la iglesia de la villa lo fueron más bien fluidas. A la Casa ducal se debe gran cantidad de fundaciones religiosas realizadas en este siglo y en el siguiente. El primer duque de Medinasidonia traerá a los jerónimos (1440); Alonso Fernández de Lugo y otros vecinos de la villa –también con el apoyo de la Casa ducal– potenciarán la venida de los franciscanos de la Observancia (1447); Leonor de Ribera y Mendoza, Juan Alonso III, Ana de Aragón, Juan Alonso V, Leonor Manrique de Sotomayor y Alonso IV realizaron la fundación de las dominicas y de los dominicos o velaron por el engrandecimiento del monasterio. Ana de Aragón inició el proceso de la fundación de los jesuitas en la villa, que posteriormente culminaría la Casa ducal. Ana de Silva y Mendoza enriqueció la recién fundada orden religiosa de las clarisas, y mandó construir el que luego sería el santuario de Nuestra Señora de la Caridad. Alonso IV fue protector del mencionado santuario y posibilitó la fundación de los mínimos. Todos ellos además, en vida y en sus testamentos, dejaron cláusulas a favor de los diversos conventos de frailes y monjas.

 

          Muchos clérigos, además,  estuvieron al servicio de la Casa ducal y esta asistía a las funciones religiosas, si bien la vida privada de algunos de los duques era la “normal”, sus hijos naturales eran reconocidos, bautizados con la solemnidad propia de la linajuda sangre, e integrados dentro de la Casa, si bien en algunos casos en un discreto segundo lugar.

 

Enrique II Pérez de Guzmán fue uno de los miembros de la Casa ducal más queridos y de más brillante actividad, tanto en el terreno bélico como en el terrero urbanístico, pues fue muy dado a tirar edificaciones viejas y construir edificios nuevos en todo su señorío. Todo ello justifica que fuese denominada como “El Magnífico”.

 

Antes de heredar las posesiones de su padre ya había celebrado  nupcias con doña Leonor de Rivera y Mendoza en 1463 ( tan benefactora a la postre de las monjas dominicas de la Madre de Dios, como de la orden franciscana sanluqueña, a la que tenía “inclinación hereditaria”[2]), de cuya unión nacerá un solo hijo, el duque don Juan. El norte de su política fue  estar junto a los reyes, tanto con Enrique IV (1454-1474), como con los reyes Isabel y Fernando (1474-1516), y defender sus intereses de las pretensiones de la otra gran Casa gaditana, la de los Ponce de León, con la que mantiene un enconado enfrentamiento durante varios años del gobierno de su señorío.

 

Astuto, aprovechó la guerra civil que se dirimía en Castilla (1464- 1469) y el período de querellas sucesorias (1470-1474), para convertirse en el verdadero señor de Sevilla, llegando a ser denominado “el duque de Sevilla”, con prestigio superior aún al de los propios reyes. Asimismo consiguió que se le ratificase la jurisdicción de Gibraltar, para de esta forma completar su dominio señorial. Enrique IV confirmó (1469) esta merced real al duque, y los Reyes Católicos concedieron (1488) al duque Enrique II el título de Marqués de Gibraltar, pero en 1502 la corona recuperaría la plaza.

 

El enfrentamiento entre don Enrique Pérez de Guzmán y don Rodrigo Ponce de León adquirió gran dureza (1470) en la ciudad de Sevilla, donde los partidarios de uno y otro permanecían en enfrentamientos constantes. Los de los Ponce llegaron a meter fuego a la iglesia de San Marcos, donde se encontraban los partidarios del duque, los cuales consiguieron escapar del incendio. En 1472 el clima de enfrentamiento era tan acusado que, además de estar en una lucha constante por arrebatarse mutuamente castillos y villas, los canónigos gaditanos llegaron a abrigar el propósito de trasladar el cabildo catedralicio de la ciudad de Cádiz a la villa de Medina Sidonia, como consecuencia de los asesinatos, injurias, mutilaciones y destierros que aseveraban haber recibido del marqués de Arcos.  Al siguiente año, el alcaide de Arcos, toma por sorpresa la villa de Medina Sidonia. Ya agónicos, los dos contendientes firman la paz (1474) y acuerdan proceder a la restitución de los bienes que mutuamente se habían ido arrebatando por la fuerza de las armas.

 

Estos enfrentamientos van a durar de hecho, sin embargo, desde 1471 hasta el mismo 1492. El punto culminante de ellos quizás fuese en mayo de 1489. Don Rodrigo Ponce de León se encontraba con el rey en el cerco de Baza. Aprovechando la ausencia de él y de su guarnición, el duque y su hijo, capitaneando sus tropas, se dirigieron hacia Cádiz y procedieron a destruir las almadrabas, quemando barcos, derribando casas, e incluso lanzando pólvora contra las almadrabas hasta producir su total destrucción. El acto del duque fue condenado con el pago de lo destruido y la restauración de todo. La sentencia, sin embargo, no se llegó a cumplir; la muerte de don Rodrigo y el paso de la ciudad de Cádiz y de sus almadrabas a la corona puso fin al conflicto.

 

El señor de Sanlúcar, a pesar del constante enfrentamiento con los Ponce, no dudó en acudir (1482) en defensa de la marquesa de Cádiz que, sitiada, se encontraba en su villa de Arcos. El duque levantó el cerco a que la sometían los moros de Ronda y las tropas del rey moro de Granada, ante la poca guarnición que había en la fortaleza de Arcos, pues el marqués se encontraba en las luchas de Alhama. Hizo huir a los asediadores, liberó a la marquesa, poniéndose a su completa disposición. El hecho se difundió, enarbolándose la dignidad de don Enrique.

 

Acudió siempre Enrique II a cuantas empresas era solicitado por los reyes, no sólo con su propia persona y la de su hijo, sino también con sus propiedades y sus gentes. Pero de esta generosidad recibió él también, por su parte, mercedes de la corona, algunas de las cuales repercutieron en su villa de Sanlúcar de Barrameda. Aunque Enrique IV (1460), en contra de las pretensiones de los almojarifes sevillanos, había concedido a los señores de Sanlúcar los derechos del puerto de Barrameda, el tema no quedó zanjado y los sevillanos seguían incólumes en sus pretensiones; por lo que, solicitado por el duque, Enrique IV le confirmó tales derechos (20 de septiembre de 1470). Fue nombrado Capitán General de Andalucía y sus  costas (1475), alcaide de los Alcázares de Sevilla y de sus atarazanas (1475), ocupó Jimena –compensando a su poseedor, don Beltrán de la Cueva, con seis millones de maravedíes–, recibió Gaucín y su serranía, por el apoyo prestado en la guerra de Granada (1492) ...

 

Fue el duque que hasta el momento más engrandeció la villa de Sanlúcar de Barrameda. Consiguió traer a la Reina Isabel a Sanlúcar (octubre de 1477), acompañada por su corte, en la que figuraba  el cardenal Pedro González de Mendoza, después de haberse ofrecido incondicionalmente a ella en su entrada en la ciudad hispalense por la Puerta de la Macarena, sabedor de que la soberana venía a estas tierras a terminar con el poder y las luchas nobiliarias.

 

 Barrantes Maldonado[3] describe así la real visita: “[...] el duque de Medina tenia aparejado en la su villa de Sanlúcar recibimiento, tal cual convenia á tan grandes principes é señores; é como era en el mes de octubre, que es el tiempo de la vendeja ó feria, avia casi cien naos en el puerto de Sanlucar, é galeras é navios de remos, caravelas é otros navios redondos. E de Sanlucar salieron por la mar a recibir al rey é a la reina con muchas trompetas, é ministriles[4] altos, é dispararon dos vezes la artilleria, é con los barcos entoldados llegaron á la playa de Sanlucar, donde trezientos pasos dentro de la mar tenian hecha una puente de madera sobre toneles, sobre los quales estaban tendidos tapetes e paños de seda, é la Reina y el Rey salieron de la galera en la puente que le estaba hecha, por la qual saltaron en tierra, donde estaba mucha gente del pueblo é del estado del Duque, é sus criados é amigos; y estarian juntos dos mill de cavallo, tan bien aderezados que era maravilla, los quales al tiempo que llegó la reina comenzaron una escaramuza[5], cosa muy de ver, y el Duque los aposentó en la fortaleza nueva quél avia fecho...”. Todo ello, como afirma Pineda Novo, parecía presagiar lo que Sanlúcar iba a significar en el descubrimiento de América.

 

En la villa de Sanlúcar don Enrique levantó las atarazanas (1478), para construir y restaurar sus barcos; inició la construcción de la fortaleza de Santiago, para que sirviese de defensa del puerto de Sanlúcar; otorgó (1478) un privilegio de poblamiento de la ribera, por el que concedía título de propiedad a los vecinos que habían construido en ella, facultaba a quienes tenían en la misma propiedades a levantar construcciones y concedía a los mercaderes bretones que se estableciesen a las puertas de la entrada en la villa; derribó hasta los cimientos el Viejo Alcázar de la villa que estaba junto a la iglesia mayor, del que sólo quedó una torre que del Alcázar hiciere memoria... Con él fue realidad el inicio del arrabal de la Ribera, que luego sería el Barrio Bajo. Tuvo una gran corte, con abundantes clérigos a su servicio, en la que poseyó esclavos, no sólo él sino otros muchos nobles, eclesiásticos,  y caballeros de la época. Collantes de Terán[6] afirma que los duques, por esta época, poseían esclavos “albañiles, pintores, carpinteros, hortelanos, sederos, herreros y hasta uno que caza leones”.

 

Tras volver de la conquista de Granada, murió Enrique II súbitamente mientras dormía en los aposentos ducales del palacio sanluqueño, de donde  el titular del  más importante y rico  de todos los señoríos de Andalucía fue trasladado por el río para ser sepultado en el monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce (Sevilla). Era el 25 de agosto de 1492.

 



[1]  La denominada en los documentos de la época “la cámara ducal”.

[2]  Velázquez Gaztelu: Fundaciones ... p. 152.

[3]  Ilustraciones de la Casa de Niebla, p. 444.

[4]  Instrumentos de cuerda o viento.

[5]  Exhibición militar.

[6]  Historia de Andalucía, tomo III, 278.


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