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  PÉREZ DE GUZMÁN, Enrique I. Quinto Señor de Sanlúcar (1375-1436).

 

 

 

 

 

 Enrique I (1375-1436) estuvo al pairo de diversos asuntos: la fundación del monasterio de los jerónimos de Santa María de Barrameda, incorporándole la ermita del mismo nombre; los enfrentamientos contra los musulmanes en las villas de Zahara y Setenil; la compra de las Islas Canarias… De todo ello se resentirían las arcas de la hacienda de la Casa ducal.

Don Juan Pedro Velázquez Gaztelu, que cita lo referido por el cronista jerónimo, monta en cólera ante la mera suposición o duda de que los jerónimos no hubiesen sido una fundación exclusiva de sus señores, razón por la que el administrador de la Casa ducal pone en su sitio a quien fue el que potenció la fundación, Enrique I Pérez de Guzmán, V señor de la villa Sanlúcar de Barrameda

Nació el V señor de Sanlúcar de Barrameda en la ciudad de Sevilla en 1375, siendo su padrino de bautismo su abuelo materno el rey Enrique II de Trastámara. A sus 26 años de edad es llamado, al igual que los nobles y gente de importancia social y eclesiástica, por el rey Enrique “El Doliente”, a la ciudad de Segovia, donde se iba a proceder a jurar como princesa heredera de Castilla y León a la infanta doña María. El ceremonial se realizó, pero sus efectos hereditarios duraron poco al nacer con posterioridad un hermano varón, el que sería coronado Juan II.

 

En 1402 se casa con la noble dama doña Teresa de Figueroa, de cuyo matrimonio nacerían Juan Alonso, en 1410, y María en 1414. El nacimiento de Juan Alonso fue muy celebrado; por una parte, porque la duquesa tuvo que esperar 8 años el nacimiento del futuro señor de Sanlúcar  y, por la otra, porque el nacimiento del niño ponía fin al largo período de duelo en la corte ducal de Niebla por el fallecimiento del padre de la condesa.

En 1400 parece que el señor de Sanlúcar intercedió para que se colocase en la torre de la primera iglesia de Sevilla el primer reloj de su historia. Como sus predecesores, también don Enrique, aunque señor de excelentes cualidades humanas (cortesía, generosidad, sociabilidad, buen jinete, dado a la donosidad...), tenía como pasión la de la época, su afán belicoso contra “los moros”. Aportó, en la lucha contra ellos, bienes, recursos humanos y su propia intervención personal en el frente de batalla. Participó en la toma de Zahara que, vencida, fue puesta en manos de su suegro (en 2 de octubre de 1407); en el intento de vencer a los moros en la dificilísima fortaleza de Setenil (sette nihil); en la toma de Antequera (1410); en los escarceos realizados, en compañía del arzobispo de Santiago, hasta llegar a las proximidades de la ciudad de Málaga; en el apoyo a los Fernández de Lugo, para conquistar y castellanizar las islas Canarias; en las correrías por tierras de Granada y en la toma de Jimena.

Todo ello conllevaba el que su patrimonio se viese mermado por las frecuentes donaciones que realizaba para estas empresas bélicas. Es por ello por lo que el rey, consciente y agradecido, quiso premiar la acendrada generosidad del Guzmán con la donación de diversas propiedades por las tierras de Aragón.

A su faceta militar se ha de agregar su faceta como hombre político y cortesano. Asistió a la boda de Juan II y la infanta doña María, la hija de Fernando de Aragón. Permaneció dos años en la corte, pero no siendo muy recomendable el entorno cortesano, impregnado de intrigas, revueltas y anarquía, el conde, con la debida autorización regia, se volvió para sus estados andaluces. Aunque él, como conde de Niebla, residía con frecuencia en su condado onubense, como señor que lo era  de la villa de  Sanlúcar de Barrameda también se instaló en esta villa, en la que había estado con anterioridad a su boda, allá por 1399.      

Tuvo también relación estrecha con las islas Canarias. El francés Juan de Béthencourt había iniciado su lenta conquista en 1405. Años después don Enrique compró las islas, teniendo consideración de “señor de las Canarias”. Pero su señorío duró poco, porque las islas le producían mucho gasto y pocos beneficios, por lo que negoció con Fernán Peraza el cambio de las islas por algunos pueblos de la propiedad de Peraza. El señor de Sanlúcar se volvió a la península portando con él gran cantidad de esclavos.

Tuvo también una intervención en los asuntos eclesiásticos en relación con el monasterio de San Isidoro de Santiponce en Sevilla. Informado por el administrador perpetuo del arzobispado hispalense, fray Lope de Olmedo, de la vida relajada que llevaban los frailes bernardos[1], asentados en el monasterio construido por sus antepasados, y del que el señor de Sanlúcar era patrono, influyeron en el papa, para que los bernardos fuesen expulsados del monasterio. Fueron sustituidos por los ermitaños de san Jerónimo. De la relación con esta orden vendría la fundación en el paraje de Barrameda del que sería nuevo monasterio jerónimo, si bien esto correspondería a su hijo y heredero, el duque don Juan, quien concedería, como quedó indicado, a los jerónimos la zona de la ermita de Barrameda para que la utilizasen como lugar de descanso, de recuperación para los monjes de san Isidoro del Campo, así como de hospital para los navegantes que llegaban heridos o enfermos al puerto de Zanfanejos (puerto que existió entre la actual Bonanza y la Colonia de Monte Algaida).

 



[1]  Miembros de la orden fundada por Bernardo de Claraval (1090-1153).


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