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  PÉREZ DE GUZMÁN, don Alonso "El Bueno".

 

 

 

 

Cupo al rey Fernando III el santo (1199 - Sevilla, 1252) la satisfacción de ver cómo en su persona “se unieron de nuevo, y definitivamente, las dos coronas de Castilla y León”[1]. Católico ferviente y practicante, procedió a la reconquista de gran parte de Andalucía (1226-1250): tomó Córdoba (1236), Jaén (1246), y Sevilla (1248). Proyectó asimismo la salvaguarda de sus fronteras con el establecimiento de plazas fuertes en el norte de África. Eran tiempos de guerras y violencia, ámbito natural para personajes aguerridos e intrépidos, dispuestos a todo, muchos de ellos más por el afán de lucro y medro que por ideología “patriótica” o “religiosa”. Contó en todo  momento el rey Fernando, para ejecutar estos proyectos militares, con la ayuda espiritual y material del papado. En tierras de la actual provincia de Cádiz tan sólo logró someter algunos lugares. Sin embargo, al producirse su fallecimiento, los árabes se enardecieron y patrocinaron algunas rebeliones.

Fue su hijo y heredero Alfonso X el Sabio (Toledo, 1221- Sevilla, 1284) quien realizó la reconquista de la provincia gaditana. Experto en la guerra contra los musulmanes, se afanó en continuar la obra bélica de su padre, incentivado por los papas Inocencio IV (1195- 1254) y Alejandro IV (quienes concedieron gracias espirituales a quienes en ellas interviniesen), aunque serían otras las preocupaciones que le apartarían un tanto de ellas, como la vana pretensión de ser coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Tras conquistar la ciudad y el reino de Niebla (1262), procedería a culminar la reconquista de la ciudad de Cádiz (1260-1262) y, tras ella, la de Jerez (conquistada en primera instancia en 1255, y de manera definitiva en 1263), Vejer, Medina, Rota, Sant Lúcar (1264), Alcanate (Puerto de Santa María), Lebrija y Arcos. Aún por 1275 los benimerines volvieron a invadir por Tarifa, sembrando la devastación de las tierras de Vejer y las de Jerez, logrando además hacer muchos cautivos y apropiarse de un excelente botín.

Quien vendría a ser el primer señor de la Villa de Solucar, Alonso Pérez de Guzmán “El Bueno”, nace en León, hijo bastardo del noble don Pedro Núñez de Guzmán y de una doncella llamada Isabel. Muy joven, en 1276, va a África como miembro de una embajada del rey Alfonso X. Allí, con la interrupción de algunas venidas fugaces a España, va a permanecer hasta 1291. Su prolongada estancia en África parece que fue motivada, en su origen, por su despego de la corte ante las alusiones ofensivas a su condición de bastardía, pero, con posterioridad, a más de gozar de la amistad del sultán, se hizo poseedor de grandes riquezas. A Aben Yusef lo apoyó valerosamente contra los movimientos levantiscos de su tierra, con lo que fue cimentándose cada vez más la confianza del poderoso en él.

Su vuelta a España en 1291 vino acompañada de una aureola de guerrero valiente e invencible, y pronto tiene ocasión de probarlo en su tierra, interviniendo en la conquista de Tarifa, que cae en manos castellanas en 1292. Al siguiente año, y tras el corto periodo en el que estuvo en manos de Rodrigo Ponce, recibe del rey el cargo de alcaide de Tarifa.

En 1282 se había desposado en Sevilla con una dama de la alta nobleza sevillana, María Alfonso Coronel, quien aporta un cuantioso patrimonio, como dote nupcial, a las riquezas que ya poseía su esposo –no en balde era el de la Coronel uno de los capitales más importantes de la Andalucía de la época–, a quien acompañará también a África, aunque posteriormente ella se volvió para España, mientras él permaneció en aquellas tierras hasta su regreso definitivo. 

En 1294 los musulmanes (granadinos y benimerines) asedian la fortaleza de Tarifa. Dura el asedio unos meses y, ante la noticia de que venía en defensa de la fortaleza la flota aragonesa, así como auxilios de la ciudad de Sevilla, el infante don Juan -hermano del rey Sancho IV- que se había apoderado del hijo de Guzmán, Pedro Alonso, y que aspiraba a apropiarse de la fortaleza, le amenaza con que, si no entregaba la plaza, mataría a su hijo. La "Crónica" recoge las palabras de Guzmán: “que ante quería que le matasen aquel fijo e otros cinco si los toviese, que non darle la villa del Rey, su Señor, de que él ficiera homenaje”[2]. Tras lo cual, Pedro Alonso es asesinado.

Estos hechos, engrandecidos por la epopeya y por la leyenda popular, hicieron de Guzmán, ya en vida, un personaje mítico. Su fama motivó que, cuando se desplazara  para encontrarse con el rey, la gente salía a recibirlo alborozada. Recibe el apelativo de “Bueno”, no sólo por sus continuas hazañas, sino también por su magnificencia, pues de él se decía que, en tiempos de hambre, abrió sus paneras para que los hambrientos pudiesen comer.

Muerto el rey Sancho IV de tuberculosis en la ciudad de Toledo (1295), y ante los peligros inminentes de desmembración de Castilla, asediada por las ambiciones de los nobles que acechaban insaciables, Guzmán apoyó incondicionalmente a doña María de Molina, esposa de Sancho IV, el Bravo (1257-1295). Quizá el apoyo prestado en Andalucía tuvo mucho que ver con  que esta continuase siendo castellana.

Participó Guzmán en el asedio y conquista de Gibraltar, tras lo que, en unas operaciones bélicas por la Serranía de Ronda, concretamente en las proximidades de Gaucín, el 19 de Septiembre de 1309 unas flechas enemigas acabaron con este personaje de leyenda. El cuerpo fue llevado a Sevilla por el Río Guadalquivir, depositado en la catedral, donde dijeron misas todos los curas que había en la ciudad. Tras lo cual, su cuerpo fue enterrado en el Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce, que él, por concesión real, había construido años antes en el lugar donde se encontraba la antigua ermita de San Isidro, para que fuese lugar de enterramiento de él y de su esposa. Martínez Montañés (Alcalá la Real, 1569–Sevilla, 1649) sería  el escultor que crearía las figuras orantes del Bueno y de su esposa, que coronan sus lugares de enterramiento, ya que en dicha iglesia construyó uno de los más importantes retablos del XVII. Las figuras orantes son del segundo decenio del mismo siglo. Son auténticos retratos, no de sus protagonistas, sino de otros contemporáneos del autor, que le servirían de modelo.

Lo más significativo de Guzmán el Bueno es haber sido el tronco de un gran linaje nobiliario, sus descendientes, los Señores de Sanlúcar, que constituirán posteriormente la importantísima casa nobiliaria de los Medinasidonia. Guzmán el Bueno fue padre de dos hijos, tres hijas y una sexta, “bastarda”, al decir de la época. En 1303 casó a su hija Isabel con Hernán Ponce de León, señor de Marchena, y a su hijo Juan Alonso con Beatriz Ponce de León; y en 1306 a Leonor  con don Luis de la Cerda. Las bodas de sus hijas suponen, por las dotes nupciales de que son portadoras, una fragmentación del ingente patrimonio del que era poseedor Guzmán el Bueno, por compras o donaciones reales, como por la dote de su esposa, extenso patrimonio con señorío entre los ríos Guadalete y Guadalquivir: Sant Lucar de Barrameda (con rentas sobre su puerto), Vejer, Ayamonte, Puerto de Santa María, Alcalá de los Gazules, los olivares de Monteagudo, Sevilla la Vieja (Santiponce), aceñas[3] sobre el río Guadalete, Bollullos (junto a Sevilla), Torrijos, Robaina, Barroso, etc, y además tuvo posesiones en Bolaños del Campo y en varias poblaciones de Galicia y reino de León.

Repobló “El Bueno” Chiclana de la Frontera y Cantillana. Levantó a sus expensas las fortalezas de Rota, Trebujena y Regla, esta en Chipiona, dedicada a la Virgen de Regla patrona de la catedral de León. Aún así, y con las gestiones realizadas por sus sucesores, los Medinasidonia han sido una de las casas nobiliarias más potentes de España durante varios siglos.

Recoge la Enciclopedia de Andalucía[4]  lo que escribe Guillot   en su Historia de Sevilla: “El rey don Sancho hizo merced a don Alonso Pérez de Guzmán de toda la tierra que costea la Andalucía, desde donde Guadalquivir desemboca en el Océano hasta donde Guadalete tributa sus aguas, en que están las cuatro poblaciones  de Sanlúcar de Barrameda, Rota, Chipiona, y El Puerto de Santa María. Dióle también las almadrabas (pesca de los atunes) desde Guadiana  hasta la costa del Reino de Granada, cuyos privilegios expresan sus crecidos méritos. Después pobló don Alonso los lugares referidos, porque en Sanlúcar sólo había un castillo, llamado Solúcar, con siete torres, y adquirió El Puerto de Santa María por venta, o empeño, del almirante Miser Benedicto Zacharías, a quien el rey lo había dado”.

Lo cierto es que Guzmán, de entre lo que el rey podía y quería darle, solicitó aquello que le suscitaba más interés, y no hay dudas de que la historia le dio la razón, pues en las tierras de Solucar sus sucesores se hicieron realmente grandes y la pequeña villa se transformaría en una gran ciudad de ida y vuelta de muchas culturas y civilizaciones, consecuencia de lo cual se producirá en sus gentes un “mestizaje”, enriquecido y enriquecedor, de sangre, cultura, e incluso de búsqueda del sentido de la trascendencia. El rey don Sancho murió sin haber realizado formalmente la concesión de lo pedido y oralmente donado, pero su hijo Fernando IV (1285-1312), en el periodo de minoría de edad de su gobierno (1295-1301), pues el de mayoría de edad llegó hasta 1312, por privilegio expedido en Toro el 13 de octubre de 1297[5]  confirma lo prometido por su real padre:

“[...] damosle Sant Lucar de Barrameda con los pobladores que y son e serán daquí adelante e con todos sus términos e pertenencias, e con los pechos e derechos que Nos y habemos e haber debemos, et dámosgela que la aya bien e complidamente pora siempre jamás por juro de heredat, en tal manera que la herede el su fijo mayor, que oviere de bendición [...] e pora facer de ello, e con todo ello lo que quisiere como de lo suyo mismo, salvo que lo non pueda dar ni vender , ni empeñar, nin enagenar, nin camiar a Eglesia, nin a Orden, nin ahome de religión, nin a hombe de fuera de nuestro señorío, sin nuestro mandado[6].”

 

La trascripción del fragmento sería la siguiente: “ [...] le concedemos Sant Lucar de Barrameda, junto con los pobladores que en ella habitan (esta afirmación contradice la opinión de Guillot de que “en Sanlúcar tan sólo había un castillo, el de las Siete Torres”) y los que estarán desde hoy en adelante, así como todos sus términos y propiedades, y los tributos y derechos que en dicha tierra Nos poseemos y debamos poseer. Y se la concedemos para que la posea en plenitud de derechos por siempre jamás por derecho perpetuo de propiedad, de manera que de él pueda heredarla su primogénito que tuviere dentro del matrimonio [...] de todo ello podrá, como suyo que es, hacer lo que desee, excepción hecha de que en ningún caso podrá venderla, ni empeñarla, ni enajenarla, ni transferirla a la Iglesia, ni a ninguna orden religiosa, ni a ningún religioso, ni a nadie de fuera de nuestra jurisdicción, sin nuestra expresa autorización”. Terminaba el privilegio dictando  que, de no tener hijo el “Bueno”, que el lugar de Sant Lúcar volviese a la corona. ¡Aviado estaba el monarca! En esta donación del señorío se ve la mano de la reina madre, María de Molina, tutora de su hijo, agradecida sin dudas por los favores y ayudas prestados por Guzmán El Bueno.

Un tema que aparece lleno de contradicciones en los historiadores que sobre él escribieron es el de la entidad que la Sant Lúcar, donada al Bueno, pudiera tener por aquellos años. Guillot, como quedó señalado con anterioridad, llegó a afirmar que en esta tierra “sólo había un castillo, con siete torres, llamado Solucar”. La afirmación lleva a conclusiones del todo imprecisas e inciertas. Velázquez Gaztelu recoge la existencia de un manuscrito que en Madrid conservaba el marqués de Valdeolmos en el que se decía: “[...] a 14 de septiembre de 1264, el rey don Alonso el Sabio, tomó a los moros la importante fortaleza de Sanlúcar de Barrameda”[7]. No es verosímil que una “importante” fortaleza apareciese despoblada, ni por la importancia de la misma, ni por la trayectoria que desde la más remota antigüedad había ido experimentando el poblamiento de la ciudad. Téngase en cuenta, además, que esta importancia sería real, cuando el rey don Alonso, conquistada Jerez, donó terrenos a la Orden de Predicadores, para que construyesen su convento jerezano y, en la descripción del terreno cedido, junto con la puerta de Sevilla, se habla de la “puerta de Sant Lúcar”.

En el privilegio se hace referencia, además, a la donación “con los pobladores que y son e serán daquí adelante”, y se le da el título de villa. Lo que sí parece verosímil es que, estando muy poblada en tiempos de los árabes y ante las noticias de la reconquista de Jerez por parte del ejército castellano y de los avances de sus ejércitos, se diese la voz de estampida y muchos árabes zarpasen mar adentro en busca de mejores tiempos, quedando la villa desolada, dado el alto proceso de arabización que de seguro se había producido en ella.

 Por todo ello, no existiría suficiente población para sustituir a los árabes salidos en bandadas, máxime cuando los cristianos no arabizados estarían diseminados por alquerías[8], como la importante de Monteagudo que el rey había donado a El Bueno: “ [...] a Alfonso Pérez de Guzmán dámosle a Monteagudo, que es cerca de Jerez Sidonna, por cambio de Alcalá de Sidonna que a él habemos antes dado, e dámosselo con todos sus términos así como los suele haber, con montes, con fuentes, con ríos, con pastos, con entradas e con salidas e con todos sus derechos e con todas sus pertenencias...” . Fue escribano de esta donación Millán Pérez de León.

Ni tan siquiera esta previsible alquería tiene el pálpito de ser un lugar despoblado. Además de ella, debieron existir otras, si atendemos a los topónimos que aparecen en los amojonamientos que se realizaron en el repartimiento de los términos de la ciudad de Jerez, ubicados en el término sanluqueño: “Alistar”, Almotán”, “Algoraira” (cerro que está en la Marisma). A mas de ello, “el Bueno” de tonto no tenía un pelo, y en el mundo de las mercaderías y negocios se movía con suma destreza, razón por la que consiguió el patrimonio que consiguió; por ello no parece creíble que el rey le diese “gato por liebre” canjeándole la importante villa de Alcalá de los Gazules por una alquería de mala muerte.

Se podría afirmar que los cristianos que convivieron con los árabes estarían diseminados por varias alquerías, de las que quizás una de las más importantes pudiera haber sido la de Monteagudo, muy distante del centro de la villa, pero lugar seguro de estancia para los más timoratos, y de refugio de quienes vivían más cerca de la barranca, que se darían a la fuga ante los frecuentes asaltos que se producían por la mar. Estos cristianos tibios por la situación sufrida y por el prolongado dominio árabe, comenzaron a experimentar un ferviente entusiasmo religioso –corrían vientos a favor–, fomentado por la lucha contra los árabes, alentada además por las más altas instancias de la Iglesia. Testigo de ello fue la abundancia de donativos  que, para el buen éxito de la empresa, se acumularon en las iglesias de todos los lugares conquistados, los templos que comenzaron a labrarse, así como los monasterios que se fueron instalando con la clara pretensión de reavivar una verdadera renovación de la vida monástica y, con ella, de la religiosidad del pueblo.

El propio Guzmán el Bueno, según Velázquez Gaztelu[9], recogiendo el testimonio del cronista Pedro de Medina, habría sido  quien comenzó la tarea de cercar la villa, poner sus armas en la Puerta de Jerez, y poblar la villa de gentes. Unas provenían de las antiguas alquerías que, liberadas de las persecuciones y peligros anteriores, comenzaron a instalarse junto al Castillo de las Siete Torres; otras comenzaron a venir de fuera, para lo que se utilizó como feliz cebo la celebración de unas ferias o vendejas que atraían a gente de todas partes, así como por el buen trato que los mercaderes recibían por parte de las ordenanzas ducales.

 Cita igualmente don Pedro a un autor anónimo del siglo XVII, previsiblemente fraile jerónimo, cuyo contenido es clarificador para conocer cuál era la situación de la renacida villa y la reubicación en la misma de los cristianos: “ [...] se fue poblando de muy buena gente, porque don Alonso Pérez tenía gran cuidado de mandar a sus ministros no se quedase a ser vecino ninguno que no fuese de limpia sangre, mas que a los que fueren de padres cristianos los acariciasen y hiciesen como hacían todo el favor posible, y todo el buen tratamiento que necesitasen. Con esto, acudieron muchos sujetos de toda la Andalucía y de otras partes, y especialmente de la ciudad de Sevilla vino mucha gente noble, y se avecindaron y quedaron en Solucar, que ya será Sanlúcar. Y viendo don Alonso Pérez, que en pocos años se había poblado tan a su gusto la cercó de muros [...]”. Comenzaba a labrarse la medieval villa guzmana.

A más de todo lo anteriormente referido, hay dos documentos que testimonian que la población de la Sanlúcar del siglo XIII debió de ser bastante significativa y, consecuentemente, también tuvo ya clerecía de cierta relevancia. Un documento es el Rawd Al-Qirtas de Ibn Abizar; el otro es el Privilegio que el rey Alfonso el Sabio tuvo a bien conceder a la clerecía de la Villa de Xerex, así como a las de las villas de Asidonia y Solucar de Barrameda.

Una síntesis del contenido del mismo se debe a la curiosidad intelectual de Juan Alcón Atienza, quien, tras mucho indagar sobre la situación de la población sanluqueña en este periodo, vino a dar con la obra del erudito Ibn Abizar, el Rawd Al- Qirtas, contemporáneo de los hechos que narra. Juan Alcón, en un brillante artículo[10], recoge cuanto en dicha obra se afirma al respecto que tratamos. Afirma Juan Alcón que dicha obra, cuya traducción al castellano no fue realizada hasta el año 1918 por el profesor Ambrosio Huici Miranda, “recoge la historia de Al-Magred y Al Andalus hasta 1326”.

Arranca la acción del hecho sanluqueño de 1275, año en el que los benimerines, alentados hacia la “guerra santa”, vinieron a Al Andalus para “socorrer a los creyentes y humillar a los idólatras”. En 1277 los benimerines devastaron la ciudad de Xerex y todos sus términos, tras lo cual Abu Ya ´qub  “expugnó los castillos del Guadalquivir [...] ganó los de Rota, Solucar, Galiana y Alcanatir”. En 1285 “el emir envió a Iyad al- Asumi contra el castillo de Solucar, quien lo razió (arrasó y devastó llevándose el botín)  y mató allí a bastantes cristianos”, por cuanto los había encontrado “confiados, que habían salido con todos sus rebaños de bueyes, ovejas y mulos; se apoderaron de todo, cautivaron a catorce hombres y volvieron con la presa al campamento”.

 Dos meses después volvió a atacar la fortaleza sanluqueña, “hasta tomarla por asalto, quemó sus huertos y casas, mató a hombres y se apoderó de sus bienes”. Desolada la fortaleza y los restantes poblamientos de cristianos, se produjo igualmente un significativo asalto a la Torre de Monteagudo (el actual cortijo del mismo nombre en la carretera hacia Trebujena) que hacía dos años que el rey había donado a Guzmán el Bueno. El destrozo allí fue desolador, porque “en ella había muchos jefes y nobles cristianos”. Los cristianos se defendieron, mas los musulmanes mataron a unos sesenta hombres, rodearon la torre de Monteagudo de leña, le metieron fuego, razón por la que consiguieron la rendición de quienes allí se encontraban, cautivándose a “ciento noventa hombres y sesenta y cuatro mujeres”. Tras ello, los musulmanes se apoderaron de todo y arrasaron cuanto encontraron. 

El segundo documento es un Real Privilegio concedido por el rey don Alfonso el Sabio el 1 de Octubre de 1283 a los clérigos de Xerex, Asidonia y Solucar de Barrameda[11]. Dicho documento es asimismo recogido por el erudito canónigo de la Iglesia Colegial de Jerez Francisco de Arega Gómez[12]. En dicho privilegio el rey concedía a los clérigos de las tres poblaciones libertad de moneda y de todo otro pecho, tanto a ellos como a sus paniaguados[13], hortelanos, pastores y quinteros[14]. Igualmente les concedía la facultad de poder vender y comprar heredades, condicionándolo a que no las pudiesen vender “ni a la Iglesia, ni a la Religión[15]”, sin que mediase una previa autorización Real.

Como contraprestación a tales dádivas, los clérigos quedaban obligados a celebrar cinco aniversarios en su capilla de Santa María del Alcázar: uno por el rey Alfonso IX, su bisabuelo; otro por el rey Alfonso X de León; otro por la reina Berenguela, su abuela; otro por la Reina Beatriz, su madre; y otro por el rey Fernando III, su padre. Igualmente, les obligaba a que los primeros sábados de cada mes se juntasen a celebrar misa cantada en honor de Nuestra Señora “vestidos con sobrepellices[16]”, rogando por la salud del rey y la de sus hijos. Les obligaba a otras celebraciones en distintas iglesias en las festividades de san Ildefonso, san Nicolás, san Clemente y santa Isabel. Además, los clérigos en cada domingo debían pedir al pueblo que rogasen a Dios por el rey.

Algunos historiadores han puesto en duda la inclusión de los clérigos de Sanlúcar en este privilegio argumentando que no parece verosímil que estos se desplazasen a tantas solemnidades a la capilla de santa María del Alcázar de Jerez, y que lo que había sucedido es que se había efectuado una mala lectura del privilegio. Creo que dicha aseveración carece de fundamento, y que los clérigos sanluqueños y todos los asidonenses estaban incluidos en el mismo, hasta tal punto de que en dicho privilegio, y en lo que se refiere a los sanluqueños, se dice categóricamente: “[...] y que los otros aniversarios y fiestas los hiciesen los clérigos de Solucar cada año, y en cada fiesta, en la otra Iglesia de Santa María”. No sólo se deduce de ello la inclusión por el momento de la clerecía sanluqueña en el privilegio, sino que además se documenta la existencia no de una capilla, sino de una iglesia dedicada a Santa María en la villa sanluqueña.

El privilegio fue ratificado y confirmado posteriormente por los reyes Sancho IV (en 1288), Fernando IV (en 1309), Alfonso XI (en 1333) y Juan I (en 1380) y por los demás sucesores. Mas, en tiempos de los Reyes Católicos, el cumplimiento de los deberes a que estaban obligados los mencionados clérigos brillaba por su total ausencia, razón por la que el prior de la clerecía de Xerex, Fernando Trujillo, así como el canónigo Pedro de Vargas, se dirigieron a los Reyes, y les comunicaron que hacía unos 45 años, motivado “por tantas alteraciones políticas” (siempre es bueno tener una excusa, aunque carezca de solidez, bajo el brazo de las negociaciones), que ni se celebraban las obligadas misas, ni los aniversarios; pero que ellos (los jerezanos) estaban dispuestos a cumplirlos, “mandándoseles guardar las franquezas[17]”.

 Aquí estaba la madre del cordero. Los reyes católicos, más secos que la mojama y metidos en tantas empresas bélicas y en la titánica tarea de meter en vereda a la levantisca y ambiciosa nobleza,  recurrían a cuanto fuese necesario para llevar a las bocas de las paupérrimas arcas regias cuanto fuese posible, razón por la que levantarían la liebre.

Aún así, la propuesta fue estudiada por el Consejo y los contadores mayores, quienes no vieron con malos ojos el pleno cumplimiento de los derechos y deberes que el privilegio había venido concediendo a los clérigos, pero eso sí, dados los perjuicios que la medida del uso de franquezas podía suponer para la real hacienda, se debía “conmutar en otra merced de dinero, o pan, que para siempre les fuese dado”.

Sus católicas majestades aceptaron lo informado por el Consejo, de manera que volvieron a otorgar un nuevo privilegio el 12 de Abril de 1495, reajustando al nuevo momento histórico las fiestas y solemnidades que canónigos, beneficiados y clérigos jerezanos habían de celebrar. A cambio, los canónigos de Xerex recibirían 600 maravedíes al año, los beneficiados y demás clérigos, 300 maravedíes;  la fábrica del Señor San Salvador, por poner a disposición de todas las celebraciones sus enseres, 3.000 maravedíes, y para el mantenimiento de la capilla de santa María del Alcázar 1.000 maravedís. A más de ello, a toda la clerecía que asistiese se le proveería del pan, trigo y cebada que les correspondiese.

En todo este último privilegio no aparecen ya mencionados los clérigos sanluqueños que, por otra parte, en esta época tan sólo estaban constituidos por los beneficiados de la parroquial, quizás por pertenecer la villa sanluqueña al señorío de los Guzmanes, y no a la corona; o tal vez, porque los clérigos jerezanos se olvidaron de hacer las pertinentes reclamaciones y negociaciones también en nombre de sus hermanos en clerecía de la villa vecina. 

 



[1]  Aguado Bleye: Manual de Historia de España . tomo I, p. 677.

[2]  Solemne juramento de fidelidad que solía hacerse al rey o al señor feudal, al que quien lo realizaba se comprometía a su cumplimiento de por vida.

[3]  Del árabe as-  sêniya > la que eleva (el agua). Comenzó a utilizarse por 945 para designar a los molinos harineros de agua  ubicados dentro del cauce de un río. En el siglo XIII comenzará a utilizarse su derivado aceñero.

[4]  Tomo 6,  p. 2.703.

[5]  Pedro Barbadillo: Historia de la ciudad de Sanlúcar de Barrameda, p.  26.

[6]  En estas palabras se manifiesta el estado de los enfrentamientos de los nobles, incluida la Iglesia, con la monarquía, en defensa de sus `privilegios. Es por ello por lo que el legislador intenta evitar la acumulación de bienes y de poder en manos de nobles y de la Iglesia, en evitación de que dicho poder se convirtiese en arma arrojadiza contra la propia corona.

[7]  Historia antigua y moderna...volumen II,  p. 17.

[8]  Palabra proveniente del árabe qárya (vulgarmente qaríya) > aldea y casa de campo distante del poblado. Aparece documentada en el siglo XIII, dándosele también la significación de grupo de casas en la zona de trabajo de los que laboraban en el campo.

[9]  Historia antigua y moderna... volumen II, p. 28 y  ss.

[10]  Sanlúcar Información, edición  del 29 de junio al 5 de Julio de 2002, 11.

[11]  Archivo diocesano de Asidonia Jerez, Fondo parroquial, caja 2, legajo  1.6. 17.

[12]  Historia, cc.  7 y 8.

[13]  Aquellos criados que, además de su salario, residían en la morada de su señor, en la que recibían habitación y comida.

[14]  Quienes arrendaban alguna quinta de los clérigos o quienes cultivaban las tierras que pertenecían a dicha quinta.

[15]  Órdenes religiosas. Puede observarse cómo las mercedes del rey se ajustaban al mismo principio de impedir el engrandecimiento de quienes pudieran llegar a tener tanto que supusiesen un peligro para la corona..

[16]  Prenda litúrgica utilizada por los clérigos y por los ministros que ayudaban en los oficios religiosos. Se trata de una vestidura blanca, lisa o con encajes incrustados, con mangas muy anchas o abiertas, que llegan desde el hombro hasta debajo de la cintura.

[17]  Las excepciones privilegiadas a la hora de los pagos de tributos.


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