Gentes de aquí ...

  TEMPLARIOS

 

 

 

 

Don Juan Alonso Pérez de Guzmán El Bueno fue señor de Sanlúcar, de Lepe, de Ayamonte, de La Redondela, de El Algarbe, de Trebujena, de Chiclana, de la Torre de Guzmán (Conil), de Barbate, de Vejer, de las Almadrabas de Conil y Zahara. Posesiones que iban aumentando por su continua participación en  múltiples acciones bélicas, durante las que dejaba el gobierno a su madre y a sus albaceas. En 1312 se hizo dueño, como habían hecho reyes y nobles con cuantas posesiones eran patrimonio de la Orden de los Templarios, de los territorios que eran propiedad de los templarios de Sevilla, poseedores de la antigua ermita de Barrameda, ubicada en uno de los más bellos parajes del lugar. Guillamas[1] afirma que estos caballeros acompañaron al rey Fernando III en la conquista de Sevilla y, conquistada la ciudad, apoyaron posteriormente a Alfonso el Sabio, época en la que se asentaron en esta zona  de Sanlúcar, denominada Lugar de Barrameda, en la que labraron una ermita, dedicada a Santa María de Barrameda.

 Eran los templarios –los “equites templi[2]– una Orden de caballería que había sido fundada el año 1118 por Hugo de Paganis. Nacieron con la finalidad de defender a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa, a más de profesar votos religiosos. Tuvieron unos dos siglos de apogeo y opulencia, gracias a los muchos privilegios que les fueron concedidos por el Papa Inocencio II (+ 1143). Entraron en España movidos por la lucha que en ella se libraba contra los musulmanes, contribuyendo poderosamente en las exitosas acciones bélicas  contra ellos. Acusados de herejía en 1307 por Felipe el Hermoso de Francia –habilísimo en el arte de dominar la voluntad del débil y temeroso  Papa–, el pusilánime Clemente V (+ 1314) dictó una bula suprimiendo la Orden en 1312, no sólo en Francia, sino en toda la cristiandad. El Gran Maestre de los templarios, Jacobe de Molay,  y muchos de sus caballeros fueron llevados a la hoguera, acusados de “crímenes horribles”: escupir y pisotear la cruz; hacer profesión de negar a Cristo, así como un sinfín de acciones “innobles y torpes”. Con la tortura consiguieron que los caballeros templarios se viesen obligados a confesar todo cuanto quisieron que confesasen, hecho que motivaría el nacimiento de muchas leyendas, sobre todo recogidas por la literatura del romanticismo (siglo XIX).

          Según la leyenda, de los templarios fue la sepultura de Alonso Fernández de Lugo y Gutiérrez Escalante que se encuentra en la Iglesia de la Santísima Trinidad en el suelo del mismo presbiterio y que fue, junto con su esposa quien fundó dicho templo. Esta  iglesia es la más antigua del Barrio Bajo, de 1440, años antes que comenzase el poblamiento de La Ribera con permiso y licencia de los duques de Medinasidonia. Desempeñó un extraordinario papel, pues era el lugar donde rezaban quienes se embarcaban en la mar, y daban gracias quien de ella volvían. Se cree que dicho lápida testimonia la presencia del temple en la ciudad.

          Está en la tradición, recogida por el historiador ilustrado local Velázquez Gaztelu, que fue el rey Alfonso X el Sabio quien le había concedido unos terrenos a la Orden del Temple para que labrasen un hospicio y ermita junto al Puerto de Barrameda dedicada a la Virgen. Esta ermita serviría de apeadero de su monasterio en Sevilla. Según el historiador local los templarios estuvieron en la ciudad desde 1264, antes de la fundación de la villa por Guzmán el Bueno, hasta que el papa Clemente V los suspendió. En aquel lugar donde había estado la ermita se fundó el monasterio de los frailes jerónimos allá por 1440.

 



[1]  Historia de Sanlúcar de Barrameda,  pp. 146-147.

[2]  Soldados del templo.


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