Colaboraciones ...

  PRESENTACIÓN DEL TOMO 6 DE HISTORIA DE SANLÚCAR

Presentación de

Narciso Climent Buzón (2012): Historia Social de Sanlúcar

de Barrameda, en tiempos de Rubio Contreras (1868-1902).

En busca de nuestro pasado, volumen 6.

Marco Antonio Coronel Ramos

Universitat de València/Estudi General

Quiero que mis primeras palabras sean de agradecimiento. Agradecimiento a Narciso Climent, al que conozco hace muchos años cuando tuve el honor de asistir a sus clases de literatura en el Instituto Pacheco. La razón de este agradecimiento es triple: (1) por tener la oportunidad de acompañar a un maestro; (2) por poder hacerlo aquí, en mi pueblo, del que me ausenté hace ya más años de los que aquí viví; y (3) por presentar un libro de historia sanluqueña, que es algo más que un ensayo de historia, porque, como luego explicaré, tiene el sabor del antiguo género historiográfico, permitiendo al lector bucear proustianamente a la búsqueda del tiempo perdido.

Vayamos por partes, pues, y empecemos por el amigo. Narciso Climent Buzón forma parte del horizonte de mi familia desde que era coadjutor en la Parroquia del Palmar. En la Parroquia de los Ángeles fui monaguillo muchísimos años. Don Narciso y yo no coincidimos en la parroquia, pero su presencia dejó huella en los parroquianos de la manera debida: en el recuerdo de sus obras y en los frutos de su labor pastoral. Donde sí coincidimos fue en el Instituto, y hoy me sobrecoge estar aquí presentando el sexto volumen de esta Historia Social de Sanlúcar escrita por aquel profesor, al que recuerdo especialmente por sus clases sobre Lorca, que sabía transmitir el amor por las letras con el tesón del que cree en lo que hace.

Estas son las cosas de la vida y estos son los vericuetos de la edad. La vida y los años transforman en amigos al maestro/discípulo y diluye los saltos generacionales, porque hay un momento en el itinerario vital en el que la experiencia hace de las generaciones una continuidad permeable.

Entonces entramos todos en una suerte de equilibrio moral e intelectual que es la base de la igualdad entre los amigos. La igualdad, el tú-a-tú, permite transformar la vida en cooperación más que en contradicción.

Por eso estoy aquí, Narciso, para dar testimonio de que somos lo que fuimos y de que, cuando los años igualan el ser de cada uno de nosotros, haciéndonos idénticos éticamente hablando, el ser se convierte en estar. Y aquí estoy, como he dicho, sobrecogido, pero, también determinado a proseguir en esta estancia que es reconocimiento por tu persona y amor por este pueblo de Sanlúcar de Barrameda.

Precisamente a Sanlúcar la nombré antes como segundo motivo de agradecimiento. Aquí nací, aquí me hice como persona, aunque no tuve la oportunidad de forjarme aquí como hombre. Hacerse persona es identificarse con una actitud, con un carácter, con unos esquemas emocionales; hacerse hombre es aprender a actuar, a obrar, a comportarse de acuerdo con unos principios y valores. Esta polaridad es la causante del desarraigo en muchos de los que se ven obligados por razones económicas a abandonar su tierra.

Pero no nos pongamos trágicos, la misma polaridad puede ser ocasión que propicie la coherencia consciente entre la emoción y la acción. Creo honestamente encontrarme entre estos segundos. Por eso, cuando ahora vuelvo a Sanlúcar lo hago sin sentimiento de pérdida y con mirada de explorador.

Cuando llego a Sanlúcar la reconozco, aunque a veces no sea fácil. Reconozco su vitalidad, aunque en ocasiones esa vitalidad se refleje en un griterío callejero insufrible; disfruto de pasearla, aunque sorprende la falta de sensibilidad de los que la gobiernan que permiten que sea una ciudad sometida a los coches y, en especial, a muchas incívicas motos; recuerdo el salitre en el aire, aunque mejor no encantarse mucho en el romanticismo porque lo más probable es que tropecemos con algún velador de esos que antiestéticamente inundan las calles de la ciudad. Antiestéticamente y también imprudentemente. ¿Se ha pensado en qué podría suceder si por cualquier razón hubiera que evacuar la plaza de san Roque, del Cabildo y adyacentes?

Sanlúcar es una anarquía que se serena por la boca. Es una protesta con déficit de acción. Es una revolucionaria dama que cuando llega la noche se desbrava y cae lánguida en un sueño olvidadizo más que reparador. Sanlúcar, al borde del océano, como Tántalo, mira a cierta distancia lo que anhela sin apurarlo. Sanlúcar camina en línea fluvial hacia Sevilla, se yergue a trasmano de la Bahía, se acantona en su mirador de puestas de sol sobre el coto. Sanlúcar es una ciudad liminar, un acceso que se desperdiga abriendo paso, una puerta sometida a los embates del viento.

Así la historia hizo a Sanlúcar, o tal vez sería mejor decir, que por estas razones, Sanlúcar labró una historia como la que Narciso Climent viene describiendo en los diversos volúmenes de la obra, cuya sexta entrega presentamos aquí hoy, la dedicada a los conflictivos años de aproximadamente la segunda mitad del siglo XIX.

Narciso actúa como historiador cuando desmenuza archivos y datos; obra como escritor cuando valora los datos y los hechos, cuando interpela al lector o cuando extrae lecciones de los sucesos. No es la suya una historia de asépticas causas y efectos, sino de valientes constataciones, de toma de postura, de objetividad que rehúye la soberbia y de subjetividad que conjura la presunción.

Con palabras de Ricardo Blázquez Pérez remite Narciso a una historia un tanto idílica –intercultural diríamos- en la que las identidades se afirman de manera no agresiva, dice, “para construir la casa común sobre los cimientos de la justicia, de la libertad y de la paz”. Bonita declaración de intenciones para describir un período convulso donde los haya de la historia de España. No supera, sin embargo, la clásica definición de Ciceron (de orat. II 9,36 y 12,51) que hace de la historia el testigo del tiempo, la luz de la verdad, la vida de la memoria, la maestra de la vida y la reveladora de la tradición. A todo eso responde esta magnífica obra que presentamos, en la que los hechos históricos se enlazan con los hechos intrahistóricos, por hablar con Unamuno.

Por eso Narciso evita la mera enumeración de causas y efectos y se recrea en las intenciones de los personajes de aquellos años sanluqueños. Los nombres no son peones en el tablero inexorable de los acontecimientos, sino que tienen alma y, con ella, ambiciones, mezquindades, sentimientos, anhelos, bonhomía.

Lean Vds. por ejemplo las numerosas páginas que tienen como protagonista al Padre Fariñas, un hombre retratado en sus convicciones, en sus privilegios, en sus intenciones, en una palabra, un hombre de carne y hueso, con móviles confesables e inconfesables como cualquiera de nosotros.

Y es que, ¿sólo César cruzó el Rubicón? No, no sólo César. Este pensamiento inspira un relato que antes califiqué de historiográfico por compararlo a aquellos textos clásicos en los que la historia, además de retrato científico de los tiempos, era un género literario.

Esa es la sensación que creo tendrán Vds. cuando lean esta obra: la sensación de tener entre sus manos una obra literaria. Narciso ha sabido trasladar el frío dato de archivo al latido del corazón de aquellos sanluqueños. Este libro es una ventana abierta al pasado de Sanlúcar. Si Vds. la abren verán al mismo tiempo una película y un documental. Oirán las voces de entonces, verán la transformación de Sanlúcar, los motivos de esa transformación, conocerán innumerables anécdotas sobre aspectos curiosos de la ciudad, de sus templos, de sus monumentos, de los retablos de sus iglesias, de sus fuentes, de su vida económica, etc. etc.

Suerte tiene esta ciudad de contar con personas como Narciso Climent. El trabajo que está haciendo de dar a conocer la historia de España desde la perspectiva de Sanlúcar merece todos los elogios y reconocimientos. Narciso ha convertido a Sanlúcar en una tesela del macrocosmos de la historia común de todos los españoles.

Sólo me resta, pues, invitaros a merodear por las escenas de este libro. Háganlo con curiosidad, con pasión, con sorna, que para toda emoción hay hueco en este libro. Y, si verdaderamente, la historia es la maestra de la vida, tomen Vds. las riendas de este pueblo y exijan con constancia el respeto a su patrimonio material e inmaterial. Hagan que el resultado de la historia de Sanlúcar sea un pueblo próspero, culto, poblado de árboles, de calles peatonales, de convivencia.

En fin, Narciso, gracias por invitarme. Y lo dicho, tras tanto ser, aquí estoy. Gracias a todos.


27/08/2012
Autor: MARCO ANTONIO CORONEL RAMOS

  SAN NICOLÁS DE BARI

San Nicolás de Bari,

Llamada a la Santidad

Marco Antonio Coronel Ramos

30 de noviembre de 2012

Parroquia de san Nicolás (Casa-Hermandad de la Esperanza)

Sanlúcar de Barrameda

I. Introducción

Volver a la feligresía de san Nicolás este 30 de noviembre de 2012 es regresar a parte de mi infancia, cuando estudiaba en el Colegio de la Salle. Últimamente estoy teniendo la oportunidad de reencontrarme con esa parte del pasado que permite a toda persona de mi edad asentar la vida en el conocimiento y aceptación de uno mismo. Miro la fachada de san Francisco y veo proyectadas sobre ella, como si de sombras chinescas se tratasen, la realidad de lo que ahora soy, la verdad del deseo que mueve mis pasos, la permanencia de amigos como Narciso, gracias al que hoy estoy aquí, y, por qué no decirlo, la fe que da sentido a mi concepción de la vida.

Hablo de fe no sólo porque estemos en un año que ha sido declarado precisamente como Año de la fe, sino porque hablar de san Nicolás y, a través de él de la santidad, no se puede hacer nada más que desde el término fe. La fe es la certeza que pende de la cruz de la que cuelga el Santísimo Cristo de la Expiración que preside el altar mayor de san Nicolás. San Pablo explica esa certeza contraponiéndola a las señales que los judíos le pedían y a la sabiduría que los griegos le reclamaban. Frente a unos y otros él, Pablo, ofrecía el escándalo de la cruz, el escándalo de Cristo crucificado, que era precisamente eso para los judíos: un escándalo y, para los griegos, necedad (1Cor. 1,22ss).

Si tenemos estas palabras de san Pablo presentes comprenderemos qué es lo que caracteriza la certeza de la fe: en primer lugar la fe no exige milagros ni portentos. No requiere, dicho en términos paulinos, señales. Pero tampoco requiere argumentos ni comprobaciones, es decir, sabiduría. La fe se sustenta simplemente en la Esperanza y en la confianza en las promesas de Cristo. Se sustenta en el crédito de la cruz. Por eso el templo de san Nicolás en sí mismo es una lección de teología: la cruz que lo preside y, al fondo, la imagen que lleva el nombre de la Esperanza.

Por eso, la fe es el conocimiento que nace de la conciencia, que surge de la capacidad que el ser humano tiene de leerse el propio corazón y, en ese instante, descubrirlo lleno del vacío de la Esperanza, es decir, lleno de la voluntad de caminar, de proseguir sin sendas trazadas, sin carreteras, sin señales. Creer no es seguir una ruta perfectamente marcada o señalizada, sino que es lanzarse a la noche oscura de la que hablaban los místicos con la única red de la Esperanza. Si cierran Vds. por un momento los ojos e intentan traer a la memoria una imagen como la Virgen de la Esperanza Macarena comprenderán lo que les digo: quien la esculpiera labró en su rostro la huella de la duda, de la desesperación, del vacío, de ese no-se-qué-que-te-deja-balbuciendo de san Juan de la Cruz y, al tiempo y en el mismo rostro, labró la firmeza de caminar, de andar, de arrollar la noche con la única seguridad de la resurrección. Una resurrección que no vemos, que no podemos demostrar, que no puede falcarnos o afianzarnos con balizas de colores, pero que sí puede llenar de sentido el corazón. La fe es el diálogo sin palabras y a oscuras que cada corazón pronuncia desde la Esperanza que pende de la cruz.

Por eso he dicho que el templo de san Nicolás es en sí mismo una escuela de teología: la cruz en el altar mayor y a los pies la Esperanza. Pero si salimos fuera de este templo, el retrato se nos completa porque enfrente, en la Iglesia de san Francisco, está la Virgen del Amor y, en el barrio alto, en su Basílica, la Virgen de la Caridad. Esto convierte a esta feligresía y a este pueblo también en una escuela de teología, porque esa fe, sustentada en la Esperanza, se manifiesta en el amor, que es sinónimo en el ámbito de la tradición cristiana, de caridad. Oigamos al apóstol Santiago: Uno dirá: tú tienes fe, yo tengo obras: muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré por las obras mi fe (2,18); ¿Quieres comprender, hombre necio, que la fe sin obras está inerte? (2,20); Como el cuerpo si el aliento está muerto, así está muerta la fe sin obras (2,26).

No nos confundamos, sin embargo, y pensemos que la Esperanza de salvación se sustenta en nuestras obras. No es así, se sustenta en nuestra fe. Lo indica el propio san Pablo. Recuerden Vds. las palabras que Pablo y Silas respondieron a su carcelero cuando éste les preguntó ¿Qué debo hacer para ser salvo? (Hch 16,30). El carcelero no podía entender que Pablo y Silas adoraran con cánticos y oraciones a Dios, a pesar de estar presos y sufrir todas las penalidades del encarcelamiento. Entonces, y tras un terremoto que deja abiertas las puertas de la cárcel, es cuando el carcelero hace a Pablo y Silas la pregunta indicada, sorprendido de que no hubieran escapado de la prisión. Pablo, sin vacilar, le responde: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo (Hch 16,31).

Insisto en esto porque creo sinceramente que tiene razón el Padre Capuchino Raniero Cantalamessa, predicador pontificio, cuando dijo que El problema más grave de la predicación católica en estos tiempos es que todos los que van a Misa el domingo conocen perfectamente lo que hay que hacer para salvarse pero nunca han oído la noticia de que ya están salvados gratuitamente por Dios. Esa es la certeza de la fe: ya estamos salvados. No hay que hacer nada porque la fe precede al acto, precede a la obra. La obra testimonia la fe, prueba que se vive en gracia de Dios y es espejo de la Esperanza. Es más, la fe precede a la moral, porque la moral sin fe no es religión, será filosofía o civismo, pero no religión. Las obras de la fe muestran la conversión que ha experimentado previamente el individuo, pero no suelen ser la causa de la conversión. La fe es una gracia, un don que permite al convertido transitar por el desierto frío y oscuro de la vida con la certeza de saberse salvado. No hay vacío interior que no pueda ser llenado por la Esperanza cristiana; no hay soledad que no pueda recorrerse desde la fe, confiado en la providencia y sin brújula; no hay amor que no convierta al que tenemos enfrente en hermano, en un tú idéntico a nuestro yo, o por decirlo con Gerardo Diego:

Quisiera ser convexo

para tu mano cóncava.

Y como un tronco hueco

para acogerte en mi regazo

y darte sombra y sueño.

Suave y horizontal e interminable

para la huella alterna y presurosa

de tu pie izquierdo

y de tu pie derecho.

Ser de todas las formas

como agua siempre a gusto en cualquier vaso

siempre abrazándote por dentro.

Y también como vaso

para abrazar por fuera al mismo tiempo.

Como el agua hecha vaso

tu confín - dentro y fuera - siempre exacto.

Como en este poema dice Gerardo Diego, el amor transforma el yo en molde del tú y al tú en molde del yo para, conjuntamente, dar nacimiento al nosotros. Y ese nosotros es el que debe definir a la comunidad cristiana, unida en una sola fe, alentada por la Esperanza y sostenida por la igualdad del amor.

II. San Nicolás de Bari

De todo esto da testimonio el titular de la parroquia: san Nicolás de Bari. A hablaros de él me invitó aquí Narciso. Pronto, el próximo jueves 6 de diciembre, se celebra su fiesta litúrgica, al haber fallecido el 6 de diciembre del año 345 en Myra, ciudad turca de la que fue obispo. También había nacido en la actual Turquía, en Pátara, la actual Demre, en el año 270. Sin embargo, es conocido como de Bari, porque es allí donde se conservan la mayor parte de sus reliquias en una magnífica basílica. Cuenta la tradición que la región de Myra fue invadida por tropas islámicas y que entonces, en medio de la confusión, unos marineros de Bari se apoderaron, contra la voluntad de sus custodios ortodoxos, de los restos del santo para llevarlos a Bari, a donde llegaron el 9 de mayo de 1087. En otros relatos, estos marineros son piratas o incluso ladrones e incluso hay versiones del hecho que sostienen que el propio santo, en sueños, indicó a esos marineros dónde estaban sus restos y el deseo de que fueran trasladados y protegidos de las tropas islámicas.

La mayor parte de los restos se custodian en la basílica de Bari, si bien una pequeña parte se encuentran en San Nicolò al Lido, en Venecia. Se cuenta que los navegantes de Bari al llevarse gran parte del esqueleto dejaron pequeñas piezas que fueron recogidas después por navegantes venecianos durante la primera cruzada. También se encuentran pequeñas reliquias en el pueblo de Nikolausberg, cerca de Göttingen, en Alemania, a donde fueron llevadas por tres peregrinos. Los restos de Bari y de Venecia han sido estudiados y corresponden a la misma persona. El interés por los restos de san Nicolás puede tener que ver con la fama que tenía su tumba por manar de ella un líquido con propiedades curativas. El líquido es en realidad mirra que siguió brotando en Bari después del traslado de los huesos. Vitrales con mirra de san Nicolás existen en muchas partes del mundo. Actualmente todos los días 6 de diciembre se sigue extrayendo un frasco con mirra del sarcófago del santo.

San Nicolás es, en realidad, el primer santo no mártir de devoción universal, es decir, de devoción en oriente y en occidente. Su vida se encuentra envuelta en leyendas que, sin duda, contribuyen a la universalidad de su culto. Todas esas leyendas nos transmiten milagros prodigiosos que empiezan con la propia proclamación de san Nicolás como obispo de Myra. En efecto, se cuenta que, una vez fallecidos sus padres, de los que heredó una gran fortuna que repartió entre los necesitados de Pátara, se marchó a la mencionada ciudad de Myra. Cuando quedó vacante la sede episcopal de esta ciudad, un grupo de sacerdotes y obispos congregados en un templo no lograban ponerse de acuerdo para nombrar a un nuevo prelado. Llegaron entonces al propósito de nombrar obispo de Myra al próximo sacerdote que entrase en la iglesia donde estaban reunidos y ese sacerdote fue precisamente Nicolás.

Estos datos biográficos envueltos en relatos legendarios nos fueron transmitidos por san Metodio, arzobispo de Constantinopla, y por san Juan Crisóstomo, que escribieron sendas hermosas biografías de san Nicolás. Ambos biógrafos destacan, además de los grandes milagros de san Nicolas, su labor pastoral, caracterizada por el empeño de cristianizar la diócesis luchando contra los cultos paganos que todavía existían. Llegó a ser encarcelado por el emperador Licinio permaneciendo en prisión hasta ser liberado por Constantino, que fue el emperador que hizo oficial el cristianismo en el Imperio romano. Destacó su participación en el Concilio de Nicea en el que, junto a la condena de Arrio, se definió la doble naturaleza de Cristo. Todos estos datos lo convierten en un cerrado defensor de la ortodoxia doctrinal tal y como la habían establecido los padres reunidos en el Concilio de Nicea y tal como nosotros seguimos profesando hoy en día en el credo de nuestra fe.

Siendo esta labor catequética lo más destacado de san Nicolás, lo que más ha permanecido de su biografía en el acerbo de los cristianos fueron sus numerosos milagros y, en menor medida, su manera de predicar en forma de conversación cotidiana más que con especulaciones filosóficas. Tanto su predicación como sus milagros tienen mucho que ver con la protección de los débiles, los pobres y, en especial, los niños. Todo esto lo ha convertido en patrón de Rusia, Grecia y Turquía y, en España, copatrón de Valladolid. Además, mucho antes de que sus restos llegaran a Italia, ya existía en Roma, desde el año 550, un templo dedicado a su memoria. Además de patrón de diversas naciones y ciudades, es considerado protector y abogado de numerosas necesidades, y de ahí el inmenso número de iglesias que tiene dedicadas en toda Europa, incluyendo ésta en la que nos encontramos.

El origen de gran parte de las encomiendas que se atribuyen a san Nicolás está relacionado con hechos biográficos refrendados por sus milagros. Así, es patrón de los marineros no sólo porque sus restos fueron rescatados por marineros de Bari, sino porque se le atribuyen varios milagros en favor de las gentes del mar. En varios de esos milagros se cuenta como san Nicolás se aparecía en medio de las tormentas librando a los marineros de los naufragios. En concreto, se cuenta que unos marineros de Myra, aterrorizados por la tempestad, gritaron: Oh Dios, por las oraciones de nuestro buen Obispo Nicolás, sálvanos. En ese momento el santo habría aparecido sobre el barco para bendecir el mar que, de inmediato, quedó en calma.

Otro milagro relacionado con gentes del mar es el sucedido en un momento de hambruna en la ciudad de Myra. En esas circunstancias llegó a puerto un barco cargado de trigo que iba camino de Constantinopla para ser entregado al emperador. Se cuenta que, a petición de san Nicolás, los marineros desembarcaron parte de las provisiones de trigo aunque con miedo a las represalias posteriores del emperador. Sin embargo, al llegar el barco a Constantinopla vieron cómo la carga iba completa a pesar de haberse entregado a san Nicolás parte del trigo para los hambrientos de Myra. Probablemente por esta relación con las gentes del mar, este templo, relacionado desde su fundación con marineros y, luego, con los cargadores de Indias, se dedicó al santo nacido en Turquía. Esta relación de san Nicolás con el mar hace que algunos antropólogos defiendan que el santo asumió las características de Posidón.

Pero san Nicolás es también patrón de los presos, los jueces y de los ladrones que se convierten. La razón de este patronazgo puede ser que en algunas versiones son ladrones y piratas los que rescatan sus restos de Myra para llevarlos a Bari. Existen, además, varios milagros relacionados con los juicios. Así se cuenta que iban a condenar injustamente a tres amigos suyos que, en oración, pidieron a Dios protección por intercesión de su obispo Nicolás. Se cuenta que san Nicolás se apareció en sueños al juez diciéndole que eran inocentes y que no podían ser condenados.

Más conocida en nuestros pueblos es el patronazgo de san Nicolás sobre las jóvenes casaderas. El origen de esta encomienda tiene que ver también con un relato que se cuenta del santo. Se dice que, en una ocasión, había tres jovencitas que querían casarse pero carecían de la dote necesaria. Nicolás, queriendo ayudarlas, pero sin ser visto por considerar que esa es la caridad verdadera, dejó caer por la chimenea de la casa de las muchachas unas monedas de oro que, por obra del azar, cayeron dentro de unas medias de lana que las chicas habían dejado colgadas de la chimenea para que se les secaran. En otras versiones las monedas las tiraba al interior de la casa por la ventana y caían dentro de unos zapatos que estaban cerca de la chimenea también para secarse. Lo cierto es que por esta razón san Nicolás es representado en algunas ocasiones con tres monedas de oro o con tres bolas de oro que, a veces, tienen la forma de pequeñas naranjas, ya que también hay versiones de la leyenda que dice que no fueron monedas sino bolitas de oro. De aquí nace la tradición de colgar calcetines en la chimenea o de dejar cerca los zapatos para recibir regalos de san Nicolás o santa Claus en navidad.

Esa relación de san Nicolás con los regalos de navidad es inseparable de otro de sus patronazgos más conocidos: el de protector de la infancia, que es el que reflejan las dos imágenes de san Nicolás que existen en nuestra parroquia. Fíjense que tanto en el san Nicolás del ático del retablo mayor como en la imagen que ocupa el primer altar del lado del evangelio, podemos ver a tres niños dentro de un barreño situado a los pies del santo. Alude a uno de los milagros más famosos que se le atribuyen. Ese barreño con los tres niños tiene que ver con una leyenda en la que se relata que por causa de una gran hambruna, un carnicero mató a tres niños poniendo sus cuerpos a curar en ese recipiente y así poder después venderlos. San Nicolás, que visitaba la región se apercibió del asesinato y resucitó a los tres niños tal y como se muestran en las imágenes indicadas de este templo. Como en muchos casos de milagros de san Nicolás hay otras versiones formadas algunas de ellas en el siglo XI, pero la que les acabo de contar es la más común.

Leyendas como esta hace que se le considere protector de la infancia, habiéndosenos transmitido numerosos relatos que tienen como protagonistas a niños. Otro de ellos cuenta cómo una banda de piratas árabes hace una incursión en Myra mientras celebraban la fiesta de san Nicolás y raptan a un niño llamado Basilios, que será convertido en esclavo y copero del rey árabe. La madre del niño invocó a san Nicolás y el niño fue transportado por los aires hasta la casa de sus padres con la copa del rey árabe en las manos.

Este tipo de milagros que se le atribuyen llegan a nuestros días. Así, durante la segunda guerra mundial, se cuenta que una mujer perdió a su hijo en la confusión provocada por un bombardeo que cayó sobre Bari. El niño contó que un hombre descrito por el propio niño como san Nicolás lo cogió de la mano y lo llevó a su propia casa.

En consecuencias, nos encontramos con un santo que fue un gran defensor de la fe definida en el Concilio de Nicea, la que estamos actualmente celebrando en este año de la Fe. Pero su figura nos ha llegado más como protagonista de numerosas leyendas que han hecho que se le dé el sobrenombre de Nicolás Taumatugo, es decir, Nicolás el Milagroso. Taumaturgo significa milagroso en griego.

Pero san Nicolás es también el origen de Santa Claus. De hecho el seis de diciembre es el día en el que se entregan regalos en muchos países de Europa occidental. La tradición tiene origen medieval, cuando en la noche de san Nicolás se solía dejar, en las puertas de los necesitados, cajas con alimentos y con ropas de manera anónima. Otra tradición propia de los Países Bajos, de Holanda, dice que la vinculación de san Nicolás con los regalos proviene de la costumbre de los marineros holandeses de desembarcar el 6 de diciembre para acudir a la ciudad a celebrar el día de su patrón, aprovechando la estancia en la ciudad para comprar regalos a sus hijos. Entonces empezó la costumbre de dar pequeños regalos el día 6 de diciembre reservando los grandes para la navidad. Es más, esta fiesta, situada al principio del adviento, simboliza con pequeños regalos el gran regalo del día 25, que no es un regalo físico, sino el nacimiento del salvador.

Esta costumbre se mantiene en Holanda y Bélgica, a donde ese mismo 6 de diciembre llega san Nicolás en barco desde España y, montando un caballo blanco, reparte dulces, chocolates y pequeños regalos que se han debido previamente arrojar al interior de las casas por las puertas y ventanas. Recuerden Vds. la leyenda de las chicas que no podían casarse por carecer de dote y que san Nicolás le dio unas monedas de oro tirándolas por la ventana o por la chimenea.

Este es el antecedente remoto del Santa Claus que todos conocemos. Santa Claus recoge de san Nicolás el amor a la infancia y la generosidad con los pobres. Sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto, se dice que el santo decía a sus padres. Por ello su figura es venerada por católicos y ortodoxos como modelo de generosidad y, por la misma razón, tratada con respeto por protestantes. Prueba de esa veneración y respeto es la tradición polaca y alemana de vestir a los niños de obispos el 6 de diciembre para que pidan limosna que luego serán entregadas a los pobres.

En efecto, el nombre santa Claus proviene de la manera en que se conoce a san Nicolás en Holanda: Sinterklaas, a su vez, variante de la forma culta Sankt Nikolaus proveniente del latín Sanctus Nicolaus. Sin embargo este santa Claus no llega el 25 de diciembre, sino en la noche del 6 de diciembre como ya he comentado. Es en esa noche cuando los niños dejan sus zapatos o calcetines junto a la chimenea, además de algunas zanahorias para que se alimente el caballo de san Nicolás o Sinterklaas, al que se invoca con muchas canciones. El caballo de san Nicolás se llama en Flandes Slechtweervandaag y en Holanda Amerigo. Igual que en navidad, se dice que reciben regalo sólo los niños que se han portado bien, pero, qué padre piensa que su hijo se ha comportado mal. Así que todos reciben su regalo. Sinterklaas tiene también un ayudante, que es un niño negro vestido con ropas de colores al estilo de los moros. Este moro llamado Zwarte Pieten o Père Fouettard es a veces identificado con el carnicero que mató y cocinó a los niños. Este personaje está desapareciendo actualmente de la fiesta por considerarse políticamente incorrecto. En ocasiones, para evitar las críticas de racismo, se dice que el sirviente de san Nicolás no es negro, sino que está negro porque entra por las chimeneas para dejar los regalos.

Dejando de lado estas cuestiones, deben Vds. saber que en algunos países sigue siendo más importante el día de san Nicolás como día de los regalos que el día de navidad y, por supuesto, que la tradición hispánica de los reyes magos.

Con todo, nuestro san Nicolás o Sinterklaas ha entrado en competencia con otro personaje, el que nosotros conocemos como Papá Noel, denominación que hemos tomado de Francia, ya que Noël significa navidad en francés. Este Papá Navidad o Papá Noel no es de origen francés, sino que es la traducción francesa del Father Christmas de los anglosajones, del de Kerstman de los holandeses y del Weihnachtsvater de los alemanes. Si Santa Claus es san Nicolás, Papá Noel es un remedo de san Nicolás que, según defienden algunos estudiosos, fue inventado en Estados Unidos en el siglo XIX por Washington Irving. Desde Nueva York, lugar de la invención, se habría extendido a todo el mundo.

Veamos cómo se realizó el invento: Washington Irving pretendió crear una figura de un hombre bonachón que pudiera acabar con las celebraciones callejeras y ruidosas de la navidad neoyorquina y que transformara el día del 25 de diciembre en una fiesta familiar. Se inspiró entonces en el Sinterklaas holandés, de manera que podemos decir que el Santa Claus americano, también llamado simplemente Santa, es un réplica del Sinterklaas holandés y, por tanto, de san Nicolás. Desde entonces, la entrega de los regalos se fue desplazando desde el día de san Nicolás al día de Navidad.

Las ropas de Santa Claus no son más que una versión del traje de obispo de san Nicolás. El caballo blanco fue sustituido por los renos voladores. Las primeras imágenes de este nuevo Santa Claus aparecieron en el Harper’s Illustrated Weekly, un semanario neoyorquino entre los años 1863 y 1866. De esas ilustraciones nace el santa Claus que todos conocemos. Compañías como Coca-Cola empezaron a usarlo y poco a poco se hizo más familiar que las tradiciones antiguas relacionadas con san Nicolás.

III. La Santidad

Pero dejemos a la Coca-Cola con su Papa Noel y volvamos a nuestro san Nicolás. Volvamos a ese san Nicolás y sobre todo a las tradiciones españolas relacionadas con el santo. En este sentido queremos destacar las famosas tres caminatas de los lunes con las que se pretende implorar la intercesión del santo especialmente en lo relativo a las necesidades económicas y afectivas. Como todos sabrán, las caminatas consisten en dirigirse a pie desde su casa a un lugar donde se rinde culto a san Nicolás tres lunes sucesivos. Las caminatas incluyen la invocación la oración y las lecturas y peticiones. En concreto, el primer lunes se lee el salmo 60 y Rom. 12,1-2; el segundo el salmo 30 y Sant. 2, 14-17 y el tercero el salmo 24 y Mt 22, 36-40.

Estas lecturas convierten las caminatas en algo más que una práctica supersticiosa. Acudir a un santo y, en nuestro caso a san Nicolás, no puede ser un acto de magia, sino una confirmación de nuestra confianza en la providencia de Dios, ante el que los santos interceden. Por eso son importantes no soslayar las lecturas bíblicas y quedarnos en una oración a la que se atribuye propiedades que pueden ser calificadas de mágicas. Así, en el primer lunes, al entonar el salmo 60, se dice primero

Nos has rechazado, oh Dios, nos has deshecho,

Estabas irritado, ¡oh, vuélvete a nosotros! (60,1)

Es el salmo que entona un alma en los momentos de mayor desamparo. Cuando todo parece roto, cuando la situación es sólo confusión, cuando el aturdimiento toma el lugar de la claridad y el sosiego, en ese momento, prosigue el salmo:

Para que tus amados salgan libres,

¡salva con tu diestra, respóndeme! (60,7)

San Nicolás no es un mago, sino que es un ejemplo para que tratemos a Dios como verdaderamente un padre. El culto a los santos debe ser un camino para profundizar en el culto a Dios. El ejemplo del santo debe llevarnos a gritar sin miedo a Dios respóndeme y concluir con las palabras del salmo:

¿No eres tú, oh Dios, que nos has rechazado,

y ya no sales, oh Dios con nuestras tropas?

Danos ayuda contra el adversario,

que es vano el socorro del hombre. (60,12s)

En este salmo se proclama la Esperanza en medio de cualquier situación de desasosiego. En ese instante el verdadero culto a Dios es la propia conversión. Por eso el primer lunes la lectura del salmo 60 se completa con la de Rom 12,1s:

Os exhorto, pues, hermanos, por la misericorodia de Dios a qeu ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.

En consecuencia, el resultado del primer lunes debe ser la conversión que consiste en cambiar la mentalidad y en transformarse interiormente. Este debe ser el primer fruto de la devoción a san Nicolás.

El segundo lunes se entona el salmo 30 que es una acción de gracias. Tras la petición de ayuda del primer lunes, en el segundo se da las gracias diciendo:

Yo te ensalzo, Yahveh, porque me has levantado;

No dejaste reírse de mí a mis enemigos. (30,1)

En el mismo salmo se dice:

Clamé a ti y me sanaste. (30,3)

Y Me has recobrado de entre los que bajan a la fosa. (30,4)

Y acaba

Has trocado mi lamento en una danza,

Me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría;

Mi corazón por eso te salmodiará sin tregua;

Yahveh, Dios mío, te alabaré por siempre. (30,12s)

La acción de gracias nace del alma convertida y por eso, en el segundo lunes se recuerda con la lectura de Sant. 2, 14-17 que la fe sin obras está muerta. De este modo, las caminatas a san Nicolás son una especie de itinerario de conversión y no simplemente un acto mecánico de magia. El auténtico milagro es la conversión. Si antes dijimos que no se puede hablar en términos morales indicando a los fieles qué comportamientos están bien o están mal, si no hay una conversión previa, ahora quiero insistir en que el auténtico milagro siempre lleva aparejada esa misma conversión interior. Y la auténtica conversión es reconocer a Dios y proclamar su grandeza. El mayor milagro es que un alma pueda fiarlo todo a Dios. El mayor milagro es la fe que se muestra en obras pero que no necesita de milagros para creer. El mayor milagro es la capacidad de obedecer a la providencia y ponerse en marcha por el camino sin balizar del que hablábamos al principio, pero con el alma, la mente y el corazón lleno de la plenitud de la Esperanza. A esto invita el tercer lunes de la caminata. Si en el primero se clamaba a Dios por nuestras necesidades y en el segundo se ponía de manifiesto que las necesidades adquirían una dimensión distinta desde la conversión, en el tercero, el fiel no puede más que proclamar la grandeza de Dios o, lo que es lo mismo, el amor de Dios por sus creaturas manifestado en la providencia. Por eso se proclama en el salmo del tercer día:

¿Quién subirá al monte de Yahvé?

¿quién podrá estar en su recinto santo?

El de manos limpias y puro corazón,

El que a la vanidad no lleva su alma,

Ni con engaño jura.

Él logrará la bendición de Yahveh,

La justicia de Dios de su salvación. (24,3ss)

Y el que ha experimentado la conversión en su interior y es puro de corazón sabe que el principal milagro es amar a Dios y reconocer a Dios en todos los semejantes. De ahí que el tercer día de caminata se complete con la lectura de Mt 22, 36-40

“Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Él les dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”.

Vistas así, las caminatas es una invitación a la conversión, porque san Nicolás no es un superhéroe ni un abuelo bonachón al que la Coca-cola cambió la mitra por un simpático gorrito rojo haciéndolo volar por los aires tirado por renos. San Nicolás es protector de marineros y navegantes, es protector de la infancia, es protector de las mujeres casaderas e incluso protector en las situaciones de dificultad económica.

Mirad si san Nicolás sería un buen talismán en momentos como los que vivimos en España con unas cifras de paro insufribles y unos niveles de pobreza insoportables. Sin embargo, debajo de todos esos problemas no sólo hay números, no sólo hay añagazas financieras y falta de contención, sino que bajo los números hay avaricia, falta de valores y ausencia del hombre interior. Sólo importa el hombre exterior: la jerarquía social se rige por las marcas de ropa, por el modelo de coche e incluso por la raza de nuestras mascotas. Estamos demasiado habituados a lo epidérmico, a lo superficial. Miramos a la cara pero no vemos el alma que reside detrás de los ojos. Sólo por ahí podría empezar la recuperación de nuestra sociedad.

Y, si somos cristianos, tenemos que asumir que el ejemplo de san Nicolás y, más aún, el de Cristo, nos muestra que lo mismo que la religión no es una novena, tampoco la caridad es una operación kilo. Lo digo desde la admiración por todas aquellas instituciones que logran toneladas de alimentos para los necesitados. Está bien que lo hagan y deben seguir haciéndolo, pero el amor es auténticamente cristiano si el que entrega un kilo de cualquier legumbre lo hace porque siente en su interior que el necesitado es espejo de Cristo resucitado. La caridad cristiana o el amor cristiano no es un acto de solidaridad, sino que es un acto de culto, de reverencia a Dios y de coherencia con la fe que decimos profesar.

De todo esto dio también cumplido ejemplo san Nicolás. No hace falta imaginarlo saltando chimeneas para dotar a jóvenes casaderas o resucitando niños que habían sido cocinados, hay que imaginarlo alimentado a su grey, como obispo, con la palabra de Dios y, desde el convencimiento de la fe, procurando la dicha de los que le rodeaban porque en ellos, como he dicho, reside Cristo resucitado. No perdamos de vista que la santidad no es hacer cosas extraordinarias, sino simplemente docilidad para permitir que nuestra historia personal sea dirigida por la providencia. El santo entiende la vida y sus acontecimientos como teselas de la amorosa providencia de Dios. Y lo entiende así como decía el Padre Cantalamessa, al que citamos antes, desde la conciencia de que ya estamos salvados. Las obras de la fe no son un trueque o un atajo hacia la gloria, sino que son frutos de conversión. El amor, incluso el amor humano, no nace de las cosas que hacen las personas a las que amamos. No hacemos bien para amar, sino que actuamos bien porque amamos. Aquí hay muchos padres y seguro que saben lo que estoy diciendo: no aman a sus hijos porque estos actúen bien, sino que simplemente los aman y lo que esperan es que ese amor dé en ellos buenos frutos y, aunque no sea así, siguen amándolos.

Así es también el amor de Dios. El que experimenta ese amor ya nunca más permanece igual. La Iglesia y sus santos, como san Nicolás, deben ser escuelas de la transformación interior que ocurre cuando el creyente se ve rozado por el amor de Dios. Los amados de Dios son los santos, y a estos santos no se les exige que transformen el agua en vino como hizo Jesús en las bodas de Caná. Eso sí, los santos deben tener firmeza para ser capaces de llenar las tinajas del mejor vino. No hace falta que hagamos el milagro de la conversión del agua en vino, pero sí el milagro no menos brillante de trabajar la vid día a día para que sus racimos llenen las botas de vino. No se pide a los santos acabar con la pobreza, pero sí que no se pierda de vista que la dignidad humana reside en todos los hombres por igual, incluso en los que no tienen techo o son desahuciados e incluso en los criminales y malvados. Tal vez no podamos cambiar la vida de los que nos rodean, pero sí podemos acompañarlos. No se nos pide, en definitiva, que seamos capaces de resucitar a los muertos, ni que devolvamos la vista a los ciegos, pero sí que estemos junto con los sufren. Eso basta, estar junto con los que sufren viendo en ellos nuestros iguales. Esto sólo es posible si confiamos en la bondad de Dios, como decía, santa Teresita de Lisieux:

La santidad consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, y confiados -aun con nuestro cuerpo- en su bondad paternal.

Sentirse pequeño ante Dios es sentirse igual ante el hermano, y es que la santidad cristiana no es un estado de aislamiento, sino todo lo contrario, es un estado de confianza en Dios que sitúa al creyente junto a sus semejantes. En el Antiguo Testamento el término hebreo para santo, Kadosch, significa estar apartado de lo profano. Lo santo se opone a lo profano. Por eso el pueblo de Israel en su conjunto era santo, kadosch, porque había sido apartado por el propio Dios del resto de los pueblos, de los profanos y lo había escogido para sí. Cristo con su sangre hizo santo a todos los hombres sin distinción. Esta santidad objetiva proviene del amor de Dios y, frente a ella, hay una santidad subjetiva, propia de aquellas personas que, en gracia de Dios, viven confiadas plenamente en la providencia. A esta santidad subjetiva está llamado todo el pueblo de Dios, todos los bautizados, porque el bautismo es una consagración a Dios y no un mero símbolo o rito iniciático. La santidad es decir sí al mandato de Cristo: sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Y por eso dice la Constitución Dogmática del CV II Lumen Gentium, 42, lo siguiente: Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro de su estado.

Estamos obligados precisamente por el bautismo que hace posible que el propio Dios se asiente en el corazón de cada recién nacido. La santidad es la respuesta libre a esta siembra de Dios que el sacramento del bautismo realiza. El que ama a Dios con todo corazón es el verdadero santo. El que tiene sed de Dios, del Dios vivo, como dice el salmo 41, es el verdadero santo. Los hombres canonizados, los que llamamos habitualmente santos como san Nicolás, son ejemplos, pero, además, son algo más importante: son ejemplo de que el Dios vivo actúa entre los hombres, actúa aquí y ahora. Esa es la comunión de los santos que decimos profesar cada vez que proclamamos el credo: es decir, que todos los redimidos por Cristo formamos una familia en la que todos intercedemos por todos ante el único modelo de santidad, Cristo. San Nicolás, junto con todos los santos nos une a la fuente de la santidad. Por eso el mejor culto que se puede dar a los santos es abrir el corazón a Jesús. Así lo dice también la citada constitución Lumen Gentium, 50: Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a los bienaventurados se dirige, por su propia naturaleza, a Cristo y termina en él, que es la Corona de todos los Santos, Por él va a Dios que es admirable en sus Santos y en ellos es glorificado.

En realidad el único santo es Dios, pero por el bautismo somos adoptados por Cristo y convertidos en hijos adoptivos de Dios y, desde ese instante, llamados también a la santidad. Por eso Pablo usaba el término santos como sinónimo de creyentes y en sus cartas llama santos a los destinatarios de sus palabras. Por esto mismo los ortodoxos consideran la santidad como una participación en la vida de Cristo y llaman a los santos cristóforos, es decir, que llevan en sí mismos a Cristo. Por eso Pablo se dirige a los efesios y los llama santos (Ef. 1,1) y a los conversos recientes de Éfeso los llama conciudadanos de los santos y familiares de Dios (Ef. 2,19;3,17ss). La santidad no es un privilegio de algunos creyentes, sino una obligación porque, como dice Pablo a los tesalonisences que la voluntad de Dios es vuestra santificación (1Tes 4,3). Lo mismo pueden Vds. leer en 1Cor 1,2 y Rom 1,7 y 8,27.

En consecuencia, lo que debe definir al creyente es ser santo o, lo que es lo mismo, estar enamorado de Dios, como dice el papa Benedicto XVI: El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado al prójimo. Estas palabras de Benedicto XVI nos conducen de nuevo a Pablo cuando dice que la santidad es despojarse del hombre viejo y revestirse del hombre nuevo, es decir, del hombre despojado de todo lo que perjudica su crecimiento espiritual. El hombre exterior se desgasta a medida que crece el hombre interior (2Cor 4,16). Ese hombre exterior y viejo fue crucificado con Cristo según Rom 6,6. En definitiva: Con Cristo estoy crucificado, y no vivo yo, sino que es Crsito quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios uque me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,19s).

Este es el mensaje último de san Nicolás y con esta invitación quiero acabar mis palabras: estamos salvados en la sangre de Cristo, estamos transformados por el Espíritu. Entremos en nuestro hombre interior sin miedo, guiado por ese mismo Espíritu y siempre dentro del cuerpo de Cristo que forma la Iglesia. En esto consiste la santidad y en esto se resume el ejemplo de san Nicolás y de todos los santos. Para lograr esto debemos vencer la puerilidad espiritual de la que habla Pablo en 1Cor 13,11. Si estamos salvados, debemos actuar como tales. Hay que abandonar supersticiones y confiar plenamente en la providencia, porque, como dijo Mateo el Padre conoce hasta el número de nuestros cabellos (Mt. 10.30). Esta maduración espiritual hay que hacerla desde la alegría, desde la seguridad de sentirnos amados por Dios. No olvidemos nunca aquél versículo de Oseas: misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos (Oseas 6,6). Sólo así se llega a la tierra que mana leche y miel (Ex. 33,3): viviendo la fe desde la misericordia y no desde el sacrificio cuando convertimos el sacrificio en el fin último de nuestra vivencia religiosa; viviendo la fe desde el conocimiento de Dios a través de las escrituras y descubriéndolo en los semejantes. Y todo ello guiado por la Esperanza que anima a seguir adelante con aquella mansedumbre propia de los que heredarán la tierra (Mt. 5,5). En san Nicolás tenéis la cruz que da sentido a nuestra Fe, a los pies del templo la Esperanza que sostiene la fe y al otro lado de la calle el Amor que da testimonio de la Fe. Allí tenéis también un intercesor, san Nicolás. Entonces, digamos con el beato Juan Pablo II, No tengáis miedo. Adelante.


01/04/2013
Autor: MARCO ANTONIO CORONEL RAMOS

  UN RÍO PARA UN PUEBLO

UN RÍO

PARA UN PUEBLO

© Marco Antonio Coronel Ramos

FIESTAS DE EXALTACIÓN DEL RÍO GUADALQUIVIR

SANLÚCAR DE BARRAMEDA (LAS PILETAS)

23 DE AGOSTO DE 2013 (22:00 HORAS)

 

Ilustre, noble y leal pueblo de Sanlúcar de Barrameda, autoridades que lo representan: Señor Víctor Mora Escobar, Teniente de Alcaldesa de la Ciudad, Señor Jesús Villegas Espinosa, Concejal de Fiestas, Señores munícipes de todas las fuerzas políticas, otras autoridades presentes, amigos.

A todos vosotros debo dirigirme para mostraros mi agradecimiento por haber confiado en mí para realizar esta Exaltación del Río Guadalquivir. Toda exaltación es un acto de alabanza, pero yo quiero que la mía sea mesurada, sentida y cierta. La dignidad de las tierras regadas por el Guadalquivir y la nobleza de Sanlúcar no necesitan arrebatos, no requieren voces estentóreas, no reclaman gestos estruendosos ni poses jactanciosas. Yo tampoco sería capaz de asumir esa máscara. No es mi carácter.

Yo quiero hoy aquí mirar al río de frente, como a un viejo amigo, con franqueza y sinceridad. Si me olvidé de ti alguna vez, que se me pegue la lengua al paladar (Sal 137,6). No te lo digo con la nostalgia del exiliado que llora a la orilla de los canales de Babilonia. Te hablo sin pesadumbre, consciente de que los vientos

fueron benévolos conmigo. A manos llenas recibí la caricia del viento del sur y siempre la vida me fue leal.

Sin embargo, mi alma vive izada sobre el monte Abarín, a donde, según cuenta el libro de los Números (27,12-13), hizo subir Dios a Moisés para mostrarle la tierra prometida. Desde las alturas, Moisés contempló la realidad de las promesas, pero supo también que sus pies nunca entrarían en aquel territorio. Su itinerario llegaba hasta aquel punto. Desde entonces sería Josué el que conduciría al pueblo.

Sobre ese mismo monte vive aupada mi alma desde hace treinta años. Desde allí contempla la lira que hace nuestro río cuando busca perderse en el mar; desde allí se asoma a los añicos de jazmín que iluminan nuestro cielo en las noches rasas; desde allí admira el sol providente que se adormece rizando las aguas con el hechizo de su luz; desde allí alcanza ese amasijo de norte y sur que es el vuelo de las cigüeñas; desde allí advierte el silbido sibilino del

galopeo de los pinos en el Coto. Pinos que parecen llegados de Cumas, donde la sibila profetizaba en verso.

Aquí, pues, me tenéis, dadme la cara, y decidme si voy a entrar en la tierra prometida, o he de plantar mi tienda sobre este monte para siempre. Os lo digo pensando que la vida me ha merecido la pena, que la nostalgia no es una hoja de sierra que acribilla, ni los deseos frustrados un enjambre de termitas. Os lo digo aquí y ahora, reconociéndome en el espejo de este aire.

Te hablo sin rencor, sin ira, sin doblez. Mis manos te señalan

instintivamente, con el mismo ahínco que el amante esculpe la carne del amor ausente. La ausencia que me ha traído a este monte fue la fragua que acabó transformando mi pecho caminante en un crisol donde las raspaduras del pasado han sido siempre presente. Por eso me viene a la memoria aquellas palabras que Platón atribuye a Heráclito: “Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río”. Qué mejor manera de describir el fluir de la existencia, que no es otra cosa que un río interno que va labrando nuestro corazón y cincelando el mármol de nuestra alma. La vida fluye en nuestro interior, pertinaz por sacar a la luz la forma más auténtica de nuestra materia, tenaz en su esfuerzo de anclarnos y

cincharnos en lo mejor de nosotros mismos.

Efectivamente, “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”. Pero no creáis que el agua ida es agua perdida. La corriente sedimenta y transforma lo escurridizo en arcilla vital, en memoria, en nostalgia creadora. El agua de un río es una lección existencial, que demuestra que el pasado no es un dique seco ni un pecio varado, que el presente no es la foto-fija del instante ni el futuro la horma del azar. El río muestra que la vida es la corriente-lazarillo que pone en movimiento la voluntad y la inteligencia, es la huella que el mar difumina para darnos la oportunidad de podar la realidad.

Esa realidad viene dada no sólo por las aguas, sino también por nosotros, los que entramos en el río. Nuestra manera de mirar, de sentir, de paladear, de gustar, también están en constante movimiento. Por eso, lo que realmente decía Heráclito es: “En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos” (Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12).

Ved, pues, cómo no todo depende de las aguas, sino también de nosotros, los que entramos en un cauce en permanente cambio.

La vida es esto, un equilibrio de movimientos: el alma humana se mueve, el contexto se mueve, el aire que respiramos se mueve, los días se mueven, las generaciones se mueven.

En esa vorágine en la que todo parece inestabilidad, hay un cauce, desbordable con las lluvias y que puede apretarse con el estiaje, pero un cauce en el que debemos internarnos sosteniendo en una mano un ancla y en la otra un junco. Así podremos vivir la plenitud del cambio y mantenernos ante el embate de la borrasca. Por eso no encontró el primer filósofo, Tales de Mileto, un mejor principio -o arjé, como dicen los griegos- para todas las cosas que el agua. Así lo habían narrado las antiguas mitologías. Así incluso el génesis, cuando dice que “La tierra era informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gn 1,2).

La humanidad no ha encontrado un mejor símil para explicar la vida y la existencia que el agua. El agua se presenta con espíritu, con movimiento propio y llena o habitada por dioses. Esto es especialmente así en el caso de los ríos, símbolos de apertura, libertad, alegría, fertilidad o prosperidad.

No quiero divagar, ni tampoco pretendo petulantemente agotar toda la significación de los ríos. Voy a desgranaros sólo algunos aspectos de su simbología: los ríos como señal de civilización y como metáfora de la vida, de la muerte y de la trascendencia. Los ríos, como representación de la civilización, no son simples corrientes de agua. Son una suerte de viril de la cultura o de frasco del progreso. Recuerden el caso del Tigris y el Éufrates, los ríos que dan nombre a la fértil tierra de Mesopotamia, que significa precisamente tierra en medio de ríos. Allí, en aquel territorio se dice que empezó la revolución neolítica, cuando el hombre logró domesticar el trigo, iniciar prácticas ganaderas y, gracias a ello, propiciar el proceso de sedentarización. Allí parece que se inventó la vela para navegar e incluso la rueda.

Es a esto a lo que llamamos civilización, a la manera en la que el ser humano construye una vida colectiva viable. Y para ello lo primero es controlar la producción de alimentos. Tal vez por esto fue llamada Mesopotamia el primer huerto de la humanidad. Nada de esto hubiera sido posible sin las corrientes del Tigris y del Éufrates, ríos que, según el Génesis (2,10-14), nacen del mismo Edén, junto con otros dos ríos: el Pisón y el Guijón. Resulta curioso que la civilización surja del agua del Edén pero en manos de unos hombres que habían sido expulsados de ese mismo Edén.

Me viene a la cabeza aquellas palabras de Walter Benjamin en las que explicaba que el Dios de Dostoievski no sólo era el creador del cielo y la tierra, de los animales y el hombre, sino también el creador de la vileza, la venganza y la crueldad. Recuerdo estas palabras porque no sé cómo explicarme la contradicción de que la civilización surja míticamente en contraposición con lo divino, aunque sin poder prescindir de los propios dioses.

Esos ríos que hacen posible el salto neolítico, regaban Mesopotamia con aguas del Edén, pero también en sus cercanías se encontraba el hogar de los ángeles caídos, la prisión de Prometeo e incluso, no lejos de allí, quedó varada el Arca de Noé tras el diluvio. Todo indica que el hombre, consciente del vigor de su instinto de supervivencia, se sobrepone al abandono en que nace. La debilidad humana se supera asumiendo que hay que ganar la vida con el sudor de la frente.

Pero los ríos son también símbolos de la vida y, con ella, de lo

trascendente. Un ejemplo son los sapta sindhu o siete ríos sagrados de los hindúes. A esos ríos, mencionados en el Rig-Veda, acuden millones de personas que se sumergen en sus aguas para purificarse. Para algunos los ríos citados son el Ganges, el Iamuna, el Sárasuati, el Indo, el Godavari, el Narmadá y el Kaveri. Sus aguas, además de bañar los cuerpos, anegan el interior del hombre

ejerciendo una acción purificadora. Estas aguas son cizallas que rompen las ataduras y las cadenas. Por ello muchos hindúes acuden a sus orillas a incinerar sus difuntos. El río, como camino, trasladará las cenizas hasta el seno de Siva. A la orilla de estos siete ríos la vida y la muerte se suceden con la naturalidad con la que en una moneda hay dos caras o en una mano una palma y un dorso.

Los Occidentales, poco a poco, hemos ido ocultado la muerte, el sufrimiento, el dolor, la vejez. Creemos que con ello vencemos lo que no deseamos. De esa manera hemos despojado a la vida de una de sus facetas: la dimensión de la madurez, del cansancio, de la evaluación. Podemos ocultar el fin de nuestros pasos o podemos trasladar la meta fuera del escenario, pero no podemos borrar que nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar, que es el morir. Pero ese morir es el sosiego de volverse parte de la inmensidad y de regresar al agua de la que partimos. Por eso el río es también símbolo de la muerte y así lo imaginaron los griegos al ilustrar los territorios del Hades surcado por ríos. Sobre esta imagen ideó Dante su propio Inferno.

En el Hades existía un río de agua salada que trasportaba las lágrimas de los criminales, el río Cocito, también un río de fuego o Flegetón, otro río oscuro y profundo, el Aquerón o Aqueronte, que debían cruzar las almas cuando se encaminaban al trono de Plutón para escuchar su decreto, el Estigia, por donde surcaba la barcaza de Caronte para transportar las almas de los fallecidos, y el río Lete o Leteo, del que bebían los buenos que se encaminaban a los Campos Elíseos o que querían volver a la vida. Beber de ese río les hacía olvidar todas las experiencias pasadas. Por analogía con el río Leteo, existe el río Mnemósine o de la memoria, en donde los iniciados en los misterios bebían para recordar todas las experiencias acumuladas en sus vidas.

El fluir de los ríos indica que todos los sentimientos humanos son un estado repetitivo y cíclico. La pena, el odio, el fuego, el lamento y el olvido, que es lo que significan cada uno de esos ríos del Hades son las sustancias de la propia vida humana que se van purificando en la pira de la maduración y, sobre todo, al final de la propia existencia.

¿Por qué os cuento todas estas cosas? Pues porque creo que el río Guadalquivir es uno de los pocos ríos de Europa que encierra este triple significado: es alegoría de la civilización como el Tigris y el Éufrates; es símbolo de la vida y la trascendencia como los ríos sagrados de los Hindúes – o como podría ser el Nilo; y es símbolo de plenitud de la vida cuando esta queda larvada bajo la seda oscura de la muerte, como aquellos ríos del Hades griego.

El Guadalquivir es un río símbolo de una civilización porque fueron sus aguas las que transformaron el mare tenebrosum –el mar tenebroso- en nuestro charco atlántico. Y, mirándose en el Guadiana, forma un huerto de fertilidad a este lado de Sierra Morena, como ya hicieran el Tigris y el Éufrates en Mesopotamia.

El Guadalquivir es también símbolo de la vida porque jamás ha sido un río de frontera. Por ello no deja de sorprenderme la coincidencia de nombre con el otro Río Grande, el que separa México de Estados Unidos. El río de Norteamérica es valla, cerca, seto, separación; nuestro río es camino, senda, mestizaje, encuentro. Por ello el Guadalquivir es un río de vida, porque sus márgenes siempre han sido permeables y ecuménicas. Sus orillas no separan, zurcen. El Guadalquivir es un puente, una columna, un vínculo.

Nunca quiso ser el pequeño Rubicón romano, aquella frontera natural entre el territorio itálico regido por Roma y la Galia Cisalpina. En su ribera se paraban los generales, porque hubiera sido considerado profanación cruzarlo en armas. Julio César lo hizo –lo cruzó en armas- lanzándose a una empresa sin vuelta atrás.

El Guadalquivir actúa de otra manera: encaja lo contradictorio, amolda lo divergente, acopla lo discordante. El Guadalquivir no es un río-frontera, sino un río-vida que ha transformado los azotes de guerras y los enfrentamientos en un mosaico de trabadas y armónicas teselas. Tampoco quiso ser el Guadalete, recordado por la batalla que acaeció entre el 19 y el 26 de julio del 711, cuando el rey don Rodrigo fue derrotado por las tropas comandadas por Tarik Ibn Ziyad. Ese hecho marca el salto de la frontera por parte de las tropas musulmanas que se lanzan a la conquista de España.

El Guadalquivir, que conoció guerras no menores, quiere ser recordado por haber limpiado y purificado la sangre de todos los caídos para dar cobijo a una nueva civilización, en la que el mestizaje es bandera. El Guadalquivir no es divisoria ni confín, es esponja empapada que rehace lo roto y desgraciado con el tegumento de su destreza oceánica.

No quiso el Guadalquivir ser el Tajo recordado por regar ciudades como Toledo y Lisboa o haber sido referencia geográfica durante las Guerras de Reconquista entre los reinos cristianos y Al-Ándalus.

El Guadalquivir siempre ha evitado ser frontera para asumir el papel de craza en la que se amonedó un pueblo constituido por el oro y la plata de todos los que llegaron y se sintieron en casa. Sobre sus aguas sobreviven los caudales de vida y de muerte, de civilizaciones y, con ellas, el batir de la respiración de pobladores de carne y hueso. Y entre los primeros de los que tenemos constancia que por aquí vivieron se encuentran los habitantes de Tartessos. Las tinieblas en el conocimiento de estos pueblos quedan hilvanadas con la luz de los restos que los arqueólogos han ido descubriendo. Hay quien opina que Tartessos no era sólo el nombre de la ciudad, sino el del propio río Guadalquivir. También es identificada a veces con la Tarsis bíblica, para algunos el centro de Tartessos. Según Ezequiel de aquí llegaban a Tiro plata, hierro, plomo y estaño (27,12). La traducción bíblica de los Setenta traduce Tarsis en ocasiones por Cartago, y de ahí que para otros sea la denominación de zonas de influencia fenicia. Herman Melville en la novela Moby-Dick identifica Tarsis con Cádiz.

Más allá de identificaciones geográficas, lo importante es que en este occidente fértil entre el Guadalquivir y el Guadiana se desarrollaron unas civilizaciones prósperas con las que los fenicios comerciaron sin hacerse con el control político de las mismas. Serían los fenicios los que llamaron al río Baits, que sería después el río Betis de los romanos, que dio nombre a la provincia Bética de Hispania. Ese territorio se rindió a Roma sobre todo tras la segunda guerra púnica. Las aguas del Guadalquivir, más o menos por donde se unen con el Genil, vieron la derrota de Publio Cornelio Escipión, que había desembarcado en el año 218 en Ampurias para impedir el abastecimiento de los cartagineses.

Tras la segunda guerra púnica los romanos ocupan los lugares de influencia cartaginesa en Andalucía y, de nuevo, este valle del Guadalquivir abre sus raíces de par en par para dejar sitio al nuevo visitante. La capital de esa provincia Bética estaba en Córdoba. De estas tierras siguieron saliendo numerosos barcos cargados de oro, plata, cobre y plomo, y sus explotaciones de cereales, olivos y uva llegaron a ser famosas en todo el Imperio. La Bética se empapó de Roma y su alto grado de romanización la convirtió en provincia que dependía del senado frente a aquellas en conflicto, sujetas al poder militar del emperador. Aquí, César, el que cruzó el Rubicón, y Pompeyo, se enfrentaron en la batalla de Munda; de aquí salieron los emperadores Trajano y Adriano; aquí nació, entre otros autores, Séneca. Estos nombres no son estatuas venerables, sino un fluir de sueño y vigilia en el que hoy podemos reconocernos.

Y en la capital de la Bética, en Córdoba, sobre su puente romano que une el Campo de la Verdad con la zona de la mezquita-catedral, este caminante recordó aquellas palabras que Lucilio dirigió a Séneca preguntándole que, si el mundo está dirigido por una providencia, por qué les suceden tantas desgracias a los hombres de bien” (De providentia, p. 7). Cuántas veces nos hacemos esta pregunta, cuando las circunstancias de la vida parecen oquedades. Allí, sobre el puente romano de Córdoba, me

resonaron las palabras de respuesta de nuestro ilustre paisano, de Séneca, que también vio pasar las aguas de este río: “A un hombre bueno ningún mal puede sucederle: no se mezclan los contrarios. Del mismo modo que tantos ríos, tantas lluvias caídas del cielo, tanta abundancia de fuentes medicinales no cambian el sabor del mar, ni siquiera lo mitigan, así el ataque de las contrariedades no trastorna el espíritu del hombre fuerte: se mantiene en su posición y

cuanto le sucede lo acomoda a su estilo de vida, pues es más poderoso que sus circunstancias” (9-10).

Parece describir con estas palabras al propio río, que acomodó todas las circunstancias para engendrar una civilización de injertos. Parece describir igualmente a la gente la nuestra tierra: la que trabaja en el mar y conoce los embates de la marea, las madrugadas al raso y el miedo a esas olas, que son alambradas de urdimbre cerrada; la del campo, que mira al suelo con la esperanza de que entre la gleba surja una cosecha de bienes y promisión. Tal vez entre ellos encontró Séneca esa imagen de la vida como una prueba, en la que los atletas o sabios se van curtiendo.

La vida de ese sabio ilustra perfectamente que la vida feliz no la da el “qué bien se come aquí” o “el que bien se vive aquí”, frases de uso común entre nuestra gente, sino aquel que no “ha dejado su felicidad al arbitrio ajeno” (Lucilio I, p. 99), es decir, el que lleva con coherencia y tenacidad las riendas de su vida. Así lo decía el mismo Séneca. “El único infortunio para el hombre es el de creer que en la naturaleza exista alguna cosa que constituya para él un infortunio. No me soportaré el día que no pueda soportar el infortunio” (Lucilio 16,96 / p. 209).

Esta es la auténtica lección de nuestro pueblo: la que se derrama en el mantillo de dignidad que la gente de bien deposita sobre la tierra con la obstinada intención de polinizarla. Así pues, en esta estratigrafía de tierras regadas por el Guadalquivir no sólo hay campos fértiles y metales bondadosos, también existen hombres como los descritos por Séneca, hombres infatigables que piensan que las oportunidades hay que labrárselas.

También hubo hombres de este empaque y porte en la España visigoda, hombres como san Leandro o san Isidoro, que transformaron la fe en sostén de Occidente y añadieron a la racionalidad de los griegos o al pensamiento político romano, los principios de individualidad, de igualdad, de hermandad, que son herencia cristiana.

Aquellos romanos no se fueron, ni aquellos godos, aunque, tras las pugnas entre los sucesores de Witiza y el rey D. Rodrigo, en el 711 cayó el poder visigodo y se inició el período de Al-Ándalus, que concluiría en 1492 con la toma de Granada. En esta época de nuevo fue Córdoba el centro de Andalucía. El emirato que lleva su nombre primero dependía del califato omeya de Damasco, hasta que se independizó políticamente. Este emirato de Córdoba, sin embargo, tuvo que hacer frente a numerosas contradicciones internas. Con todo, en el 912, Abderramán III se proclamó califa, constituyendo el Califato de Córdoba. Entonces se rompió también la dependencia religiosa con Oriente.

El poder del califato de Córdoba abarca más allá del valle del

Guadalquivir, pero fue en ese valle donde se encontraba el centro y los símbolos de su poder. El califato quedará abolido en el año 1031 y entonces surgirán los primeros reinos taifas. Es entonces cuando Sevilla encuentra un lugar de protagonismo. Su taifa alcanzó un gran prestigio regida entre otros por al-Mutadid y al-Mutamid. La taifa de Sevilla controlará el sur de Portugal, Murcia y la mayor parte de la actual Andalucía, salvo la taifa de Granada.  Con todo, poco después, en 1085, Alfonso VI de Castilla y León conquistó Toledo y no quedó otra solución a los reyes de Sevilla que aliarse con los de Granada y Badajoz y pedir ayuda a los almorávides. Lograron derrotar a los cristianos en 1086.

El hostigamiento, sin embargo, seguirá y de nuevo el rey de Sevilla pide ayuda al emir almorávide Yusuf ibn Tasufin, que entra en la península en el 1088 con el objetivo no tanto de combatir a los cristianos como de conquistar y poner bajo su mando todas las taifas. Los almorávides pasarán entonces a gobernar Al-Ándalus situando su centro político en Granada. Pero otra vez esta nueva Al-Ándalus se resquebraja apareciendo entre el 1144 y el 1170 las segundas taifas. Entran entonces en acción los almohades que trasladan su capital a Sevilla. En el año 1212, con la batalla de las Navas de Tolosa, empieza el derrumbe de la dinastía almohade. Surgirían de esos hechos otros reinos de taifas, entre ellos, en 1237, el reino nazarí de Granada. Estas nuevas taifas eran muy débiles y del todo incapaces de detener la conquista del valle del Guadalquivir que fue realizada por el rey san Fernando y su hijo Alfonso X el sabio. Baeza fue conquistada en el 1227, Córdoba en el 1236 y Sevilla en el 1248.

Allí permaneció la población musulmana -o mudéjar- junto a gente cristiana proveniente de territorios del norte. Un nuevo estrato de sangre, de pensamiento, de vida se agolpaba sobre los terrones regados por el río Guadalquivir. Aquellos hombres viven en nosotros, lo mismo que un pensamiento vive en el corazón o la luz vive en el aire. Aquellos hombres vivieron igualmente teniendo al río por escenario de sus porfías, amores, encuentros, anhelos, desesperanzas. El río, como para nosotros, fue su escenario de respiración. Oigan a Asa al-Ama, poeta arábigoandaluz del siglo XII, describiendo el caer de la lluvia sobre el río: La mano de los vientos realiza finos trabajos de orfebre en el río, ondulado en mil arrugas.

Y siempre que ha terminado de forjar las mallas de una loriga, la lluvia viene a enlazarlas con sus clavillos (83).

El río es en este poema objeto de contemplación. ¿Acaso los aquí presentes nunca han contemplado el rizado del agua en los días de viento? ¿Nunca han presenciado la caricia serena de las aguas en marea baja? ¿Nunca han admirado el entredós de espuma sorteando las piedrecillas de la orilla? Así también aquellos hombres. Ellos y nosotros formamos una corriente de piel que anima obstinadamente la vida en este valle.

Ese río lo conoció igualmente Ben Sahl de Sevilla, un judío fallecido en torno al 1251. En sus versos nos ha dejado otra descripción semejante de las orillas del Guadalquivir: Los olmos que descuellan sobre los jardines son como lanzas llenas de banderolas de seda. No es de extrañar que estas tropas se alzaran contra el río, cuando le vieron vestido con la cota de mallas que le forjan los vientos al arrugar sus aguas. El río rechazó a las tropas una y otra vez con sus ondas; pero se inclinaron sobre él y hubo de someterse, lamentándose con su murmullo.

Vean como de nuevo sorprende a Ben Sahl el ensortijado de las aguas del río esculpido por el viento. Las hojas de los olmos de las orillas se desprenden sobre la ribera y buscan acomodo en los bucles de las aguas. Ese amor entre el viento y el río bien pudo inspirar a Ibn Hazm de Córdoba su bellísimo tratado de amor titulado El collar de la paloma. Ese amor, como todo amor, está compuesto de encuentros y olvidos, de asedios y desprendimiento.

Así lo describe el poeta almeriense también del siglo XII Ben Safar al-Marini cuando detalla la acción de la marea sobre el Guadalquivir: El céfiro rasgó la túnica del río, al volar sobre él, y el río se desbordó por sus márgenes para perseguirlo y tomar venganza. Pero las palomas se rieron de él, burlándose al abrigo de la espesura, y el río, avergonzado, tornó a meterse en su cauce y a ocultarse en su velo.

El céfiro es un viento del oeste suave y dulce. Su soplo rompe el discurrir inconsútil de las aguas del Guadalquivir. Nuestro río es amado por el mar que lo galopa muchos kilómetros río arriba. Ese maridaje es el que parece que está describiendo Ben Safar al-Marini.

Pero este río arrastra también lamentos. Aquellos pobladores, como nosotros, también arrostraron decadencias, huidas, pérdidas y muerte. Recordemos a aquellos que debieron abandonar las orillas del Guadalquivir en medio de cambios de ciclo histórico. Tal y como les leeré, describe el poeta Ben al-Labbana de Denia el destierro de al-Mutamid y su familia: Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muertos en sus fosas. Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando cómo flotaban aquellas perlas sobre las espumas del río. Caían los velos porque las vírgenes no se cuidaban de cubrirse, y se desgarraban los rostros como otras veces los mantos.

Llegó el momento, y ¡qué tumulto de adioses, qué clamor el que a porfía lanzaban las doncellas y los galanes! Partieron los navíos, acompañados de sollozos, como una perezosa caravana que el camellero arrea con su canción. ¡Ay, cuántas lágrimas caían al agua! ¡Ay, cuántos corazones rotos se llevaban aquellas galeras insensibles!

De nuevo el río, como notario de la vida y de la muerte en este huerto fértil de Occidente. Por eso este río es imagen y símbolo de una civilización, de un vivir y sentir, de un morir, que nos reubica en el polen del universo. A sus orillas llegarán después las gentes de Castilla. Con la toma de Granada quedaron incorporados a Castilla los reinos de Jaén, Córdoba, Sevilla y Granada. La actual Andalucía es el resultado en cierta manera de esos cuatro reinos.

La Andalucía castellana siguió apoyada en el río. Una Andalucía que nunca conoció fronteras y que siempre interpretó el plus ultra como acicate de curiosidad. Parece que este lema latino se lo inspiró a Carlos I de España y V de Alemania su médico y consejero Luigi Marliano. Se cuenta que le sugirió el lema al alcanzar la mayoría de edad en 1515 y ser proclamado Gran Maestro de la Orden del Toisón de Oro. El lema, que rezaba plus ultra, era una manera de desafiar a aquél Hércules, que colocó dos pilares en el Estrecho de Gibraltar para marcar la última frontera de los navegantes del mediterráneo. Entre esos pilares se situó el no plus ultra –o nuplo sanluqueño.

Desde 1492 ese lema carecía de significado y el no-más-allá –non plus ultra- era ahora un estímulo para no dejar nunca de ir-más-allá –plus ultra, en la conciencia de que las cosas nunca están acabadas. Las metas se trasladan más allá a golpe de razón, utopía, serenidad e ilusión. La avanzadilla del progreso es la actitud de no sentirse un enano a lomos de un gigante, sino el porte del que escala con valentía las convenciones más establecidas.

Eso fue lo que sucedió el 3 de agosto de 1492 cuando partió desde Palos de la Frontera la primera expedición colombina. Palos y Sanlúcar se encuentran en ese valle fértil formado por el Guadiana y el Guadalquivir. Desde entonces el río se oceanó para ver el primer mapamundi donde se reflejaba América elaborado por el cántabro Juan de la Cosa, para contemplar el porte severo, arrojado y ambicioso de Francisco Pizarro, el conquistador del Imperio Inca, o para acompañar en su partida para la primera circunnavegación de la Tierra al portugués Fernando de Magallanes, que quería llegar a las Islas de la Especiería o Islas Molucas sin cruzar por los mares que el Tratado de Tordesillas designó como portugueses.

La expedición descubrió el paso por los mares del Sur entre el Atlántico y el Pacífico. Se había empezado a preparar en Sevilla bajo los auspicios de Carlos I y con el apoyo de Juan de Aranda, factor de la Casa de Contratación. El 10 de agosto de 1519 las naves bajaron por el río desde Sevilla para fondear, avituallarse y prepararse para la navegación en Sanlúcar. En julio de 1522 sólo regresó la nao Victoria sobreviviendo únicamente 18 hombres al mando de Juan Sebastián Elcano.

En todo este período el monopolio castellano del comercio con las Américas se realizó desde Andalucía. Esto trajo riquezas incontables, que, sin embargo, no lograron ocultar el efecto devastador de las epidemias o de la expulsión total de los moriscos en 1609, que fue precedida en el mismo 1492 por la de los judíos. Durante todo ese tiempo Sevilla se convirtió en el centro económico de España hasta que en 1717 se trasladara la Casa de Contratación de Indias desde Sevilla a Cádiz.

El Guadalquivir fue no sólo testigo de esa Sevilla, sino asistente de sus empresas. A la orilla del arenal llegaban los barcos, que zarpaban de allí con la marea. Este nuevo estrato de vida también se preguntó por el río. También lo miró de frente para sacudir dudas, para mantener esperanzas y para carmenar el cabello gris de la postración. Sirva de ejemplo el soneto que Luis de

Góngora escribe al río mientras estaba residiendo en Granada:

 

¡Oh excelso muro, oh torres coronadas

De honor, de majestad, de gallardía!

¡Oh gran rio, gran rey de Andalucía,

De arenas nobles, ya que no doradas!

¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,

Que privilegia el cielo y dora el día!

¡Oh siempre gloriosa patria mía,

Tanto por plumas cuanto por espadas!

Si entre aquellas ruinas y despojos

Que enriquece Genil y Dauro baña

Tu memoria no fue alimento mío,

Nunca merezcan mis ausentes ojos

Ver tu muro, tus torres y tu río,

Tu llano y sierra, ¡Oh patria, oh flor de España!

 

Rey de Andalucía, honor de Andalucía, padre de Andalucía. Ciertamente tus arenas no son de oro, pero tu linaje y tu nobleza superan todo metal tanto por plumas como por espadas. Esa es la ribera del Guadalquivir que nos hace fértiles, la del talento, la de la valentía, la del trabajo, la de dignidad que se forja en una vida de plenitud concebida desde dentro y no desde fachadas. No se puede decir de mejor manera: fértil llano que empieza poco antes de Córdoba; sierras levantadas desde Cazorla hasta casi la ciudad califal; Guadalquivir de olas de girasol que miran la luz de frente;

 

Añorado sendero

que alimenta al desterrado.

Sé de qué hablas, Luis de Góngora:

Si entre aquellas ruinas y despojos

Que enriquece Genil y Dauro baña

Tu memoria no fue alimento mío,

Nunca merezcan mis ausentes ojos

Ver tu muro, tus torres y tu río,

Tu llano y sierra, ¡Oh patria, oh flor de España!

 

Si entre aquellos campos del Turia, en aquella tierra a la que la luz también bendice, tu memoria no fue alimento mío, no merezcan mis ojos ver la reate de luz que se pierde entre los pinos del coto en la anochecida. No merezcan respuesta las preguntas que dirijo en silencio a esa cumana pinada. Y ello cuando el río está acostumbrado a sortear peñascos de interrogantes personales y colectivos. Al que te interroga sólo le sosiega el cristal transparente de tu voz. Y a quién, sino a él, al Guadalquivir, imitando a Virgilio y a Petrarca, iba a preguntar por su amada el propio Góngora:

 

Rey de los otros, río caudaloso,

Que en fama claro, en ondas cristalino,

Tosca guirnalda de robusto pino

Ciñe tu frente, tu cabello undoso,

Pues, dejando tu nido cavernoso

De Segura en el monte más vecino,

Por el suelo andaluz tu real camino

Tuerces soberbio, raudo y espumoso,

A mí, que de tus fértiles orillas

Piso, aunque ilustremente enamorado,

Tu noble arena con humilde planta,

Dime si entre las rubias pastorcillas

Has visto, que en tus aguas se han mirado,

Beldad cual la de Clori o gracia tanta.

 

El río es una gran respuesta. Sus aguas reflejan las pautas del universo. Su fluir es una voz especular que el alma de quien lo mira traduce en granada de argumentos. A quién si no al agua de un río o de una fuente iba a dirigirse aquel místico nacido en Fontiveros, Ávila, en 1542, pero fallecido no lejos del Guadalquivir, en Úbeda, la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591. Hablo de san Juan de la Cruz, uno de cuyos manuscritos conteniendo el Cántico Espiritual se custodia aquí, en Sanlúcar, en el Convento de las Descalzas. Es, además, el único manuscrito que conserva autógrafos del santo.

En uno de sus poemas el místico castellano describe al amado, a Dios, al deseado sumo bien, comparándolo con diversos paisajes. Si el salmo proclama admirable el nombre de Dios por toda la tierra, san Juan describe la huella de

ese Dios perseguida por el alma de la siguiente manera:

 

Mi amado, las montañas,

Los valles solitarios nemorosos,

Las ínsulas extrañas,

Los ríos sonorosos,

El silbo de los aires amorosos,

La noche sosegada

En par de los levantes de la aurora,

La música callada,

La soledad sonora,

La cena que recrea y enamora. (p.27)

 

Dios, como diría el Cusano, es la conjunción de contrarios. Es la vorágine donde todo se unifica: la música callada y la soledad sonora, el río sonoroso que proclama la alegría y la vitalidad de la inteligencia, la conciencia y la sensibilidad. Por esto mismo, al desbordarse el amor interior, que no puede conocer cauces, esa misma amada sólo anhela la contemplación del amado, porque ante el movimiento incesante y los contrarios de la existencia, la contemplación es un remanso donde pensamiento y silencio se enamoran:

 

Gocémonos, Amado,

Y vámonos a ver en tu hermosura

Al monte y al collado,

Do mana el agua pura;

Entremos más adentro en la espesura (p.30-31)

 

Según explica el propio san Juan, las cristalinas fuentes do mana el agua pura representan la fe, de la que mana el servicio, la certidumbre y el valimiento del que busca, a imitación del río, ser azogue que también refleje la bondad del creador:

 

¡Oh cristalina fuente,

Si en esos tus semblantes plateados

Formases de repente

Los ojos deseados

Que tengo en mis entrañas dibujados! (437-8)

 

San Juan indica también que la imagen del río y de las aguas son adecuadas para explicar la búsqueda de lo divino por parte del alma, porque Los ríos, escribe el santo, tienen tres propiedades: la primera, que todo lo que encuentran embisten y anegan; la segunda, que hinchen todos los bajos y vacíos que hallan delante; la tercera, que tienen tal sonido, que de todo otro sonido privan y ocupan. Y porque en esta comunicación de Dios que vamos diciendo siente el alma en Él muy sabrosamente estas tres propiedades, dice que su Amado son los ríos sonorosos (480).

 

Para san Juan, Dios todo lo anega, todo lo llena y todo lo envuelve. Eso es un río como el Guadalquivir, que anega toda la historia de este valle fértil, llena todos sus derrumbes, vacíos y ruinas y envuelve todos los ayes que han paralizado a los pueblos que aprendieron a vivir en sus orillas. Pero no quiero dejarme llevar sólo por san Juan de la Cruz o por Góngora, en sus orillas también hay picardía, inhorabilidad, incuria, maledicencia, cofradías de Monipodio que viven a la umbría de lo ajeno. En tus orillas lo más sagrado y lo más mezquino se dan la mano.

Escuchen Vds. lo que decía Cervantes de esa Sevilla próspera en Rinconete y Cortadillo:

 

Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia, preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos personajes tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio que aquéllos, en su germanía y manera de hablar, se llamaban avispones, y que servían de andar de día y por toda la ciudad avispando en qué casas se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la Contratación, o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun dónde lo ponían; y en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la tal cosa y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros – que son agujeros- para facilitar la entrada (257).

 

A veces pienso que estos avispones –lo digo sin ánimo de ofender a nadie- y tomando la palabra en el sentido de ocioso, siguen existiendo, metamorfoseados en adolescentes y jóvenes que cifran su autoestima y su valor personal en cabalgar una moto o un gran coche. “No, bici yo, nunca”, parece que dicen, cuando el progreso obliga a velar por el planeta, por el uso racional de los combustibles, por controlar el consumismo. Y esto es perfectamente alcanzable con políticas a la altura de la dignidad de este pueblo y este río.

Veo también a esos avispones –repito, sin ánimo de insultar y con el sentido de ocioso, en aquellos conductores empeñados en que todo el vecindario conozcamos sus gustos musicales, hostiles, renuentes e implacables con todo lo que suene a discreción y a pasar desapercibido.

Me siento yo mismo avispón cuando las calles se me convierten en enemigas y no puedo disfrutar del Castillo de Santiago, porque unos centinelas muy particulares me lo impiden –me refiero a los contenedores de basura.

Me siento avispón cuando no puedo pasear por la calle bolsa y ver los cierros de las casas de los contratantes de Indias, las aldabas de sus puertas o las columnas que protegen sus esquinas. No puedo, el incesante tráfico me lo impide. También me lo impiden aquellos impenitentes centinelas de basura apostados junto a cada puerta, junto a cada esquina, junto a cada ventana.

Avispones deben sentirse todos aquellos que salen a la calle sin poder sentarse en un parque, beber en una fuente, pasear con su perro. Avispones porque su paseo queda reducido a traslados de sagrario en sagrario –o de bar en bar para los no sanluqueños. Poca distracción hay más allá del bar-sagrario.

Y ojalá pudieran ser avispones los minusválidos y trasladarse al menos de sagrario en sagrario en sus sillas de ruedas sin verse obligados a convertir el paseo en un entrenamiento olímpico de salto de obstáculos.

Esta ambivalencia entre la mística y la picardía, entre lo más sublime y lo más intolerante, tan propia del valle del Guadalquivir la encontramos no sólo en la literatura. Pondré también el ejemplo del arte. Y empezaré por Diego Velázquez, nacido en Sevilla el 5 de junio de 1599, que pintó la vejez que sobrevive a tientas y se desgrana en atenciones en el cuadro llamado Vieja friendo huevos.

En este bodegón de poca luz, de paleta exacta y de mímesis fiel, cada elemento es esencial: la mirada de la vieja, la del niño, el crepitar del aceite, el caldero. Tal vez aprendiera Velázquez a pintar sólo lo cardinal de su maestro, el sanluqueño Francisco Pacheco. En este cuadro lo esencial es lo básico, lo sublime y la normalidad se retan.

Muy semejante es la composición de otro bodegón, El aguador de Sevilla, donde de nuevo las personas son representadas con el objetivo de esculpir sus intenciones, emociones y anhelos. Esta naturalidad se convierte en angustia en el Bufón Calabacillas, pero sin perder el sentido que existe en estas tierras de hacer del defecto virtud. Con esta misma naturalidad se aparece Vulcano en el cuadro de la Fragua. Los herreros frente a frente a la divinidad, sin discontinuidad ni separación. El hombre y Dios siempre se han codeado en este valle. Así, con la misma continuidad pinta Juan de Valdés Leal la muerte o, si se quiere, el tránsito que cada alma se labra con la vida. La vida y la muerte en este valle perviven en intimidad y familiaridad.

Con la misma franqueza, Juan Martínez Montañés esculpe el Señor de Pasión, verdadera apoteosis del hombre que hay en Dios. De nuevo lo divino y lo humano cara a cara. Con idéntica sinceridad Juan de Mesa hace de la muerte una quietud en el Cristo de los Estudiantes de Sevilla o un esplendor humano en el Cristo del Amor. Con pareja claridad transforma el suplicio en una forja de responsabilidad y deber en el Gran Poder. Y con exacta equivalencia, sea quien sea el que la tallara, compendió en el rostro de la Virgen de la Esperanza Macarena la unidad de los contrarios que refina la gloria y la pena, la cobardía y la valentía, la desesperación y el arrojo.

Esta ha sido la constante de nuestra tierra: purgar en el alambique del Guadalquivir las contradicciones de una sociedad que se curte mirando la pobreza y se nutre modelando lo divino. El Guadalquivir ha acendrado su valle que nos mira con la naturalidad de uno de los personajes retratados por Velázquez, con la fijeza de la mirada alentadora, confortadora y atrevida de la Macarena, con la inquietud sosegada de san Juan de la Cruz o con la rotundidad inocente del Buen Pastor de Murillo.

El Guadalquivir es una fundición que combina fertilidad y esterilidad, que transforma lo paterno en materno, que alza el vuelo sin rumbo, que ama lo que odia y desprecia lo que siente. La contradicción es humana, por eso este río tiene también algo de humano. Esas contradicciones han marcado la historia del valle del Guadalquivir desde entonces. En realidad han marcado la historia de España, de la que este valle ha sido siempre lucero.

Un siglo XVIII de principios fundantes, de academias y viajes científicos e incluso de razones que acabaron en monstruos. Un siglo XIX de alianza con Francia y derrota en Trafalgar, de invasión napoleónica, de Guerra de Independencia, cuyo primer episodio victorioso aconteció en nuestro valle, en Bailén. Poco después se proclamó la Constitución liberal de 19 de marzo de 1812, jurada por Fernando VII, que se apresuró luego a abolirla y restaurar el absolutismo, también en nuestro valle.

El río Guadalquivir conoció los Cien Mil Hijos de San Luis, la retención de Fernando VII en Cádiz, su nuevo viraje hacia el absolutismo, el reinado de Isabel II, la constitución de 1845, el caciquismo, la localizada explosión industrial en Andalucía, la revolución de 1868 y el sexenio revolucionario con la proclamación de la Primera República en 1873. También presenció la revolución cantonal, la restauración monárquica, el bipartidismo y siempre el caciquismo. Luego, lentamente, los prometedores comienzos de la industrialización de Andalucía se fueron frustrando salvo en contados rincones de nuestra geografía. Este río asistió también al proceso de independencia de América entre el 1808 y el 1898. Luego, ya en el siglo XX, el reinado de Alfonso XIII, el regionalismo y el regeneracionismo. Los intentos de reforma agraria y la asignatura contumaz del analfabetismo.

Luego, la ladera empinada de una Andalucía de verbena, de salamandras al sol, de emigración. Y junto a ella la Andalucía interior, que sigue encontrando en el río la sombra precisa de su historia y el marco feraz de su futuro. Esta contradicción de Andalucías la encontramos en otro sevillano, Antonio Machado, nacido el 26 de julio de 1875. El poeta, que vivió en la casa de Alba de la calle Dueñas, se remansa en tierras de Castilla buscando en otro río austeridad, gravedad y parquedad. Ese río es el Duero:

 

¡Oh Duero, tu agua corre

y correrá mientras las nieves blancas

de enero el sol de mayo

haga fluir por hoces y barrancas,

mientras tengan las sierras su turbante

de nieve y de tormenta,

y brille el olifante

del sol, tras la nube cenicienta!

¿Y el viejo romancero

fue el sueño del juglar junto a tu orilla?

¿Acaso como tú y por siempre, Duero,

irá corriendo hacia la mar Castilla?

 

Castilla es el Duero, Andalucía el Guadalquivir. El romancero es para Machado el sueño del juglar que descansa junto al Duero; junto al Guadalquivir descansa una andanza de trances, de portones abiertos, de umbrales cedidos, de marejada nerviosa. Machado añora el Duero, porque sus hoces se le presentan como elevación y ascetismo sereno y puro. Así lo dirá incluso estando en Sevilla y añorando el Duero:

 

En Córdoba, la serrana,

en Sevilla marinera

y labradora, que tiene

hinchada, hacia el mar, la vela;

y en el ancho llano

por donde la arena sorbe

la baba del mar amargo,

hacia la fuente del Duero

mi corazón –¡Soria pura!-

 

Por eso en su poema Adiós escribe No todas vais al mar, aguas del Duero para indicar que una parte de esas aguas quedan dentro de su alma. El agua interior es la memoria, el recuerdo de los años vividos en Soria. Para Machado el Duero es la autenticidad leal de la vida. Y así, cuando canta al Guadalquivir, sus palabras se hacen descriptivas. Machado es un poeta de río arriba, aunque naciera en su curso bajo. Machado aspira a esa fuente do mana el agua pura que él identifica con la fragancia, la frescura, la rapidez, el desparpajo de las fuentes del río:

 

¡Oh Guadalquivir!

¿Te vi en Cazorla nacer;

hoy en Sanlúcar morir.

Un borbollón de agua clara,

debajo de un pino verde,

eras tú, ¡qué bien sonabas!

Como yo, cerca del mar,

río de barro salobre,

¿sueñas con tu manantial?

 

Sí, Machado sueña con el principio, con el origen, con el manantial, con la fuerza de la vida, con la ascensión y con el despliegue de la escarcha. Jorge Manrique miraba el río desde su pausado fin, cuando sus aguas se deslizan en la cadenciosa nada; Machado se rodea de los brotes del río naciente cuando la luz y la espuma son inseparables del agua. Cuando el río corre ya encauzado y sagaz, no encuentra mejor comparación para el Guadalquivir que llamarlo alfanje roto o vitalidad tronchada:

 

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

Por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir, como alfanje roto

y disperso, reluce y espejea.

 

Ese alfanje roto de Machado es en Federico García Lorca un grupo de arqueros:

 

Los arqueros oscuros

a Sevilla se acercan.

Guadalquivir abierto.

Anchos sombreros grises,

largas capas lentas.

¡Ay, Guadalquivir!

Vienen de los remotos

países de la pena.

Guadalquivir abierto.

Y van a un laberinto.

Amor, cristal y piedra.

¡Ay, Guadalquivir!

 

Ese laberinto de amor, cristal y piedra en el que desagua el Guadalquivir son la consecuencia de una historia ambigua, afilada y tajante. El Guadalquivir es una devanadera que da la vida y la corta, que da aire y asfixia. Este río no necesita exaltación ni mantenedor: los caballos que cada tarde pasean por sus orillas, los ostiones que se aferran a la arena, el recuerdo de las cañas que un día poblaron las Piletas son su mejor exaltación. Su mejor pregón aquellos navazos que admiraron a Fernán Caballero porque eran símbolo del trabajo ímprobo, de la técnica natural y la fecundidad de esta tierra. Hoy son casi un recuerdo o un esqueleto urbano. Oigan lo que escribió la propia Cecilia Böhl de Faber y Larrea sobre los navazos en La Gaviota:

 

Era una especie de jardín subterráneo (...). Fórmanse éstos excavando la tierra hasta cierta profundidad y cultivando el fondo con esmero. Un cañaveral de espeso y fresco follaje circundaba aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre y preservándolo con sus copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de arena. En aquella hondura, no obstante la proximidad del mar, la tierra produce, sin necesidad de riego, abundantes y bien sazonadas legumbres; porque el agua del mar, filtrándose por

espesas capas de arena, se despoja de su acritud y llega a las plantas, adaptable para su alimentación. Las sandías de los navazos, en particular, son exquisitas, y algunas de ellas de tales dimensiones que bastan dos para la carga de una caballería mayor (97-8).

 

De esta fecundidad proviene que este río no conozca el narcisismo. No cabe en aquel que se desangra sobre el Océano sin añorar sus fuentes. No pienso como Machado: este río no añora su nacimiento y el mar que lo sabe se apresura río arriba para cobrar la rendición pactada. Aquí quisiera quedarme, en esta orilla a la hora de la bajamar, exclamando con palabras de Luis Cernuda:

 

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur

De ligeros paisajes dormidos en el aire,

Con cuerpos a la sombra de ramas como flores

O huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,

Y esa voz no se extingue como pájaro muerto;

Hacia el mar encamina sus deseos amargos

Abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.

La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta:

Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.

Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

 

Sí, su oscuridad y su luz son bellezas iguales: su solana y su umbría, su infierno y su cielo, su ternura y su aspereza. Todos estos contrarios son bellezas iguales y por eso este río tiene también algo de divino, sobre todo esa luz que se yergue sobre el mar y transforma a todo caminante en marinero y a todo marinero en enamorado:

 

Los marineros son las alas del amor,

Son los espejos del amor,

El mar les acompaña,

Y sus ojos son rubios lo mismo que el amor

Rubio es también, igual que son sus ojos.

La alegría vivaz que vierten en las venas

Rubia es también,

Idéntica a la piel que asoman;

No les dejéis marchar porque sonríen

Como la libertad sonríe,

Luz cegadora erguida sobre el mar.

Si un marinero es mar,

Rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,

No quiero la ciudad hecha de sueños grises;

Quiero sólo ir al mar donde me anegue,

Barca sin norte,

Cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

 

Esta es la alegría de este río y este mar: el cántico amoroso de saberse con barca y sin rumbo, de reconocerse anegado y respirar los sueños más hermosos, de galopar sobre la grupa de un mascarón olvidado. No te hablo desde el recuerdo, sino desde el instinto. Te hablo desde una celda que mira a la Arcadia. Aquí estoy, acodado ante mí mismo, asomado a mi propia vida y contemplándote, río, con el mismo sentimiento que Bécquer, otro poeta nacido en sus orillas, describió diciendo:

 

(...) el río de las ninfas, de las náyades y los poetas, que corre al Océano escapándose de un ánfora de cristal, coronado de espadañas y laureles, ¡cuántos días, absorto en la contemplación de mis sueños de niño, fui a sentarme en su ribera, y allí, donde los álamos me protegían con su sombra, daba rienda suelta a mis pensamientos y forjaba una de esas historias imposibles, en las que hasta el esqueleto de la muerte se vestía a mis ojos con galas fascinadoras y espléndidas! (125)

 

Yo, este mantenedor, estando aquí solo ambiciono soltar la espita del reencuentro y ser bulto en las aguas del río. Que Lorca me preste su soneto de la dulce queja:

 

Tengo miedo a perder la maravilla

De tus ojos de estatua y el acento

Que de noche me pone en la mejilla

La solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla

Tronco sin ramas; y lo que más siento

Es no tener la flor, pulpa o arcilla,

Para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,

Si eres mi cruz y mi dolor mojado,

Si soy el perro de tu señorío,

No me dejes perder lo que he ganado

Y decora las aguas de tu río

Con hojas de mi otoño enajenado.

 

Sí, tú eres mi tesoro oculto; yo soy tu feudo y tu hacienda. Río, hermano, embebe mis palabras con tu paso. Ayer yo era anónimo, mañana volveré a ser anónimo, absorto siempre en tu infinitud. Solo te pido eso: sumirme en tu regazo amniótico, enajenado en brazos de un sosiego y una paz fecundantes, generosos y pródigos. Y ahora, con la bravura y cadencia con las que el mar se apresura a tu encuentro, así, de esa manera, abrevia, Guadalquivir, mi voz con tu sonido. Que tras mis letras, Guadalquivir, sólo quede lo importante, las aguas de tu hidalguía y tu dominio.

 

Muchas gracias.

 

 


12/10/2013
Autor: MARCO ANTONIO CORONEL RAMOS

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