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  EL OTOÑO DE MI VIDA

 

 

 

Aún resuena el último grito alegre del niño sobre la arena fina de la playa; el alborozo, torbellino multicolor de sombrillas, toallas y tumbonas, que recortan la arena, la mar y el verdor de Doñana. Todavía oigo en mi interior el eco pregonero del heladero convocando a pequeños y mayores: ¡Al rico helado! Las últimas pisadas de los caballos marcan un sendero de huellas hacia las Piletas.

Aún perdura en mi memoria las risas adolescentes de niñas bañadas de sol y sal. Y miradas enamoradas de chicos que intentan robar un beso de amor entre las espumas de las olas. El verano, estación vacacional por antonomasia del calendario, se nos fue como el agua entre las manos. Sutilmente, como sin querer molestar, nos llegó el otoño con sus tardes aletargadas y sus noches silenciosas.

Para muchos el otoño es sinónimo de tristeza y melancolía. Es esa época del año donde anida en nuestro interior cierta nostalgia, envuelta en recuerdos de momentos felices que se nos fueron. Para mí el otoño no es odioso, sino más bien es el paso de la niñez y adolescencia a la madurez de la vida. Es como ese puente que une las dos orillas de un mismo río. A un lado hallamos la fortaleza y el vigor de la juventud, es decir, el verano de nuestras vidas; y por otro es la plenitud de los años vividos, la experiencia sentida, la serenidad de quien ya se acerca al invierno de su existencia.

Pero el otoño también nos trae la fragancia de la hierba recién mojada tras una larga temporada de aridez. El otoño nos acoge en su seno como una madre a su bebé sobre su pecho. El otoño hace que el sentido de la vista recobre imágenes de una belleza sublime, dorados paisajes que hace detener el tiempo en tu mirada. El otoño es un bálsamo de paz que me traslada a mi más tierna infancia y hace renacer en mi memoria lejanas añoranzas.

Sí, añoranzas de días de lluvias por la vieja vía del tren de Sanlúcar a Bonanza, cuando contemplaba en lagunas y charcas nacer la vida en cientos de renacuajos que, tras el milagro de la metamorfosis, dará lugar a saltarinas ranas. Ya no oigo el croar de esos simpáticos anfibios en los tollos sanluqueños, ni contemplo el suave volar de los pitijopos por los aires de Sanlúcar.

Qué lejos quedaron aquellos primeros días de lluvias cuando en los “baldos” contemplaban las “alúas” en los hormigueros y los chiquillos llevaban en botes de cristal escarabajos y lagartijas. Cosas de críos que en su candidez ignoraban que no estaba bien jugar con esos indefensos animales. Desde la atalaya de los años vividos, desde la azotea de la vida madura, oteo el horizonte y no veo más que frío asfalto, cemento y ladrillos. El progreso, o más bien la especulación y el negocio, ha transformado nuestros campos y caminos, haciendo desaparecer estampas tan pintorescas que ya sólo viven en viejas fotos amarillentas por la pátina del tiempo. Por el pago de Miradamas pastaban las vacas libres de ataduras, mientras los chiquillos jugábamos al fútbol en el campo de Fermín, así lo llamábamos.

A caballo entre el final del verano y el inicio del otoño, Sanlúcar se transformaba en un pueblo bullicioso, debido al trasiego de la actividad que producía la vendimia. Por caminos y campos una ingente cantidad de sanluqueños madrugaban para dirigirse a la recogida de la uva. Alegría y satisfacción porque el trabajo no faltaba y el movimiento era una constante que nos anunciaban a todos la llegada de mañanas septembrinas entre viñas de albarizas y racimos de dorada uva.

Viaja mi memoria a mis años de niños, cuando oía, desde la soledad de mi cuarto y en las madrugadas, el tintineo de las campanillas de la recua. Aquel sonido que anunciaba que por el Camino de Sevilla pasaba una reata de mulos y burros en fila india cargados con cerones repletos de uva. La voz nerviosa del arriero se fundía y confundía con el sonido de las herraduras sobre los guijarros. Ya se perdieron en el tiempo aquellas estampas costumbrista; los remolques colmados de uvas y los chiquillos reenganchados para birlar uno de aquellos racimos sólo por el puro placer de hacer una travesura de chiquillo, pues rara vez, el botín conseguido acababa en el estómago de ninguno de los zagalillos, que con satisfacción para ellos, salían disparados bajo un chaparrón de insultos del pobre arriero.

En la actualidad la vendimia pasa sin pena ni gloria, ya casi nada nos indica que Sanlúcar vive lo que otrora era fragancia de mosto por callejuelas, plazas y bodegas. Con el paso del tiempo ha desaparecido esos lagares que antes podía ver en lugares del Barrio Alto, como el que existía en la Plaza de Arriba o en la bodega de Gaspar Florido, frente a la bodega de la Arboledilla. Sanlúcar no tiene aromas manzanilleros por cualquier rincón o al doblar cualquier esquina. Otoño y vendimia, recuerdos de mi niñez cuando jugaba desde el amanecer a la noche en las calles, donde la diversión era volar una pandorga, bailar un trompo, jugar a los bolindres, a “angúa, angúa” siete mil millones de “pelúa” o saltar a piola. Por tantas cosas que dejo en las alforjas de mi memoria, me gusta el otoño, porque es como ese puente que une el verano de nuestra adolescencia y juventud, con el invierno o madurez de nuestras vidas.

 

 


27/01/2016
Autor: ENRIQUE ROMERO VILASECO

  EN MEMORIA DE FRAY ALEJANDRO DE MÁLAGA

 

 

 

 Por  las rendijas de la memoria miro y como un sutil sueño me traslado a los años de mi adolescencia. Anclado en la planicie, de cara al mar, cual barco varado a la orilla del Guadalquivir, enhiesto se alza el cenobio franciscano. La huerta huele a pino, romero y retama. El verdor de las plantas se entremezcla con la blancura de cal del cementerio capuchino.

El cantar de pájaros rompe la plácida tarde  veraniega, el estío se abre camino entre una fila de cipreses, que recuerdan un cortejo de capirotes negros. Cae la tarde y la figura de un fraile recortada sobre los centenarios muros conventuales, achica aún más la pequeña estancia de un taller artesanal.

Llaman al refectorio, el capuchino de pelo y barba pelirrojo, apaga la luz de su pequeño taller, sobre la mesa de trabajo infinidad de figuritas quedan huérfanas de su creador, mientras la luna entra tímidamente por la ventana. Ha terminado una jornada de trabajo duro y abnegado, es hora del merecido descanso. Una última oración a la que es Pastora de nuestras almas, sin olvidar a la que nos protege por cielo, mar y aire. La noche es clara como el agua cristalina de las Piletas. Las estrellas colgadas en el cielo refulgen como haciendo guiños a la luna. Juguetean los luceros reflejados en el agua, mientras José, en una humilde barca, pone rumbo a Egipto en un Belén de nueve arcadas.

Piropos de un poeta gitano y artista, jerezano de pura cepa, que de seguro recibió a Alejandro en las azules praderas. El hombre se va como dice el villancico: “La nochebuena se viene, la nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más”.

 La obra queda y perdura, la huella imborrable de su paso por la vida queda plasmada en un museo mariano, rincón de amor y santuario eterno para cada Patrona de España. El hombre se va dejando un vacío en las almas, mas nos quedará por siempre el rótulo de una calle con un nombre pulido por corazones amigos.

El fraile capuchino se fue, mas nos quedó la fragancia de sus poemas, la finura de sus versos materializados en un azulejo con la impronta de la Virgen del Buen Viaje. Allí, cual si fuera un altar, la gente sencilla, el pueblo todo, reflexionará por un instante de esta atareada vida y dejará volar su alma cual si fuera alas de palomas. Las campanas de la pequeña espadaña conventual seguirá cada tarde convocando a  misa, y la vida seguirá su lento trascurrir teñida por los atardeceres sanluqueños.

Amanece un nuevo día, la aurora levanta la persiana y la luz entra inundando el claustro conventual, tras los rezos del coro, fray Alejandro dirige sus pasos a su taller. Pincel en manos y de nuevo a la obra. Cientos de figuritas de un fraile con alforja ocupan casi todo el espacio de su mesa de trabajo. Es fray Leopoldo de Alpandeire, aquel capuchino que cuidara como enfermero en sus primeros años de vida religiosa  y que el pueblo sencillo y humilde ha elevado a los altares. Mucho antes de que fray Leopoldo fuera beatificado, Alejandro lo proclamó santo en cada imagen pintada que de sus manos nacía. Un adelantado que marcó estilo en la realización de los Nacimientos, dejando en ellos su impronta personal, su manera peculiar de vivir la Navidad.

Pasarán los años, el manto del tiempo cubrirá de polvo las figuritas encerradas en vitrinas de cristal. Pasará el tiempo y la barca seguirá navegando rumbo a Egipto a pesar de los vientos contrarios. Llegará una nueva Navidad con el velo misterioso del pesebre; pasará la terrible noche de los Santos Inocentes y la sangre de los niños empaparán las piedras frías del templo de Herodes; regresarán los Reyes Magos cada uno a su país, con la satisfacción y gozo de ver las miradas límpidas de los niños sanluqueños.

Y la vida continuará entre hojas que caen del calendario, veremos el tiempo pasar inexorablemente y en cada segundo moriremos un poco más. Pero a pesar de todo, quedará grabada en la memoria de muchos la imagen de un humilde fraile de pelo y barba pelirrojo, de ternura hecha arte en cada pincelada sobre el Belén de nuestros recuerdos. Y en cada verso, en cada poema que surge como llama ardiente del corazón, quedará marcado a fuego el amor a san Francisco de Asís, por el que entregó su vida entera.

La campana tocó triste aquella tarde de julio, los pájaros dejaron de trinar y enmudeció el grillo entre el lentisco. La blancura de cal del cementerio se tornó de oscuras sombras y los cipreses lloraron la ausencia del hermano capuchino. Las enredaderas de la tapia quedaron mustias y sin fuerzas, incapaces de trepar por los anchos muros del convento. Las palomas acurrucadas y silenciosas dejaron de batir las alas por el azul de cielo. Los vencejos volvieron a sus nidos del Pradillo y el agua de la fuente dejó de brotar sobre el blanco mármol de la plaza. En su camarín pastoreño la Divina Zagala recibió el alma inmortal de fray Alejandro, mientras la Virgen del Buen Viaje guió su vuelo a los cielos infinitos.

 

 

           Cierro las rendijas de mi memoria y mi sueño se desvanece. Hasta siempre fray Alejandro.


26/01/2016
Autor: ENRIQUE ROMERO VILASECO

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