Colaboraciones ...

  EL ACONTECIMIENTO REDENTOR Y LA PLENITUD DEL AMAR

 

Introducción

 

         Al terminar mi artículo sobre "¿Qué es Amar?", lo hacía así: "Por ahora creo que he escrito todo lo que valía la pena. Si más adelante veo que he de añadir algo más, espero hacerlo".

Hoy, mientras iba de camino hacia la iglesia, para participar en la Eucaristía, el Señor me ha hecho ver en qué consiste la plenitud del Amar. Y voy a tratar de expresar lo que me ha hecho descubrir.

 

Reflexiones previas

 

         Muchas veces me ha venido este pensamiento: ¿Cuándo acabará la hegemonía del mal? ¿Hasta cuándo hemos de esperar? Hace  más de 2.000 años que Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, estuvo en nuestra tierra y nos redimió, pero la condición de nuestra humanidad no ha cambiado para nada. Es más, han cambiado muchas cosas  en relación con nuestro mundo material, y a los conocimientos de los seres humanos para manipularlos y sacarles provecho, pero, el corazón humano, en su globalidad, no sólo no ha mejorado sino más bien hay una gran mayoría que vive en el mal y lo prefiere, defiende y justifica, al servicio de su ego.

         Algunos decimos: "Ven ya, Señor, da fin a tanto  horror, a tanto desatino, a tanta desvergüenza, a tanta oscuridad y dolor". O pensamos: ¿De qué ha servido tu venida a este mundo, tu pasión y tu muerte?... cada vez hay menos que creen en Ti, Señor.

         Hay y ha habido, a lo largo de estos siglos de cristianismo, hombres y mujeres buenos, santos, mártires... Pero, salvo en los comienzos, estos cristianos han sido minorías. En cambio, cada vez crece la proporción de los impíos (como dice la Biblia).

         Han ocurrido, y cada vez ocurren más, catástrofes enormes que arrasan con montones de seres humanos; unas causadas directamente por la mano humana (Guerras, asesinatos, abortos, armas nucleares, etc. etc.), otras causadas por una naturaleza que nos supera y arrolla (epidemias, terremotos, tsunamis, inundaciones, etc.).

 

 

 

         Lo que vi con claridad, esta mañana, es que cada uno de nosotros, que creemos en Jesucristo y estamos unidos a Él, hemos de llevar a cabo el "aporte corredentor" que nos corresponde. De modo que, si muchos de nosotros, bautizados, no seguimos las huellas de Jesucristo (desde el estado de vida en que estemos, y desde las circunstancias en las que nos hayamos encontrado con Él personalmente), sino que vamos, como la mayoría de la gente, a nuestros intereses personales, dando una de cal y otra de arena, o incluso viviendo totalmente de espaldas a Él... "La llegada de su Reino", el triunfo del Bien, el triunfo del Amor, el triunfo de Cristo, y el nuestro puede retrasarse", y es posible que ya se esté retrasando.

En cambio, si nos "ponemos las pilas" y optamos decididamente por vivir al servicio de su Reino (al servicio del Amor): negándonos a nosotros mismos, cogiendo nuestra cruz, y siguiendo sus huellas, adelantaremos su llegada que comenzará manifestándose en nosotros mismos, en nuestras familias, en nuestras amistades, en nuestros pueblos... hasta que salgamos a su encuentro.

 

La Redención nos viene de Jesucristo

 

         Ciertamente el único Redentor de la humanidad y de toda la creación, es Jesucristo, el Hijo de Dios, Encarnado en nuestra naturaleza humana, mediante la cual nos redimió y nos conquistó la Salvación.

Pero, al igual que en la creación, Dios ha querido tener al ser humano como colaborador  consciente y libre, para llevar a cabo su desarrollo hasta  alcanzar la meta, de modo que sea cocreador y  corresponsable de este devenir de toda la creación; en la Redención, también ha querido asociarnos, de modo consciente y responsable, a la Obra del Hijo. Así, en primer lugar, y de modo singular, asoció a la Santísima Virgen María, Madre del Hijo, que fue y es la Corredentora imprescindible, que el Padre quiso poner junto a su Hijo. Ella y sólo Ella, colaboró desde su inicio, junto al Hijo, en la Obra redentora. Pero, tras ser inaugurada la Redención con la Encarnación, Vida terrena, Pasión, Muerte y Resurrección del Hijo, todos los que la hemos acogido, asumiendo el Sacramento del Bautismo, somos llamados, a la más importante y trascendente de las misiones humanas: colaborar con nuestra vida al desarrollo de la Obra Redentora de Cristo, como corredentores libres, no imprescindibles, pero sí responsables de cómo sea el devenir , en cuanto a nosotros respecta, del establecimiento de la Redención, es decir del Reino de Dios; de que ese proyecto divino que Dios nos propone en la Oración del Padre Nuestro, que un día se realizará plenamente en la Tierra como en el Cielo, sea en mayor número o menor número de seres humanos, llegue más pronto o se retrase y con menos o con más sufrimiento de la humanidad y del Señor.

De aquí que, para que podamos estar inmersos en la "dinámica del amor" (en total sintonía con el Señor) y así alcanzar la plenitud en Amar, es preciso que asumamos nuestra misión corredentora íntimamente unidos a Jesucristo, amándolo más que a nadie y a nada en este mundo. Y haciendo todo lo que esté de nuestra mano para que otros también lo conozcan y lo amen. Esta disposición, llevada a cabo, es la que da culminación a nuestro Amar.

 

¿Cómo asumir nuestra misión corredentora?

 

Acercándonos, lo más que podamos, a Jesucristo, mediante la oración personal y frecuente, buscando su amistad e intimidad, pidiéndole que nos enamore, que conquiste nuestro corazón, e insistir una y otra vez en ello.  Buscando sus huellas: en los Evangelios y en otros escritos de la Sagrada Escritura; en los documentos del Magisterio de la Iglesia que nos hablan de Él y reflexionan sobre Él; en sus revelaciones a través de los santos (como las revelaciones del Corazón de Jesús, de Jesús de la Misericordia... en sus manifestaciones actuales, como la Verdadera Vida en Dios...). Viviendo el amor al prójimo en todas sus facetas. Participando en la Eucaristía y recibiéndolo en la Comunión. Pidiendo perdón al Señor por nuestros pecados y faltas, así como a las personas que hemos ofendido o fallado, y perdonando nosotros a quienes nos han ofendido o fallado. Uniendo a la Pasión de Jesucristo y su muerte en Cruz, los sufrimientos de cualquier tipo que la vida nos depare. Dejándonos seducir por Él, buscando hacer lo que Él nos pida o muestre que hagamos. Y, finalmente, aceptando nuestra pequeñez y pobreza con la sencillez, confianza y autenticidad de un niño pequeño.

 

 

Mª Elena Santa-Ana Ferreira


14/04/2014
Autor: ELENA SANTA-ANA

  EL PADRE NUESTRO EN CLAVE DE AMOR

 

 

 

 

Jesús, mediante el cual Dios se nos da a conocer como Uno en su esencia divina y Trino en Personas (Santísima Trinidad), habiéndonos dado a conocer todo lo que necesitábamos conocer para poder participar de su Reino, sólo nos enseñó una oración para que nos dirigiésemos a Dios Padre: La “Oración del Padre Nuestro”, que es la síntesis, en forma de oración de petición (dirigida al Padre, unidos al Hijo y movidos por el Espíritu Santo), de todo el Acontecimiento Redentor, desde su inicio con la Encarnación del Hijo, su vida entre nosotros, sus enseñanzas, su pasión, muerte y resurrección; pasando por nuestra implicación personal en dicho acontecimiento (vida de la Iglesia); hasta su culminación (triunfo de su Reino en este mundo).

Así mismo, Jesús nos enseñó que para participar en su Reino debíamos colaborar con Él en su establecimiento; y para ello teníamos necesidad absoluta de orar al Padre para pedir lo necesario en nuestra aportación, y tener la certeza de alcanzar la meta.

Y nos enseñó que no nos cansásemos nunca de rezar; que el Padre siempre oye y siempre nos da lo que necesitamos; pero que recemos con humildad reconociendo que no merecemos lo que pedimos.

Nos enseñó también que no nos preocupásemos de tantas cosas como la gente se preocupa (¿qué comer?, ¿qué vestir?...) como si sólo dependiese de nosotros. Pues Dios Padre está pendiente de cada cabello de nuestra cabeza, y nada ocurre sin que Él lo permita. Sino que nos ocupásemos de Buscar el Reino de Dios y su Justicia”, y todo lo demás se nos daría por añadidura”. Es decir que nos ocupemos sólo de Amar como Él nos había Amado: haciendo, deseando, buscando y defendiendo el Bien, que de todo lo demás que necesitemos, se ocupa directamente Él.

        En los tiempos que estamos viviendo, el mal triunfa por todos lados (en los malos, que se mueven en él como el cerdo en su fango), y en los que se consideran buenos pero que habiendo perdido la esperanza se dejan arrastrar por esa corriente sin hacer nada para impedirlo. Ciertamente nos han tocado unos tiempos muy difíciles. Pues tras 2016 años de cristianismo, la carga generacional de desesperanza, desencanto, escepticismo, pérdida de fe y de caridad, nos ha llevado a desfigurar la Huellas de Cristo Redentor y la fuerza de sus Palabras.

¿Es que Dios ya no cuida de nosotros?, eso es lo que el maligno (Satanás) quiere hacernos sentir y pensar; pero no es así, pues todo lo que está ocurriendo es fruto de nuestras infidelidades y pecados; de no haber seguido ese sano principio del “abandono en su Providencia” en una mayoría de seres humanos que habiendo recibido las enseñanzas de Cristo, generación tras generación no la hemos respetado, formando una coraza de insensibilidad y dureza ante el Amor Misericordioso de Dios.

Pues en nuestros tiempos se está cumpliendo más que nunca la advertencia de Jesús: “Los hijos de las tinieblas son más astutos para sus asuntos que los hijos de la Luz”. Y muy pocos de nosotros tenemos en cuenta esta advertencia para pedir la ayuda adecuada y así saber “buscar el Reino de Dios y su Justicia”. Por el contrario, los hijos de las tinieblas han sabido manipularnos (a una gran mayoría del Pueblo de Dios, incluida la jerarquía) para llevarnos a su terreno y hacer que “la sal de nuestra vida cristiana perdiera su sabor”. Por eso hoy en día hay aún en el mundo muchos bautizados pero en su mayoría carentes del sabor cristiano.

Por todo esto, los que por la misericordia de Dios, aún tenemos cierta capacidad de salazón, hemos de preguntarnos ante el Señor: ¿Por qué hemos llegado a esta  situación, en lugar de crecer en tu Amor, como nos encomendaste en tu Mandamiento Nuevo?.

Creo, Señor, que la hegemonía del mal está ya llegando a su fin (en tu Providencia divina) pues “El poder de las tinieblas no puede prevalecer sobre tu Iglesia” (El Reino inaugurado por Tu Hijo en este mundo). Sino que cada vez están más cerca ese Cielo nuevo y esa Tierra nueva que darán culminación al Acontecimiento Redentor realizado por tu Hijo, con la plenitud de tu Reino en nuestra Tierra.

Por eso es tan importante leer y rezar, en clave de Amor, la Oración que Tú nos enseñaste:

1ª parte: (Peticiones de la plenitud de nuestra Redención y Triunfo de Cristo)

Padre Nuestro

que estás en los cielos,

santificado sea tu Nombre.

Venga a nosotros tu Reino,

Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

2ª parte: (Peticiones de lo que necesitamos para poder caminar en su Amor, en tanto llega la plenitud del Reino)

El pan nuestro, de cada día, dánosle hoy;

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros

Perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación.

Más, líbranos del mal.

Amén.

 

Padre Nuestro: la auténtica paternidad sólo es fruto del Amor. Y Dios Nuestro Señor no sólo es Padre porque nos ha creado a todos por puro Amor, sino que además habiendo la humanidad rechazado su Paternidad, no sólo no nos has abandonado, sino que en su Hijo nos da la posibilidad de ser hijos en el Hijo, participando de su misma dignidad divina, y por ello herederos de su misma gloria.

Que estás en los cielos: que habitas, estás en la plenitud del Amor, porque tú mismo (en tu Santa Trinidad) eres la esencia del Amor y su fuente, y todos cuantos conviven contigo participan en plenitud de tu mismo Amor.

Santificado sea tu Nombre: que seamos capaces de reconocer, valorar y agradecer tu infinito y tiernísimo Amor hacia nosotros y hacia toda tu creación.

Venga a nosotros tu Reino: que el triunfo de tu Amor se establezca en todos los corazones humanos, y desde ellos a toda la creación.  (La civilización del Amor de la que nos hablaba tu hijo Juan Pablo II).

Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo: que la Norma y Ley que rija nuestra tierra sea la del Amor (expresión única de tu Voluntad), triunfo de la auténtica libertad y plenitud de felicidad.

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El pan nuestro, de cada día, dánosle hoy: Padre, danos a todos tus hijos, las fuerzas espirituales y los medios materiales que hoy necesitamos para perseverar en Tu  Amor.

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: perdónanos y ten misericordia de nuestras debilidades y pecados, como nosotros perdonamos y tenemos misericordia de los que nos hacen daño, aunque nos cueste (a causa de nuestra condición pecadora).

No nos dejes caer en la tentación: Señor, el maligno es más fuerte que nosotros, por ello si vamos contando con sólo nuestras fuerzas, caeremos en su trampa y haremos el mal. No nos dejes solos, necesitamos tu protección, contigo estamos seguros.

Mas, líbranos del mal. Amén: El mal, en este mundo actual en el que vivimos, es muy superior a las fuerzas humanas; sólo Tú, Señor, puedes protegernos de tantos peligros que nos acechan. (“Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque Tu, Señor, vas conmigo”).

Martes Santo

22 – 3 – 2016

Año jubilar de la Misericordia

 

Fdo. Mª Elena Santa-Ana


26/03/2016
Autor: ELENA SANTA-ANA

  POEMAS

 

 

 

 

Vida sin razón vivida

 

Vida sin razón vivida,

Sueños que pronto volaron.

¿Por qué esta naturaleza huida,

no dejó huella en mi pasado?

¿Por qué sin ver nos marchamos?

Si en nuestra alma albergamos

ansias de un mayor ser.

¿Qué misterio, Señor,

en esta materia ocultamos?

Monótonas olas

que tu Marca borraron.

 

 

 

Fuego de Dios

 

Pon tu fuego en mi alma, Jesús mío.

Quiero arder en tu amor.

Quiero enamorada, decir al mundo entero,

que no te cambio por nada,

que sin tu Amor,

sin tu presencia en mi vida,

sin saberme a Ti unida,

soy algo absurdo, algo muerto,

rama desgajada.

Gracias, Vida de mi vida.

Gracias, por sentir tu Herida.

Gracias, por tenerme a tu Amor encadenada.

 

 

Corazón inquieto

 

Corazón inquieto, corazón errante,

corazón, eterno caminante.

Brilló Tu Luz y, desde aquel instante,

busco, sin cesar, aquella Mano Amante.

Prende mi alma, Señor,

que sólo en tu Amor quiero arder.

En ese Fuego Abrasador,

que Tú has venido a traer.

Tu Fuego de Amor necesito.

No tardes más, mi Señor,

pues sin Ti, yo no soy nada,

una ramita de paja o un trocito de carbón.

Contigo, en cambio, Mi Dios,

seré luz y seré calor,

fuente de vida y amor.

 

 

 

Amanecer junto al mar

 

Amanecer junto al mar, cálida luz

que me impulsa a esperar, creer y amar.

Es la huella, que sin marca, dejaste impresa, Señor.

Es la vida que me invita a levantar la mirada

y no dejar de avanzar.

Una hoja cae acá, el rocío brilla allá,

y el susurro de la brisa en mi cara se hace notar.

Amanecer junto al mar,

¡qué inmensidad, qué misterio!

Y ¿por qué tanta oscuridad se quiere hoy aportar? ¿Por qué?

Si el pájaro trina y vuela de rama en rama,

si en su incesante vaivén manifiesta cándidamente

Tu verdad y Tu Saber.

¿Por qué nuestra insensata mente nos hace presuponer

que nada hay en el mundo mayor que nuestro entender?

¿Por qué, por qué?

 

 

 

 

Sed de autenticidad

 

Hoy, te pido, Señor,

que mis palabras coincidan con la verdad de mi vida,

que la unidad crezca en mí como expresión de amor,

que pueda decir, Señor: soy lo que ves en mí

y algo más de sólo Dios.

Que la falsedad no anide en ningún rincón de mí,

y la alegría del Sí sea la paz de mi ser.

Que en mi conciencia, escondida, sólo exista una voz:

la Voz clara de mi Dios.

Que ni el temor ni la angustia me lleven a vacilar.

¡Tengo sed de Tu Verdad,

de vivir en Tu Unidad,

de ser sólo para Amar!

 

 

 

¿Llegará la primavera?

 

Uno más entre las sombras, Dios late en la humanidad,

oscura y fría es la noche, parece una eternidad.

Señor, Tú que eres la luz, ¿por qué en tan profundas tinieblas,

tras dos mil años de espera, aún no hace primavera

lo que un día creaste como expresión de Tu amor?

Yo no soy quién para hablar, pero desde mi imprudencia

y el dolor que en mí es ausencia, grito ¡Señor, ten piedad!

¡que ya hemos pagado, con creces, nuestra culpa original!

No ves, Señor, que es el Malo, el único que gana aquí,

por embustero te pone, por indiferente y duro,

y no tenemos razones para acallar su veneno.

¿No crees que esto no es bueno?

El rescoldo del amor en ceniza va quedando,

el calor en frialdad, la alegría en pesar, la fe en puras palabras,

y sólo un temor lacerante inunda nuestra soledad.

Muéstranos tu Rostro, Señor, y aleja todo pesar.

 

 

 

La vida nace

 

¿Qué es esto que descubro?

Es la vida que despierta en el horizonte agreste,

como viento susurrante que se insinúa en el bosque.

Es la vida que ilumina cual antorcha radiante,

la oscura noche sin luna del otoño que declina.

Es la vida que transforma la piedra fría en viviente,

que en el corazón hiriente hace brotar la bondad,

y cantar al pajarillo,

y a la mariposa alegre volar confiadamente

bajo los rayos calientes que despuntan sin cesar.

Que el agua fresca y transparente, desde el alto manantial,

hace bajar cantarina para nuestra sed calmar.

Es la vida que brotando hace surgir una flor

donde antes sólo había piedras, abrojos y dolor.

Es la vida que del cielo llega a mi corazón,

por la Sangre de un Cordero, inmolado por mi Amor.

Es la vida de Mi Cristo que me grita: ¡ven a mí!

no continúes errante por ese camino gris,

que necesito encender la antorcha de tu corazón

para que muestres al mundo Quién es el Verdadero Dios.

 

 

 


08/12/2015
Autor: ELENA SANTA-ANA

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