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  BREVE APROXIMACIÓN A LA PARROQUIA DE LA O

Al morir el 27 de marzo de 1350 frente a Gibraltar el rey Alfonso XI de Castilla víctima de la peste, dejaba como heredero al trono a su hijo legítimo D. Pedro I, asumiendo la regencia, por ser aún menor de edad (contaba quince años el futuro rey), su madre la reina Doña María de Portugal sobre la que ejercía una fuerte influencia el noble portugués D. Juan Alfonso de Alburquerque. Los continuos desprecios a que había sido sometida la reina viuda por parte de su señor D. Alfonso y la existencia de varios hijos naturales del monarca, habidos con Doña Leonor de Guzmán y a los que aquel había distinguido con títulos y prebendas (Condado de Trastámara, Maestrazgo de Santiago, etc) configuraron la conocida actitud defensiva de la Regente, actitud que al acceder al trono su hijo se transformó en este en tal agresividad y aversión hacia sus enemigos, que le valieron el sobrenombre de “El Cruel”, con que ha pasado a la Historia.

         En efecto, y hasta 1369 en que D. Pedro perdía la vida en los campos de Montiel a manos de su sucesor Enrique II, ayudado por el noble Bertrand du Guesclin, murieron por orden suya, entre otros, D. Juan Fernández Coronel (Aguilar, 1353), D. Juan de la Cerda (Trigueros, 1357), D. Fadrique de Tratámara (Sevilla, 1357), Doña Juana de Lara, esposa de D. Tello de Trastámara (Sevilla, 1358), Doña Blanca de Borbón, su propia esposa (Sevilla, 1361), Doña Urraca Osorio, mujer de D. Juan Alonso de Guzmán y madre del primer Conde de Niebla (quemada viva en Sevilla en 1367), etc. Como consecuencia de la inestabilidad política imperante en Andalucía y ante el grave riesgo que corrían sus vidas por defender los derechos al trono del aspirante D. Enrique, se refugiaron en nuestra villa durante estos años algunos nobles afectos a la casa de Trastámara, que encontraron protección en el futuro Conde de Niebla D. Juan Alonso de Guzmán (tercer señor de Sanlúcar de Barrameda). Entre estos protegidos se encontraba Doña Isabel de la Cerda y Guzmán, hija de D. Luis de la Cerda y de Doña Leonor de Guzmán, y viuda de D. Rodrigo Álvarez de las Asturias, quien a la muerte de su hermano (en 1357, como ya hemos dicho) había quedado única señora de su noble casa.

         Había sido educada esta señora por su abuela materna, Doña María Alonso Coronel, fallecida en 1332, y al quedar viuda, rica dama y sin hijos, fundó la iglesia en Sanlúcar de Barrameda bajo la advocación de Nuestra Señora de la Expectación o de La O, por existir, según la tradición, una primitiva imagen de tal Virgen en la antigua iglesia-hospital de Santiago (y ubicada con anterioridad en la hipotética capilla del Alcázar Viejo) que habría sido donada por Alfonso el Sabio.

         No cabe duda en la actualidad acerca de la autoría fundacional de este monumento religioso ni de la época de su fundación pues, como indican Barrantes Maldonado Y Pedro de Medina haciendo referencia a los escudos que figuran en su portada principal, se ven en ellos, junto a las de la casa de la de La Cerda, las más antiguas armas de la Casa de Guzmán: calderas y leones sin castillos, por no existir aún el vínculo matrimonial de dicha casa con la Real de Castilla, vínculo existente a partir de 1368. a esto hay que añadir, como señala Velázquez Gaztelu, que los mencionados escudos aparecen mochos, esto es, sin coronellas ducales o condales, por no haberse recibido aún la merced condal de Niebla (1368), ni mucho menos la ducal de Medina Sidonia, que fue otorgada ya en el siglo siguiente. Es pues indiscutible, por razones heráldicas, la atribución fundadora de la Iglesia a Doña Isabel de la Cerda y Guzmán. Respecto a la fecha de su edificación, ya hemos consignado la muerte de D. Juan de la Cerda en Trigueros en 1357 que, junto a otros hechos, originó el traslado de su hermana a Sanlúcar, villa en la que residió hasta 1369 en que casó en segundas nupcias con D. Gastón Febo, Conde de Fox y Primero de Medinaceli, marchando a vivir a la Corte. Es entonces, en el transcurso de estos doce años que pasó en nuestra localidad Doña Isabel, cuando tiene lugar la edificación de la Iglesia Mayor Parroquial.

         Para la fábrica de la Iglesia se comenzó utilizando una de las siete torres del primitivo castillo árabe, y se construyó adosada al Alcázar Viejo, que ocupaba aproximadamente la manzana de casas hoy existente en la Plaza Alta incluida la Calle Escuelas, cerrada hasta mediados del siglo XVI en que se demolió el alcázar. Básicamente la estructura original del templo es la que corresponde al denominado por el profesor Angulo “modelo parroquial sevillano” y que coincide con numerosas iglesias de la capital hispalense, no pocas de ellas fundadas o socorridas por el Rey D. Pedro I. En el caso que nos ocupa se trata de una edificación de tres naves y ábside poligonal en la central con contrafuertes, siendo las laterales planas y con ocho pilares revestidos hacia 1629, pero que originariamente fueron de piedra y cuya sección actual corresponde al estilo clásico sevillano: rectangulares con resaltes en sus lados mayores: algunos autores, entre ellos Velázquez Gaztelu, afirman haber sido antes de sección circular. La arquería era apuntada también hasta 1629 en que se transformó en semicircular con motivo de las obras de remodelación que se efectuaron, aunque la observación detenida de los lienzos de pared permite detectar huellas del primitivo trazo. En cuanto a la bóveda, solamente el presbiterio conserva la primitiva de nervaduras hoy cubiertas por frescos aprovechando sus espacios triangulares, habiendo sido sustituida en el resto de la nave central y en los laterales por un rico artesonado de madera pintada y sobredorada también del mismo año.

         Contaba el sacro edificio en su construcción inicial con tres puertas de acceso, dos de ellas al público y una tercera que comunicaba directamente con el Alcázar. Las dos entradas destinadas al público eran la enmarcada por la soberbia portada principal y otra que en la nave del Baptisterio (coincide probablemente con la actual del Patio de los Naranjos), se abría a la Calle Comedias, que entonces llegaba hasta la Cuesta de Belén siguiendo externamente el trazado de las murallas. La de comunicación con el Alcázar era la actual de la Plaza Alta, aunque no es descartable que existiera otro lugar de paso entre ambos edificios; de ser así, este debería haber estado situado entre la Capilla de San Sebastián y la actual entrada, o en la misma Capilla. Respecto a la portada de la Plaza Alta, es preciso indicar que por la mayor sobriedad de sus arquivoltas, menos altura de su cornisa, carencia de imposta y casi nula decoración, es claramente anterior a la magníficamente labrada de la Plaza de los Condes de Niebla. Se trata esta de un ejemplar único de arquitectura ornamental mudéjar. Presenta arquivoltas abocinadas con baquetones trebolados y jambas claveteadas con puntas de diamante; las albanegas aparecen encuadradas por tres columnillas verticales y tres fajas horizontales, la inferior con los escudos antes citados, la central con arcos conopiales ciegos y la superior de columnillas de menor tamaño rematadas por arcos moriscos entrelazados sobre los que se sitúan los canes aleonados que sostienen la cornisa.

         Se abren en su fachada principal dos óculos, uno de ellos sobre la portada (el mayor) y el otro iluminando la escalera del coro alto. El simétrico a este no existe por estar en ese ligar la torre. Se encuentran también sendos óculos sobre las cabeceras de las naves laterales, planas inicialmente como ya hemos dicho, y aún otro más sobre la portada de la Plaza Alta. Aunque todos ellos han sido cubiertos por bellas vidrieras, originariamente serían de lacería de piedra o del mismo material que las enmarca. En el lienzo de la nave del Baptisterio se abre otra seria de óculos de forma ovalada.

         La torre del campanario presenta un segundo cuerpo de campanas de planta elíptica anterior a 1604 y obra del maestro mayor del Duque Alonso VII, Alonso de Vandelvira, autor en nuestra ciudad, entre otras muchas obras, del Santuario de Nuestra Señora de la Caridad. En su base se encuentra la capilla de la Virgen de la Antigua, a la que se accede a través de un bellísimo arco abocinado, y es casi con toda seguridad la construcción más antigua de la población por tratarse de una de las siete torres del antiguo Alcázar árabe.

         Al cuerpo principal del Templo se le han ido agregando a lo largo del tiempo y prácticamente desde los años inmediatos a su construcción, diversas capillas y altares que han sufrido a su vez traslados y modificaciones; actualmente existen en la Iglesia Mayor Parroquial de Sanlúcar de Barrameda las siguientes.

Capilla de la Virgen de la Antigua

Situada, como ya hemos dicho, en la base del Campanario, constituyó junto a la del Baptisterio, de la que es simétrica respecto al eje central, parte integrante de la Iglesia desde su fundación. Se venera en ella una antiquísima imagen similar a la que con el mismo nombre recibe culto en la Catedral sevillana, denominada así por creerse de origen anterior a la conquista árabe y suponérsele haber sobrevivido a su dominio semioculta pintada sobre un muro, recibiendo a partir de la Reconquista, principal atención litúrgica y ornamental. Primitivamente se podía acceder a ella por dos arcos, el actual y otro que se abría al espacio ocupado por el coro bajo actualmente, que entonces se encontraba cortando la nave mayor entre sus cuatro pilares centrales. Con el traslado del coro bajo a su emplazamiento de hoy se cerró el arco lateral ya inoperante y que sería similar al que hoy da entrada a la Capilla, trasladándose la reja que lo protegía al acceso a la Capilla del Baptisterio donde aún se encuentra. La que guarda la Capilla de la Virgen de la Antigua por su entrada principal permanece desde su primera colocación en dicho lugar y, como su simétrica, es de sobria forja coronada por el escudo de la familia Cabañas con inscripción alusiva al donante y sus cargos.

         Tiene esta Capilla el gran valor de la antigüedad de su fábrica de la que es clara prueba el ya citado arco abocinado que da acceso. Algunos escritores han querido ver en ella la primera e hipotética Capilla del Alcázar Viejo, en que se habrían reunido los primeros pobladores cristianos desde 1264 a 1297.

Capilla del Baptisterio

Simétrica de la anterior, también formó parte integrante de la Iglesia desde su primer trazado. De escueta decoración y protegida por la reja antes mencionada, su pila bautismal es original de mármol blanco sobre gradas y balaustres. Existe así mismo en esta Capilla una lápida bajo la que se encuentra el enterramiento de D. Pablo Cruzado. Los archivos bautismales que se conservan en perfecto estado, comienzan en 1514; lo cual es una fecha bastante temprana para este tipo de documentos; los libros en los que se recogen las actas matrimoniales se inician en 1587 y las correspondientes a las actas de defunción en 1652.

Capilla de las Ánimas

Edificada a mediados del siglo XVII en la nave del Baptisterio, es la primera capilla que nos encontramos una vez sobrepasada la puerta que comunica con el Patio de los Naranjos. Tanto por la antigüedad de su cofradía original como por las valiosas obras de arte que la adornan y enriquecen, merece la pena detenerse brevemente en ella.

         La primera noticia que poseemos de la existencia de la práctica vocacional a las benditas ánimas del Purgatorio es anterior a la fundación formal de su Cofradía y data de 1526, recogiéndose en ella el culto en hermandad existente, desde bastantes años antes, en la antigua Ermita de San Juan de Letrán (situada muy próxima a la actual de San Miguel Arcángel). La fundación formal de la Cofradía tuvo lugar en 1640, aprobando sus reglas D. Martín Real, provisor del Cardenal de Borja, con fecha 21 de mayo. Posteriormente, por una bula de 14 de octubre de 1731 concedida por Clemente XII, se le otorgó la agregación a la Archicofradía de Nuestra Señora del Sufragio de Roma, y por otra, dada en 15 de mayo de 1756 por Benedicto XIV, fue erigida en Archicofradía.

La Capilla se construyó sobre parte del Patio de los Naranjos de la Iglesia corriendo con sus costes la Cofradía y algunos benefactores entre los que figuró D. Juan Jiménez Lobatón, allí enterrado. Actualmente está guardada por una verja de madera mandada a colocar por el anterior párroco (Miguel Meniz Vázquez) y embellecida con fragmentos del retablo mayor de la hoy inexistente Ermita de Santa Brígida, situada en la carretera que hacia Bonanza parte de los Cuatro Caminos. Tales fragmentos de retablo, junto a otros de la misma procedencia que exornan la Capilla de San Sebastián, han sido rescatados del peligro de desaparición y actualmente, aunque no en óptimas condiciones, se encuentran expuestas en la Iglesia Mayor. Antes de pasar a describir brevemente su altar mayor  es preciso decir que el segundo altar a la derecha, inmediatamente después del Archivo, es de los más visitados y la imagen que en él se venera, Santa Rita, abogada de los imposibles, una de la que más devoción despierta.

El altar mayor de esta Capilla era primitivamente un lienzo con la Gloria, el Purgatorio y el Infierno, que anteriormente (hacia 1756) fue sustituido por otro, también del mismo tema, obra de Antonio Borrego. Actualmente hay en él una bella imagen de Jesús Crucificado que, a pesar de su deterioro, exhibe una magnífica factura. Se trata de un antiguo Cristo de la Luz que actualmente apenas recibe culto y que durante el siglo XVII, junto al de la Humildad y Paciencia, situado en el primer altar a la derecha de esta Capilla, tuvo Cofradía siendo sacado en procesión por los negros de la localidad. A ambos lados de este altar mayor se encuentran dos tablas polípticas, casi pequeños retablos, que justifican por sí solas la visita a la Capilla y destacan en el aspecto artístico sobre el resto del ajuar.

La tabla situada a la izquierda (para el visitante) es una soberbia composición de Hernando de Sturm o de Sturmio, pintor nacido en Ziericksee y del que se tiene constancia de su estancia en Sevilla de 1539 a 1577. Se trata de una representación de la estirpe de la Virgen, muy equilibrada incluso en sus fondos arquitectónicos, y en la que la disposición de las figuras corresponde a una distribución geométrica muy siempre: cuatro a cada lado ocupando el espacio central el Divino Infante sobre el que aparece el Espíritu Santo. En la escena central figuran de pie S. Joaquín y S. José y, sentadas, Santa Ana y la Virgen que, levemente inclinada, sostiene al Niño. En la de la derecha se ve a María Cleofé y, sobre ella, su esposo, y en la izquierda a María Salomé, con igual acompañamiento. La tabla posee documento de tasación fechado en 1549 y por valor de 60 ducados-oro, actuando como tasadores D. Pedro de Campaña, del que también hablaremos, y D. Juan de Zamora, ambos pintores contemporáneos del maestro Sturm e introductores con él en Andalucía de las tendencias renacentistas de principios del Quinquecento, que en este autor aparece fuertemente mezcladas con las aprendidas en su patria flamenca. Recientemente restaura con motivo de la exposición en “EUROPALIA”, se encuentra en excelente estado habiendo recuperado su cromatismo y brillantez originales.

La tabla situada a la derecha del mismo altar muestra por su técnica e iconografía ser de mayor antigüedad aún que la de Sturmio y no pocos visitantes de la Iglesia Mayor han creído ver en ella, sobre todo en la imagen de las escena central, el estilo y la escuela de uno de los precursores del Renacimiento en Andalucía: Alejo Fernández (muerto en 1545). La tabla también políptica con cinco escenas, presenta en la central a Santa Lucía en la actitud tradicional de ofrecer sus órbitas en una bandeja que sostiene con la mano derecha, mientras que porta en la otra la Palma del Martirio. En las de los lados, diversos pasajes de la Santa de Siracusa alusivos a su detención, procesamiento y martirio. Ignoro si existe documento de tasación de esta tabla y parece ser que a principios del s. XVIII, en que fue erigida Santa Lucía patrona del gremio de los escribanos, recibibió, aunque no durante muchos años, gran atención litúrgica.

Capilla de la Virgen de Lourdes

Situada en la misma nave que la de las Ánimas y a continuación de ella, se encuentra esta Capilla que, hasta hace pocos años, era ocupada por una imagen de la Virgen de Lourdes hoy ubicada en la de San Sebastián. Se trata de un pequeño recinto abovedado del que no he podido obtener datos precisos acerca de su construcción, probablemente porque cuando se edificó lo sería con otra advocación diferente. Actualmente se encuentran en ella las imágenes titulares de la Cofradía de la Vera Cruz, procedentes del hoy cerrado Convento de la Merced.

         La talla del Cristo es claramente de la escuela de Martínez Montañés (algunos autores lo atribuyen a Francisco de Ocampo) y ofrece ostensiblemente las características que, a partir del modelo de Pablo de Rojas (maestro de Montañés), presentarán los crucificados posteriores: suave inclinación hacia la izquierda de las extremidades inferiores, imperceptible torsión a partir de la cintura y plano del tronco hacia el lado opuesto; el paño de pureza abandona la solución renacentista y adquiere un aspecto “almidonado”, exhibiendo imperfecta simetría las cocas que en la tela se forman a la altura de las caderas por la presión de la cuerda que la sujeta. El estudio anatómico de tórax y brazos es de una gran perfección, y la cabeza, con el rostro inclinado hacia el orante, refleja la paz final de la muerte. Toda la imagen respira serenidad y su sola contemplación invita a la meditación y al recogimiento. Respecto a la de la Virgen, se trata de una Dolorosa de las llamadas de vestir o de candelero, y hay que decir de ella que, por su gran belleza y calidad, no desmerece en absoluto de la imagen a la que acompaña. Dos hermosos niños en el altar del crucificado y, a ambos lados del arco de entrada a la Capilla, una pareja de fantasmales cabezas evanescentes y de lúgubre colorido del también sevillano y máximo representante del Barroco trágico Juan de Valdés Leal (1622-1690), completan el selecto ajuar de esta pequeña Capilla.

Capilla de la Inmaculada Concepción

Como ya es sabido, aunque el culto a la Inmaculada Concepción no fue promovido oficialmente por la Iglesia hasta 1662, merced a una bula de Alejandro VII, con antelación a este reconocimiento ya recibía pública adoración este Misterio en toda la Cristiandad y, desde luego, en nuestra zona. Así, por ejemplo, en la vecina capital sevillana, por Cabildo general de la Archicofradía Pontificia y Real de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santa Cruz en Jerusalén y María Santísima de la Concepción (Silencio) celebrado el 29 de noviembre de 1615, se hizo voto de defender, “aun a costa de la sangre de los hermanos”, el Misterio de la Inmaculada Concepción de María, lo que no tendría explicación sin la existencia de una fuerte tradición de culto anterior a esta fecha. En Sanlúcar de Barrameda tenemos desde 1575 referencias a esta adoración en el testamento de Doña Leonor Manrique de Sotomayor, Condesa de Niebla, en el que legaba “la memoria perpetua de una antífona y oración en la Concepción de Nuestra Señora […] todos los sábados del año después de vísperas”. En 1605 el Ayuntamiento le celebró solemnes fiestas, en acción de gracias por la lluvia caída tras su salida procesional que puso fin a larga sequía, lo que se repitió igualmente durante los años 1628 y 1643, habiendo hecho ya en 1624 voto de defender la pureza inmaculada de María, ratificada con juramento del Cabildo en 1653. la misma Capilla, situada en la cabecera de la nave del Baptisterio y por la que se accede a su izquierda (para el visitante) a la del Sagrario, es obra de 1628, es decir, 34 años anterior a la citada bula de Alejandro VII.

         Su construcción se realizó coincidiendo con las obras de remodelación que se hicieron en la Iglesia por estas fechas, dándole entrada por la frontal de la nave lateral izquierda, primitivamente plana y cuyo óvulo se conservó, siendo costeada por el Duque D. Manuel VIII y limosnas particulares, entre los que la familia Caballero Rosas corrió con los gastos del nuevo retablo y altar. El retablo, de superior factura, sobre todo el Crucificado que lo corona y la Adoración de los Magos de la calle izquierda, es réplica a menor escala y con escasas variantes del existente hasta hace pocos años en el Convento de la Merced y hoy en la Cartuja de Jerez. La imagen de la Virgen es anterior a la fecha de construcción de la Capilla y en sus orígenes (hasta 1605) se veneraba bajo la advocación de Nuestra Señora del Reposo, lo que fácilmente se reconoce por el relicario que lleva en el pecho y por presentar Niño Jesús, que durante un tiempo le fue retirado, recibiendo culto largos años sin Él.

         En esta Capilla se puede contemplar otro de los cuadros de importancia artística que embellecen la Iglesia Mayor: el Descendimiento de Pieter Kempeneer o Pedro de Campaña. Sobre esta obra y su autor es conveniente hacer un pequeño comentario. Nacido en Bruselas en 1503 en el seno de una familia de artesanos flamencos, viaje Pedro de Campaña a Italia a los 23 años, entrando en contacto con la última etapa del Renacimiento y siendo testigo de un hecho fundamental en la evolución histórica del arte y, en general, del pensamiento europeo. En efecto, la noche del 22 de junio de 1527, el Emperador Carlos avanzaba con 12.000 lansquenetes y en connivencia con las tropas del Imperio, mandadas por el Condestable de Borbón, contra la ciudad eterna, poniendo en práctica las teorías del llamado “realismo político”, enunciado ya por N. de Maquiavelo en 1513 (“El Príncipe”). El asedio duraría ocho días y durante ese verano tiene lugar lo que en los manuales de historia se conoce como “il sacco di Roma”. El saqueo, brutal y sistemático, no sólo destruye las bases de la cultura Renacentista en el aspecto artístico, sino que quiebra también la hasta entonces intocable y estática escala de valores imperante. En las artes, la confusión y la inquietud sustituyen al equilibrio, y aunque perdura la “maniera” italiana por su perfección técnica, en las composiciones posteriores a esta fecha se nota ya esa pulsión vital, casi dolorosa, que desembocará en el siglo siguiente en el pleno realismo barroco.

         Dos años después, en 1529, encontramos al maestro Bruselés en Bolonia trabajando en uno de los arcos del triunfo erigidos con motivo de la entrada de Carlos I en la ciudad, y más tarde en Venecia en compañía del Cardenal Grimani, de donde nuevamente se traslada a Roma para completar su formación. A Sevilla llega en 1537 y permanece en esta ciudad, salvo algunos viajes por motivo de trabajo, hasta 1563, fecha en que vuelve a su patria natal muriendo hacia 1580. El profundo magisterio que ejerció entre los pintores de su generación y posteriores justifica esta breve acotación biográfica.

         La fecha de adquisición de esta obra debió ser bastante próxima a la de la tabla de Sturmio antes citada (1549) y en la que Pedro de Campaña actuó de tasador, por lo que no es descabellado pensar, como escribía en esta misma Revista el profesor D. Policarpo Domínguez, que la presencia de este cuadro en Sanlúcar también fuera debida al interés por las Artes del Alcalde de Regidores y Caballeros de la ciudad en estos años D. Alonso de Castro. El cuadro representa, según la iconografía clásica, el Descendimiento de la Cruz, apareciendo Cristo sujetado por Nicodemo y José de Arimatea que sostiene su brazo izquierdo; mientras el derecho cae en vertical, y sostenido por el hombro de Juan. En la base del cuadro las figuras de la Virgen, sus hermanas y María de Magdala dejan traslucir en el idealismo de sus rostros un dolor contenido. La distribución espacial es triangular enmarcada por las dos escaleras que se apoyan en la Cruz, y de las que la menor longitud de la izquierda es compensada por el mayor volumen de la figura de ese lado, quedando en el interior del espacio triangular Jesús y los miembros de la Sacra Familia y, fuera de él, los restantes personajes representados en el cuadro. En cuanto al cromatismo, aparece dominado por el color rojo de la túnica de Juan, situada en el hipotético corte de las diagonales y a partir de la cual, siguiendo un ritmo espacial centrífugo, va disminuyendo el juego de coloraciones.

Capilla del Sagrario

Ocupando un lugar semioculto, teniendo como antesala la Capilla de la Inmaculada y protegida por fornida reja de forja vizcaína, como corresponde a su Alto Cometido, se encuentra la lujosa Capilla del Sagrario o del Santísimo Sacramento, edificada hacia 1675, pero cuya Cofradía data de mucho antes.

         En efecto, por una bula expedida por Paulo III en 1540 a solicitud del Duque D. Juan VI, se concedía a este facultad para instituir, tanto en Sanlúcar como en los demás lugares de su Estado, Cofradías del Santísimo Sacramento con agregación a la del Corpus Christi de Roma, estando erigida la de nuestra ciudad ya en 1541, fecha en la que eran hermanos mayores D. Luis Niño Sotelo y D. Francisco de Oviedo y en la que el citado Duque, por provisión de 12 de enero, mandaba se dieran anualmente 60.000 maravedíes de vellón a esta Cofradía de Sanlúcar. Tanto su sucesor D. Alonso VII, como el siguiente Duque D. Manuel VIII, que a sus títulos añadía el de “esclavo del Santísimo Sacramento” contribuyeron al engrandecimiento de la Cofradía, disponiendo este último en su testamento, otorgado ante D. Luis Díaz Palomino el 1 de junio de 1634 (fallecía el 20 de marzo de 1636, Jueves Santo), entre otras recomendaciones destinadas a su mantenimiento, se dedicaran dos rentas, la primera de ellas a doblar el aceite de un farol donado por su esposa para que alumbrara permanentemente ante el Sagrario del altar mayor, y la segunda para aceite también destinado a una lámpara de plata de 200 ducados de peso que ordenaba se comprara. Estas disposiciones testamentarias prueban que en esta época aún se veneraba el Santísimo en el Altar Mayor, que aún no era el actual.

         La construcción de la Capilla, como hemos dicho, es de 1675 y fue debida, por una parte, a D. Manuel de la Cueva y Aldama y D. Enrique de Silva, cuyos nombres figuran en sendas lápidas de mármol negro sobre las puertas de la sacristía; y, por otra, a D. Juan Claro, IX Duque que aportó el terreno. Su acceso está guardado por una magnífica reja forjada con figuras, mandada traer de Vizcaya por Doña Inés Durán y Tendilla, viuda de D. Manuel Alegría, en cumplimiento de un legado de su hermano D. Felipe y colocada en 1749. De la misma época que la construcción de la Capilla son el Altar, en plata antigua, y el Sagrario, obra de N. de Borja, que es una alegoría del triunfo de la escolástica tomística, representada por el Santo de Aquino, sobre la patrística oriental y occidental, simbolizada por los Santos Padres.

         Primitivamente ocupaba el lugar del retablo un dosel de brocado en el que figuraba una Virgen de Guadalupe, ante la que la tradición afirmaba haber orado Colón (lo que de ser cierto, habría ocurrido en otro emplazamiento anterior de la imagen por razones cronológicas) y cuya localización actual es desconocida; pues aunque en la Parroquial existen dos magníficas y antiguas representaciones de esta Virgen, una en la ante-sacristía autentificada por leyenda y otra en el coro alto, ninguna de ellas por sus dimensiones coincide con el espacio en que estaba colocada la primitiva. Posteriormente y, tras la finalización del retablo, comenzado en 1750, ocupó la hornacina central una pintura de la Concepción (vulgo portería) que se sustituyó más tarde por otra esculpida de igual advocación, que es la que hoy se venera. Toda la Capilla es de gran riqueza en su decoración y los frescos cubriendo sus paredes, la falsa cúpula calada de hierro de brillante colorido o las hermosas lámparas aceiteras de plata repujada sostenidas por ángeles, constituyen a crear el especial ambiente que envuelve a tan singular recinto.

Capilla de San Sebastián

Situada en la nave derecha y comenzada a construir en el primer tercio del siglo XVI con ocasión del derribo que del Alcázar Viejo se hizo y que permitió la apertura de la hoy Calle Luís de Eguilaz, se encuentra la Capilla de San Sebastián, dedicada al mártir romano y cuyo interior también encierra numerosas obras de arte dignas de mención.

         Mandada edificar por D. Alonso de Zárate (administrador de la Aduana de Sanlúcar hasta 1568), probablemente hacia 1532-33 coincidiendo con el traslado de la residencia de D. Juan Alonso, VI Duque, de Sevilla a Sanlúcar, su construcción es de cantería internamente abovedada de nervaduras con adornos y portada de bello labrado. Está guardada por fina reja rematada con el escudo de armas de la familia de Zárate. En el interior, su Altar Mayor está ocupado por una dramática representación del martirio de San Sebastián en lienzo sobre tabla, obra (1562) del pintor portugués Vasco de Pereira, contemporáneo en Sevilla de Sturmio y Campaña, pero de más marcado carácter manierista como se puede apreciar por la simple observación de este cuadro. En él aparece, siguiendo el clásico modelo iconográfico introducido por Mantegna,  el mártir pretoriano sufriendo el asaeteamiento del que, como es sabido, sobrevivió gracias a la ayuda de una patricia cristiana para morir más tarde por flagelación, y recibiendo de un ángel la palma del martirio, ofreciendo un interesante estudio de pliegues la túnica roja situada a sus pies.

         A la izquierda (para el visitante) de este altar existe una pequeña tabla de 0´90 por 0´65 de época anterior (escuela hispano-flamenca del primer tercio del s. XVI) y autor desconocido y cuyo tema es el Descendimiento de la Cruz, apareciendo en ella María la Virgen sentada y con su hijo, María de Magdala de rodillas y en los ángulos superiores San Juan y José de Arimatea. En el altar de la izquierda, adornado con bellísimos fragmentos del antiguo retablo de la Ermita de Santa Brígida se venera al Patrón de la ciudad, San Lucas, y, en el frontal a este, también en altar embellecido con tablas del mismo retablo, recibe adoración un Niño Jesús triunfante sobre la muerte, de Diego de Velasco (hacia 1580 según Hernández Díaz). Situados a ambos lados de estos dos altares, cuatro cobres de gran valor terminan de exornar tan artística capilla.

Capilla de San Roque

Situada junto a la anterior y edificada probablemente con anterioridad a ella, habiéndole dado entrada por la cabecera de la nave lateral derecha, la Capilla de San Roque ocupa el espacio inmediatamente anterior a la sacristía.

         De esta capilla tenemos noticias ya en 1575, en que por disposición testamentaria de la Señora Condesa de Niebla, se encarga a su hijo mantenga ardiendo permanentemente una lámpara donada por ella. En la actualidad, ocupa su altar una representación contemporánea de la Sagrada Familia y su principal cometido es el de servir a acceso a la antesacristía.

Aparte de las capillas ya brevemente descritas, existe también en la Iglesia Mayor un altar dedicado a San Pedro con una lujosa talla del primer Pontífice Romano que fue propiedad de la Cofradía de San Pedro en sus tres negaciones. Además, existen entre otros, dos cuadros dignos de mención: un enorme San Cristóbal situado sobre la puerta del Patio de los Naranjos y, vecina a la anterior, una bellísima representación de la Asunción de la Virgen, atribuida al más influyente de los artistas de la generación de 1560, el pintor español Juan de las Roelas (1560-1625).

Para terminar, de los tesoros ocultos que se guardan tras los muros de la Parroquia, ni es prudente hablar, ni estoy autorizado para ello. Sí creo conveniente mencionar, por ser de dominio público su existencia, la Gran Custodia, que es paseada procesionalmente el día del Corpus Christi por las calles de nuestra ciudad, obra de Gómez de Paz (se tardó nueve años en construirle, de 1744 a 1753) y donada indirectamente por Doña Catalina Romero y Eón del Porte, que corrió con sus gastos, a través de D. Francisco José Lucena, Presbítero de La O, quien la encargó sin poderla ver terminada.

 

Manuel Felipe Sánchez Guerrero

“Sanlúcar de Barrameda”, Industrias Gráficas Santa Teresa, 1989.

Con mi agradecimiento personal al Ilmo. Sr. Vicario General de la Diócesis, y Párroco de Nuestra Señora de La O, Rvdo. Padre D. Luis Núñez, por la gran colaboración prestada.


21/04/2012
Autor: MANUEL FELIPE SÁNCHEZ GUERRERO

  CARTA AL PRESIDENTE DEL GOBIERNO ESPAÑOL

 

 

 

 

 

 

Sr. Don Mariano Rajoy Brey,

Presidente del Gobierno de España

Palacio de la Moncloa,

Avda. Puerta de Hierro, s/n.

28071 Madrid (España).

Mª Elena Santa-Ana Ferreira

Avda. de Las Piletas, nº 15

11540 Sanlúcar de Barrameda (Cádiz)

 

          24 de septiembre de 2014, Festividad de Nuestra Señora de la Merced.

Señor Presidente (antes, estimado Presidente): Hasta el día de ayer, 23 – 9 – 2014,  en que parece se ha hecho definitiva su decisión y la de una mayoría del PP, de no aprobar la nueva ley propuesta a favor del no nacido (nasciturus) y de la mujer gestante, con la consiguiente vigencia de la Ley a favor del aborto o “Ley Aído”>, he sido votante del Partido Popular (desde sus comienzos).

          Tengo 68 años, Licenciada en Medicina por la Universidad de Sevilla, Especialista en Pediatría por la Universidad de Cádiz, Licenciada en Teología por la Facultad de Teología de Granada y Máster en Bioética por la Universidad Católica San Vicente Mártir de Valencia. Actualmente desde el 2012 jubilada, y gracias a Dios en plenas condiciones mentales, y bastante buenas condiciones físicas.

          Me dirijo a usted para comunicarle, que considero, al igual que todos los españoles que se manifestaron el pasado domingo 21 – 9 – 2014 a favor de la vida humana del concebido aún no nacido (nasciturus) en Madrid y en otras muchas capitales y ciudades de España, que: la decisión que han tomado pone una bomba de relojería en la línea de flotación de los, hasta ayer, supuestos principios defendidos por su partido (PP.), con lo cual ha perdido la razón de ser votado por nosotros. Y personalmente le aseguro que no volveré a votarles jamás si se mantienen en esta decisión.

          Señor Presidente, ¿Cree usted en Dios?, ¿cree al menos en la dignidad de todo ser humano?... Posiblemente si, y aquí está su mayor gravedad, pues a pesar de ello supedita la vida humana (la que es común a todo ser humano desde su concepción hasta su muerte) a un posible puñado de votos más en las próximas elecciones generales. 

Tristemente, es cierto, que en nuestra sociedad actualmente prevalecen los intereses económicos a consta de lo que sea, incluso de lo más sagrado: la fe en Dios, la vida humana, la honradez, la fidelidad etc. A Cristo lo vendieron por 30 monedas de plata, ¿A los miles de españolitos/as concebidos y aún no nacidos, por cuántos votos los piensan vender? Los aplausos y las manifestaciones de júbilo, de una mayoría de diputados, ante tal decisión, pueden ser preludio de tristes acontecimientos, porque el mal, aunque sea festivamente acogido, siempre es mal, y engendra mal.

Cuando condenaron a muerte a Cristo, muchos judíos gritaban: “crucifícale, crucifícale…” y se mostraron muy felices al oír la sentencia dada por Pilatos. Pero en el año 70 d. c. el ejército romano, al mando de Tito, arrasó Jerusalén, dispersó a los judíos por todo el mundo conocido y destruyó el Templo, símbolo de los valores más nobles y elevados de la antigua humanidad, ya que aquel pueblo, con sus dirigentes a la cabeza, no era ya digno de poseer el Signo más grande dado hasta entonces a la humanidad, de la Presencia de Dios en él, porque habían negado y crucificado a la Verdad.

          En conciencia, Sr. Rajoy, ni puedo ni quiero votarles ya. Y ¡ojalá haya algún partido que sepa defender los auténticos valores humanos, sin ponerlos en venta, para poderlo votar!

Siento profundamente que las cosas sean así, y pido al Señor que nos ayude a todos, y que le de Luz y Fortaleza para cambiar esta fatídica decisión.

 

Con el debido respeto, se despide atentamente

Mª Elena Santa-Ana

 

 

 


08/10/2014
Autor: MARÍA ELENA SANTA ANA FERREIRA

  CARTA DE UNOS HIJOS A SUS PADRES

Nota preliminar: Vaya por delante que todo el mérito de esto lo tiene M. C. (¡¡Qué de sorpresas te da la vida!!) ¿No era I. la de las “cartitas”? Reitero que suscribo toda y cada una de las comas, puntos y comas, espacios y puntos suspensivos que ella ha escrito. Yo no lo hubiera hecho mejor. Sin embargo, no voy a repetirlo de nuevo. Como soy menos sentimental, menos emotivo, os intentaré explicar qué es ese “todo” que mis dos hermanas y yo os debemos y que no podremos agradecer jamás lo suficiente.

 

          Entremos en harina. Toda persona necesita una ética, una forma de estar y de ordenar el mundo. Esto no siempre coincide (de hecho, no coincide) con los dictados de las religiones: Distinguir el bien del mal, actuar bajo unos principios y valores personales e íntimos, usar una vara de medir que nos permita saber dónde, cómo y con quién estamos, qué es lo importante y qué es lo superfluo. En la ética, en nuestra ética, se incluyen la honradez, la dignidad (así nos va a veces), la solidaridad, la ayuda al prójimo (aquí léase el S, A, M), la coherencia personal, los escrúpulos. No vale todo, no todo está permitido… Ni que decir tiene que esto tan sólo se exterioriza con tesón, esfuerzo y ejemplo. A mis cuarenta años, ante determinadas situaciones, todavía me pregunto: “¿Qué harían mis padres? ¿Cómo se enfrentarían a esto? ¿Estarían mis padres conformes y satisfechos con esto?”.

 

          Pero, como se suele decir, no sólo de “aire” vive el hombre. En la década de los noventa, una travesía del desierto, sólo apta para un hombre y una mujer dueños de una moral, una rectitud, un respeto, una generosidad y un amor mutuo muy, pero que muy poco comunes. Como decía, en esa época los ministerios de economía y hacienda, vivienda, educación y asuntos exteriores se preguntaban cómo se podían mantener a tres hijos estudiando fuera y a la vez. Entre la hija de E y MC hay unos cuantos números y muchos ceros de diferencia. El billete de Jerez para estudiar Empresariales costaba, ida y vuelta, 160 pesetas. Y en cuanto a mí, qué puedo decir, que pude estudiar en la tercera mejor universidad de toda España.

 

          Ahora bien, a la formación hay que sumar la educación; y eso es materia que en la Facultad no se imparte. Los tres (unos en mayor medida que otros, ¿verdad, I? hemos estado en diferentes situaciones: buenas, malas y peores, en reuniones, comidas, de visita, en casas de amigos… con presidentes, delincuentes, impresentables, secretarios generales, profesores, directores, ineptos, embajadores; y creo que siempre hemos estado seguros de que nuestra actitud, nuestro comportamiento eran correctos, con discreción, atentos, amables, sin aspavientos. Eso es fruto y éxito vuestro. Y por último (me pagan por trabajar), vuestros cuidados. Ya sabemos ir solos al baño y al trabajo. Pero si os detenéis a pensar no hay nada que hayamos concluido ninguno de los tres en que, de una manera u otra, no hayáis participado: una llamada telefónica, acercarse a algún sitio, recoger / entregar algo, contactar con alguien, levantar el ánimo, propiciar la reconciliación, dar el sitio sin quitárselo al otro, aguantar las malas contestaciones o el mal humor o la falta de tiempo, ir / venir / volver / e ir otra vez…

 

          En definitiva, hay algo que pone de manifiesto todo lo expresado hasta ahora. Ni una sola vez he sentido vergüenza por decir quiénes son mis padres: nombre y dos apellidos, de dónde vengo y a quiénes les debo lo que soy y, sobre todo, lo que no soy. Quiera Dios, donde quiera que esté, que mi hijo P sienta por su padre, el veinte por ciento de la admiración, el reconocimiento, la gratitud y el amor que os profeso.

 

Un beso.

 

Autores anónimos.


12/02/2010
Autor: AUTORES ANÓNIMOS

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